Capítulo 7
Laszlo
A través de la cámara que le pedí a Leonid que instalara mientras yo estaba comprando el anillo, observo a la mujer en mi cama con una rabia creciente ante su atrevimiento de desafiarme.
Se quitó mi anillo e ignoró descaradamente mis órdenes.
Pero lo que arde con más intensidad que el desafío es la imagen de ella poniéndose mi camiseta, la tela deslizándose sobre su piel desnuda aún húmeda de la ducha, el cabello oscuro pegado al cuello.
Eligió mi ropa. Lo usara como arma o no, está envuelta en algo que me pertenece, y verla así le hace cosas a mi cerebro que no deberían coexistir con la ira.
Dejo el teléfono boca abajo sobre el escritorio. El vodka en mi mano ni siquiera ha llegado al vaso. Me llevo la botella a los labios y echo la cabeza hacia atrás, bebiendo como si fuera agua.
Está en el lado izquierdo. Mi lado. Con mi camiseta puesta. Y el anillo que pasé dos horas eligiendo, colocado sobre la almohada como una puta tarjeta de visita.
Aprieto la mandíbula tanto que siento rechinar los molares. Pero bajo esa tensión corre una corriente que me calienta la sangre, me tensa la respiración. Ajusto la postura; la tela del pantalón de repente me aprieta contra la respuesta de mi polla a su desafío.
Me está poniendo a prueba, y quiero que siga haciéndolo hasta que uno de los dos se quiebre.
No seré yo.
Dejo la botella y apoyo ambas palmas contra el escritorio, con la cabeza gacha, respirando para controlar el calor que se enrosca en la base de la columna.
La pantalla del teléfono emite un brillo tenue a pesar de estar boca abajo, y resisto el impulso de darle la vuelta y volver a mirarla.
Ese camino lleva a la obsesión, y ya estoy más cerca del abismo de lo que me gustaría admitir.
Leonid aparece en la puerta de mi estudio. Echa un vistazo a la botella de vodka abierta, a mis nudillos blancos aferrados al escritorio y al músculo que me palpita en la mandíbula, y dice:
—¿Preparo la habitación de invitados?
—No.
—Vas a subir.
—Voy a subir.
—Valiente. O estúpido.
—Las dos cosas. Si oyes gritos, no vengas corriendo.
Si Leonid fuera capaz de poner los ojos en blanco, lo haría en este momento. En cambio, retrocede y desaparece mientras cojo el teléfono y cierro la aplicación antes de ir hacia las escaleras.
Abro la puerta del dormitorio despacio y me quedo en el umbral, esperando a que los ojos se me acostumbren.
Está en el lado izquierdo. Mi lado. Acurrucada de costado, de cara a la ventana, el cabello oscuro derramado sobre la almohada. Su respiración es lenta y acompasada.
El anillo capta la tenue luz de la ventana, posado sobre la almohada del lado derecho como un desafío.
Cierro la puerta tras de mí. El clic del pestillo no la perturba.
Me desabrocho la camisa en la oscuridad, me la quito y la dejo sobre la silla.
El cinturón después. La hebilla tintinea suavemente al dejarlo sobre la cómoda.
Me quito los zapatos y los pantalones, que doblo una vez antes de añadirlos a la silla.
Los calcetines a continuación. Luego me quedo desnudo, mirándola.
Me acerco en silencio al lado derecho, cojo el anillo y paso al lado izquierdo.
Me agacho, le tomo la mano izquierda y le deslizo el anillo de vuelta con suavidad.
Está despierta, lo sé porque se tensa.
—Quítatelo otra vez y te tatúo mi nombre en el brazo, donde tendrás que verlo cada día y saber que no puedes escapar de mí. Ahora, muévete.
Se le entrecorta la respiración. Quiere discutir. Sabe que, en teoría, puede quitarse un tatuaje, y quiere echármelo en cara. Pero cuando abre los ojos y su mirada se clava en la mía, debe de ver algo que la hace elegir el camino más prudente.
Se desliza hacia el otro lado y le suelto la mano para que pueda darse la vuelta. Me da la espalda y me meto en la cama, donde las sábanas conservan su calor. Normalmente me irritaría muchísimo, pero tratándose de ella, resulta... agradable.
Estiro el brazo y apago la lámpara de la mesita de noche, sumiendo la habitación en una oscuridad que solo rompe el resplandor pálido de las farolas filtrándose por las cortinas. El colchón se hunde bajo mi peso mientras me acomodo.
No está dormida. Su respiración es demasiado controlada, demasiado deliberada. Esa respiración de quien intenta convencer a otro —o a sí misma— de que está inconsciente.
Cruzo los brazos detrás de la cabeza y miro al techo. El yeso es liso, impecable, sin una sola grieta. A diferencia de todo lo demás en mi vida ahora mismo.
—Duérmete —murmuro.
—Estoy durmiendo.
—Eso parece.
—No puedo dormir en este lado.
—Mala suerte.
No pienso ceder. Ni siquiera me importa en qué lado duermo, pero ella ha convertido esto en algo más importante de lo que es, y no voy a dar mi brazo a torcer.
Se queda callada un momento y luego dice:
—Tienes todo el encanto de un allanamiento de morada.
Se me escapa una risa antes de poder evitarlo.
—Y tú tienes toda la obediencia de un gato callejero.
—No soy callejera.
—¿Ah, no? Te quitaste mi anillo, me robaste el lado de la cama y te pusiste mi camiseta.
