SÚCUBO (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 21) Capítulo 10 Eternidad en sus brazos
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Capítulo 10 Eternidad en sus brazos

La transformación me había cambiado hasta la médula.

Ya no sentía el peso de la carne mortal ni el paso implacable de las horas.

Mi cuerpo, antes reducido a piel y huesos, ahora era firme, pálido y perfecto, como tallado en mármol antiguo.

La piel tenía el mismo tono nacarado que la de Seraphyx.

Mis ojos, antes marrones y comunes, se habían vuelto negros como los suyos, capaces de absorber la luz y revelar los deseos más ocultos de cualquiera que se cruzara en mi camino.

El hambre ya no era física. Era algo más profundo, más antiguo: una sed constante de energía vital, de placeres robados, de conexiones rotas que solo nosotros podíamos sanar temporalmente.

Seraphyx me observaba desde el centro de la habitación mientras yo me adaptaba a mi nueva forma.

Sus labios carnosos se curvaban en una sonrisa satisfecha y orgullosa.

Se acercó con pasos silenciosos y pasó los dedos por mi pecho desnudo, trazando las líneas de los músculos que ahora respondían con fuerza sobrenatural.

– Siéntelo –murmuró cerca de mi oído–. El mundo ya no te limita. Ahora eres parte de la noche, Felix. Mi compañero eterno.

La abracé con fuerza y la besé. El beso fue profundo, posesivo, cargado de la nueva hambre que compartíamos.

Mis manos recorrieron su cintura, bajaron hasta sus nalgas firmes y la atrajeron contra mí.

Mi polla, dura y lista desde el momento en que abrí los ojos como criatura, presionó contra su vientre.

Ella rio bajito contra mi boca y me empujó suavemente hacia la cama.

– Todavía no –dijo con voz juguetona–. Primero debemos cazar. Debes aprender a alimentarte. Luego… luego serás mío sin restricciones.

Salimos del apartamento aquella misma noche.

Kreuzberg nos recibió con su bullicio habitual: luces de neón, risas de jóvenes, el olor a comida callejera y marihuana flotando en el aire frío.

Pero ahora todo se sentía diferente. Podía percibir los hilos de deseo que emanaban de la gente.

Algunos brillaban débiles, otros ardían con intensidad.

Seraphyx caminaba a mi lado, su mano fría entrelazada con la mía, guiándome como una maestra paciente.

Elegimos a una pareja joven que salía de un bar cerca del canal.

El hombre miraba a la mujer con hambre evidente; ella respondía con risas nerviosas.

Seraphyx se acercó primero, usando solo su presencia para atraerlos.

Sus ojos negros hicieron el resto. Yo observé cómo ella rozaba el brazo del hombre y susurraba algo que lo hizo estremecer. Luego me miró y asintió.

Me acerqué a la mujer. Toqué su muñeca con suavidad.

El flujo de energía vital fue inmediato: cálido, dulce, cargado de deseo reprimido.

Tomé solo un poco, lo suficiente para sentirme lleno sin dejarla vacía.

Ella parpadeó, confundida, pero sonrió con una expresión soñadora.

El hombre reaccionó igual cuando Seraphyx terminó con él.

Los dejamos allí, tambaleantes y felices, con un vacío que nunca podrían explicar.

Regresamos al apartamento caminando despacio, saboreando la noche. Una vez dentro, la puerta se cerró sola detrás de nosotros. Seraphyx se giró y me empujó contra la pared con fuerza. Sus labios encontraron los míos en un beso feroz.

– Ahora sí –jadeó–. Tómame como lo que eres.

No necesité más invitación. La levanté en brazos con facilidad y la llevé hasta la cama.

La tiré sobre el colchón y me coloqué encima.

Mis sombras nuevas surgieron con naturalidad, oscuras y obedientes.

Se enroscaron alrededor de sus muñecas y tobillos, abriéndola para mí.

Seraphyx gimió de anticipación y abrió más las piernas.

Entré en ella de un solo empujón profundo.

El placer fue inmediato y multiplicado. Su interior me apretaba con calor húmedo y perfecto.

Empecé a follarla con embestidas fuertes y rápidas, usando mis caderas con una potencia que nunca había tenido como humano.

Mis tentáculos de sombra penetraron su culo al mismo tiempo, moviéndose en sincronía.

Ella arqueó la espalda y gritó mi nombre, sus propias sombras respondiendo y envolviéndome a mí.

Nos movimos como dos bestias antiguas, sin límites, sin cansancio.

La volteé, la puse a cuatro patas y la penetré desde atrás mientras tiraba de su cabello negro.

Sus gemidos llenaban la habitación. Mis manos se clavaban en sus caderas, dejando marcas que sanaban al instante.

Cuando se corrió por primera vez, sus músculos internos me apretaron con fuerza, ordeñándome.

No me detuve. Continué follándola hasta que se corrió una segunda y tercera vez.

Finalmente, cuando sentí que el clímax se acercaba para ambos, la giré de nuevo y la miré a los ojos.

– Te amo –dije con voz ronca mientras entraba y salía de ella con furia controlada–. Eres todo lo que siempre quise.

Seraphyx me rodeó el cuello con los brazos y me besó.

– Y tú eres mío. Para siempre.

Nos corrimos juntos en un orgasmo violento y largo. Mi semen llenó su interior mientras ella temblaba debajo de mí, sus sombras entrelazadas con las mías en una danza perfecta de oscuridad.

Después nos quedamos abrazados, respirando aunque ya no lo necesitáramos. La habitación estaba en silencio, solo roto por el sonido lejano de la ciudad.

