Capítulo 22
Galina
Nos detenemos frente a la casa y me quedo mirando la puerta principal un instante antes de bajar.
Casada.
La palabra se asienta en mi pecho como algo que se ha atragantado. No es malo. No es bueno. Simplemente está ahí, sólida e innegable, presionando contra todo lo que creía saber sobre cómo iba a ser mi vida.
Sigo a Laszlo al interior, siempre detrás de él, lo cual se está convirtiendo en un hábito que no sé cómo tomarme.
Leonid tiene la expresión de un hombre que lleva todo el día esperando que algo salga mal y está ligeramente sorprendido de que aún no haya pasado. Mira el rostro de Laszlo y se endereza.
—Necesitamos a Grisha —dice Laszlo—. Y tu presencia. Una hora.
Leonid parpadea una vez.
—Señor.
—Ya sabes para qué.
Una pausa tan breve que apenas existe.
—Lo encontraré.
Desaparece, y me quedo de pie en el pasillo con vaqueros y un jersey, a punto de casarme.
—Necesito cambiarme —digo.
Laszlo se gira para mirarme.
—El vestido está aquí.
—¿Crees que debería ponérmelo? —pregunto sorprendida.
Se encoge de hombros.
—¿Por qué no?
Me tomo un momento para considerarlo. ¿Por qué no, al fin y al cabo?
—En realidad —dice mientras me giro hacia las escaleras—, olvida eso. Ponte algo viejo y gastado.
—No tengo nada viejo y gastado. Pero ¿por qué?
Su mirada se enciende.
—Para poder arrancártelo antes de reclamar lo que llevo deseando desde que te vi.
El calor me inunda el rostro tan rápido que casi me marea.
—Ni se te ocurra arrancar mi vestido de novia —digo, pero mi voz sale más ronca de lo que pretendía, y ambos lo notamos.
Su boca se curva.
—Entonces ponte algo que pueda destrozar sin que ninguno de los dos lo lamente.
—Encontraré algo —logro decir, y subo las escaleras antes de que pueda ver lo que esas palabras me han hecho.
En el vestidor, me quedo frente al armario un momento, respirando. La funda del vestido cuelga de la barra, la seda blanca visible a través de la cubierta transparente, y paso un dedo por la cremallera antes de apartarme.
No el vestido. No hoy. No así, en una ceremonia improvisada con Leonid y Grisha como testigos y dos horas de preaviso.
El vestido merece algo mejor. Yo merezco algo mejor, aunque el hombre que espera abajo sea precisamente la razón por la que lo deseo.
Saco un vestido lencero de seda verde oscuro. Ajustado, sencillo, nada por lo que fuera a llorar. Me lo pongo delante en el espejo, y algo se asienta en mi pecho que prefiero no analizar.
Me visto rápido, me recojo el pelo y me retoco el pintalabios en un tono demasiado rojo para ser sutil pero no tanto como para ser una declaración de intenciones. Un punto intermedio, que parece apropiado para hoy.
Me miro en el espejo un largo instante.
Ojos verdes. Pelo oscuro. Un anillo que llevo en el dedo solo unos días.
Parezco una mujer que ha tomado una decisión.
Bajo las escaleras antes de poder convencerme de lo contrario.
Laszlo está en el pasillo, y también se ha cambiado, con ropa que ha sacado de algún sitio.
Pantalones oscuros, camisa gris oscuro con el botón de arriba abierto, sin corbata.
Los tatuajes le trepan por la piel, y tiene exactamente el aspecto de lo que es: peligroso, despiadado y demasiado atractivo para la tranquilidad de nadie.
Sus ojos me recorren una vez, desde la seda verde hasta la boca roja y los zapatos que cogí en el último momento, de tacón bajo y sencillos.
—Verde —dice.
—Es mi leitmotiv —digo, enseñándole el anillo de esmeralda.
Su boca se curva.
—Te sienta bien.
—No seas encantador. Me pone nerviosa.
—Bien —dice, y me tiende la mano.
La miro un instante. Sus dedos tatuados, lo ancha que es su palma, la quietud particular de un hombre que no pregunta dos veces.
La tomo.
Su mano se cierra en torno a la mía y caminamos hacia el salón, que Leonid ha transformado con eficiencia silenciosa en algo parecido a una celebración.
Han movido los muebles. Dos sillas miran hacia una tercera, donde un hombre que no reconozco aguarda con una carpeta y la expresión de alguien a quien han pagado muy bien por estar aquí y olvidar que alguna vez estuvo.
Grisha permanece a un lado, enorme e incómodo, como si prefiriera estar haciendo literalmente cualquier otra cosa. Capta mi mirada y me dedica un asentimiento rígido que creo que pretende ser alentador.
Leonid está junto a él, con las manos entrelazadas y el rostro compuesto en esa expresión que, creo, significa que siente algo que ha decidido no mostrar.
—Señorita Rusanova —dice el registrador, con una leve inclinación de cabeza—. Señor Voronov.
—Los mismos —digo, porque alguien tiene que decir algo, y Laszlo parece haber decidido que quedarse muy quieto y parecer un hombre capaz de partir caras con solo una mirada ya es aportación suficiente.
El registrador abre la carpeta.
—¿Procedemos?
Miro a Laszlo.
