28 Una firma propia #3
Chiara lo besó antes de que pudiera ampliarlo.
Lo hizo con calma al principio, probando la boca que ya conocía, y la respuesta de él llegó sin prisa, una mano en su cintura y la otra detenida en la espalda hasta que ella se pegó más.
Cuando Tommaso quiso subir el cierre del vestido para encontrar la cremallera, Chiara lo guio hacia abajo.
—La camisa se queda.
—Entendido.
Tommaso dejó la cremallera donde ella había detenido su mano y bajó los dedos hasta su costado, sin interpretar la primera indicación como permiso para completar las siguientes.
—Y no me quites todo.
Tommaso bajó la vista al vestido y a las medias que ella había elegido llevar.
—Ropa, nombres y memoria. La primera versión ha sufrido bastantes cambios.
—La primera versión no superó revisión.
Él se rio contra su boca. Chiara tomó su mano y la llevó a la cremallera.
Tommaso abrió el vestido hasta que ella detuvo el movimiento; la tela quedó recogida en las caderas, el sujetador y las medias todavía puestos.
Él no intentó completar la tarea. Esperó mientras Chiara le soltaba el cinturón, abría el pantalón y metía la mano por encima de la ropa interior.
La erección llegó bajo su palma con una rapidez que ya no necesitaba sorprenderla.
Chiara lo acarició despacio, disfrutando de la familiaridad sin tratarla como permiso automático.
Tommaso apoyó la frente contra la suya cuando ella aumentó la presión y después se quedó inmóvil al notar que Chiara retiraba la mano antes de llevarlo demasiado lejos.
—Cruel —murmuró.
—Planificado.
Él soltó una risa corta y se dejó caer sentado en el borde de la cama, todavía con el pantalón abierto y sin perseguir la mano que ella acababa de retirar.
—Peor.
Chiara sonrió y se apartó lo suficiente para bajar el vestido.
Se quedó en sujetador, bragas y medias; él seguía con la camisa abierta y el pantalón desabrochado.
La asimetría tenía algo de juego privado y nada de campaña: ropa arrugada, un botón torcido y dos adultos que podían corregirse sin convertir la corrección en ofensa.
Se sentó en el borde de la cama y abrió las rodillas.
Tommaso se acercó cuando ella le tendió la mano.
Chiara llevó su palma entre sus piernas, primero sobre la tela.
Él empezó con una presión lenta; ella inclinó la pelvis hacia su mano y marcó el ritmo con el cuerpo antes de pedir más fuerza.
Cuando quiso contacto directo, le enganchó los dedos en la cinturilla y la apartó para él.
Tommaso encontró su vulva húmeda y le rozó el clítoris con los dedos, ajustando la presión al movimiento de sus caderas. Chiara lo atrajo por la camisa y lo besó mientras él la estimulaba; cuando el placer empezó a acumularse demasiado deprisa, le sostuvo la muñeca.
—Espera.
Él se detuvo. No preguntó si la pausa escondía otra cosa; dejó la mano quieta hasta que Chiara aflojó los dedos y volvió a abrir los ojos.
—Quiero llegar contigo dentro.
Tommaso la besó una vez y fue al neceser sin hacer de la protección una interrupción dramática.
Chiara se quitó las bragas, mantuvo las medias y se colocó a horcajadas sobre él cuando volvió.
Él ya llevaba el preservativo; sus manos permanecieron sobre sus propios muslos hasta que Chiara tomó una y la puso en su cadera.
Ella sostuvo el pene contra la entrada y bajó despacio, acomodándose a la penetración antes de terminar el movimiento.
El cuerpo de Tommaso era conocido, pero la sensación no necesitaba novedad para ser intensa.
Chiara se quedó quieta unos segundos, sintiendo cómo él contenía cualquier impulso de empujar desde abajo, y después empezó a moverse.
La camisa abierta le rozaba los brazos cada vez que se inclinaba para besarlo.
Tommaso le sujetó la cadera donde ella había colocado su mano y la otra volvió entre sus piernas cuando Chiara la guio allí.
Ella reguló la velocidad con los muslos, pidió más presión sobre el clítoris y dejó que el orgasmo llegara sin esconder la voz.
Las contracciones le apretaron el pene dentro y la obligaron a quedarse inmóvil sobre él durante varios segundos.
Tommaso retiró la mano y esperó. Chiara respiró contra su cuello, todavía atravesada por pequeñas sacudidas, hasta que pudo levantar la cabeza.
—Sigue —dijo—. Ahora muévete tú.
—¿Así?
El primer empuje desde abajo fue corto. Chiara ajustó la posición y respondió con la cadera, indicándole el ángulo sin palabras.
Tommaso repitió, un poco más profundo, y ella lo sostuvo por los hombros.
Cuando quiso acelerar, la pausa mínima de su cuerpo bastó para que esperara; Chiara volvió a moverse contra él y ese permiso fue suficiente.
