17 La reunión en Rho
La mano de Tommaso llevaba varios minutos bajo la camiseta de Chiara cuando él hizo una pregunta para la que ella no tenía todavía una respuesta que pudiera controlar.
Afuera, la claridad de julio apenas empezaba a atravesar la persiana; dentro del dormitorio, el despertador seguía sin sonar y el teléfono corporativo estaba boca abajo, una concesión que Chiara había aprendido a tolerar mientras dormía y a revisar demasiado pronto en cuanto abría los ojos.
Tommaso le besó la nuca, descendió hasta el hombro y dejó la palma quieta sobre su cintura. Chiara se volvió hacia él, todavía pesada de sueño, y encontró esa expresión suya que podía parecer pereza cuando en realidad estaba midiendo el momento.
—Cuando terminen tus seis meses, ¿quieres seguir en Valceri aunque mi padre siga en Presidencia? —preguntó Tommaso sin mover la mano.
La pregunta habría sido difícil vestida y sentada frente a una mesa. Con la pierna de Tommaso entre las suyas y el calor de su mano avanzando hacia el borde de la ropa interior, adquirió una ventaja que a Chiara no le gustó concederle. Le tomó la muñeca antes de que los dedos bajaran más.
—No me preguntes eso mientras me estás tocando —dijo Chiara, manteniéndole la muñeca inmóvil.
Tommaso detuvo la mano en el acto. No la retiró de golpe ni intentó convertir la observación en juego; esperó a que Chiara decidiera si quería apartarla.
—Tienes razón —dijo—. La pregunta era mía. El momento también lo he elegido yo.
La admisión no borró la pequeña irritación. Chiara separó la muñeca de su cintura y la dejó sobre la sábana entre ambos.
—Y no sé la respuesta —añadió Chiara, dejando la mano de él sobre la sábana.
—No tienes que dármela —respondió Tommaso, y no volvió a acercarse.
Tommaso se quedó quieto. Aquella obediencia sin cara de penitencia era una de las cosas que más trabajo le había costado aprender y una de las que más desarmaban a Chiara cuando no intentaba premiarlo por ellas.
Ella podía terminar allí, levantarse, ducharse y llegar a Rho con una ventaja de veinte minutos sobre la agenda.
Podía también distinguir una pregunta mal colocada del deseo que seguía teniendo.
Se acercó y lo besó de nuevo.
—Esto sí quiero —murmuró contra su boca, y tomó la mano que había detenido para guiarla entre sus piernas—. Despacio.
Tommaso no volvió a hablar de septiembre.
La acarició primero por encima de la tela, con movimientos pequeños que Chiara corrigió una vez empujando su mano un poco más abajo.
Cuando quiso piel, se quitó ella misma la ropa interior y volvió a colocarse frente a él.
Los dedos húmedos encontraron el clítoris y mantuvieron un ritmo que no necesitaba negociar cada pocos segundos porque la respuesta de Chiara era inequívoca: abrió la cadera, lo besó más fuerte y cerró la mano sobre su hombro cuando la presión alcanzó el punto exacto.
Ella metió la mano bajo el pantalón de dormir de Tommaso y rodeó su pene. Lo oyó aspirar contra su boca, luego reír muy bajo cuando el despertador emitió el primer aviso y ninguno se movió para apagarlo.
—Te quedan veintisiete minutos para empezar a odiar el calendario —dijo él.
Chiara le apretó el pene con la suficiente precisión para convertir la observación en una respiración interrumpida.
—Veintiséis.
No intentaron transformar aquella mañana en una escena mayor de lo que era.
Chiara se corrió primero, con la cara hundida en el cuello de Tommaso y la mano todavía moviéndose sobre él; cuando el orgasmo le aflojó las piernas, tomó los dedos de él y los apartó.
Tommaso le besó la sien, esperó a que ella recuperara el ritmo de la respiración y solo entonces volvió a acercar la pelvis a su mano.
Chiara cambió la caricia, más firme y rápida, hasta sentir cómo él se tensaba.
Tommaso se corrió unos minutos después, con una mano abierta sobre la cadera de ella y ninguna necesidad de convertir el placer en respuesta a la pregunta que había quedado pendiente.
La segunda alarma los obligó a admitir la existencia del día.
Tommaso buscó pañuelos y agua; Chiara apagó el sonido, se sentó en el borde de la cama y comprobó por fin el teléfono.
Había un mensaje de Gabriele enviado la tarde anterior: la solicitud extraordinaria de Presidencia sobre materiales históricos del DAM seguía limitada al alcance ya autorizado para la revisión de Mirae; no se había concedido la ampliación completa.
Los duplicados de informes que Vittorio había pedido en junio, en cambio, habían sido tramitados por secretaría y constaban como tales.
Eso era lo que podía probarse. El resto seguía siendo intención ajena.
