22 Sofiya
SOFIYA
El dolor me despertó a mitad de la noche.
Los tobillos, las rodillas y la cadera me dolían, y sentía que mi cabeza se me partía en dos.
Gimoteé mientras me cubría la cara con el brazo, maldiciéndome por haber usado el andador en lugar de mi silla de ruedas mientras estábamos de compras.
Había sido estúpida y vanidosa, pero Sienna era tan perfecta y hermosa.
Después de pasar el día a su lado, no podía imaginar que me juzgaría por usar una silla de ruedas; lamentablemente, era imposible saberlo cuando conoces a alguien por primera vez.
Estaba pagando las consecuencias de mi decisión.
Agarré mi teléfono, entrecerrando los ojos por la luz brillante de la pantalla, y gemí al ver que eran las dos de la mañana.
Necesitaba mis medicamentos y una almohadilla térmica, pero eso significaba levantarme de la cama.
Casi empecé a llorar cuando me di cuenta de que había dejado la almohadilla térmica en un cajón de la cocina.
La había estado usando más temprano esa noche y, por alguna razón inexplicable, pensé que debía guardarla allí.
No sé cuántos minutos pasaron antes de que reuniera el valor para sentarme.
Me limpié unas cuantas lágrimas mientras el movimiento exacerbaba el dolor en mis articulaciones.
Mi andador estaba junto a la cama, sin embargo, había dejado la silla de ruedas contra la pared.
Desde que me midieron para mi nueva silla, la antigua se sentía aún más aparatosa e incómoda.
—Dios, eres tan estúpida —me reprendí a mí misma.
Bueno, no había otra opción. Extendí la mano y tomé el andador, levantándome con esfuerzo. No pude evitar soltar un grito, y mi visión se nubló por el dolor. Di un paso vacilante, dejando escapar otro gemido. Mi silla de ruedas estaba a unos pocos metros, aun así, se sentía como un abismo enorme.
—Deja de comportarte como una bebé. Sigue caminando.
El sudor me corría por la espalda debido al esfuerzo mientras daba otro paso.
Mi rodilla parecía a punto de dislocarse, pero antes de decidir si debía sentarme en el piso y arrastrarme hasta la silla, mi tobillo cedió y caí al suelo.
El andador salió disparado, golpeando la silla de ruedas con un estruendo metálico tan fuerte que pude sentirlo vibrar en mis huesos.
No tenía energía para levantarme, así que me acurruqué en el suelo, con lágrimas cayendo por mi rostro. Estaba comportándome como una bebé, pero siempre había tenido a Mila conmigo en los peores momentos, y la extrañaba desesperadamente.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe y solté un grito. Giré la cabeza para ver quién era. La luz del pasillo iluminaba una figura masculina grande. Mi corazón latía con miedo hasta que me di cuenta de que era Matteo.
Encendió la luz, y cerré los ojos cuando la intensidad me atravesó la cabeza como una daga.
—¿Qué demonios está pasando? —gruñó.
Debería haberme disculpado por despertarlo, por hacer tanto ruido, no obstante, sabía que si abría la boca, lo único que saldría sería un sollozo. Así que apreté los dientes y silenciosamente deseé que se fuera.
—Mierda. ¿Te caíste?
Abrí los ojos un poco y encontré a Matteo agachado sobre mí.
Debió de haber llegado a casa después de que me acosté porque no lo había visto desde esta mañana.
Su pecho estaba desnudo y cubierto de tatuajes, aunque mi visión estaba demasiado borrosa para distinguirlos.
Unos pantalones deportivos oscuros colgaban de su cadera.
—Sofiya —insistió, con voz firme—, ¿te caíste?
Mi labio inferior tembló, pero logré susurrar:
—Sí.
—Bien, vamos a regresarte a la cama. —Unos brazos fuertes me rodearon mientras me levantaba del suelo y me colocaba suavemente en el colchón.
Mi rostro ardía de vergüenza por haberme encontrado así.
—Lo siento —musité. Dios, esta no era la forma de hacer que mi esposo me quisiera.
—¿Qué estabas haciendo?
—Estaba tratando de ir por mi almohadilla térmica y mis medicamentos.
Me apartó el cabello de la cara en un gesto sorprendentemente suave.
—¿Dónde están?
—Los medicamentos están en el baño y la almohadilla térmica está en la cocina. En el cajón junto al refrigerador.
Asintió con la cabeza antes de mirar la lámpara de la mesita de noche. La encendió y salió hacia la puerta, apagando la luz del techo al irse. Cerré los ojos aliviada con la luz más tenue.
No pasó mucho tiempo antes de que regresara, con todo lo necesario en la mano.
Se quedó en silencio mientras colocaba un vaso de agua en la mesita y conectaba la almohadilla térmica.
Me estremecí al incorporarme, y Matteo rápidamente se movió para ayudarme, acomodando unas almohadas detrás de mi espalda.
