13 Lo que no fue solo deseo
—Necesito decirte algo personal antes de que firmes estos créditos —dijo Federica.
—Dímelo —respondió, cerrando el documento sin esconderlo—. Si afecta a trabajo, luego separaremos esa parte.
Federica dejó el cuaderno sobre la mesa. No lo abrazó contra el cuerpo ni intentó preparar una explicación con fechas, contexto o culpa ajena.
—Me acosté con Davide. Y elegí no decírtelo.
El golpe llegó por reconocimiento, no por sorpresa completa.
Durante semanas, Chiara había visto suficientes bordes de aquella historia para saber que podía existir; oírla de la persona con quien había compartido años de trabajo, cenas, quejas y decisiones creativas le quitó a la sospecha la comodidad de ser provisional.
No preguntó dónde. Tampoco cuándo, quién había empezado ni si Federica había pensado en ella antes o después.
Cualquiera de esas respuestas podía alimentar una escena que no cambiaría la decisión inmediata y que, además, convertiría el cuerpo de otra mujer en material de investigación para aliviar su dolor.
—¿Sigue existiendo algo entre vosotros que afecte a evaluación, asignación o trabajo? —preguntó.
Federica negó con la cabeza.
—No. Si eso cambia, lo declararé. —Sus dedos se apoyaron en la tapa del cuaderno—. No tengo una explicación que vuelva aceptable habértelo ocultado. Pasó y callé.
Chiara volvió a abrir el documento. La pantalla conservaba las fechas de las versiones, el cambio de asimetría de Federica y, en una línea separada, el desarrollo técnico de Leone y Pina. Aquello era más fácil de decidir precisamente porque dolía menos.
—Tu crédito no cambia —dijo—. Tampoco tu función. Si comunicación vuelve a colocar tu nombre encima de modelería, lo corriges igual que ayer.
Federica permaneció inmóvil durante un segundo.
—¿Y nosotras?
Chiara apoyó las manos a ambos lados del portátil. Habría podido responder con una suspensión temporal, un periodo de prueba o cualquier otra forma de convertir la amistad en un sistema que pudiera auditar. Se negó a concederse esa salida.
—No sé —admitió—. Puedo trabajar contigo. Puedo acreditar lo que haces. Hoy no puedo ofrecerte la misma intimidad que antes y tampoco voy a fingir que una colección bien resuelta la devuelve.
Federica bajó la vista al documento y asintió. La consecuencia no la expulsaba del trabajo ni la premiaba por confesar. Solo dejaba de permitir que competencia profesional y acceso personal viajaran juntos por costumbre.
—No voy a pedirte que me perdones —dijo—. Y no voy a renunciar a mi trabajo para demostrar que lo siento.
La formulación alivió a Chiara de una manera incómoda. Había pasado demasiados años rodeada de gestos que obligaban a la otra persona a aceptar o rechazar una penitencia espectacular.
—Bien. Porque no quiero administrar tu culpa. —Giró el portátil hacia Federica y señaló las dos líneas de crédito—. Quiero esto separado antes de las cuatro.
Federica se inclinó para leer. La conversación volvió durante un momento a márgenes, responsables y una composición que debía modificarse para prensa. Antes de marcharse, recogió el cuaderno y se detuvo junto a la puerta.
—Una cosa más. Ahora que eres CEO, si necesitas cambiar cómo trabajo contigo, prefiero que me lo digas por la función, no por lo que hice fuera.
Chiara sostuvo la puerta abierta sin utilizarla para acortar la respuesta.
—Eso también lo prefiero yo. Las decisiones de autoría quedan trazables y las revisiones de diseño siguen donde estaban. Lo personal no tendrá un castigo profesional disfrazado. —Dejó la mano en el picaporte—. Pero no confundas eso con que estemos bien.
—No lo hago.
Federica mantuvo la mano en el picaporte un instante más.
Chiara conocía demasiado bien la tentación de usar el trabajo como idioma sustituto cuando una relación personal se había vuelto insoportable: revisar una muestra juntas, sobrevivir a otra urgencia y dejar que la eficacia pareciera reconciliación.
No iba a concederse esa comodidad. Federica podía seguir siendo la diseñadora capaz de modificar una línea exterior sin invadir la autoridad de Leone y, al mismo tiempo, la amiga que había sostenido una ocultación.
Reducirla a una sola de esas cosas habría sido más sencillo y menos verdadero.
—Mañana estaré en la revisión de la cápsula —dijo Federica, ya de nuevo en el terreno profesional—. Si prefieres que la lleve otra persona por la parte de diseño, dímelo hoy.
Chiara negó una vez.
—La llevas tú. Cambiar a la responsable para ahorrarnos incomodidad solo traslada trabajo y confunde el motivo. Si algún día no puedes hacer tu función conmigo en la sala, me lo dices; yo haré lo mismo.
Federica aceptó esa frontera sin agradecerla como un favor. Luego salió.
Chiara volvió a la pantalla, corrigió una línea y descubrió que había escrito dos veces el mismo nombre. Lo borró. Ser precisa después de una herida no significaba que la herida no existiera; solo impedía que cobrara en el sitio equivocado.
