Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 11 Matteo
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11 Matteo

MATTEO

Estaba haciendo sentadillas cuando se abrió la puerta del gimnasio.

Sofiya entró en la habitación, parecía nerviosa.

No la había visto desde que me marché el día anterior, ya que cuando volví por la noche estaba en su habitación.

Esta mañana tenía puestos unos leggings negros ajustados y un top tan pequeño que parecía un sujetador.

Mi ritmo cardíaco se aceleró incluso cuando dejé las pesas.

—¿Está bien si estoy aquí? —preguntó. Sus ojos se deslizaron por mi pecho desnudo antes de volver a enfocarse en mi rostro, y sentí el impulso inexplicable de levantar algo pesado.

Levanté la barbilla en señal de asentimiento y me dedicó una pequeña sonrisa antes de acercarse al estante de las mancuernas.

Tomé mis propias pesas de veinte kilos mientras la veía agarrar las de dos kilos que nunca había usado.

No la perdí de vista mientras continuaba con mis repeticiones, olvidando el ardor de mis músculos mientras intentaba averiguar qué hacía Sofiya.

Agarró las pesas con torpeza y empezó a hacer ejercicios de fuerza con los hombros.

Apreté los dientes ante su forma espantosa. Se iba a lesionar.

Volví a soltar las pesas y me acerqué bruscamente.

—¿Qué estás haciendo?

Sus labios se separaron mientras levantaba la cabeza para mirarme.

—Eh, ¿levantando pesas? —Parecía tan jodidamente adorable que me irritó.

Me crucé de brazos.

—Lo estás haciendo fatal.

Parpadeó antes de desviar la mirada.

—Solo quiero fortalecer los hombros para poder empujar la silla con más facilidad.

Dejé que mis ojos recorrieran sus brazos, contemplando la extensión de piel suave, antes de obligarme a observar la silla de ruedas que utilizaba.

No le había prestado mucha atención antes, demasiado concentrado en la hermosa mujer que la utilizaba, pero era negra y tosca.

Parecía demasiado grande y pesada para ella.

—¿Es esa silla de ruedas la más correcta para ti? —solté antes de poder contenerme.

Se quedó inmóvil y una de las mancuernas se le escapó de las manos, cayendo al suelo con un ruido sordo. Agarré la otra antes de que se le cayera y me senté en el banco de pesas para no estar encima de ella.

—¿Sofiya? —Arqueé una ceja.

Se retorció las manos antes de mirarme.

—Bueno... es que... hice algo muy malo.

Se me oprimió el pecho. ¿Iba a admitir que me había mentido? ¿Qué me espiaba? El sonido de dos disparos resonó en mi mente.

—Dime —exigí con los dientes apretados.

Volvió a mirarse las manos, con los hombros encorvados.

—Hace unos seis meses, me empezó a costar trabajo caminar.

Seguía usando el andador, pero mis piernas estaban débiles y me mareaba cuando me levantaba.

Sentía mucho dolor, me caía y me dislocaba la rodilla.

Mi padre se negó a que utilizara una silla de ruedas.

Decía que tenía que ser más fuerte y esforzarme más.

Mis manos se apretaron en puños.

—Mi hermana y yo intentábamos averiguar cómo conseguirme una, pero son muy costosas y no sabíamos qué hacer.

—¿Qué quieres decir con que son costosas?

Me miró confundida.

—¿Que cuestan mucho dinero?

—Tu padre es el jefe de la Bratva. Tiene dinero casi ilimitado.

—Sin embargo, Mila y yo no —aclaró, sonriendo tristemente.

—¿No te daba una mensualidad?

Ella negó con la cabeza. Maldito desgraciado.

Me pasé la mano por el cabello.

—¿Entonces cómo conseguiste esta? —Señalé su silla.

Sofiya enterró la cara entre sus manos.

