12 Un mandato de seis meses #3
Tommaso sintió la derrota y el alivio en el mismo lugar, una combinación poco elegante que no esperaba resolver allí.
Había vuelto a Valceri para dirigirla. Chiara acababa de obtener el cargo y él sabía, con una claridad que habría sido insoportable un mes antes, que el resultado era correcto según la evidencia que acababan de oír.
Perder seguía doliendo. Que ella mereciera ganar no lo convertía en una experiencia espiritual.
La presidenta giró la segunda página hacia él.
—Tommaso Valceri queda designado responsable ejecutivo de innovación y experiencia, con objetivos y presupuesto propios.
Su evaluación y remuneración tendrán supervisión independiente.
Coordinará con la CEO, pero no dependerá de ella en materias donde exista conflicto declarado ni tendrá autoridad técnica sobre atelier o producción.
Era menos perímetro del que había imaginado al regresar y, precisamente por eso, una responsabilidad que no podía esconderse dentro del apellido. Tommaso leyó hasta el final.
—Acepto.
El punto económico ocupó menos tiempo que una prueba de herraje.
Chiara recibiría un bono ligado a los objetivos de los seis meses y una participación condicionada dentro del plan ya existente para dirección y personal clave.
No era una concesión privada de Vittorio ni una acción nueva fabricada para premiar la colección.
Tommaso dejó registrada su abstención antes de que empezara la votación; los independientes informaron y la mayoría habilitada aprobó la propuesta.
Vittorio intervino una vez.
—La participación tiene sentido si ayuda a retener a alguien que conoce la casa y puede crear valor.
Chiara sostuvo la resolución abierta.
—Acepto el riesgo y el incentivo del plan. No necesito que se describa como recompensa por salvar una presentación.
La presidenta pidió que la distinción constara.
Pasaron al siguiente punto. Afuera, alguien golpeó dos veces antes de que Teresa abriera la puerta lo justo para informar que la revisión financiera esperaba la sala y que un proveedor llevaba veinte minutos aguardando una firma reasignada.
La nueva CEO todavía no había salido del consejo y el mandato ya tenía una factura pendiente.
La reunión terminó después del mediodía.
Vittorio quiso retener a Tommaso, pero la presidenta separó el siguiente bloque: Finanzas y la investigación de Giorgio no formarían parte del cierre de sucesión.
Su padre aceptó, aunque la conversación filial sobre la enfermedad que seguía sin demostrar nada quedó pospuesta una vez más.
Vittorio lo alcanzó en la galería antes de que Tommaso llegara al patio. No había cámaras ni consejeros entre ellos, solo una mesa auxiliar con acreditaciones devueltas y una puerta por la que personal de limpieza entraba y salía sin interés en la sucesión.
—Podrías haber defendido tu candidatura sin entregarles la de Chiara —dijo su padre.
Tommaso se detuvo. El verbo entregar hizo más daño del que merecía. Chiara llevaba años construyendo una candidatura que él no podía regalar aunque hubiese querido.
—No se la he entregado. He dicho qué trabajo hizo.
—Eres mi hijo. —Vittorio bajó la voz—. Hay momentos en que una familia necesita actuar como tal.
La enfermedad insinuada por Giorgio apareció entre ellos sin que Vittorio tuviera que nombrarla.
Tommaso sintió el impulso de preguntarle otra vez si era verdad, allí mismo, obligándolo a contestar antes de que pudiera usar continuidad, tiempo o familia como sustituto.
No lo hizo. Una respuesta obtenida en medio de una discusión por el cargo habría sido imposible de separar de esa presión.
—Y hay momentos en que una empresa necesita saber quién hizo qué —respondió—. Si quieres hablar conmigo como padre, hablamos. Si quieres corregir lo que dije al consejo porque soy tu hijo, no.
Vittorio lo observó con una expresión que Tommaso conocía desde adolescente: la mezcla de decepción y evaluación que conseguía que cualquier desacuerdo pareciera una prueba de pertenencia.
—Estás aprendiendo a poner límites cuando ya has conseguido una silla.
