CAPÍTULO 5 Los malditos #2
Las construcciones humildes con techo de paja se extendían hasta la ribera; el otro lado del pueblo lo delimitaba una arboleda vallada.
No había nadie en la plaza en la que se encontraban, salvo una persona encapuchada que bebía sentada en uno de los porches de los edificios bajos de piedra oscura y madera.
Vestía una túnica roja y larga sin mangas.
A Agnes le pareció percibir brillo bajo aquella capucha.
Dado que era la única persona con la que se había topado, aparte de los guardias, decidió acercarse con la esperanza de que hablase su idioma.
Apenas dio el primer paso cuando los gritos de los centinelas ensordecieron el murmullo del río.
Al girarse hacia la entrada del pueblo, se topó de nuevo con un grupo de puntos diminutos y brillantes en la penumbra, acompañados de gruñidos y gruesos abrigos de piel erizada.
Vio a una de las bestias abalanzarse sobre el guardia.
Tanto a ella como a su hermano les faltó tiempo para gritar y salir corriendo.
Tiró de Oliver. La respiración ronca y entrecortada de su hermano le advertía de que necesitaba descansar. Bajaron un par de metros en dirección a la orilla del río y se agazaparon detrás de una valla de mimbre que cercaba un huerto con plantas que, por fortuna, no brillaban.
—Tienes que hacer menos ruido —murmuró ella. La respiración de su hermano sonaba igual que la de un bulldog francés.
Oliver intentó bajar el ritmo, pero el aire no le llegaba a los pulmones.
Se oyeron gritos dentro y fuera de las casas, gruñidos y alaridos de humanos y animales en el exterior. Alrededor sonaban palabras en un idioma desconocido, mientras Agnes rezaba en silencio a cualquier ente superior para que no los encontrasen.
Una luz repentina, igual que el foco de un faro, los deslumbró desde atrás.
La siguió un sonido similar a un trueno lejano.
Algo chocó contra la valla al otro lado, la tambaleó, y ambos tuvieron que contenerse para no gritar.
La luz se extinguió y, junto a ellos, permaneció un sonido crepitante que enmudeció poco a poco.
—¿Estás mejor? —preguntó quitando la mano de la boca de Oliver. Él asintió varias veces, nervioso.
—¿Qué era eso? —murmuró el pequeño.
Agnes negó con la cabeza y asomó la mirada tras la valla de mimbre con cautela. La sombra que descansaba a los pies se movió veloz desde el otro lado y la chica cayó de culo al esquivar la mandíbula que se abalanzó sobre ella.
No era un lobo normal. No era como los de la manada de Fawa.
Le mostraba los colmillos en un gruñido amenazador, con ojos coléricos inyectados en sangre.
Su rostro era chato y el pelo no lo cubría por completo; en él todavía podían distinguirse facciones humanas.
Las patas delanteras le colgaban de la valla, demasiado similares a unos brazos de codos angulosos y garras a medio formar.
Con un zarpazo, la criatura derribó la estructura de mimbre, ocultando a Oliver debajo.
El niño gritó; sin embargo, la bestia estaba demasiado ocupada relamiéndose ante la idea de despedazar a la chica indefensa que tenía a menos de un metro de distancia.
En un acto desesperado, Agnes le dio la espalda para ponerse a cuatro patas y salir corriendo. Cuando apenas había apoyado el pie, resbaló y cayó de bruces contra el suelo. Cerró los ojos, esperando que lo inevitable al menos fuera rápido.
De pronto, una luz intensa y cegadora lo inundó todo. La bestia chilló. La joven oyó las quejas de su hermano, el caos a su alrededor y palabras que no entendía. La intensidad del brillo menguó, lo que le permitió abrir poco a poco los ojos.
Frente a ella vio la figura de una mujer vestida de rojo e iluminada desde lo alto.
Alzaba un báculo con su mano derecha, y de su punta surgía un brillo dorado, casi celestial.
Cuando bajó el arma y la luz cesó, un muro áureo y translúcido se alzó, creando una barrera de unos tres metros de radio, cuyas puntas se izaban hacia el cielo y se difuminaban con él.
Tanto Agnes como Oliver se encontraban en su interior y pudieron ver a más personas con túnicas sin mangas en distintos colores, similares a la que la desconocida llevaba.
La chica miró alrededor, con semblante serio.
A Agnes la recorrió un escalofrío; quedó embobada al ver el cabello de aquella chica.
Lo llevaba por encima de los hombros, puntas onduladas, voluminoso y flequillo corto, con una trenza a modo de diadema.
Era de un tono lila, tan claro que sus raíces rozaban el blanco, y brillaba.
Cada uno de los hilos de su pelo irradiaba luz suave y la dotaba de un aura sobrenatural, que iluminaba su piel anaranjada.
Los ojos violetas de la desconocida se cruzaron con los de Agnes, y ella se olvidó de respirar.
— Maka’i paha ka 13 .
Una vez más, palabras incomprensibles. La pequeña bola de luz que adornaba el báculo se movió por su cuenta para recorrer a la joven de arriba abajo.
El rostro de la muchacha la miraba con notable fascinación y Agnes no supo cómo tomárselo.
A pesar de todo, la desconocida le tendió la mano y ella la aceptó. Estaba llena de pequeños tatuajes.