—Por favor, no me juzgues. Sé que soy una persona horrible, pero estábamos desesperadas. Llevaba semanas sin poder salir de la cama y Mila estaba entrando en pánico, así que convenció a nuestro guardaespaldas para que la ayudara a entrar a una tienda de suministros médicos y robar esta.

Esperé a que dijera algo más, mas permaneció en silencio.

—¿Y?

—¿Y qué? —respondió Sofiya, alzando la voz—.

Es una silla de ruedas robada. No está hecha a medida, así que no es como si alguien la estuviera esperando, pero sigue siendo horrible.

—Sus ojos se clavaron en los míos y alargó la mano para tocar la mía—.

No es culpa de Mila. Yo la obligué a hacerlo.

—Su voz tenía un toque de pánico, como si pensara que estaba a punto de sacar el teléfono para denunciar un delito.

Mis labios se movieron. Mi inocente mujercita.

—Déjame ver si entendí. ¿Me estás diciendo que tuviste que robar una silla de ruedas que claramente no te sirve porque tu padre no quiso darte dinero para una, y pensaste que yo estaría más molesto por el robo?

—Robar está mal —razonó Sofiya con seriedad.

Le agarré la barbilla.

—Eras una princesa de la Bratva y ahora eres una reina de la Mafia Italiana de NY. Estás rodeada de criminales mucho peores que los ladrones de sillas de ruedas.

Sofiya me dedicó una sonrisa renuente.

—Eso es lo que dijo Mila.

—¿Han mejorado las cosas desde que la tienes?

—Sí, han mejorado —afirmó en voz baja.

—¿Qué hizo tu padre cuando la vio?

—Oh... no lo supo hasta la mañana de la boda.

Arqueé una ceja.

Ella se encogió de hombros.

—Mila y yo prácticamente nos quedamos en el ala este del segundo piso. Casi nunca veíamos a nuestros padres. —Se aclaró la garganta—. Sin embargo, él no se alegró cuando la vio. Por eso se negó a llevarme al altar.

Un músculo se tensó en mi mandíbula.

Yo era un hombre frío. Era la persona que me habían hecho, la que tenía que ser. No obstante, era difícil no sentir algo al mirar fijamente los grandes ojos azules de Sofiya.

—Tienes que trabajar el torso y mantener los codos metidos cuando hagas ejercicios con los hombros.

Parpadeó ante el brusco cambio de tema.

Tomé ambas mancuernas y se las entregué a Sofiya antes de levantarme de la banca y colocarme detrás de ella.

Me fijé en su reflejo en el espejo del suelo al techo que cubría la pared del fondo del gimnasio.

Era toda luz, cabello luminoso, ojos brillantes, comparado con mi oscuridad.

Mis ojos recorrieron su cuerpo. Desde esta posición, podía disfrutar de todas sus curvas: la amplitud de sus muslos, la suavidad de su vientre, la forma en que sus duros pezones se apretaban contra su top.

Me picaban los dedos por moverse, por tocarla, por averiguar por qué me producía semejante efecto.

Se sentó recta, apretando las pesas con las manos, y las levantó por encima de la cabeza.

—Mantén los codos relajados —indiqué, recorriéndole los brazos con los dedos. Inhaló con fuerza y el sonido me llegó directamente a la polla.

Carajo. Tenía que parar. Esto era peligroso. Sin propósito. La única razón por la que había aceptado este matrimonio era por la alianza. El acuerdo se suponía que era simple, sin rodeos. Yo nunca mezclaba los negocios con el placer.

Me aclaré la garganta.

—Tengo trabajo que hacer.

El suave “gracias" de Sofiya me siguió fuera del gimnasio.

Su dulce aroma me persiguió hasta la ducha.

La imagen de sus pechos en aquel top diminuto se repitió ante mis ojos mientras me masturbaba.

Me corrí vergonzosamente rápido.

Necesitaba follar o corría el riesgo de intentar seducir a mi mujer.