13 Lo que no fue solo deseo #4
Él empezó a moverse con un ritmo lento, penetrándola desde atrás mientras Chiara apretaba la mano sobre la suya.
No buscó otro orgasmo; disfrutó de la fricción, del peso del cuerpo de Tommaso a su espalda y de escuchar cómo su respiración perdía orden.
Cuando él aceleró, Chiara empujó las caderas hacia atrás para encontrarlo.
Tommaso dijo su nombre dos veces, la segunda rota, y se corrió con un estremecimiento que le tensó todo el cuerpo detrás de ella.
Permanecieron quietos hasta que la respiración bajó. Después él se retiró con cuidado, sujetó el preservativo al levantarse y fue al baño. Volvió con una toalla húmeda y agua. Chiara aceptó el vaso primero.
—Qué eficiente —dijo, bebiendo—. Me preocupa que esto termine en tu evaluación.
Tommaso dejó la toalla a su alcance.
—La evaluación es independiente. Puedo ser mediocre en privado con total libertad estatutaria.
Chiara le lanzó la esquina de la toalla al brazo.
La risa le aflojó la garganta, pero no borró la emoción que había aparecido cuando tuvo que pedir que esperara.
Se limpió, fue al baño y regresó con una camiseta del hotel sobre el cuerpo desnudo.
Tommaso se había tumbado boca arriba sin apropiarse del lado de la cama que ella había dejado libre.
Chiara se acostó junto a él y apoyó la cabeza en su hombro por decisión propia. Tommaso le acarició el brazo una vez y dejó la mano quieta.
—No sé qué somos dentro de seis meses —dijo ella.
—Yo tampoco.
Chiara sintió la mano de Tommaso inmóvil sobre la sábana y decidió no agradecerle una quietud que debía poder esperar de él.
—Ni qué haces si tu padre decide que estar conmigo demuestra que estás contra él.
Tommaso tardó en responder. El silencio no fue una retirada; Chiara sintió su respiración bajo la mejilla y el cambio mínimo de tensión en el hombro.
—No quiero contestarte eso desnudo con una promesa bonita —dijo al fin—. Hoy he podido contradecirlo en un consejo. No sé qué me costará cuando la elección sea familiar y no profesional. Sí sé que me da miedo descubrirlo.
La incomodidad permaneció entre ambos sin echarlos de la cama.
Chiara notó que Tommaso no intentaba acercarla más mientras pensaba; tampoco retiraba el brazo para castigar la pregunta.
Estaban desnudos, saciados y cansados, una situación que podía volver cualquier promesa más fácil de pronunciar y más difícil de cumplir después.
Que él se negara a aprovechar esa facilidad le importó.
No lo suficiente para cerrar el riesgo; sí para dejarlo existir sin intentar resolverlo esa noche.
Chiara habría preferido una respuesta más segura. También sabía que una certeza inventada habría convertido el sexo en anestesia para la pregunta que llevaban desde Como.
—Bien —dijo, aunque la palabra no significaba tranquilidad—. Prefiero eso a que me prometas que nunca tendrás miedo.
Tommaso giró la cabeza hacia ella.
—¿Y tú? ¿Qué haces si un día decides que la relación amenaza el mandato?
Chiara pasó el pulgar por la costura de la sábana.
—No lo sé. Quiero decirte que no te convertiría en una línea de coste. También sé que, cuando tengo miedo, mi primer impulso es controlar y decidir sola. —Se obligó a no suavizarlo—. Si llego a ese punto, lo mínimo que puedo prometer es decírtelo antes de decidir por los dos.
Tommaso asintió. Después de unos segundos, la pregunta cambió de tamaño.
—Entre nosotros, ¿qué palabra usamos?
Chiara sintió un temor más sencillo y, por eso, más íntimo.
—Pareja —dijo—. Mientras los dos sigamos eligiéndolo. No necesito una palabra más grande todavía.
—Yo tampoco.
Tommaso buscó su mano sobre la sábana. No la tomó hasta que Chiara giró la palma y entrelazó los dedos con los suyos. La intimidad de aquel gesto le resultó más peligrosa que una parte significativa del sexo anterior.
Discutieron diez minutos sobre la alarma porque Tommaso quería margen para desayunar y Chiara consideraba que dormir era una actividad con mejor retorno inmediato.
Al final fijaron una hora intermedia que no satisfacía a ninguno, lo que pareció una base razonable para la negociación doméstica. Después apagaron la luz.
El viernes 6, el correo de los independientes confirmó lo que ya habían acordado de forma provisional y dejó para la semana siguiente las consecuencias operativas de agendas, viajes, invitaciones y recursos.
Chiara no necesitó leer otra vez el mecanismo.
Abrió su calendario y encontró la primera cita de comprador en la que CEO e innovación debían estar presentes.
La marcó para revisión y siguió con su mañana.
Vittorio la interceptó a la salida de la biblioteca.
—Felicidades otra vez, consejera delegada —dijo, con esa cortesía que podía convertirse en presión sin cambiar de volumen—. Veo que te tomas muy en serio hasta la formalización de tu vida privada.
Chiara guardó el teléfono. No preguntó cómo lo sabía; la relación estaba declarada precisamente para que no dependiera de secretos.
—Me tomo en serio los conflictos que pueden afectar a la empresa.
Vittorio acomodó bajo el brazo la carpeta que llevaba.
—Entonces recuerda también el más importante. Seis meses son un mandato, no una coronación. Si el consejo pierde confianza, un nombramiento interino puede terminar antes.
La frase encontró exactamente el miedo que Chiara había descrito a Tommaso dos noches antes: que cualquier error pudiera ser reinterpretado hasta convertir la intimidad en causa. No dejó que ese miedo tomara una decisión por ella en un pasillo.
Abrió la puerta de su siguiente reunión.
—Lo sé —dijo—. Firmé dos páginas.