Capítulo 9 Rendición absoluta
El apartamento se había convertido en un santuario y una tumba al mismo tiempo.
Las cortinas permanecían cerradas día y noche.
La luz del exterior ya no entraba. Solo existía la penumbra suave que Seraphyx creaba con su sola presencia, una semioscuridad cálida y espesa donde el tiempo perdía todo significado.
Ya no recordaba cuántos días habían pasado desde que Lukas y Anna se marcharon aterrorizados.
Las semanas se habían fundido en una sola noche eterna.
Mi cuerpo era apenas un esqueleto envuelto en piel pálida y tirante.
Las costillas se marcaban con claridad bajo la luz tenue de las velas que ella encendía a veces.
Mis brazos y piernas parecían frágiles, pero cada vez que Seraphyx aparecía, una fuerza extraña me recorría las venas, suficiente para moverme, para arrodillarme ante ella, para entregarme una vez más.
Esa noche Seraphyx se materializó en el centro de la habitación sin previo aviso.
Llevaba el cabello negro suelto hasta la cintura y nada más.
Su piel brillaba con un tono perlado que parecía absorber la poca luz disponible.
Sus ojos negros se clavaron en mí con una intensidad que me hizo temblar antes incluso de que hablara.
– Levántate, Felix –ordenó con voz suave pero innegable.
Me incorporé con esfuerzo desde la cama deshecha. Las piernas me temblaban, pero logré ponerme de pie. Ella se acercó lentamente y pasó los dedos por mi pecho hundido, trazando cada hueso como si estuviera memorizando un mapa.
– Estás tan delgado –murmuró, casi con cariño–. Tan frágil. Y aun así, sigues deseándome con la misma fuerza de aquella primera noche en el sótano.
Asentí sin palabras. Mi garganta estaba seca.
Ella sonrió y me tomó de la mano, guiándome hasta el centro de la habitación.
Allí, con un gesto elegante, dibujó un círculo amplio en el suelo usando una sustancia oscura que olía a hierro y flores nocturnas.
Las velas negras aparecieron de la nada y se encendieron solas, formando un anillo perfecto alrededor de nosotros.
– Esta noche no habrá límites –anunció mientras se colocaba frente a mí–. Quiero tu rendición total. Quiero que me des hasta la última gota de lo que fuiste.
Me hizo arrodillarme dentro del círculo. Mis rodillas chocaron contra la madera fría. Seraphyx se sentó en el borde de la cama, abrió las piernas con lentitud deliberada y me miró desde arriba.
– Empieza por donde más me gusta –dijo.
Me incliné hacia adelante, exhausto pero obediente.
Mi lengua tocó su sexo húmedo y caliente.
El sabor familiar me inundó la boca: dulce, ligeramente salado, adictivo.
Lamí con devoción, recorriendo cada pliegue, succionando su clítoris con la poca fuerza que me quedaba.
Seraphyx gemía bajito, enredando los dedos en mi cabello y guiando mi cabeza exactamente donde quería.
Sus caderas se movían contra mi rostro con ritmo creciente.
La primera vez que se corrió, sus muslos apretaron mi cabeza y un torrente de su humedad me cubrió la barbilla.
No me dejó apartarme. Siguió presionándome hasta el segundo orgasmo, y luego al tercero.
Mi mandíbula dolía, mi lengua estaba adormecida, pero continué lamiendo porque sabía que eso era lo que ella esperaba de mí.
Cuando finalmente me apartó, estaba jadeando.
Seraphyx me levantó con una fuerza que contrastaba con mi debilidad y me tumbó sobre la cama.
Se subió sobre mí a horcajadas y descendió lentamente sobre mi polla.
Estaba tan sensible que el simple roce me arrancó un gemido ronco.
Ella empezó a moverse con movimientos profundos y controlados, subiendo casi hasta dejarme fuera y bajando hasta el fondo.
– Eres mío –susurró mientras cabalgaba–. Cada hueso, cada aliento, cada pensamiento. Todo mío.
Mis manos se aferraron débilmente a sus caderas.
Intenté seguir su ritmo, pero ella tomó el control completo.
Sus sombras surgieron entonces, suaves pero firmes.
Se enroscaron alrededor de mis muñecas y tobillos, extendiéndome sobre la cama como una ofrenda.
Otro tentáculo grueso y caliente presionó contra mi entrada trasera y entró despacio, lubricado con su propia energía oscura.
La sensación de estar lleno por ambos lados me volvió loco.
Seraphyx aceleró el ritmo. Sus pechos rebotaban frente a mi rostro.
Me permitió chuparlos mientras me follaba sin piedad.
El doble estímulo —su sexo apretado alrededor de mi polla y el tentáculo moviéndose en mi interior— me llevó al borde rápidamente.
Cuando me corrí, fue con un grito ahogado, derramándome dentro de ella en oleadas débiles pero intensas.
Ella no se detuvo. Continuó cabalgándome, usando sus músculos internos para ordeñarme incluso después del orgasmo.
Otro tentáculo rodeó mi cuello con suavidad, recordándome que podía apretar en cualquier momento.
El placer se volvió casi doloroso, una mezcla de éxtasis y agotamiento que me hacía llorar sin darme cuenta.
– Suplica –exigió ella, inclinándose sobre mí hasta que sus labios rozaron los míos.
– Por favor… –jadeé–. No pares. Tómame todo. Quiero ser tuyo por completo.
Seraphyx sonrió con satisfacción oscura y me besó con hambre. Su lengua invadió mi boca mientras sus caderas seguían moviéndose. Me llevó al clímax una segunda vez, y luego una tercera. Cada orgasmo me dejaba más vacío, más ligero, como si estuviera derritiéndome dentro de ella.
