CAPÍTULO 6 Dakini #2
Agnes refunfuñó algo y, rompiendo todas las leyes de la física, metió la bola de franela en un zurrón que no ocupaba más que una riñonera.
Ambos se quedaron pasmados frente al objeto.
Agnes metió y sacó un cacho de prenda varias veces para ser capaz de creérselo.
La bolsa le comía el brazo hasta el hombro sin deformarse.
Estaban seguros de que podría devorarla entera.
Si todo aquello era un sueño, Agnes cada vez tenía más claro que era uno de Oliver.
—¿Qué hay dentro? —preguntó el niño—. ¿Cómo es?
Dakini se tomó un segundo para pensar en las palabras adecuadas. Se dio un toquecito en la sien con el índice.
—Es una especie de minidimensión personal donde se almacenan objetos.
Si piensas en uno de ellos, acude a tu mano directamente; si no, hay que revolver un poco, pese a ser complicado.
—Alzó ambas palmas de las manos hacia los lados—.
No te recomiendo meterte dentro a menos que te asegures de tener a alguien fuera que te saque.
Hay muchas historias de personas atrapadas dentro de sus bolsas.
Miraron sus zurrones con nuevos ojos, unos que denotaban un profundo respeto hacia ellos. Oliver guardó su pijama con suma cautela, solo se sintió seguro cuando cerró la bolsa. Dakini se rio con una suave carcajada y la mano en el abdomen.
—Es broma, es broma. Cuentos antiguos para asustar a los niños: las bolsas no aceptan seres vivos.
—Tomó aire después de una última risa entrecortada y recuperó la compostura—.
Bien, ahora que está todo aclarado, pongámonos en marcha, debemos salir de Kapoha cuanto antes para llegar a Shilapawa.
Tenéis la comida y la bebida en la bolsa.
—Se dio la vuelta y señaló con entusiasmo la entrada norte del pueblo—. ¡Vááámonos!
—Un momento, Dakini —comenzó Agnes, y la aludida se giró—. Agradecemos tu ayuda, pero ¿por qué tenemos que ir a Shilapawa? Nosotros ya… En fin, tenemos…
—Tenéis que encontrar la vara —completó ella. Oliver y Agnes se quedaron ojipláticos—. Y para eso estoy yo aquí, para ayudaros a encontrarla. Por eso debo llevaros ante la kaiseri, para que os guíe. A menos que ya sepáis dónde está.
Se inclinó, y sus ojos lilas y redondos se clavaron en Oliver, inquisitivos e inocentes a la vez. Él titubeó, evitando el contacto visual con esos ojos antinaturales, que parecían contener la esencia misma de la magia. Agarró con fuerza el asa del zurrón.
—No. No lo sé.
Asintió satisfecha y volvió a apuntar la entrada norte de Kapoha.
—Entonces, no perdamos más tiempo.
Apenas avanzaron un par de pasos cuando Dakini se frenó en seco. Oliver chocó contra su espalda y la maga se giró hacia ellos desenvainando el báculo.
—¡Qué cabeza! Casi olvido lo más importante. No os mováis.
El báculo brilló de nuevo, suave y tímido. Dakini hizo un gesto, y un velo translúcido que se deshizo en millones de partículas de polvo brillante cayó sobre ellos y se apagaron como estrellas al amanecer.
Oliver y Agnes revisaron sus extremidades. No advirtieron nada extraño hasta que dirigieron su mirada al otro. Entonces ambos gritaron sorprendidos.
—¡Eres naranja! —dijo Agnes, señalando al muchacho—. ¡Has convertido a mi hermano en un risketo de pelo verde!
—¡Tú también eres naranja, y te brilla el pelo de color rojo!
Agnes ahogó un grito y tomó una de sus rastas para comprobarlo. Seguían tan oscuras como siempre.
—Calma, calma. Es solo una ilusión, un engaño para los ojos. Es lo mejor si queremos pasar desapercibidos. Debemos evitar habladurías o que nos hagan preguntas.
Envuelta en una hoja ancha y flexible, se escondía un pan amarillo con forma de media luna y bordes trenzados.
Parecía una empanadilla, olía dulce y el tacto era blando.
Oliver se la llevó a la boca después de examinarla con detenimiento.
La textura gelatinosa que se formó en su boca al morder le hizo apartarla con brusquedad.
El sabor no era desagradable, soltaba un jugo dulce, que le recordó a la granada.
El chico comprobó el curioso relleno de la empanada: tiras finas de algún tipo de vegetal azul que se deshacía en hilos al morderla, recubiertos de una pasta ambarina.
Tropezó con su propio pie y estuvo a punto de perder la comida.
Agnes no hizo esfuerzos por disimular su risa nasal.
Habían dejado atrás el pueblecito de Kapoha hacía una hora, y tanto Oliver como Agnes habían decidido buscar la comida y la bebida en los zurrones.
Fue más fácil y seguro de lo que habían pensado.