Me devuelve la mirada, ojos azules firmes, sin darme nada más que su mano todavía cerrada en torno a la mía.
—Sí —digo, al darme cuenta de que me ha dejado a mí decidir si esto sigue adelante o no.
No es una ceremonia larga. De eso se trata, supongo.
Sin flores, sin música, sin tías llorando en el segundo banco.
Solo un hombre con una carpeta de cuero leyendo palabras que se han leído en registros civiles de todo el país durante décadas, y dos personas en un salón de Mayfair decidiendo —ante dos hombres armados y un desconocido que olvidará que esto ocurrió— darles sentido en lugar de limitarse a soportarlas.
Laszlo pronuncia sus votos con una voz que no vacila. No mira al registrador cuando los dice. Me mira a mí.
Yo pronuncio los míos con una voz que sale más firme de lo que esperaba.
El registrador lee la declaración final. Pregunta si hay algún impedimento legal. Grisha mira al techo. Leonid mira al suelo. Nadie dice nada.
El registrador firma el certificado. Laszlo lo firma. Me pasa el bolígrafo, y lo sostengo durante un segundo antes de poner mi nombre junto al suyo con tinta que se secará en sesenta segundos y perdurará el resto de mi vida.
Está hecho.
El registrador cierra su carpeta con un clic suave y definitivo y dice algo sobre felicitaciones que escucho como desde muy lejos.
Laszlo le estrecha la mano. El dinero cambia de manos en forma de un sobre que Leonid saca del bolsillo trasero.
Lo acompañan a la salida con una eficiencia brusca que no invita a quedarse.
Y entonces quedamos cuatro en el salón, y estoy casada.
Grisha carraspea.
—Enhorabuena —dice, con el tono de un hombre que ha ensayado esta palabra tres veces y todavía no le convence.
—Gracias —digo.
Asiente una vez, con decisión, y se larga tan rápido como si el diablo le pisara los talones. No lo culpo. Laszlo parece a punto de despedazar a alguien.
¿Nervios?
Seguro que no.
Sonrío al darme cuenta de que probablemente tengo razón. El temible hombre de la Bratva estaba nervioso. De repente, es lo más divertido del mundo.
Cuando suelto un resoplido nada elegante, que aparentemente es la señal para que Leonid también se largue a toda prisa, Laszlo clava en mí su mirada feroz.
—¿Te hace gracia algo? —dice entre dientes.
—Estabas nervioso —resoplo.
Le brillan los ojos.
—No estaba nervioso.
—Claro que sí. La mandíbula te hacía eso.
—¿Qué cosa?
—Eso de ponérsete tan tensa que podrías partir una nuez. Lo haces cuando finges estar completamente tranquilo.
—Siempre estoy tranquilo.
—Estabas nervioso en tu propia boda. Laszlo Voronov, sobrino del pakhan más poderoso del sur de Inglaterra, estaba nervioso delante de un registrador y dos hombres que le tienen terror.
Me mira durante un largo segundo con esos ojos azules que no revelan nada, y entonces algo cambia en su rostro. No es exactamente una sonrisa. Algo más peligroso que eso.
—Continúa —dice en voz baja. Su voz ha bajado a ese registro que provoca algo profundamente inconveniente en mi sistema nervioso, y la distancia entre nosotros es de repente mucho más relevante de lo que era hace treinta segundos.
Da un paso hacia mí, sin prisa, y me mantengo firme porque no voy a retroceder ante él. El pensamiento llega sin previo aviso y me hace algo extraño en el pecho.
—¿Nada más que decir? —pregunta.
—Estoy sopesando mis opciones.
—Inteligente, moya zhena.
—Laszlo—
—Eres mi esposa —dice. Tranquilo. Absoluto.
Trago saliva.
—Soy consciente. Estuve allí.
—Entonces deja de hablar.
Me besa, y no se parece en nada al beso de arriba, donde perdió el control.
Esta vez tiene el control total. Deliberado y seguro, y me deshace por completo.
Su boca se mueve contra la mía lentamente, como si hubiera decidido que no hay prisa, como si toda la tarde no hubiera sido un desastre controlado de persecuciones y callejuelas y un registrador que olvidará nuestros nombres por la mañana.
Una mano sube para acunarme el rostro, y la otra se posa en mi cintura.
Real.
Lo besé arriba con la mano en su polla y el corazón martilleándome por la adrenalina y el deseo y la temeridad de casi que nos pillaran.
Esto es diferente. Esto es más lento y más deliberado y de alguna manera mucho más peligroso por ello, porque no hay nada a lo que echarle la culpa.
Sin adrenalina. Sin caos. Solo él, y yo, y el hecho de que estamos casados y de pie en el salón de una casa de Mayfair en la que llevo menos de una semana y que ya he empezado a considerar mía.
Él se aparta primero y me levanta en brazos, acunándome como si fuera algo precioso mientras me lleva arriba.
Mantengo los brazos alrededor de su cuello mientras me sube por las escaleras, y no digo una palabra, porque no queda nada que decir que no abarate lo que acaba de suceder en ese salón.
Laszlo cruza conmigo la puerta del dormitorio y la cierra de una patada, y el sonido del pestillo al encajar resuena en el silencio de la casa. Me deja a los pies de la cama. No me suelta. Me coloca. Como si quisiera decir algo con ello.