Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 12 Sofiya
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12 Sofiya

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SOFIYA

Cuando me desperté, tenía las mejillas mojadas de lágrimas y el estómago revuelto por las náuseas. Respiré profundamente y me limpié la cara. La habitación estaba completamente a oscuras, no entraba la luz del sol por la grieta de las cortinas, lo que me indicaba que era medianoche.

Me había acostado temprano, incapaz de soportar por más tiempo la opresiva soledad del apartamento. Matteo se había escapado después de estar juntos en el gimnasio y no lo había visto en todo el día.

No había visto a nadie.

Merodeé por el apartamento. Vi un poco de televisión.

Intenté, sin éxito, encontrar un libro interesante para leer en la biblioteca de Matteo.

Ni siquiera mi novela romántica favorita, un libro muy gastado escrito en los años ochenta con una cubierta de cliché dramático, podía mantener mi atención.

Mila y yo habíamos encontrado una pila de libros románticos en el desván hacía un par de años, en una caja que pertenecía a nuestra abuela materna.

Había dejado la mayoría de ellos con Mila, aun así, no pude resistirme a traerme este.

Había intentado leer algunas de mis escenas favoritas, pero mi atención se desviaba una y otra vez.

Leer sobre el amor me hacía sentir vacía.

Para las ocho y media de la noche, estaba tan aburrida que me di un largo baño y me fui a dormir.

Hasta que me despertó la pesadilla.

Me incorporé y me estremecí al ver cómo se me pegaba la pijama a la piel sudorosa. No había forma de que pudiera volver a dormirme.

Estaba acostumbrada a las pesadillas. Las había tenido desde niña, aunque no eran tan frecuentes cuando Mila dormía en mi cama.

Nunca se lo había confesado a mi hermana porque no quería que se sintiera culpable si decidía dormir en su propia habitación.

No debería tener que cuidar de mí. A pesar de aquello, casi todas las noches venía a mi cama. Quizás ambas nos necesitábamos.

Aquí, en el vasto y silencioso apartamento, parecía que mis pesadillas eran mi único visitante constante.

Me puse de pie, dejé atrás el andador y la silla de ruedas y salí de la habitación. Me dolían los músculos después del entrenamiento matutino, pero no quería usar un dispositivo de movilidad y arriesgarme a hacer ruido.

Me quedé de pie en medio de la sala, sin saber qué hacer. Ya no quería estar en este apartamento. Necesitaba espacio para respirar.

Me acerqué a la ventana que daba a la escalera de incendios y la abrí. Una ráfaga de aire frío me golpeó y tomé una manta del sofá antes de volver. Salí por la ventana con cuidado, rezando para que todas mis articulaciones se mantuvieran en su sitio, y mi trasero aterrizó sobre el frío metal.

Sonreí.

El rellano de la escalera de incendios daba a la ciudad.

Las luces parpadeaban bajo mis pies y los coches seguían llenando las calles.

Me hacía sentir menos sola saber que no era la única que estaba despierta en ese momento.

Había algo en sentarse en una escalera de incendios que me parecía genial.

Si tuviera un teléfono, tomaría una foto y se la enviaría a Mila.

Después de un rato, la curiosidad se apoderó de mí. Estábamos en el último piso del apartamento, pero unas escaleras de incendios metálicas se extendían por encima de mí hasta el tejado. Me invadió una sensación de aventura y tal vez de imprudencia. ¿Qué había allí arriba?

Me crujieron las rodillas al pararme, mas las ignoré. Subiría las escaleras, sin importar las consecuencias. Mi cuerpo tendría que aguantarse.

Caminé despacio, con cuidado de no tropezar con la manta que me envolvía como una capa. Mi sonrisa se ensanchó cuando llegué arriba. Podía subir al techo. Me dolían las muñecas cuando me subí a un pequeño borde y me raspé las palmas de las manos contra el áspero cemento.

Y entonces llegué. De pie sobre la ciudad.

Esperaba algo vacío e industrial, tal vez tuberías y equipos de servicios públicos, no obstante, cuando entrecerré los ojos en la oscuridad, me encontré con algo mucho más lujoso.

Unas cuantas luces a lo largo del perímetro iluminaban una gran zona con asientos a mi izquierda.

Una pérgola independiente cubría un conjunto de muebles de exterior que formaban un círculo alrededor de una fogata metálica.

A mi derecha, había una gran losa ligeramente elevada.