Tommaso miró la puerta de la sala donde acababan de nombrarlo para un cargo con menos perímetro del que había buscado.
—Precisamente hoy he conseguido una silla más pequeña.
Su padre casi sonrió, pero la expresión no llegó a asentarse.
—Hablaremos esta noche.
—De tu salud, sí. Del resultado del consejo, ya hemos hablado.
Vittorio volvió hacia la sala financiera. Tommaso siguió al patio sin saber si aquella noche recibiría un diagnóstico, otra demora o una versión diseñada para mantenerlo cerca. El mandato de Chiara podía estar firmado; la parte familiar de Valceri seguía sin una línea clara.
Tommaso salió al patio interior mientras Chiara revisaba con los independientes el calendario de transición.
El frío de marzo se colaba desde la galería y el ruido del palazzo había recuperado volumen.
Dos asistentes devolvían cajas de campaña; seguridad retiraba acreditaciones; una persona de client relations reclamaba una funda que fotografía había mandado a la planta equivocada.
El consejo acababa de cambiar la autoridad ejecutiva de Valceri y el ascensor de servicio seguía deteniéndose porque alguien mantenía una caja entre las puertas.
Chiara apareció con la carpeta cerrada contra el costado.
Tommaso se incorporó del alféizar donde había esperado.
—Dottoressa Riva.
Ella arqueó una ceja.
—No empieces.
—Solo estaba verificando si el nombramiento venía con tratamiento ceremonial.
—Viene con seis meses, una revisión intermedia y un proveedor que ya ha llamado dos veces. El ceremonial parece caro.
Tommaso sonrió. Quiso felicitarla y descubrió que la frase necesitaba más cuidado del que esperaba.
—Has ganado.
—He aceptado un mandato.
—También eso.
Chiara lo miró un segundo, quizá midiendo si detrás de la frase había condescendencia, derrota mal digerida o el comienzo de una renuncia romántica. Tommaso no podía asegurarle que dejaría de competir con ella en todo; el cargo nuevo no lo convertía de pronto en un hombre sin ambición.
—Me alegro de que seas tú —dijo al fin—. Y me fastidia no haber sido yo. Las dos cosas caben.
La boca de Chiara cedió apenas.
—Eso es irritantemente adulto.
—No difundas el rumor. Filippo vive de una imagen distinta de mí.
La broma abrió espacio, pero no lo resolvió.
Tommaso recordó la calle después de la presentación, la mano de Chiara sobre él y el cansancio que los había detenido; recordó también cómo ella se había negado a asegurarle que la enfermedad de su padre era real.
El deseo seguía intacto. La confianza había avanzado justo lo suficiente para hacer más peligroso fingir que aquello podía seguir siendo una sucesión de impulsos privados.
Chiara se acercó medio paso, sin tocarlo. El patio seguía siendo trabajo; detrás de ella pasaron dos personas con una caja de muestras y una conversación sobre devolución de herrajes.
—Trabajar separados arregla una parte —dijo—. Tú tienes una función propia, yo no evalúo tu remuneración y tú no decides la mía.
Tommaso dejó las manos a los lados.
—Sí.
—No arregla lo que existe entre nosotros cuando salimos de aquí.
La frase produjo un golpe bajo de deseo, más fuerte por la falta de contacto.
Tommaso miró la distancia que ambos estaban conservando y entendió que Chiara no le estaba ofreciendo un beso de celebración.
Le estaba pidiendo que dejaran de depender de improvisar hasta que una puerta, un cansancio o una regla los obligara a decidir.
—Lo sé.
Chiara sacó el teléfono, comprobó la hora y volvió a guardarlo.
—Entonces hablamos antes de volver a tocarnos.
No fue una amenaza ni una promesa. Fue una cita pendiente sin fecha.
Se marchó hacia la escalera con la carpeta de seis meses bajo el brazo. Tommaso esperó a que desapareciera y abrió su agenda. Su nueva función empezaba esa tarde; había una reunión con Filippo, otra con comunicación y un bloque para separar Portofino del presupuesto de Valceri.
El miércoles, al final del día, tenía una franja ocupada por una revisión que podía moverse.
La dejó libre.