El ritmo aumentó. Ella seguía encima, capaz de frenarlo, mientras Tommaso la penetraba con más fuerza desde abajo.
Chiara sintió cómo se acercaba al orgasmo por la tensión de su abdomen y la forma en que su respiración perdía regularidad.
Le mordió suavemente el hombro, después lo besó allí, y Tommaso se corrió dentro del preservativo diciendo su nombre sin apellido.
Chiara permaneció sentada sobre él unos instantes más.
No necesitaba el nombre completo para saber quién estaba allí ni una promesa para justificar que quisiera quedarse después.
Se separó con cuidado, fue al baño y volvió mientras Tommaso retiraba el preservativo y lo desechaba.
Cuando regresó, él le tendió agua y recogió del suelo una media que se había deslizado durante el movimiento.
—Esta celebración tiene problemas graves de presentación —dijo, levantándola entre dos dedos—. El vestuario ha abandonado su puesto.
Chiara tomó la media y la dejó sobre la silla.
—El vestuario ha terminado turno.
—Excelente política. Quiero adoptarla para innovación.
Chiara se secó una gota de agua del labio y lo observó recoger también el envoltorio del preservativo antes de volver a tumbarse. El gesto doméstico era demasiado pequeño para convertirse en virtud y suficientemente útil para evitar que la habitación pareciera un decorado después del sexo.
—Tu evaluador independiente estará encantado de oírlo.
Tommaso se dejó caer junto a ella, todavía con la camisa abierta, y la risa le movió el colchón. Después se quedó más serio sin perder cercanía.
—La primera vez nos fuimos sin apellidos.
Chiara bebió agua.
—La primera vez nos fuimos sin saber dónde trabajaba el otro, sin saber si volveríamos a vernos y con bastante menos ropa de la que tu memoria insiste en conservar.
—He mejorado el recuerdo por razones de hospitalidad.
Tommaso estiró una pierna bajo la sábana y encontró con el pie la chaqueta caída junto a la cama. Chiara siguió la trayectoria y negó con una sonrisa.
—Has romantizado la logística.
Él dejó de intentar rescatar la chaqueta.
—Es mi sector.
Chiara apoyó la cabeza un momento en su hombro.
La frase podía haber sido solo una broma; también recordaba cuántas veces Tommaso había intentado resolver una dificultad comprando tiempo, acceso o facilidad.
Esa noche no había comprado ninguna de las tres.
Había llegado cuando ella quiso, pagado su parte y aceptado una hora de salida.
—A las once te vas —dijo.
Tommaso buscó el reloj con una expresión ofendida que no engañaba a nadie.
—Ni siquiera he presentado alegaciones.
—Mañana firmo. Tú tienes evaluación de innovación a primera hora. No pienso llegar tarde a mi primer lunes porque nos dio nostalgia.
Tommaso consultó la hora y calculó con evidente dramatismo los minutos que le quedaban, pero no negoció una ampliación.
—Eso sí parece una cláusula de silencio.
Chiara le lanzó la almohada más cercana, que él atrapó contra el pecho.
—No. Puedes quejarte todo el camino hasta la puerta.
A las once menos cinco estaban vestidos.
Tommaso no pidió quedarse y Chiara no tuvo que pedirle que respetara el límite otra vez.
Se besaron junto a la puerta; él se marchó a la hora acordada y ella durmió sola, satisfecha con una celebración que no había comprado un cargo, reparado un despido ni prometido una familia.
Solo había ocupado una noche que ambos habían elegido después de hacer el trabajo necesario para llegar hasta ella.
El lunes, Palazzo Valceri la recibió por la entrada principal y con una acreditación nueva que no llevaba «CEO» estampado como argumento.
Ornella había defendido que el sistema de tarjetas siguiera distinguiendo accesos por función y necesidad; a Chiara le gustó que su regreso no exigiera inventar una puerta ceremonial.
En el piano nobile la esperaba un solo paquete de firma.
El nombramiento ratificado y el contrato definitivo estaban delante; dentro de la misma carpeta, la declaración de conflicto recogía su relación con Tommaso, la línea independiente de él y las recusaciones cruzadas que mantenían sus evaluaciones fuera del control mutuo.
Mirae tenía auditoría y remedios sin llave operativa; atelier conservaba el stop; producción, la autoridad sobre capacidad.
Chiara no volvió a leer cada anexo. Ya había peleado las frases que podían cambiar una decisión.
Ornella dejó el bolígrafo a su derecha.
—¿Necesitas algo más?
Chiara comprobó la hora. Andrea y Leone la esperaban después para revisar capacidad y prototipos, y Teresa había reservado sus primeras horas de trabajo presupuestadas sin pedir permiso para convertirlas en voluntariado.
—Cinco minutos.
Cuando se quedó sola, Chiara abrió la carpeta por la línea de aceptación. Firmó sin abreviar: Chiara Riva. Pasó la página, encontró la declaración de conflicto de interés y escribió otra vez el mismo nombre debajo de la relación con Tommaso Valceri.