No podía verla con claridad en la oscuridad, aunque apostaba a que era una pista de aterrizaje para helicópteros.

Lo reconocí de los programas médicos que Mila y yo solíamos ver.

Me dirigí hacia la zona de asientos y dejé escapar un pequeño chillido de emoción cuando vi las cuerdas de luces que rodeaban la pérgola.

Tanteé hasta encontrar un enchufe y las conecté.

La luz resplandeciente hizo que el espacio resultara acogedor y resaltó un conjunto de macetas de madera que cubrían este lado del techo.

Cuando me asomé a su interior, no encontré ninguna planta, solo tierra.

Probablemente era demasiado pronto para cultivar un huerto, ya que la ciudad acababa de dar paso a la primavera.

Arrastré los dedos por la tierra. Tal vez podría plantar algunas cosas.

Hierbas para hornear y cocinar. Flores para la mesa del comedor.

Cuando ya no pude ignorar el dolor en las rodillas, me tumbé en uno de los sofás.

No me atrevía a encender el fuego, probablemente quemaría todo el edificio, pero mientras me acurrucaba más bajo la manta afelpada, me imaginaba aquí arriba con Matteo y el fuego encendido.

Podríamos hacer s'mores; era algo que mencionaba en mi Lista de Sueños.

Suspiré y cerré los ojos. Aquí, rodeada por los altos edificios de New York City, los débiles sonidos de la calle debajo, mi lista se sentía increíblemente infantil.

Yo me sentía increíblemente infantil. Aunque me había criado en la casa del Pakhan, estaba muy protegida.

En la Bratva, las mujeres no tenían poder de decisión, y mi discapacidad había hecho que me trataran aún más como a una niña.

O una prisionera.

Las palabras de Mila volvieron a mí: «Eres demasiado dulce para tu propio bien».

Tenía que endurecerme. Ser más fuerte. Aún no había salido de este apartamento, no obstante, sabía que lo haría, en algún momento.

Matteo quería una reina, lo que sea que eso significara.

Definitivamente había elegido a la novia equivocada si quería a alguien poderosa a su lado.

Había pasado los últimos años practicando ser invisible y hacerme insignificante. Me hacía parecer menos un objetivo.

Pero quizás también me hacía menos persona.

Como si me hubiera despojado lentamente de toda humanidad.

Solo me permitía ser genuina con Mila y Dimi. Esos eran los únicos momentos en que me sentía real, fuerte.

Cuando me burlaba de Mila por tener un millón de crushes televisivos.

Cuidándola cuando volvía borracha después de escaparse a alguna fiesta.

Obligando a nuestro guardaespaldas, Nikolai, a ver comedias románticas con nosotras.

Ir al campo de tiro con Dimi. Sentirme poderosa con un arma en las manos al dar en el blanco.

Estos días, mi principal emoción era el miedo, pero quería sentir más. Esta nueva vida con Matteo, este matrimonio falso, no era lo que yo habría elegido, sin embargo, tenía que sacar el mejor provecho de ello. Y eso requería inspirarme en la valentía de Mila.

Estaba sumida en mis pensamientos cuando el sonido de alguien aclarándose la voz cortó el silencio. Me sobresalté en el sofá y solté un gritito antes de ver a Matteo parado frente a mí.

—Oh, hola. —Me atraganté. Quería abofetearme a mí misma por sonar tan chillona y jadeante. «Qué fuerte eres, Sofiya».

Las luces iluminaban la dura mandíbula de Matteo y la forma en que su camiseta oscura de manga larga se extendía sobre su pecho ancho. Su pantalón deportivo le llegaba hasta las caderas y rápidamente volví a observarlo a los ojos.

No decía nada. Simplemente estaba allí parado, con su mirada penetrante clavada en mí.

Luché contra el impulso de disculparme por estar aquí arriba. Me había dicho que podía explorar el apartamento. No me había dicho que el techo estuviera prohibido. Si quería estar solo, podía irse. La parte mezquina de mí dijo que yo había llegado primero.

—¿Cómo subiste hasta aquí? —inquirió.

—Levité. —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas. Contuve la respiración esperando su respuesta a mi sarcasmo, pero su rostro permaneció inexpresivo. Aunque intenté igualar su expresión, mirándolo fijamente sin pestañear, rápidamente cedí—. Subí por las escaleras.

—Hmm. —Fue su única respuesta antes de sentarse frente a mí.

