Sujetadores en la oficina 13 Lo que no fue solo deseo #3
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13 Lo que no fue solo deseo #3

Oír su nombre contra su boca cambió la noche.

La primera vez habían eliminado apellidos para poder marcharse sin explicaciones.

Ahora Chiara sabía exactamente a quién estaba desabrochando: el heredero que había perdido contra ella, el hombre que podía hacerla reír cuando estaba furiosa y el hijo que todavía quería algo de un padre capaz de manipular una sala con una frase incompleta.

Le quitó la chaqueta y abrió los botones de su camisa sin prisa. Tommaso deslizó las manos por su espalda por encima del vestido y se detuvo en la cremallera.

—Quítamelo —dijo Chiara.

Él bajó el cierre. El vestido cayó hasta las caderas y Chiara terminó de sacárselo, quedándose frente a él en sujetador y ropa interior.

La manera en que Tommaso la miró le calentó la piel sin convertirla en objeto de evaluación; no había clienta, fitting ni producto.

Solo ella, en ropa privada, decidiendo ser vista.

Tommaso levantó una mano y la dejó a unos centímetros de su pecho. Chiara la tomó por la muñeca y colocó la palma sobre el sujetador.

—Aquí.

El pulgar rozó el pezón endurecido y ella soltó el aire.

Ajustó la presión con la mano todavía sobre su muñeca; cuando encontró la intensidad que quería, lo soltó.

Tommaso siguió el ritmo y besó el borde de su mandíbula, después el cuello.

Chiara desabrochó el sujetador por sí misma y lo dejó caer sobre una silla.

La boca de él encontró un pezón. La lengua húmeda, el contraste con el aire del cuarto y la mano que cubría el otro pecho le hicieron apretar los dedos en su hombro. Tommaso cambió la presión apenas y Chiara lo corrigió tirando suavemente de su pelo.

—Más suave.

Él obedeció sin detenerse. El placer descendió por el vientre y se concentró entre sus piernas, insistente, acompañado por una emoción mucho menos manejable: la certeza de que esta vez no estaba utilizando anonimato para limitar lo que podía perder.

Chiara le abrió el cinturón. Metió una mano bajo la camisa, recorrió el abdomen y después bajó hasta la erección marcada por el pantalón. Tommaso soltó un sonido contra su piel cuando ella lo acarició por encima de la tela.

—Quiero verte —dijo.

Se desnudaron entre besos, torpes solo en la medida en que dos personas excitadas seguían teniendo botones, calcetines y una camisa que decidió quedarse enganchada en una muñeca.

La piel de Tommaso estaba caliente bajo sus manos; Chiara recorrió con la boca la clavícula y el centro del pecho, sintiendo cómo el abdomen se tensaba cada vez que bajaba un poco más.

Él le acarició los costados sin intentar convertir el conocimiento de aquella primera noche en una ruta memorizada.

Cuando Chiara cambió de ángulo, cambió con ella.

Cuando se detuvo para quitarle un calcetín que se había quedado a mitad del pie, la excitación sobrevivió a la falta de elegancia sin necesitar que nadie la protegiera.

Aquello le gustó casi tanto como el cuerpo: poder reírse desnuda sin que la escena perdiera intensidad. La primera vez había necesitado que fueran desconocidos. Esta vez la intimidad soportaba incluso saber quién olvidaba quitarse bien un calcetín.

Chiara se rio cuando Tommaso terminó sentado en el borde de la cama intentando liberar el puño.

—Innovación y experiencia —murmuró ella—. Derrotado por un botón.

—Es un sistema heredado.

La respuesta le costó otro beso antes de que consiguiera quitarse la camisa. Cuando quedó en ropa interior, Chiara se acercó entre sus rodillas. Tommaso le pasó las manos por las caderas y dejó que fuera ella quien decidiera la distancia.

Él miró hacia abajo, a la ropa interior que aún llevaba puesta, y luego de nuevo a su cara.

—Quiero besarte aquí —dijo, rozando con los nudillos la parte alta de su muslo—. Si te apetece.

Chiara sintió un estremecimiento anticipado.

—Sí.

Tommaso la hizo sentarse, besó primero la cara interior de una pierna y después la otra. No tiró de la ropa interior hasta que Chiara levantó las caderas y se la quitó ella misma, una respuesta suficientemente clara. Abrió las piernas y él bajó la boca.

La primera pasada de la lengua fue lenta, desde la entrada húmeda hasta el clítoris. Chiara dejó caer la cabeza hacia atrás y apoyó una mano en su pelo. Tommaso repitió, separando con los dedos los labios de la vulva, y esta vez la lengua se quedó arriba, dibujando una presión que la hizo tensarse.

—Ahí —dijo.

Él mantuvo el lugar. Cuando aceleró demasiado, Chiara cerró la mano en su pelo.

—No. Igual que antes.

Tommaso volvió al ritmo anterior sin convertir la corrección en interrupción.

El placer creció por capas, húmedo y preciso, hasta que Chiara dejó de pensar en el cuarto y en el día siguiente.

La mano libre de Tommaso le sostuvo el muslo sin inmovilizarla; Chiara podía cerrar las piernas, apartarlo o atraerlo y eligió lo último, abriendo más la cadera para darle espacio.

La lengua regresó al mismo movimiento una y otra vez, sin la prisa de quien intenta llegar a una conclusión.

