Sujetadores en la oficina 16 La hija de Chiara #4
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16 La hija de Chiara #4

Tommaso recibió el miedo sin esconderse detrás de él. La mañana le había enseñado que su impulso de agradar podía convertirse, con una velocidad alarmante, en una forma de ocupar espacio.

—Hoy me ofrecí a sustituir un plan ya organizado y después prometí otro porque vi que estaba decepcionada. Quise resolverlo antes de preguntar. Y cuando me corrigió, hice un chiste para que pareciera más pequeño.

Chiara no lo ayudó a suavizar la frase.

—Lo hiciste.

—Sí.

El silencio siguiente duró lo suficiente para resultarle incómodo y demasiado poco para justificar que lo llenara.

Tommaso comprendió que seguía esperando una señal de que el error pertenecía a la categoría segura: corregido, archivado, incapaz de alterar nada importante.

Era la misma necesidad que aparecía cuando Vittorio retiraba afecto detrás de una desaprobación y él intentaba recuperar la temperatura de la habitación haciendo algo útil.

Con Chiara no podía convertir esa necesidad en una exigencia de tranquilidad.

—Me da miedo hacerlo mal con ella —admitió—. No porque crea que Bea tenga que aprobarme. Porque tú me has dejado entrar en una parte de tu vida que proteges mucho y sé que puedo perder ese acceso si empiezo a comportarme como si ya fuera mío.

Chiara apoyó una mano sobre la mesa. No se acercó.

—Puedes equivocarte. Lo que no puedes es pedirle a ella que te quite el miedo a equivocarte.

Tommaso asintió. La distinción dolía y era sencilla.

—Ni a ti.

—Ni a mí.

No había crueldad en la respuesta. Tampoco garantía. Tommaso descubrió que podía quedarse sentado dentro de ambas cosas sin fabricar una salida.

—La próxima vez pregunto qué quiere ella, qué has organizado tú y si me corresponde ofrecer algo —continuó—. Si la respuesta es no, no invento una opción mejor.

Chiara asintió sin aflojar todavía los hombros.

—Eso necesito.

Tommaso apoyó las manos abiertas sobre sus propias piernas. Quería tocarla; la necesidad no tenía ninguna relación con sexo y quizá por eso le resultó más difícil ignorarla.

—También te pido perdón a ti. No por querer pasar tiempo con ella. Por actuar como si quererlo me diera permiso para organizarlo.

Chiara comprobó un aviso en el teléfono sin abrirlo.

—Acepto la disculpa. El límite sigue igual.

—Lo sé.

No recibió un beso, una promesa ni una fecha alternativa. Al levantarse, Chiara le rozó brevemente el antebrazo al pasar. Tommaso no prolongó el contacto. El gesto le gustó y no lo utilizó para reinterpretar la conversación.

La semana siguiente confirmó la parte que una disculpa no podía demostrar.

Cuando Chiara mencionó que Anna llevaría a Beatrice a otra actividad y que él no necesitaba mover nada de su agenda, Tommaso respondió que de acuerdo y dejó la tarde intacta.

Otro día, Beatrice le mandó desde el teléfono de su madre una fotografía de una pequeña construcción escolar con una pregunta sobre una pieza que giraba; Tommaso respondió a la pregunta y no añadió una invitación.

Chiara no lo felicitó por ninguna de las dos cosas.

El viernes, Filippo apareció en innovación con dos cafés y una hoja impresa que le quitó a la bebida cualquier posibilidad de protagonismo. Tommaso reconoció el formato como un seguimiento de solicitudes de due diligence vinculadas a materiales que también tocaban su unidad.

Filippo cerró la puerta antes de sentarse.

—No es una emergencia. Pero prefiero que lo veas antes del fin de semana.

Tommaso dejó su café sobre la mesa.

—¿Qué hay?

Filippo señaló dos líneas. Presidencia había pedido duplicados de varios informes firmados por Chiara durante el mandato y, por otra vía, Vittorio había vuelto a solicitar acceso extraordinario al DAM para presentaciones y paquetes históricos.

El impulso de Tommaso fue buscar intención. Lo sustituyó por una pregunta que Gabriele le había obligado a aprender meses atrás.

—¿Qué está autorizado?

—Los duplicados pueden tramitarse por secretaría y quedan registrados. El acceso extraordinario sigue en revisión. Yo veo la solicitud porque incluye presentaciones que cruzan innovación.

Tommaso recorrió fechas y alcance. No había ninguna línea que demostrara por qué Vittorio quería las copias ni qué pensaba hacer con ellas. Tampoco necesitaba inventarlo para considerar relevante que las pidiera justo cuando presidencia intentaba concentrar la presentación a Mirae.

—¿Chiara ya está notificada?

Filippo comprobó los destinatarios técnicos y volvió la hoja para asegurarse de no estar leyendo una lista incompleta.

—No puedo saberlo desde aquí.

Tommaso tomó el teléfono y llegó a abrir el nombre de Chiara. Se detuvo antes de llamar. Contarle «tu jefe está pidiendo acceso» sin poder decir cuánto, con qué límite ni si se había concedido habría convertido una sospecha en otra tarea para ella.

Dejó el teléfono sobre la mesa y anotó dos cosas en el margen de la hoja: alcance solicitado y acceso vigente.

—Primero eso —dijo—. Después hablamos con ella.

Filippo recogió su café y se levantó.

En la hoja quedaron las dos solicitudes bajo el mismo nombre de origen: Presidenza esecutiva. Los informes duplicados ya podían existir. El acceso extraordinario al DAM todavía no.