—Gracias —dije con voz ronca mientras tomaba la bolsa de medicamentos.
Solo gruñó en respuesta.
Tomé mis analgésicos y un relajante muscular antes de dejar la bolsa.
—Debería estar bien ahora. —Alcé la vista hacia mi silencioso esposo—. Puedes volver a dormir. Perdón de nuevo por ser una molestia.
Cruzó los brazos sobre su pecho musculoso. Prácticamente brillaba bajo la luz cálida, y sentí la necesidad de pasar mis dedos por su piel. Rápidamente desvié la mirada antes de avergonzarme más. ¿Por qué tenía que ser tan increíblemente atractivo?
—¿Por qué te caíste?
Me mordí el labio.
—Fui una tonta y dejé mi silla de ruedas demasiado lejos. Me duelen las articulaciones y mi tobillo simplemente cedió cuando intentaba alcanzarla.
Matteo miró los pocos metros entre la silla y la cama.
—¿Sientes dolor?
Debí de imaginarme el tono de preocupación en su voz. No parecía el momento adecuado para decirle que prácticamente siempre sentía algún tipo de dolor, así que solo asentí.
—¿Qué más ayuda?
Parpadeé.
—Oh, eh, no sé. —Ante su expresión severa, resoplé—. Un baño caliente con sales de Epsom a veces ayuda.
—Está bien.
Levanté una ceja.
—Claro. Está bien. Así que, bueno, lamento haber interrumpido tu noche. ¿Te veré mañana?
Matteo me lanzó otra mirada indiferente antes de darse la vuelta y dirigirse al baño. Mi confusión aumentó cuando escuché el sonido del agua corriendo. ¿Realmente me estaba preparando un baño?
Regresó a la habitación con un montón de productos de baño en los brazos y los dejó en el colchón frente a mí.
—No sé qué son las sales de Epsom. ¿Alguno de estos sirve?
Había bombas para baño coloridas y aceites en envases hermosos y de aspecto costoso.
—¿Estás seguro de que debería usarlos? —Lo miré—. Parecen elegantes.
Matteo puso los ojos en blanco.
—Elige uno, Sofiya. —Parecía irritado, pero ladeé la cabeza mientras lo observaba y me pregunté si había una posibilidad de que lo estuviera interpretando mal. Si bien fácilmente podría haberme dejado sola, seguía allí… como si le importara.
Tomé un pequeño envase floral y dorado de sales de baño.
—Este debería servir —señalé, entregándoselo.
Asintió y, antes de que supiera qué estaba pasando, ya estaba de nuevo en sus brazos. Solté un chillido y me aferré a sus hombros.
—Como si fuera a dejarte caer —refunfuñó, entrando al baño.
—Una pequeña advertencia no estaría mal —reviré con un tono molesto.
Simplemente me sentó sobre el tocador, con sus brazos formando una jaula a ambos lados.
—¿Puedes sentarte aquí? ¿O vas a caerte?
Lo miré con el ceño fruncido.
—No me voy a caer.
Alisó su dedo sobre mi frente.
—Como tú digas.
Mis labios se entreabrieron mientras él se giraba hacia la bañera casi llena para echar las sales de baño.
Juraría que vi una pequeña sonrisa en la esquina de sus labios, como si estuviera bromeando conmigo.
No entendía en absoluto a mi esposo. Era tan frío y reservado, pero en el poco tiempo que llevaba aquí, ya había sido más amable conmigo que la mayoría de las personas en mi vida.
¿Quién, aparte de mi hermana, se preocuparía así por mí?
Cerró el grifo y luego se dio la vuelta para mirarme.
—Muy bien. Brazos arriba.
—¿Qué?
—¿Tienes la costumbre de meterte a la bañera con ropa?
—Pero tú estás aquí —solté indignada.
—Así es. Brazos arriba, Sofiya. —Se colocó entre mis piernas, sus dedos jugueteando con el borde de la camisa grande que llevaba puesta.
Crucé los brazos.
—No puedes verme desnuda.
Suspiró, pasando una mano por su cabello, que caía desordenado sobre su rostro. Tenía un leve rastro de barba cubriendo su mandíbula.
—Eres mi esposa y yo soy tu esposo. Sientes dolor, así que voy a solucionarlo.
—Tú dijiste que solo éramos compañeros de apartamento —siseé.
Nunca habría osado hablarle así a mi padre, y no estaba segura de por qué lo estaba haciendo en ese instante cuando Matteo intentaba cuidarme.
Sin embargo, la idea de que me viera desnuda, en mi momento más vulnerable, cuando ni siquiera estaba segura de que le agradara, era demasiado para manejar.
Solo me miró con una expresión severa y silenciosa. ¿Cómo se suponía que entendiera algo de esto si no usaba palabras?