Ninguna fuerza mágica intentó devorarlos en el proceso.
Con todo, Oliver se apresuró en cerrar el zurrón.
Caminaban por un sendero de tierra algo inclinado, cerca de la orilla del río Puka.
A su lado se erguía una montaña lo bastante imponente y empinada como para no querer subirla.
Alrededor, pequeñas flores y arbustos de largas hojas salpicaban la hierba.
En la otra orilla del río crecían árboles de ramas retorcidas y madera rojiza, algunos de ellos similares a los que habían visto en el bosque, de hojas azules.
Tal y como les había explicado Dakini, no brillaban bajo la luz de Zaroku y Arisu, el sol rojo y el sol blanco.
Otros vegetales alternaban sus colores entre el verde y el amarillo vibrante, que contrastaban con el cielo rosado y azul.
Oliver lo contempló una vez más: nunca se acostumbraría a él.
—Dime, Oliver, ¿hace cuánto que sueñas con la vara?
La pregunta lo pilló de improviso y estuvo a punto de ahogarse con su propia saliva. Tosió un par de veces y dio un largo trago al pumpo que le colgaba de la muñeca para evitarlo. Dakini les había dicho que por ese sendero abundaban las fuentes y no habría peligro de quedarse sin agua.
—Nunca dije que hubiera soñado con ella.
Dakini, que lideraba la marcha, lo miró por el rabillo del ojo. Su risa sonó como un cascabel. Oliver frunció el ceño, ¿le habría leído la mente?
—Pero lo has hecho, ¿cómo ibas a partir en su busca si no?
—Basta de misticismos, Dakini. Tienes que explicarnos muchas cosas —interrumpió Agnes, que ya se había terminado la empanada—. Para empezar, ¿por qué sabes que buscamos la dichosa varita?
La maga se giró de repente y ambos se detuvieron en seco frente a ella. A pesar de sonreír, se apreciaba un halo de seriedad en sus ojos.
—Digamos que alguien anunció la llegada de una pareja de extranjeros que podría encontrarla.
—Oh, no —suspiró Agnes, bajando los hombros—: una de esas profecías.
Dakini rompió a carcajadas. Ambos comenzaban a estar hartos de no enterarse de nada y de que los tratasen como idiotas. No obstante, la maga siguió hablando antes de que pudieran quejarse.
—Si hubiese sido una profecía, ya se habría corrido la voz.
No, esto es diferente: es información privilegiada y confidencial.
Veréis: todas las mentes están conectadas.
Es verdad que solo algunos magos podemos acceder a ese compendio de mentes mediante los sueños.
La vara se comunica con los magos elegidos a través de ellos, lo sabe todo el mundo.
Agnes se cruzó de brazos.
—Eso no explica nada.
—¡Claro que sí! Porque Oliver es un mago.
—¡¿Perdona?! —exclamó él, después de echar parte del agua que estaba bebiendo por la nariz.
—¡Ah, no! ¡Por ahí sí que no paso! Lo mismo que insinuó la loba esa —se indignó Agnes.
—¡Pero es verdad! ¿Por qué si no iba a soñar con ella? ¿Por qué si no ibais a estar aquí, tan lejos de vuestra tierra?
Agnes se llevó las manos a las sienes, intentando aclarar las ideas, no estallar y evitar hacer un mal resumen de cómo habían acabado en Qmark.
Para ser un sueño, le sorprendió el alto nivel de detalle con el que lo recordaba todo, incluido el miedo, y lo mucho que le dolía la cabeza en ese momento.
—Entonces, ¿puedo hacer magia?
—¡Claro! —Se llevó una mano al pecho—. Y no te preocupes, yo te enseñaré todo lo que necesites saber. Al menos, para poder defenderte de los malditos.
La maga se giró para proseguir el camino. Ambos la siguieron al instante. Agnes se adelantó a su hermano para ponerse a la par de Dakini.
—¿Los malditos son las bestias?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Y sabéis cómo curarlos?
—Lo cierto es que no. —Su rostro se ensombreció durante unos segundos, enseguida recuperó su semblante optimista y miró a Agnes con una sonrisa cargada de energía—. El poder de la vara ayuda a combatirlos, por eso es tan importante que el elegido parta en su busca cuando se manifiesta.
—¿Y no sería más fácil que votéis a un sucesor y se la entreguéis?
—¡Claro que no! La vara se oculta cuando se queda sin dueño.
—Pues vaya… Tenía que salir inteligente el chisme.
Dakini soltó una carcajada.
—Eres muy graciosa, Agnes. —Sonaba extraño en su voz, la garganta le reverberaba al pronunciar la G. La chica sintió calor en las mejillas, le gustaba cómo sonaba su nombre con aquel acento—. Se dice así, ¿no? Ag-nes.
Ella asintió.
Oliver las miró, sin entender. Su hermana era muchas cosas, pero «graciosa» nunca había entrado en su lista de adjetivos calificativos.