20 La oferta de Enea #2
Chiara conocía suficiente poder para desconfiar de cualquier frase que dependiera demasiado de la buena conducta futura de quien la pronunciaba.
Siguió con las preguntas que, en Valceri, tantas veces habían quedado mezcladas con la necesidad de defender la casa.
Quiso saber qué ocurría si la división no alcanzaba margen el primer año, qué recursos podía recortar el consejo sin convertirla en responsable de un plan al que le habían quitado capacidad y quién decidiría si un servicio que fidelizaba clientas pero consumía horas seguía siendo estratégico.
Enea no respondió con la promesa de que jamás habría recortes.
Dijo que habría objetivos trimestrales, presupuesto revisable y una obligación de registrar qué decisión cambiaba el supuesto original.
—Puedo darte más velocidad —añadió—. No puedo darte un mundo sin consejo.
La respuesta le gustó más que una garantía. Chiara no necesitaba otro jefe prometiendo que los problemas desaparecerían a su alrededor; necesitaba saber qué problemas serían suyos y cuáles seguirían teniendo otros dueños.
—Y el equipo no trabaja para demostrar que contratarme fue una buena idea —dijo—. Si alguien me contradice y tiene razón, no quiero que su evaluación dependa de que yo quede bien delante de ti.
Enea apoyó el bolígrafo.
—Eso también se diseña.
—Entonces escríbelo junto con el límite de P lo que no aceptaría era que el precio de una indemnización incluyera una versión falsa de los hechos o una renuncia anticipada a autoría y participación cuya situación todavía no estuviera acreditada.
Necesitaba dinero, y precisamente por eso no podía convertir la necesidad en vergüenza ni en obediencia.
Mientras la abogada convertía los tres objetivos en un escrito, Chiara volvió a pensar en la hoja doméstica de la mañana.
La sala temporal, la asesoría y cualquier especialista que necesitara para ordenar material tenían que caber en el mismo presupuesto donde seguían el viaje escolar, el supermercado y los martes de Beatrice.
Aceptar que una defensa costaba dinero era desagradable; aceptar que ese coste le daba derecho a decidir quién entraba y para qué resultaba casi tranquilizador.
Durante años había tolerado recursos de empresa cuya factura real era disponibilidad infinita.
Allí, por primera vez, una mesa tenía una tarifa y ninguna pretensión sobre su noche.
La abogada le preguntó cuánto tiempo podía sostener aquella estructura sin trabajo nuevo.
Chiara dio una cifra en meses, no en heroicidad.
Decidieron revisar el gasto cada viernes y no contratar apoyo adicional hasta que apareciera suficiente material para justificarlo.
Si la reclamación se estrechaba, la infraestructura también.
No había prestigio en alquilar una sala vacía.