Una ola de agotamiento me invadió, y no pude evitar inclinarme hacia adelante y apoyar la cabeza en su pecho. Estaba tan cansada y mis medicamentos aún no hacían efecto.
—Estoy tan confundida —susurré.
Matteo me envolvió con sus brazos y me atrajo más cerca.
—Vamos, Tesoro. No me gusta verte sufrir.
La ternura en su voz hizo que se me formara un nudo en la garganta. Levanté los brazos sobre mi cabeza mientras las lágrimas corrían por mis mejillas. Me quitó la camisa lentamente, manteniendo sus ojos fijos en mi rostro.
Mis mejillas ardían, esperando su crítica, pero solamente me tomó la cara y limpió mis lágrimas. Mis senos descansaban contra su pecho mientras él maniobraba para quitarme los shorts de mi pijama y la ropa interior. Y entonces, estaba completamente desnuda frente a mi esposo por primera vez.
Esta no era una posición favorecedora. Mis rollitos en el vientre eran notorios, mis muslos estaban extendidos contra el tocador, y no me había depilado…
en absoluto. La última vez que me depilé fue la mañana de mi boda.
Después de su discurso de ‘solo compañeros de apartamento’, no vi razón para seguir haciéndolo.
Aunque en ese instante, él me miraba como…
bueno, no estaba segura. Su rostro era siempre tan malditamente inexpresivo.
¿Le parecía fea? ¿Atractiva? ¿Estaba pensando en todas las cosas horribles que las amigas de mi madre decían sobre mi cuerpo cuando venían de visita?
Su mandíbula se tensó mientras me observaba, y deseé más que nada poder esconderme.
Di un respingo cuando pasó suavemente sus dedos sobre un moretón en mi pierna.
—¿De qué es esto?
—No lo sé. Me salen moretones fácilmente.
Asintió con la cabeza y luego dio un paso atrás, quitándose los pantalones deportivos de un solo movimiento.
Aparentemente, no llevaba ropa interior porque en ese momento estaba desnudo frente a mí.
Mis ojos se dirigieron a su longitud, a su erección, que parecía grande e intimidante.
Cuando me di cuenta de que me había quedado mirando, aparté la vista, con las mejillas encendidas.
Matteo solo se inclinó y presionó un suave beso en mi frente.
—Considera esto tu advertencia. —Su voz era grave y seductora. Antes de que pudiera descifrar sus palabras, ya estaba de nuevo en sus brazos y me bajó en la bañera. Gemí al sentir cómo el agua caliente aliviaba mis articulaciones adoloridas.
—Muévete hacia adelante —ordenó.
—¿Qué?
—Siéntate más adelante.
Me moví un poco y Matteo se deslizó detrás de mí. Me quedé rígida mientras su cuerpo me acunaba. Esta era más intimidad física de la que jamás había experimentado. Era simultáneamente todo lo que anhelaba y temía.
Su aliento acarició la parte superior de mi cabeza mientras envolvía sus brazos a mi alrededor, guiándome para que descansara sobre su pecho.
—¿Qué estamos haciendo, Matteo?
—Estoy cuidando de ti.
Esperé a ver si diría algo más, pero mi desconcertante esposo se mantuvo en silencio. Tomé una respiración profunda y me permití relajarme sobre él.
—Buena chica —halagó por lo bajo—. ¿El agua está ayudando?
Mi estómago dio un vuelco. «¿Buena chica?». Una chispa de deseo recorrió mi estómago. No estaba segura de cómo podía estar tan excitada y a la vez sentir dolor.
—¿Sofiya? —Sus labios rozaron el costado de mi cara.
—Sí, ayuda. Gracias.
—¿Se pone tan mal a menudo?
Pasé mis dedos por el agua.
—No, pero caminé más de lo usual hoy.
—¿No llevaste tu silla de ruedas? —Había reproche en su voz.
Me encogí de hombros.
—¿Por qué?
—No quería ser una molestia. Ni avergonzar a Sienna.
Matteo hizo un sonido profundo en su garganta.
—Tienes que cuidarte. O me veré obligado a hacerlo por ti.
—Deslizó un dedo sobre mi hombro—. Aunque quizá eso no me importaría —pronunció las últimas palabras tan suavemente que pensé que debía haber escuchado mal.
Intenté girarme para ver su rostro, pero él me sostuvo firmemente—. Solo descansa, Tesoro.
Era la misma palabra que me había dicho antes.
—¿Qué significa eso?
Se quedó en silencio hasta que estuve segura de que se negaría a responderme.
—Tesoro —dijo finalmente.
Una sonrisa jugueteaba en mis labios. Mis medicamentos estaban haciendo efecto, dándome sueño y aliviando el dolor más agudo de mis articulaciones. Dejé que mis ojos se cerraran, sintiéndome sorprendentemente segura en los brazos de mi esposo.