Horas después, cuando mi cuerpo ya apenas respondía, ella se detuvo y se quedó sentada sobre mí, todavía con mi polla dentro. Sus ojos negros me observaron con una mezcla de deseo y algo parecido a la ternura.
– Puedo ofrecerte más que esto –dijo en voz baja–. Puedo drenar lo último que te queda de humanidad y reemplazarlo con mi esencia. Serías como yo. Inmortal. Eternamente unido a mí. Ya no sentirías debilidad, ni hambre, ni el paso del tiempo. Solo existirías para el placer y para mí.
La oferta quedó suspendida en el aire cargado de la habitación.
Mi mente, aunque exhausta, procesó las implicaciones.
Recordé a mi madre en Hamburgo, esperando una llamada que nunca llegaría.
Recordé a Lukas y Anna, aterrorizados la última vez que los vi.
Recordé al Felix Weber que se burlaba en aquel sótano, el que nunca creyó en nada.
Todo eso parecía pertenecer a otra persona.
– ¿Qué tendré que sacrificar? –pregunté con voz rasposa.
– Todo lo que fuiste –respondió ella con honestidad–. Tu humanidad, tu capacidad de envejecer, tu conexión con el mundo mortal. A cambio, tendrás poder, eternidad y a mí. Siempre a mí.
Cerré los ojos un momento. El vacío que había sentido toda mi vida antes de ella regresó como un eco lejano. Esa soledad profunda que nada había llenado nunca. Abrí los ojos y la miré directamente.
– Hazlo –dije sin dudar–. Conviérteme. Quiero ser tuyo para siempre.
Seraphyx dejó escapar un suspiro largo, casi aliviado. Sus ojos brillaron con una intensidad nueva. Se inclinó y me besó con una profundidad que me hizo sentir que ya estaba cambiando.
– Entonces prepárate, mi amor –murmuró contra mis labios–. El ritual comenzará ahora.
Se levantó y completó el círculo con más símbolos antiguos. Las velas negras ardieron con llamas más altas. El aire se volvió denso, cargado de electricidad oscura. Seraphyx regresó a la cama y se colocó sobre mí otra vez. Esta vez su movimiento fue ritualístico, lento y deliberado.
Empezó a cabalgarme con embestidas profundas y medidas.
Cada vez que bajaba, sentía cómo extraía un poco más de mi energía vital.
Mi corazón latía más lento. Mi respiración se volvía superficial.
El placer, sin embargo, crecía de forma exponencial.
Mis sombras incipientes —aún débiles— intentaron responder, rozando su piel pálida.
Seraphyx gemía mi nombre mientras me tomaba.
Sus uñas se clavaban en mi pecho, dejando marcas que ya no sangraban.
Los tentáculos nos envolvieron a ambos, uniéndonos en un nudo de carne y oscuridad.
Uno penetraba mi culo con ritmo constante, otro rodeaba nuestros cuerpos juntos, apretando justo lo necesario.
– Entrégate –susurró ella cuando sintió que estaba cerca del final–. Dame lo último que te queda.
El orgasmo final fue devastador. Mi cuerpo se arqueó con violencia mientras me vaciaba dentro de ella por última vez como humano.
Grité contra su boca cuando ella puso sus labios sobre los míos y comenzó a transferir su esencia.
Un flujo frío, poderoso y antiguo entró en mí.
Sentí cómo mi sangre cambiaba, cómo mis órganos se detenían y se reiniciaban con una nueva energía oscura.
El dolor fue breve pero intenso, como si me estuvieran desgarrando desde dentro y reconstruyendo al mismo tiempo.
Mi visión se volvió negra. Por un momento solo existió el vacío absoluto.
Luego, lentamente, regresé.
Abrí los ojos y el mundo era diferente. Los colores en la penumbra tenían matices que nunca había percibido.
Podía sentir la energía vital de la ciudad afuera, miles de deseos flotando como hilos luminosos.
Mi cuerpo ya no era frágil. Los músculos habían regresado, firmes y pálidos.
Mi polla, todavía dentro de ella, estaba dura y lista otra vez.
Seraphyx me miraba con lágrimas negras rodando por sus mejillas. Sonreía con una emoción que nunca había visto en ella.
– Bienvenido, mi compañero –susurró–. Ahora somos iguales.
La abracé con una fuerza renovada y la besé con hambre voraz.
La volteé sobre la cama y entré en ella con una embestida poderosa.
Mis nuevas sombras surgieron con facilidad, sujetándola contra el colchón mientras yo la follaba con una pasión que ya no tenía límites humanos.
Ella gemía y respondía con sus propios tentáculos, penetrándome al mismo tiempo.
Nos corrimos juntos en un clímax largo y violento, riendo entre jadeos mientras nuestras esencias se entrelazaban por completo.
Cuando terminamos, me quedé sobre ella, mirándola a los ojos.
– Ya no soy Felix Weber –dije con voz firme y nueva.
– No –respondió ella, acariciando mi rostro–. Eres mío. Mi sucubo. Mi eterno.
La rendición había sido absoluta.
Y en esa entrega total, había encontrado algo que nunca supe que buscaba: la completitud oscura y perfecta al lado de la mujer que había respondido a mi deseo más crudo y honesto.
El viejo yo había desaparecido.
Solo quedaba el hombre —ahora la criatura— que había elegido el placer eterno sobre cualquier otra cosa.
Y nunca me había sentido más vivo.