Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 76 Matteo
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76 Matteo

MATTEO

—¿Así que no nos quedaremos en Los Angeles?

Miré a Sofiya.

—No, no vamos a pasar nuestra luna de miel en Los Angeles.

Vio por la ventanilla del avión. Estábamos cargando combustible en LAX antes de la siguiente etapa de nuestro viaje.

—¿Cómo se supone que iba a saberlo? Estoy segura de que L.A. es genial.

La levanté de su asiento y la subí a mi regazo. Me dedicó una sonrisa cómplice mientras me pasaba los dedos por la mandíbula. Apenas podía estar unos minutos sin tocarla antes de sentir una sensación de opresión y picazón en el pecho.

—Te encantará nuestro destino.

Sofiya me mordisqueó el labio.

—Lo dices como una amenaza.

—Calla. —Tomé su rostro y le pasé el pulgar por la mejilla antes de besarla.

Me había costado convencerla de que me enseñara su Lista de Sueños completa.

Todo en ella era pura inocencia, y mi misión en la vida era ayudarla a hacer todo lo que había en ella.

Había planeado nuestra luna de miel específicamente para que ella pudiera tachar algunas cosas.

Cuando la completáramos, le pediría que escribiera otra.

Y luego otra. Hasta que los únicos recuerdos que tuviera fueran felices.

A regañadientes, renuncié a sujetarla antes de despegar. Se quedó pegada a la ventanilla mientras nos elevábamos, pero yo no podía apartar mis ojos de ella. Enrosqué un mechón de su cabello alrededor de mi dedo.

Una vez en el aire, le quité el cinturón y volví a estrecharla entre mis brazos. Sofiya se acurrucó en mi pecho, con los ojos cerrados.

—¿Crees que Noodle estará bien con Sienna? Sigo pensando que debimos traerlo.

—Estará muy mimado. Estas son unas vacaciones para él también.

Canturreó. Habíamos decidido no traer a Noodle, porque era un vuelo largo y yo estaría con ella todo el viaje, ayudándola con lo que necesitara. Había sido difícil convencer a Sofiya de que lo dejara, no obstante Sienna había prometido enviarle al menos fotos y actualizaciones diarias.

Pasé mi mano por su cabello.

—¿Estás cansada, guapa?

—Mmm, quizás un poco adormilada.

La levanté, adorando cómo se aferraba a mí, y me dirigí al dormitorio trasero. Angelo y Enzo levantaron la barbilla cuando pasé junto a ellos. Estaban aquí como nuestros guardaespaldas mientras Romeo estaba al mando en casa.

Acomodé a Sofiya en la cama. Hizo un ruido de descontento cuando me aparté.

—No me iré. —La tranquilicé—. Solamente voy a decirle a la tripulación que no nos molesten y a traer un poco de agua. ¿Necesitas algo?

—Solo a ti.

Dios, nunca me acostumbraría a eso. Sofiya me había mostrado más amabilidad de la que merecía después de cómo la había tratado.

Las primeras semanas habían sido difíciles.

Había tenido que destruir las últimas amenazas albanesas y de la Bratva y restablecer el control sobre mi ciudad, al tiempo que me curaba de mis heridas e intentaba reparar mi matrimonio.

Había intentado hacer grandes gestos, regalos extravagantes, cenas elegantes, aunque poco a poco me di cuenta de que lo que Sofiya realmente necesitaba era que yo estuviera presente constantemente.

Que cumpliera mis promesas. Que compartiera mis sentimientos.

Todo valía la pena cuando ella decía cosas tan dulces como esa.

Cuando volví a la habitación, estaba acurrucada de lado, con los ojos cerrados. Me desvestí hasta quedar en ropa interior y me coloqué detrás de ella, asegurándome de que la manta la cubriera.

—Te quiero dentro de mí —murmuró.

Acaricié su vientre hinchado con la mano.

—Tienes que dormir, Tesoro. —Su embarazo iba bien, pero últimamente estaba cansada.

Le había preguntado a la doctora de Sofiya unas cien veces si era seguro para ella hacer un vuelo largo, y me había asegurado que no había problema.

Sofiya no sabía que había contratado a una ginecóloga para que se quedara en nuestro hotel, por si pasaba algo.

—Aun así, te quiero dentro de mí.

Mi mano se congeló en su recorrido por su cadera.

—¿Mientras duermes?

Asintió con la cabeza y se arrimó aún más a mí, apretando su dulce trasero contra mi polla dura como una roca. Le quité los pantalones deportivos y la ropa interior antes de pasarle un dedo por el coño.

—Estás empapada. ¿La idea de que use tu dulce coñito mientras duermes te excita?

Gimoteó y le metí dos dedos.

—Respóndeme.

—Sí, así es. Por favor, te necesito.

Le di un beso en la cabeza.

—Esa es mi buena chica. Sabes que siempre te daré lo que necesitas.

Me quité los bóxers y la tensión de mi pecho se relajó aún más al sentir su cálida piel contra la mía.

Tal vez empezaría a insistir en que se quedara desnuda todo el tiempo.

Al menos cuando estuviéramos en casa. Los cambios en su cuerpo me ponían salvaje.

Quería llenarla con mi semen cada momento de cada día.