Chiara guardó el teléfono.
—¿Rho todo el día? —preguntó Tommaso mientras se incorporaba para vestirse.
Ella repasó lo que sí podía contar sin convertir una mañana íntima en una extensión de las reuniones: proveedor francés de encaje, carta de color, mínimos, condiciones de repetición, dos bases que Federica quería ver y una reserva de capacidad que Andrea se negaba a considerar gratuita por ocurrir en julio.
Neravia había pedido muestras del mismo proveedor y Enea Moretti había escrito la tarde anterior para decir que probablemente coincidirían allí.
Chiara había respondido que cualquier conversación sobre material sería en el stand y con el proveedor presente.
—Proveedores, mínimos y la tradición anual de descubrir que «exclusivo» significa una cantidad —dijo, recogiendo su ropa interior del suelo—. Federica viene conmigo. Andrea entra cuando hablemos de capacidad.
Tommaso se abrochó la camisa y la observó un segundo más de lo necesario.
—¿Neravia también está mirando materiales allí? —preguntó Tommaso mientras recogía el reloj.
La pregunta no invadía nada; era información competitiva ordinaria y, además, ya estaba en los informes de mercado.
—Sí. La misma base, quizá. No tenemos reserva —respondió Chiara, abrochándose el puño de la camisa.
Chiara no añadió que Enea había escrito específicamente para coincidir. Todavía no existía nada que ella considerara una conversación separada del trabajo. La mañana le había demostrado, sin embargo, lo peligrosa que podía ser la categoría de «todavía» cuando servía para aplazar una respuesta.
Se despidieron en la puerta con un beso breve. La pregunta de Tommaso permaneció en el apartamento después de que él saliera. Chiara la dejó allí deliberadamente.
Milano Unica convertía el oficio de la exclusividad en una sucesión de mesas compartidas.
En Rho, una casa podía presentar al mundo una fantasía de singularidad y, dos pasillos más allá, discutir con otra marca el mismo telar, la misma carta de color y la cantidad mínima a partir de la cual un proveedor estaba dispuesto a llamar «reservado» a algo que seguía siendo industrialmente posible.
Federica llegó con dos fichas de desarrollo y una lista corta de preguntas; desde que la amistad había perdido intimidad, trabajaban con una eficiencia menos confortable y más limpia.
Federica defendía superficie, proporción y continuidad visual.
Chiara llevaba coste, profundidad de gama y calendario.
Ninguna usaba una buena decisión de producto como prueba de que las otras cosas entre ellas se habían reparado.
El proveedor había preparado tres bases de encaje.
Leone ya había descartado sobre ficha la primera por insuficiente recuperación para la familia de bodies en estudio.
La segunda podía comportarse mejor, pero el motivo obligaba a un corte con un desperdicio que Andrea había calculado demasiado alto para el volumen real.
La tercera combinaba una repetición más compacta, retorno suficiente y una carta de color que no exigiría corregir cada lote hasta convertir la palabra «continuidad» en una serie de excepciones caras.
Federica levantó la tercera muestra contra la luz y después la extendió sobre la mesa.
—En dos siluetas funciona si puedo girar el motivo sin abrir otra compra —dijo—. Si la dirección del dibujo nos obliga a duplicar consumo, prefiero que parezca menos especial y sea fabricable.
La representante del proveedor indicó el ancho útil y el rapport. Chiara pidió mínimos, plazo de repetición y condiciones de reserva. Andrea apareció en la pantalla del portátil cuando llegaron a la compra inicial.
—Quiero saber cuánto tengo que recibir antes de que Leone haya aprobado una sola prenda —dijo desde Grandate—. Reservar telar no me crea máquinas libres aquí.
La representante separó dos propuestas. Podían reservar una ventana con una orden parcial; para retirar el artículo completo a otros compradores durante la temporada necesitaban comprometer un volumen que multiplicaba lo que Chiara estaba dispuesta a poner en riesgo antes de una toile válida.
La alternativa era reservar solo desarrollos de color propios y aceptar que el dibujo siguiera disponible en otras variantes.
Chiara anotó las cifras. La palabra que comunicación quería imprimir era exclusiva; la palabra que el proveedor quería escuchar era MOQ.
—Entonces podemos tener dos colores que nadie reproduce exactamente y ninguna fantasía sobre ser propietarios del telar —dijo.
La representante sonrió.
—Si quieren el artículo fuera del mercado, el mínimo es este —precisó la representante, señalando la segunda cifra.
La cifra parecía diseñada para demostrar que el romanticismo de marca tenía unidades de medida y fecha de factura.
Federica volvió a mirar el encaje.
—No necesito impedir que otra casa toque la base —dijo Federica, dejando la muestra plana—. Necesito que nuestra combinación de color y construcción sea nuestra.