Mi pecho estalló de alivio y emoción. Estaba hambrienta de compañía y él había elegido estar aquí conmigo.

—¿No traes el andador, entonces?

Ladeé la cabeza.

—Sería un poco difícil de usar en las escaleras.

Matteo asintió con la cabeza, contemplando la ciudad, con el hielo tintineando en la bebida que tenía en la mano. Parecía sumido en sus pensamientos, pero el silencio no era incómodo. Me envolví más en la manta y vi cómo se pasaba el pulgar por los labios. Algo se encendió en mi estómago.

No aparté la mirada.

—¿Por qué estás despierta tan tarde? —preguntó finalmente, dando un sorbo a su bebida.

Me mordí el labio, pensando qué decirle.

—Una pesadilla —admití finalmente.

—Algo que tenemos en común.

Parpadeé, sorprendida de que hubiera revelado algo tan personal. La forma en que apretó los dedos alrededor de su bebida me dijo que estaba tan sorprendido como yo.

—Lamento que tengas pesadillas —mencioné, mi voz casi un susurro.

Dio otro sorbo a su bebida.

—¿De qué tratan las tuyas?

Mi mente revoloteó hasta mi sueño más reciente.

Siempre eran iguales: yo, indefensa e incapaz de moverme mientras las personas a las que quería resultaban heridas.

Había visto cómo le disparaban a Dimi, cómo descuartizaban a Mila más veces de las que mi corazón podía soportar.

No importaba lo que hiciera para salvarlos, nunca podía moverme.

Siempre estaba atascada, atrapada en un cuerpo congelado que ni siquiera podía arrastrarme hacia ellos.

La pesadilla de esta noche había sido la misma, salvo que esta vez era Matteo quien estaba frente a mí. Una figura enmascarada había arrastrado un cuchillo por su pecho desnudo mientras yo gritaba. Me había despertado con su nombre en los labios.

—Las personas que me importan resultan heridas —confesé finalmente—. ¿Y qué hay de ti?

Estaba segura de que no contestaría, pero tras unos largos instantes, llegaron sus palabras, tan suaves que casi no podía creer que no las hubiera imaginado.

—Lo mismo.

Nos sostuvimos la mirada y algo en el aire cambió entre nosotros.

La oscuridad nos envolvió como una manta, ocultándonos en un capullo secreto.

Este momento entre nosotros tenía un aire de irrealidad, como si los rayos del sol naciente fueran a borrarlo todo.

Sin embargo, no lo olvidaría: su mirada atenta, la electricidad entre nosotros.

Guardaría este recuerdo como la primera vez que no me sentí sola en mi nueva vida.

Nunca seríamos amantes. Él lo había dejado claro. Pero tal vez podríamos ser amigos.

Sentí un escalofrío que rompió el hechizo entre nosotros.

Matteo se aclaró la garganta.

—Hace frío. Deberías entrar.

¿Cómo sería para él sentarse conmigo en el sofá, rodearme con sus brazos y darme calor con su cuerpo? ¿Sentir la presión de sus labios contra los míos, pero esta vez sin público?

Una punzada de tristeza me estrujó el corazón al pensar en lo que nunca tendría.

—Probablemente ambos deberíamos intentar dormir un poco.

Se levantó y miró por encima del hombro hacia la escalera de incendios.

—Te llevaré abajo.

—Yo puedo arreglármelas. —No sabía qué deseaba más: reafirmar mi capacidad para subir un tramo de escaleras o volver a sentirme apretada contra el pecho de mi esposo.

Me levanté. Una brisa helada azotó el techo y sentí escalofríos.

—No permitiré que te hagas daño —soltó Matteo.

—No lo haré. —Me agarré con fuerza a la manta y caminé hacia las escaleras. Me dolían las rodillas, aun así, continué.

Le demostraría que era capaz.

Me lo demostraría a mí misma.

No me apresuró, no comentó lo despacio que me movía. Cuando llegamos a la ventana, la abrió de un empujón. Su mano me rozó la espalda mientras yo me arrastraba torpemente hacia el interior. Matteo me siguió, de alguna manera pareciendo elegante mientras entraba por la ventana.

Percibí su olor, a cuero y a lluvia, y luché contra el impulso de apretar la cara contra su pecho. Debía de estar más cansada de lo que pensaba.

La manta se me resbaló y Matteo me la subió por el hombro. Su contacto se prolongó, luego inhaló bruscamente y se dio la vuelta, volviendo a su dormitorio.