Al final de la jornada encontró a Tommaso en un café a varias calles de Palazzo.
Habían salido por puertas distintas y ninguno había propuesto un salón privado, un coche de empresa o un lugar donde el apellido Valceri pudiera convertir una mesa en deferencia.
Chiara eligió una mesa al fondo, pagó su café al pedirlo y dejó el teléfono personal boca abajo. Tommaso hizo lo mismo con el suyo.
No habían vuelto a tocarse desde la calle después de la presentación. Aquella noche el agotamiento los había detenido; después llegaron Giorgio, la mentira médica, el consejo y un nombramiento que modificaba su relación laboral sin resolver un centímetro de la otra.
Chiara rodeó con los dedos el vaso de agua.
—No quiero que convirtamos la primera noche en una señal que no fue —dijo—. Me acosté contigo porque te deseaba y porque, durante unas horas, no saber quién eras me resultó más fácil que saberlo.
Tommaso sostuvo la taza sin beber.
—A mí también me gustó que no tuviera futuro obligatorio. —La comisura de su boca cedió apenas—. Si ahora digo que el universo ya había completado el formulario, puedes irte.
—El universo no superaría control interno.
La risa de Tommaso duró lo justo para dejarles volver al problema sin solemnidad. Chiara lo observó guardar la sonrisa en vez de convertirla en una salida.
—Ahora sí sé quién eres —continuó—. Sé cuánto margen tienes cuando te equivocas, sé quién es tu padre y sé que puedes abrir puertas que a mí me cuestan años.
También sé que, cuando te pido que pares, paras; cuando alguien te dice que un trabajo no es tuyo, puedes dejar de reclamarlo; y que perdiste una candidatura que querías sin convertir mi nombramiento en una deuda contigo.
Tommaso dejó la taza sobre el plato.
—Eso ha sonado peligrosamente cerca de un informe favorable.
—No abuses. También sé que compraste una furgoneta imaginaria.
Tommaso abrió las manos sobre la mesa, aceptando que aquella factura ya formaba parte estable de su biografía en Valceri.
—Filippo la reservó. Yo solo apoyé la inversión en transporte metafísico.
Chiara sonrió y después dejó que el gesto se fuera. Había venido para algo que no podía camuflar en bromas.
—Quiero intentar una relación contigo.
Decirlo después de haber estado desnuda frente a él más de una vez resultó absurdamente difícil. La frase no prometía amor eterno, convivencia ni una familia nueva para Beatrice. Prometía algo más inmediato y, para Chiara, más arriesgado: permitir que el deseo tuviera continuidad y nombre.
Tommaso no extendió la mano sobre la mesa.
—Yo también quiero intentarlo —respondió—. Y no necesito que «relación» signifique que ya confías en mí donde todavía no puedes.
Ella sostuvo su atención. La pregunta de Como seguía viva: qué haría él cuando Vittorio estuviera al otro lado. El consejo no la había contestado; el hecho de que Tommaso hubiera defendido autorías contra su padre solo había añadido evidencia favorable, no una garantía.
—Exclusiva, desde ahora —dijo Chiara—. No pienso auditar lo que hiciste entre nuestra primera noche y hoy y no quiero que tú audites lo mío. Si alguno quiere cambiar el acuerdo, lo dice antes de actuar.
Tommaso asintió sin pedir nombres.
—Desde ahora. Si cambia, hablamos antes.
Chiara tomó agua. La siguiente parte le produjo una vulnerabilidad distinta, menos romántica y por eso más concreta.
—Preservativo hasta que ambos tengamos pruebas recientes y hablemos de nuevo. Hacérnoslas no obliga a dejar de usarlo.
—De acuerdo. Me las hago. —Tommaso apoyó los antebrazos en la mesa, sin convertir la conversación en una exhibición de confianza—. Y si tú quieres mantener preservativo después, se mantiene. Lo mismo si soy yo.
Chiara asintió. Hablar de sexo seguro era sencillo comparado con explicar por qué quería seguir teniendo sexo con un hombre cuyo apellido podía degradar públicamente el mérito que acababa de conseguir.
—Tengo miedo de que cualquier error mío se convierta en prueba de que el cargo fue un favor —dijo—.
De que «CEO interina» se traduzca en cuanto convenga en «la mujer que se acuesta con el hijo del presidente».
Y ocultarnos tampoco me sirve. Si el secreto se convierte en la condición para estar juntos, cualquiera que lo descubra obtiene poder sobre nosotros.
Tommaso recogió con una servilleta la marca de agua que el vaso había dejado en la mesa. No le dijo que nadie se atrevería ni que él podía impedirlo.
—No controlo a mi padre, al consejo ni los pasillos —dijo—. Puedo controlar dónde voto, si uso recursos que no me corresponden y si intento convertirte en una excepción para hacerme la vida más fácil. También puedo decir públicamente que tu trabajo es tuyo cuando alguien lo atribuya a mí.
—Eso reduce un riesgo. No elimina la desigualdad.
Chiara dejó que la frase permaneciera entre ambos sin suavizarla; era el punto donde cualquier intento de igualdad sentimental podía empezar a mentir.