Su voto despiadado (London Bratva) Epílogo
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Epílogo

Seis meses después

GALINA

El zumbido de la aguja del tatuaje es más fuerte de lo que esperaba, como una avispa furiosa atrapada en una habitación pequeña. Me agarro al brazo de la silla y respiro acompasadamente mientras el artista traza las líneas finas en la piel de Laszlo.

Estamos en un estudio privado en Chelsea que Laszlo lleva usando años. El hombre que hace el trabajo se llama Seryozha, tiene el cuerpo de un armario ropero y es callado como una tumba. No ha dicho una sola palabra de más desde que llegamos, algo que respeto profundamente.

Laszlo está sentado en la silla sin camisa, con un brazo detrás de la cabeza, mirándome mientras lo miro con esa expresión que pone cuando sabe que me afecta y lo disfruta demasiado.

—Deja de mirarme —dice.

—Estoy supervisando.

—Estás comiéndome con los ojos.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

El tatuaje está sobre su corazón. Lado izquierdo. Tan cerca del hueso que sé que duele más de lo que jamás admitirá.

Cuando le dijo a Seryozha lo que quería, el artista me miró una vez, luego a Laszlo, y asintió sin decir nada. Los profesionales de este mundo saben cuándo preguntar y cuándo callarse y trabajar.

Me paso la mano por el vientre, que ya empieza a notarse, y me hundo más en el sofá de cuero contra la pared.

—¿Cuánto queda?

—Veinte minutos —dice Seryozha sin levantar la vista.

Los ojos de Laszlo siguen fijos en mí. Azules y firmes, llenos de algo que todavía me pilla desprevenida.

—¿Estás bien? Tienes mala cara.

No se equivoca. Las náuseas matutinas han decidido quedarse más allá de las primeras doce semanas, y ver a Seryozha limpiando la sangre de Laszlo mientras graba el nombre de nuestra bebé en su piel me está revolviendo el estómago.

—Sal a que te dé el aire.

—Estoy bien. Ya he aguantado esto otras veces.

Sonríe y se pasa los dedos por mi nombre, tatuado en su hombro. También lo vi aquella vez. No me sentí mal entonces. Solo sentí que algo se abría dentro de mi pecho y no supe cómo volver a cerrarlo.

—Se te oyen los pensamientos —dice.

—Siempre se me oyen. Te casaste conmigo sabiendo eso.

—Me casé contigo sabiéndolo todo.

—Mentiroso.

Se le curvan los labios.

—Casi todo.

Seryozha vuelve a limpiar la zona y alcanzo a ver las letras que van tomando forma. Mila. El nombre de nuestra hija, que aún no ha nacido, ya es permanente en la piel de su padre.

Se me cierra la garganta. Malditas hormonas. Me presiono los ojos con los dedos y respiro.

—Galina.

—He dicho que estoy bien.

—Estás llorando.

—No estoy llorando. Son alergias.

—Joder, cómo te quiero —dice Laszlo con una risa suave—. Eres tan jodidamente terca.

—Lo odiarías si no lo fuera —digo con voz ronca.

—Desde luego. Si fueras sosa, aburrida y dócil todo el puñetero tiempo, me volvería loco.

—A Voronov le gusta pelear —dice Seryozha.

—Siempre le ha gustado —confirmo, limpiándome los ojos con el dorso de la mano y dejando ya de fingir que esto es otra cosa.

—Va a ser un terremoto —digo, mirando las letras que se forman en su pecho—. Contigo de padre y conmigo de madre, no tiene ninguna posibilidad de ser normal.

—Lo normal está sobrevalorado.

—Lo normal es seguro.

Su mirada se afila y me aprieta la mano un poco más.

—Estará a salvo. Eso te lo prometo.

Le creo. No porque nunca se equivoque, sino porque he visto a este hombre desmantelar amenazas, reestructurar toda su red de seguridad e instalar suficiente cristal blindado en nuestra casa como para resistir una pequeña guerra, todo antes de que nuestra hija haya respirado por primera vez.

Será la niña más protegida de Londres, y probablemente la más mimada, si de Leonid depende.

—Soy feliz —digo, sonriéndole entre lágrimas—. Muy feliz.

—Yo también —dice—. Nunca supe lo que significaba.

—Basta de ñoñerías. Guardaos eso para luego —dice Seryozha.

—Sí, para luego —murmuro mientras cojo el vaso de agua y doy un pequeño sorbo.

Pero tiene razón. Yo tampoco sabía lo que significaba.

Ahora sé que pasaré el resto de mi vida siendo la mujer más feliz de la tierra por haber conocido a este hombre.

Este hombre despiadado que nos ama a nuestra hija, que aún no ha nacido, y a mí más de lo que puede expresar con palabras.

Y el sentimiento es absolutamente mutuo.