El cuerpo respondió antes que cualquier pensamiento: humedad, tensión en el vientre, dedos hundidos en el cabello de él y una necesidad casi dolorosa de que no cambiara nada.

Movió la pelvis contra su boca, sintió la lengua insistir sobre el clítoris y se corrió con un gemido que terminó en su nombre. La contracción le recorrió el vientre y los muslos; Tommaso disminuyó la presión cuando ella tiró de su hombro y subió de nuevo hasta quedar a su lado.

Chiara seguía respirando demasiado rápido cuando vio la satisfacción en su cara.

—Ni se te ocurra hacer una comparación con resultados trimestrales.

—No tengo acceso a esa evaluación.

Ella se echó a reír y lo besó, saboreándose en su boca.

La risa se convirtió pronto en deseo otra vez.

Deslizó la mano por su abdomen, metió los dedos bajo el elástico de sus calzoncillos y rodeó el pene.

Tommaso cerró los ojos un instante y no la dirigió.

Chiara lo acarició desde la base hasta el glande, donde el pulgar recogió la humedad y volvió a bajar.

—¿Así? —preguntó, porque el ritmo de él no podía adivinarse por ética ni por experiencia.

—Sí. Más rápido si quieres.

Chiara aumentó la velocidad. La respiración de Tommaso se volvió áspera; él dijo su nombre y abrió los ojos para verla. Ese contacto la excitó de una forma distinta a la primera noche. Entonces la había excitado no saber; ahora el riesgo consistía en saber demasiado y seguir eligiendo.

Lo besó y apartó la mano antes de llevarlo demasiado cerca.

—Preservativo.

Tommaso alcanzó la mesilla y tomó uno, pero se lo ofreció cerrado. Chiara abrió el envoltorio y se lo puso despacio, recorriendo el pene con la mano hasta asegurarse de que había quedado bien. Las manos le temblaron apenas. Él lo notó y le acarició la parte exterior del muslo con los nudillos.

—Podemos quedarnos aquí —dijo.

Chiara negó con la cabeza.

—Estoy nerviosa. No quiero parar.

No añadió una explicación. Se colocó sobre él, una rodilla a cada lado de sus caderas, y guio el pene hacia la entrada. Bajó despacio. La presión inicial le arrancó un sonido bajo; esperó a que el cuerpo cediera antes de seguir hasta tenerlo completamente dentro.

Tommaso mantuvo las manos abiertas sobre la sábana.

—Tócame las caderas.

Él obedeció, cerrando las manos alrededor de ella sin imponer movimiento.

Chiara comenzó a moverse con una lentitud deliberada, sintiendo el roce profundo en cada descenso y el modo en que el pene llenaba el cuerpo cuando inclinaba la pelvis hacia delante.

Tommaso levantó la cabeza para besarle un pecho; ella le sostuvo la nuca y marcó el ritmo con las caderas.

La excitación regresó deprisa. Tommaso empezó a acompañar el movimiento desde abajo y Chiara apretó las piernas alrededor de él.

El cuarto se llenó de respiraciones, piel contra piel y nombres dichos sin ninguna utilidad fuera de ese momento.

Cuando él intentó aumentar el ritmo, ella apoyó una mano en su pecho.

—Espera.

Tommaso se quedó quieto de inmediato, todavía dentro de ella. No preguntó hasta que Chiara volvió a respirar con regularidad.

—¿Quieres parar?

—No. —Ella cerró los ojos un segundo y después los abrió—. Me ha dado miedo lo mucho que quiero seguir.

La verdad le salió antes de que pudiera convertirla en algo más digno. Tommaso no respondió con una promesa.

—Entonces nos quedamos quietos un momento.

Chiara apoyó las manos sobre sus hombros. Sintió el pene dentro de ella, duro y absolutamente inmóvil, el latido propio todavía alto y la posibilidad real de levantarse si quería. Lo que la aflojó fue precisamente no necesitar decidir deprisa.

—Sigue —dijo al fin.

Esta vez lo besó antes de volver a moverse. El ritmo creció con menos control consciente y más confianza corporal. Cuando el placer volvió a subir, Tommaso deslizó una mano desde su cadera hacia el vientre y se detuvo.

Chiara tomó sus dedos y los llevó hasta el clítoris.

—Ahí. Firme.

Él mantuvo la presión mientras ella cabalgaba sobre él.

El orgasmo la alcanzó con más fuerza que el primero; Chiara inclinó el cuerpo sobre su pecho, se contrajo alrededor del pene y dejó escapar un gemido largo contra su cuello.

Tommaso siguió quieto durante las primeras contracciones y después redujo el contacto cuando ella apartó su mano.

Chiara permaneció sobre él unos segundos, exhausta y todavía excitada por sentirlo dentro.

—Quiero cambiar —murmuró Tommaso, acariciándole la espalda—. Solo si tú también.

Ella levantó la cabeza.

—Sí. De lado.

Rodaron juntos. Chiara quedó con la espalda contra el pecho de Tommaso y guio el pene de nuevo dentro mientras él levantaba su pierna por encima de la suya.

El ángulo era más profundo y menos exigente después de haber estado arriba.

Tommaso la besó detrás de la oreja y apoyó una mano sobre su vientre, sin bajar más hasta que Chiara cubrió sus dedos con los propios y los llevó donde quería.