21 Las copias de Teresa #3
Todo lo demás necesitaba justificar su entrada en una de esas tres categorías.
La lista de firmantes de la petición interna quedó fuera.
También los patrones completos de Leone, los detalles de construcción que Pina no necesitaba para acreditar horas, la copia sin procedencia de Teresa y cualquier opinión sobre la relación de Chiara con Tommaso.
Las cuestiones de gobierno que afectaran a Vittorio tendrían su propio cauce si aparecía prueba suficiente; la reclamación de Chiara no iba a convertirse en el recipiente de todo lo que pudiera perjudicarlo.
La reducción le costó. Acumular material producía una sensación parecida al control. Quitarlo obligaba a aceptar que quizá nunca sabría cada detalle de lo ocurrido y que, aun así, tendría que elegir qué podía sostener.
También protegía la escala de la reclamación.
La malversación de Giorgio, las consultorías de Presidencia, el pasado de Sofia, las tensiones con la Fondazione y cualquier otra cuestión capaz de perjudicar a Vittorio no entraban solo porque existieran.
Chiara podía querer saber muchas de esas cosas y seguir sin tener derecho a utilizarlas para hacer más grave su propio despido.
Si el gobierno de Valceri tenía que responder por ellas, sería con otra pregunta, otras personas y otra autoridad.
—No quiero que una persona arriesgue el trabajo para demostrarme que está de mi lado —dijo, mirando las tres palabras—. Y tampoco quiero secretos técnicos dentro de un expediente solo porque me favorezcan.
Su abogada trazó una línea bajo los tres encabezados.
—Eso estrecha las formas de ganar.
—También estrecha las formas de hacer daño.
Teresa recogió la carpeta de cartón que había traído vacía para el regreso y preguntó, con demasiada neutralidad, qué debía hacer si al volver a Palazzo recordaba otro armario, otra copia o una caja que quizá contuviera algo útil.
Chiara entendió la oferta escondida dentro de la pregunta.
Teresa podía seguir buscando durante meses.
Su cargo, su memoria y la confianza que la gente depositaba en ella le daban acceso a rincones donde una abogada externa tardaría semanas en llegar.
Era exactamente la clase de ayuda que convertía lealtad en riesgo laboral.
—Anotas dónde crees que está y llamas a mi abogada —dijo—. No lo sacas. No haces fotos. No pides a nadie que te abra una puerta.
Teresa apretó la carpeta contra la mesa.
—Eso ralentiza todo.
—Sí.
Chiara no añadió que la lentitud era el precio de no convertir a Teresa en mensajera clandestina. Había suficientes personas decidiendo por otras en aquella historia.
Teresa se quedó para revisar la devolución de sus copias. Mientras la especialista cerraba la funda separada, volvió al juego de marzo que sí tenía distribución identificable y empezó a pasar las hojas despacio, comparando la numeración con el índice y la marca de recepción de secretaría.
Chiara guardó su libreta. El nombre de Tommaso seguía en el teléfono, dentro de una conversación que no había abierto desde la nota de voz.
Durante todo el día otras personas habían puesto límites a lo que podían darle: una responsable de tienda había dicho que no; Leone había cerrado una carpeta; Pina había hablado solo por sus horas; Federica había entregado trabajo y conservado intimidad; Gabriele había negado a la tecnología una omnisciencia que no tenía.
Tommaso había empezado a enviar fechas por asesoría y a no pedir respuesta.
Chiara podía reconocer el cambio sin convertirlo en confianza recuperada. Seguía sin saber qué haría él cuando una prueba útil dañara de verdad a Vittorio.
Teresa dejó de pasar páginas.
No hizo una exclamación. Volvió al índice, contó las hojas, revisó el número de distribución y luego repitió el recorrido desde la portada. La grapa plateada permanecía donde debía; la anotación de recepción era la que Teresa recordaba y, esta vez, también la que podían vincular a secretaría.
—Esta es la copia que recibimos después de aprobar el plan de participación —dijo. Su voz había perdido el humor—. Tiene la concesión condicionada, las reglas de permanencia y las firmas que constaban entonces.
La abogada se acercó sin tocar el paquete.
—¿Qué ha encontrado?
Teresa pasó la última página y dejó visible el reverso en blanco.
—Nada. Ese es el problema. El anexo que usaron en septiembre para sostener obligaciones adicionales frente a un competidor no está aquí.
Chiara sintió cómo su mente intentaba llenar el hueco antes que nadie: añadido después, inventado, colocado por Presidencia. Tres conclusiones útiles y ninguna probada.
—¿Esta copia demuestra que ese anexo no existía? —preguntó.
Teresa negó inmediatamente.
—Demuestra que no estaba en la copia que recibimos y que yo conservé.
La especialista fotografió el paquete completo antes de embolsarlo. Número de páginas, distribución, recepción. Nada más.
A través del plástico, la última hoja seguía terminando donde el documento de marzo decía que terminaba. El anexo utilizado meses después no estaba allí.