Sujetadores en la oficina 20 La oferta de Enea #3
72%

20 La oferta de Enea #3

La decisión simplificó el trabajo. No necesitaban demostrar todavía quién había creado las capturas ni convertir cada rumor en una pieza de una conspiración.

Necesitaban originales, la base real del cese y la situación de la participación.

La oferta de Neravia quedaba separada. Enea podía ser una alternativa profesional y, al mismo tiempo, no borrar el daño de haber perdido Valceri.

El teléfono personal de Chiara llevaba más de una hora boca abajo cuando vio la notificación de Tommaso. Había dejado una nota de voz, no una llamada, y el texto previo decía solo: No hace falta que respondas. Los datos que menciono van también por asesoría.

Chiara permaneció de pie junto a la mesa.

Podía borrar el mensaje. Podía escucharlo sin convertir el acto en una conversación. Eligió lo segundo y dejó el teléfono lejos de la oferta de Enea.

La voz de Tommaso llegó cansada, sin la ligereza con la que antes habría intentado abrir espacio para una réplica.

—He enviado por el canal externo dos fechas que creo que te pertenecían antes de todo esto.

La primera solicitud extraordinaria de Presidencia sobre el DAM es de febrero.

Los duplicados de tus informes también se pidieron antes de la presentación de septiembre.

Ninguno de esos datos prueba para qué los quería mi padre, pero sí que esas solicitudes no empezaron con Rho.

Debí contártelo cuando lo supe. Esperé a entender más y esa espera decidió por ti qué información merecía llegar. No te pido que me contestes.

El audio terminó.

Chiara lo escuchó una segunda vez para anotar las dos fechas, nada más. Después movió la nota a una carpeta personal y llamó a su abogada para confirmar que los datos útiles entrarían por los registros enviados, no por la voz privada de Tommaso.

Colgó y se quedó sola.

La ausencia de él tenía cuerpo. La memoria de una mano quieta cuando ella pedía que esperara, de su boca en la nuca antes de Rho, de una noche cansada en que el deseo había podido ser lento sin convertirse en premio, llegó con una claridad que la enfureció porque no resolvía nada.

Seguía queriéndolo. Seguía sin confiar lo suficiente.

La sala estaba reservada a su nombre durante otra hora.

Chiara cerró la puerta, dejó el teléfono sobre la mesa y se sentó en el sofá pequeño junto a la pared.

Durante varios minutos no hizo nada. Había pasado demasiados años utilizando el control para negar necesidades que no podía convertir en tarea y demasiados meses aprendiendo que admitirlas no le quitaba autoridad.

Se desabrochó el pantalón y deslizó una mano bajo la ropa interior.

No reprodujo la voz de Tommaso. El deseo ya estaba allí y no necesitaba utilizarlo a él como estímulo involuntario.

Tocó el clítoris con dos dedos, encontró la presión que quería y dejó que el placer avanzara sin construir una escena donde la reconciliación llegaba escondida dentro del orgasmo.

Su cuerpo recordó. Eso fue todo.

La respiración se le desordenó cuando el ritmo se volvió más firme; abrió las piernas, apoyó la cabeza contra el respaldo y continuó hasta correrse con un estremecimiento breve que le tensó el abdomen. Permaneció quieta después, con la mano fuera de la ropa y los ojos cerrados.

Desear a Tommaso seguía siendo fácil. Confiar en él no.

No necesitaba resolver esa diferencia para vestirse, lavarse las manos y volver a la mesa.

El impulso de escribirle llegó después del orgasmo y le molestó más que el deseo.

No quería preguntarle si había comido, ni contarle la caja que no cerraba, ni enviarle la frase que se le había ocurrido sobre una división que aspiraba a transformar la intimidad mientras todavía discutía con una cinta.

Eran mensajes pequeños, los que durante meses habían mantenido la relación en una zona donde el trabajo no ocupaba todas las superficies.

Su ausencia consistía también en no tener dónde ponerlos.

Chiara abrió el chat, vio la última conversación y lo cerró sin escribir. Mantener la separación no requería fingir que no lo echaba de menos. Requería aceptar que extrañarlo no era un argumento para recuperar la confianza antes de tiempo.

Al día siguiente pagó la primera factura de asesoría y rechazó la propuesta de ampliar el espacio durante un mes completo.

Renovaría semana a semana. Si el trabajo desaparecía antes, no financiaría metros cuadrados vacíos por orgullo.

Una especialista documental recomendada por el despacho empezaría a ordenar únicamente materiales que Chiara pudiera recibir de forma legítima; cualquier cosa de procedencia dudosa se quedaría fuera hasta tener origen suficiente.

La primera petición de su reclamación salió esa tarde.

Era más corta que la carpeta con la que la habían despedido.

Pedía preservar las dos presentaciones, entregar los originales utilizados en el procedimiento, acreditar el anexo invocado y conservar comunicaciones externas sobre la causa de su salida.

El segundo bloque protegía participación y compensación.

Nada pedía acceso indiscriminado a Valceri ni acusaba a Vittorio de fabricar pruebas.

Enea llamó cuando supo que Chiara había iniciado la impugnación. Ella atendió porque el acuerdo de la sala exigía avisarle si una actuación pública podía afectar directamente a Neravia.

—No he mencionado a Neravia ni tu oferta —dijo—. Si se vuelve necesario, te llegará por asesoría.

—Podrías conseguir mucha más presión contando lo que pasó.

Chiara miró la caja de packaging que Enea había dejado por error sobre una estantería. La tapa seguía cerrada. La cinta, esta vez, estaba dentro.

—No sé todavía todo lo que pasó.

—Esa respuesta vende poco.

—Por suerte no estoy vendiendo nada.

Terminó la llamada. Una hora más tarde recibió por correo la confirmación de que Neravia no haría declaraciones en su nombre.

Enea respetaba límites cuando el coste de romperlos era perder la oportunidad: quería contratarla y ganar algo con ello.

Chiara prefería esa claridad a cualquier papel de benefactor.

El miércoles, después de recoger a Beatrice y dejarla con los deberes, encontró un mensaje en el buzón de voz de un número personal que reconoció antes de leer el nombre.

Teresa Brambilla no dijo que tuviera una prueba. Tampoco dijo secreto.

Su voz, habitualmente capaz de volver orden hasta una caja de papeles mal clasificada, sonaba tensa.

—Chiara, necesito verte fuera de Palazzo. Tengo unas copias que no figuran como retiradas en el registro. No sé si ayudan o si solo nos meten en otro problema. No quiero mover nada más hasta que me digas cómo hacerlo bien.

Chiara no le devolvió la llamada de inmediato.

Primero llamó a su abogada.