—No la robé. La tomé prestada.
—Está en tu cuerpo. Eso es robo.
Se revuelve bajo el edredón con un movimiento brusco y airado, se incorpora y se quita la camiseta. Me la lanza a la cabeza y me aterriza en la cara, pero no sin que antes alcance a ver sus tetas perfectas. Me la arranco de encima con un gruñido y la tiro al suelo.
—Tanto la querías, ahí la tienes.
Está furiosa. Sus tetas suben y bajan ligeramente con cada respiración. Es más tentador de lo que debería.
—¿Quieres este lado de la cama? Ven a por él —gruño.
Sus ojos relampaguean peligrosamente, pero para mi sorpresa, opta por contenerse y se tapa con las mantas antes de dejarse caer de nuevo en la cama, dándome la espalda otra vez.
—Que te jodan. Quédatelo.
—Bien —digo con altivez y me doy la vuelta, ahuecando la almohada para estar más cómodo.
Nos quedamos en un silencio tenso durante unos minutos antes de que ella vuelva a hablar. —Tengo frío.
—Podrías haber deshecho las maletas para buscar algo que ponerte.
—Es tarde, Laszlo. Estoy cansada.
El cansancio en su voz me afecta. Me inclino, recojo la camiseta, me giro y se la echo encima. —Póntela. Te queda bien.
—Deja de decir cosas así.
—¿Por qué?
—Porque no somos... tú no eres... da igual.
—Termina la frase —digo.
—No.
—Tú la empezaste.
—He cambiado de opinión.
—Qué fastidio para mí.
—Qué fastidio —murmura, devolviéndome mis propias palabras.
Sonrío en la oscuridad. —Qué mona.
Ella exhala, irritada. —¿Por qué eres así?
—¿Así cómo?
—Insoportable.
—Porque me lo pones fácil.
Ella deja escapar un sonido que suena sospechosamente a risa y lo sofoca de inmediato.
Me apoyo en el codo y contemplo su espalda.
Mis ojos ya se han adaptado lo suficiente para distinguir la línea de su cuerpo bajo las sábanas, la cascada oscura de pelo sobre mi almohada.
Alargo la mano y le agarro el pelo con el puño, tirando con suavidad hacia atrás, lo justo para arrancarle un jadeo de sorpresa.
Me inclino y le susurro al oído: —Puedes dejar de actuar como si te hubiera arrastrado del pelo hasta el umbral.
—Recuerdo perfectamente que me sacaste de mi habitación como si fuera equipaje.
—Eso no es lo mismo.
—Pues lo pareció bastante.
—Te lo pareció porque tú querías que así fuera —digo.
Se queda quieta bajo mi mano, luego gira la cabeza lo justo para que su voz me llegue con claridad. —Eres increíblemente arrogante.
—Soy preciso.
—Me besaste sin permiso.
—Y tú me dejaste.
Entonces se revuelve, tan rápido que mi puño le suelta el pelo. Se monta a horcajadas sobre mis caderas y me clava la mirada, con los ojos brillantes en la oscuridad, furiosa y despierta y tan jodidamente hermosa que la polla me duele.
—Eso no es lo mismo.
—No —coincido—. No lo es.
Durante un segundo, ninguno de los dos dice nada. Abre la boca y vuelve a cerrarla. Puede sentir la dureza de mi polla contra su coño. Le agarro las caderas, nos giro hacia el lado derecho de la cama y apoyo las manos a cada lado de su cabeza, atrapándola. —Este es tu lado —murmuro.
—Me dijiste que si quería el izquierdo viniera a buscarlo —murmura, con la mirada en mi boca.
Le sonrío con suficiencia. —No lo vas a conseguir tan fácilmente.
Ella bufa y me golpea el pecho con las manos. Mis músculos se tensan y ella lo siente. —¿Por qué te pones tan obtuso con esto?
—Esta es mi cama, tú eres mi futura esposa. Harás lo que yo diga, cuando yo lo diga. La obediencia, Galina, me hace feliz. ¿Recuerdas?
—Te odio —escupe.
—Y sin embargo estás tumbada debajo de mí, casi jadeando, con el coño apretado contra mi polla de un modo que me hace pensar que me deseas. —Sin esperar permiso, bajo la cabeza y me meto su pezón erecto en la boca.
Ella jadea y arquea la espalda; sus manos abandonan mi pecho y se aferran a mis bíceps. —¿Qué estás haciendo? —jadea.
—Probando la mercancía —gruño mientras le junto las tetas para pasar la boca al otro pezón.
—¡Eres un cerdo!
—Y tú sabes a jodida gloria.
—No vas a follarme antes de la boda.
—Parece que voy por buen camino —respondo, y le paso la lengua entre los pechos con descaro.
Ella todavía no me aparta, así que no me muevo. Si escucho las palabras o veo las señales, me levantaré y me iré.
—Lo digo en serio —dice con voz débil.
—¿Por qué tan piadosa? No eres virgen, ¿verdad?
—Que te jodan, Laszlo. Puedo querer esperar sin ser virgen.
—Tu cuerpo me desea —murmuro mientras le siembro besos entre los pechos, ignorando su falsa indignación moral. La sábana se desliza cuando llego a su vientre y pruebo suerte. Le separo las piernas.
Sin resistencia.
—¿Ves? —murmuro mientras bajo la boca a su clítoris—. Joder —gimo un segundo después—. Eres jodidamente preciosa. —Le paso los brazos por debajo de los muslos y la abro más para mí.