CAPÍTULO 5 Los malditos #3
Con un ligero tirón, la puso en pie y descubrió que era más bajita de lo que le había parecido.
Agnes le sacaba algo más de una cabeza de altura.
Oliver trotó hacia ella, anonadado por la barrera de energía que los rodeaba y el espectáculo de luces que acababan de contemplar.
De su cabello corto asomaban restos de paja que parecían mechones rubios y revueltos.
Pero Agnes apenas fue consciente de la presencia de su hermano, tan solo podía ver cómo los iris lila de aquella chica los estudiaban con los párpados entornados, brillando de excitación.
— Ra au’i to nibie ioa ka 14 .
—Eh…
Las palabras de Agnes se ahogaron en su boca mientras encogía los hombros. Al juzgar por la expresión de la desconocida, eso había sido una pregunta. Una a la que no sabía cómo responder.
Se oyó un grito y la mujer se giró de inmediato para correr hacia otro grupo de personas con túnicas verdes, púrpuras y rojas. Una de las criaturas estaba intentando atravesar la barrera a varios metros de ellos para meterse en una casa.
— Dakini! —bramó un muchacho vestido de verde, no muy lejos de ellos.
El báculo de la chica volvió a brillar como respuesta y dirigió un rayo dorado, que impactó contra la barrera. Saltaron chispas, y el sonido hizo que Oliver se llevase las manos a los oídos. La bestia y otras criaturas cercanas que la acompañaban huyeron entre gemidos.
—Eso es… ¡¿magia?!
Agnes chistó pidiendo silencio al ver que la desconocida se acercaba de nuevo. Había cuchicheado algo con sus compañeros al tiempo que los miraba de reojo. Al llegar a ellos, se inclinó con una mano en la espalda a modo de saludo. Su sonrisa era amable, igual que su rostro y rasgos redondeados.
— Au Dakini Hila, ton sikinai ho’okola no to Gurewo 15 .
Se mordió el labio y miró a su hermano. Consideraba que era mucho más listo que ella para algunas cosas y que tal vez se tratase de algún idioma mágico que él podía entender, pero toda su respuesta fue encogerse de hombros y volverse hacia la mujer de rojo con cara de bobalicón.
—Lo sien-to, no ha-bla-mos tu i-dio-ma —dijo en un tono más alto y lento de lo habitual mientras gesticulaba.
La chica de pelo brillante se dio unos toquecitos en la sien y sus ojos chisporrotearon con el destello de una idea.
Extendió la luz de su báculo justo frente a los hermanos.
Parecía estar hecho de una aleación entre cristal y metal, coronado por unos dedos finísimos y largos que apresaban la joya de la que surgía la luz.
La muchacha pronunció unas palabras mientras zarandeaba el báculo y un escalofrío recorrió a los hermanos hasta estallarles en el cerebro, como si hubieran bebido algo muy frío rápidamente. Se llevaron las manos a la cabeza.
—¿Qué tal ahora? ¿Me entendéis?
Agnes parpadeó un par de veces, asimilando las palabras de la chica. De su boca habían salido las mismas palabras sin sentido; pese a todo, su cabeza las comprendió.
—¡Una maga de verdad! —exclamó Oliver. Contenía su euforia para no dar saltos. Se llevó la mano a los labios, consciente de que no había hablado en su idioma. La maga se dirigió a él, con los brazos en jarra y una sonrisa triunfal. Aquella pose la hacía parecer más ancha de lo que ya era.
—¡Qué agudo!
No supo si era una burla o una alabanza. Antes de poder averiguarlo, la chica volvió a inclinarse con una mano en la espalda.
—Soy Dakini Hila, de la milicia mágica de Gurewo. Una Protectora, en concreto.
Agnes titubeó. No quería que sus palabras le sonasen ajenas.
—Yo soy Agnes Inuwa Lavalle de… ningún lugar en particular. Él es mi hermano, Oliver.
La mujer miró al muchacho con curiosidad. Se inclinó un poco hacia él con las manos en las rodillas para quedar a su altura.
—Oliver. Lo he dicho bien, ¿verdad? —El muchacho asintió y ella sonrió complacida—. Dime, ¿has notado cosas extrañas últimamente?
Oliver se quedó en blanco, no entendía a qué venía esa pregunta por parte de una desconocida. Su boca entreabierta lo delató.
—Dakini —comenzó la voz de una mujer uniformada de blanco que se aproximaba. También de piel naranja, rostro tatuado y cabello corto turquesa, brillante, igual que el de Dakini. La maga se interpuso entre los hermanos y la mujer de blanco—, ya puedes bajar la barrera, pronto amanecerá.
La joven asintió y, tras golpear el suelo con el bastón y hacer un gesto, la luz de la barrera clareó hasta desaparecer. Vigiló por el rabillo del ojo cómo la mujer de blanco se alejaba para reunirse con el resto del grupo y se aproximó con cautela hacia Agnes y Oliver.
—Deberíamos hablar en un lugar más tranquilo. Reuníos conmigo junto al molino de agua a media mañana —murmuró, para después pintarse una sonrisa y recuperar el tono amable y cantarín—. ¡Ahora, descansad! Debéis estar agotados.
La maga estuvo a punto de girar sobre sus talones; al final, decidió volver a examinarlos de arriba abajo con un gesto que guio la luz allí donde se posaban sus ojos.
—Unos atuendos muy curiosos, por cierto. Yo no me pasearía por el pueblo con ellos.
Agnes se cubrió con los brazos y agachó la cabeza, avergonzada por su enorme pijama de ovejitas.
Ambos quedaron plantados en el huerto como una verdura más mientras Dakini regresaba con su grupo, reunido a varios metros de ellos.
No dejaban de mirarlos de reojo y murmurar, era algo que a ella a veces también le pasaba en la Tierra y a lo que supuso nunca se acostumbraría.