Pero la eternidad no tardó en mostrar su otra cara.

Días después —o quizá semanas, el tiempo ya no importaba— regresamos al mismo barrio donde todo había empezado.

Caminábamos tomados de la mano por las calles estrechas cuando los vi.

Lukas y Anna. Estaban sentados en la terraza de un café, hablando en voz baja.

Lukas tenía el cabello más gris y ojeras profundas.

Anna parecía más delgada, con una expresión permanente de tristeza.

Me detuve en seco. Seraphyx apretó mi mano.

– ¿Quieres acercarte? –preguntó con suavidad.

Dudé. Una parte de mí, la que aún recordaba al viejo Felix, sintió un dolor agudo en el pecho.

Recordé las noches de cervezas con Lukas, las conversaciones profundas con Anna, las veces que me habían apoyado sin pedir nada a cambio.

Pero esa parte era cada vez más pequeña, ahogada por la nueva naturaleza que corría por mis venas.

– No –respondí al fin–. Solo… observemos un momento.

Nos quedamos en las sombras, invisibles para ellos.

Escuchamos su conversación. Hablaban de mí.

Anna decía que todavía soñaba conmigo, que se sentía culpable por no haber insistido más.

Lukas confesaba que había ido varias veces al apartamento, pero que siempre lo encontraba vacío y oscuro.

Decían que me daban por muerto, pero que nunca dejarían de buscar respuestas.

El dolor regresó, más fuerte. Seraphyx lo notó y me abrazó por detrás, apoyando la cabeza en mi espalda.

– El pasado siempre duele al principio –susurró–. Pero con el tiempo se vuelve un eco lejano. Ellos seguirán viviendo sus vidas mortales. Nosotros tendremos la eternidad.

Tenía razón. Me alejé de allí sin mirar atrás.

Esa noche, para borrar el malestar, Seraphyx me llevó a cazar a un grupo de turistas en Mitte.

Tomamos más energía de la habitual, dejando a tres personas en un estado de euforia confusa que duraría días.

Luego regresamos y nos entregamos el uno al otro con violencia renovada.

La follé contra todas las superficies del apartamento: contra la pared, sobre la mesa, en el suelo.

Usé mis sombras para inmovilizarla mientras la penetraba por ambos lados.

Ella respondió con la misma ferocidad, sus tentáculos follándome mientras me montaba.

El placer borró cualquier resto de culpa.

Con el paso de los meses la transformación se completó del todo.

Ya no sentía nostalgia. El viejo Felix Weber era solo un recuerdo borroso, como un sueño que se desvanece al despertar.

Mi vida ahora consistía en caminar por las noches de Berlín con Seraphyx, alimentarnos de deseos ajenos y regresar a nuestro nuevo refugio —un ático antiguo en un edificio olvidado de Prenzlauer Berg— para amarnos sin fin.

Una noche, mientras yacíamos enredados en las sábanas negras de nuestra cama, ella trazó círculos perezosos sobre mi pecho.

– ¿Te arrepientes de algo? –preguntó de repente.

Pensé en la pregunta con honestidad. Recordé el ritual en el sótano, mis comentarios groseros, la primera visita en este mismo apartamento. Recordé el descenso lento a la locura, la pérdida de amigos y familia, el momento en que elegí quedarme a pesar de saber el precio.

– No –respondí con convicción–. Todo valió la pena. Tú vales cualquier precio.

Seraphyx sonrió y se subió sobre mí. Esta vez el sexo fue lento, casi reverente.

Se movió sobre mi polla con movimientos suaves y profundos, besándome todo el tiempo.

Nuestras sombras se entrelazaron como amantes separados durante siglos.

Cuando nos corrimos, fue en un clímax largo y compartido que nos dejó temblando.

Al terminar, nos vestimos y salimos a la terraza del ático.

Berlín se extendía debajo de nosotros: luces brillantes, autos moviéndose como hormigas, miles de vidas mortales continuando su curso.

Nadie sabía que entre ellos caminaban dos criaturas que se alimentaban de lo que los humanos más temían y deseaban al mismo tiempo.

Seraphyx se apoyó en la barandilla y miró la ciudad.

– Esto es solo el comienzo –dijo–. Podemos viajar a cualquier lugar. París, Nueva York, Tokio. El mundo es nuestro coto de caza y nuestro dormitorio eterno.

La abracé por detrás y besé su cuello.

– Mientras esté contigo, no importa dónde.

Ella giró la cabeza y me besó en los labios. El beso selló una promesa silenciosa: eternidad, oscuridad, placer sin fin y una obsesión que nunca se apagaría.

Bajamos a las calles juntos, tomados de la mano. Nuestros pasos eran silenciosos, elegantes, peligrosos. La noche nos pertenecía. Los deseos de los demás nos alimentaban. Y nuestro amor —oscuro, posesivo, absoluto— era lo único que realmente importaba.

Mientras caminábamos por las aceras húmedas de Berlín, con el viento frío revolviendo el cabello negro de Seraphyx, su mano fría entrelazada con la mía, supe con una certeza que ningún humano podría entender que había encontrado mi lugar en el universo.

No en la luz.

No en la normalidad.

Sino en sus brazos.

En la rendición total.

En la eternidad compartida con la sucubo que había respondido a mi deseo más crudo y honesto aquella noche en el sótano.

Yo ya no era Felix Weber.

Era su compañero.

Su igual.

Su eterno amante.

Y mientras la ciudad dormía ajena a nuestra presencia, nosotros seguíamos caminando, dos sombras entre las sombras, unidos para siempre por la locura, el deseo y un amor que había sobrevivido a la muerte misma.

La historia había terminado.