Coloqué un cojín entre sus piernas para darle el apoyo que necesitaba antes de deslizarme dentro de ella. Gruñí contra su cabello, aspirando su dulce aroma.

—Nunca tendré suficiente de esto. Quiero vivir dentro de ti. —Gimió y empujó sus caderas hacia atrás, tomando más de mi polla—. ¿Te gusta la idea, Tesoro? ¿Te duele cuando no estoy dentro de ti?

—Sí. Está demasiado vacío.

—Mmm, quizá necesite conseguirte un plug para el coño que te mantenga llena cuando yo no pueda. Para recordarte a quién pertenece este coñito.

Jadeó con fuerza y yo sonreí.

—Oh, a mi mujercita le gusta esa idea.

La follé lentamente mientras ella se estremecía, cada embestida era un recordatorio de que me pertenecía, de mi amor. Nuestras respiraciones se sincronizaban y apreté mi mano contra su pecho, sintiendo los latidos de su corazón contra la palma de mi mano.

Cuando se corrió, su orgasmo fue suave y la inundó como una ola. Yo la seguí, gimiendo mientras me derramaba dentro de ella. Pero en lugar de sacarla, mantuve mi polla firmemente dentro de ella, asegurándome de que no se escapara nada de mi semilla.

Me quedé dormido y, cuando desperté, Sofiya seguía dormida y yo seguía dentro de ella. Moví las caderas con suavidad para no despertarla. No tardé en volver a excitarme y ella soltó un pequeño gemido.

—Shhh, eres una buena chica. No te despiertes. Deja que te vuelva a follar dormida. —Llevé mi mano a la parte delantera de su garganta, apretándola ligeramente mientras seguía embistiéndola. Alargué mi orgasmo, sin querer que este momento terminara.

—¿Fiji? ¿Estamos en Fiji? —Los ojos de Sofiya brillaban mientras el auto nos llevaba a nuestra villa—. ¡Ahí está el océano!

—Diablos, eres adorable.

Me abrazó con fuerza.

—No puedo creer que estemos en Fiji. Hubiera sido feliz en Los Angeles.

—Tienes cosas que tachar de tu lista.

Se apartó.

—Sí, estoy segura de que todo esto es para cumplir mi Lista de Sueños. —Sacudió la cabeza y entrelazó sus dedos con los míos.

Angelo y Enzo se quedaron con ella mientras nos registraba en el lobby del hotel. Cuando volví a salir, la vi sentada en un carrito de golf. En el lado del conductor.

—¿Tesoro?

—¿Puedes creer que tenemos dos carritos de golf para nuestra estancia? —Tenía los ojos brillantes y llenos de picardía. Ella era muy traviesa.

—Qué emocionante. Ahora, ¿por qué estás sentada ahí?

—Oh, pensé que era obvio. Voy a llevarnos a nuestra villa.

Miré a Angelo y Enzo, que estaban en el segundo carrito de golf con sonrisas insoportables.

Sacudí la cabeza.

Yo era el Don. Yo tomaría el control de la situación.

—Súbete, Miliy. —Dio una palmada en el asiento de al lado.

De alguna manera, me encontré deslizándome en el lado del pasajero. Sofiya dio un pequeño grito y pisó el acelerador a fondo, siguiendo a un miembro del personal que nos guiaba a nuestra villa con nuestro equipaje apilado en la parte trasera de su carrito de golf.

—¡Más despacio! —grité—. ¿ Alguna vez has conducido antes?

—Conduzco mi silla de ruedas todo el tiempo. ¡No hay nadie con tantos conocimientos de manejo de vehículos motorizados como yo! —Giró bruscamente hacia el agua, y yo le lancé el brazo por encima del cuerpo mientras se me pasaban por la cabeza visiones de nosotros acabando en el océano.

—Tranquilo, esposo. Yo me encargo.

Mi corazón no dejó de latir con fuerza.

Doblamos otra curva y nuestra villa apareció a la vista. Era una gran casa de madera con tejado de paja y porche envolvente.

—¡Está sobre el agua! ¡Oh, Dios mío! —chilló Sofiya—. ¡Definitivamente voy a llegar a tocar el océano! —Soltó un grito ahogado y luego me miró de frente. Hice un ruido aterrado en el fondo de mi garganta y agarré el volante. Ella resopló y puso los ojos en blanco.

—¿Aquí hacen snorkeling? Eso es otra cosa de mi lista.

—Más despacio —gruñí.

Soltó un resoplido y se detuvo bruscamente junto al otro carrito de golf.

—Entonces, ¿snorkeling? —Le brillaban los ojos y le besé la nariz.

—Sí, nena, aquí se puede hacer snorkeling.

Se inclinó hacia mí y su expresión sonriente se transformó en algo triste cuando sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tesoro mio, ¿qué pasa? —Miré a mi alrededor, dispuesto a quemar toda la villa hasta los cimientos si algo en ella la estaba alterando.

—Es que no puedo creer que estemos aquí. No puedo creer que esta sea mi vida. —Se limpió una lágrima—. Gracias por hacerlo posible.

Apoyé mi frente contra la suya.

—No me des las gracias. Nunca. Te lo mereces todo.

—Y eso es lo que me has dado.