Sueños Malditos CAPÍTULO 6 Dakini #3
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CAPÍTULO 6 Dakini #3

Cuando Arisu, el sol blanco, comenzó a ocultarse tras las montañas y Zaroku retrasaba su hora de dormir, llegaron a una pequeña posada con techo de conchas y estructura de madera.

Junto a ella había un establo, donde unas criaturas emplumadas del tamaño de un caballo se erguían sobre dos patas desnudas con garras.

Tenían una cola larga y gruesa escamada, y a ambos lados del tronco unas membranas parecidas a las alas de un murciélago, terminadas en plumas coloridas.

Su cuello era largo y el cráneo ovalado; un enorme hocico y ojos demasiado pequeños para el tamaño de aquella cabeza, coronada por una cresta de cuernos de pequeño tamaño.

Según el ángulo desde el que se vieran, parecían una suerte de dinosaurios desangelados.

Algunos hurgaban en la tierra con sus garras y hundían el hocico en ella en busca de comida.

Oliver vio a uno de ellos recogiendo un grupo de insectos con su larga lengua.

Se estremeció; no fue agradable para la vista.

El animal le devolvió la mirada y le saludó con un amable trino que disonaba con su aspecto.

Había tres como él en la cerca que rodeaba el establo.

La maga se aproximó y saltó la valla bajo la atenta mirada de sus compañeros.

Los hermanos temían que, en cuanto cruzase cierta línea invisible, las criaturas se abalanzasen contra ella.

En su lugar, una de ellas, de plumaje azulón, verde profundo y pecho naranja, la ignoró, y las otras dos la estudiaron con curiosidad sin acercarse.

Ella les dedicó una sonrisa en cuanto le dirigieron la mirada.

—Buenas tardes, me quedaré con esto. No lo necesitáis.

Dakini se agachó para recoger algunas plumas, que guardó en el zurrón.

Uno de los animales se acercó a ella y demandó un par de caricias colocando el hocico bajo la mano de la maga, que rio cumpliendo la demanda.

La criatura trinó agradecida y se sacudió el plumaje en cuanto la sesión de mimos terminó.

Dakini volvió hacia el grupo con la sonrisa renovada.

—Preciosas, ¿verdad? —La maga suspiró mirando hacia las cuadras—. Siempre he querido tener mi propia enore.

Siguió adelante y se internó en la posada. Agnes y Oliver la siguieron tras echarle un último vistazo a esas horrendas quimeras.

—Yo no diría «preciosas», la verdad —murmuró la chica a su hermano.

El interior de la posada era de lo más acogedor. El suelo estaba hecho de algún tipo de roca oscura y brillante muy pulida; de las paredes de madera colgaban tapices y cortinas de colores claros, con pequeñas esferas de luz flotando en las vigas del techo.

Apenas había seis personas entre las mesas y la barra, y todas ellas los miraron con suspicacia.

Oliver se encogió y volvió a sentirse como en el colegio.

Al menos le agradó ver que las mesas eran cuadradas; nunca le habían gustado las redondas, privaban del espacio de las esquinas, que tan útiles podían ser a la hora de apoyar cosas en ellas.

Examinó la entrada para huir de las miradas indiscretas que creía que seguían sobre él y encontró el hueco de la chimenea.

Era bueno saber que Qmark no estaba condenada a un verano eterno bajo el yugo de los dos soles.

Sobre ella habían colgado un disco solar labrado en madera, repleto de intrincados grabados en su interior, remarcados en pintura dorada.

Dakini portaba uno idéntico en la palma derecha. Era el símbolo de la kaiseri.

—Sentaos por ahí y descansad. Yo voy a pedir una habitación —informó la maga. Dejó su báculo sobre una mesa antes de que los hermanos pudieran decidir dónde sentarse—. ¿Qué os apetece cenar?

Agnes se encogió de hombros. Supuso que allí no tendrían pizza de jamón y queso con piña y gambas.

—Cualquier cosa.

—Yo quiero otra empanada de medialuna como la que comí hoy, si se puede.

—Un pati . ¡Hecho!

Los dos tomaron asiento.

A Oliver le ardían los pies. No estaba acostumbrado a caminar tanto, menos con esas temperaturas y humedad. Se imaginó que así debía ser el clima tropical con el que tanta gente soñaba: un auténtico infierno.

Miró alrededor, el hombre al otro lado de la barra era alto y corpulento, con la cabeza rapada y perilla.

Sus bíceps estaban cubiertos de símbolos y cayó en la cuenta de que era la primera persona tatuada que veía sin una túnica.

Cuando Dakini se acercó a la barra, la expresión jovial del hombre, que charlaba de forma animada con unas clientas, se volvió más seria e hizo un mohín de disgusto.

Siguió estudiando la posada. Toda la clientela tenía la piel anaranjada y cabello brillante de diferentes colores, desde el rojo al amarillo.

Algunos lo adornaban con cintas, pequeñas trenzas o turbantes.

A excepción de una mujer, en cuya cabeza desnuda se trazaban símbolos y formas geométricas.

Sus labios eran finos, fruncidos en una mueca inexpresiva.

Bajo ellos, había otro tatuaje, más curvilíneo y de color negro, que terminaba en forma de pico en la mitad del cuello.

Sus brazos también estaban tatuados y usaba dilataciones en las orejas; de una de ellas colgaba un aro con una pluma azul.

Era muy delgada, de pómulos sobresalientes y barbilla fina.

Vestía un corpiño ceñido en azul oscuro y plata y un par de brazaletes finos en los brazos.

Sus ojos pálidos y fríos estaban clavados en él.

Se estremeció. El invierno había llegado de golpe.

Oliver apartó la mirada.