CAPÍTULO 15 #3
Metió dos dedos dentro de mí, abriéndome, deslizándolos dentro y fuera junto a su polla, y contuve el aliento. Ya no tenía frío. De hecho, lo único que quería era quitarme el abrigo y el resto de la ropa y revolcarme desnuda en el barro frente a aquellos hombres.
—Bájate la cremallera del abrigo y súbete la camiseta. Quiero verte tocarte los pechos.
Su voz era grave. Autoritaria.
Una lágrima me resbaló por la mejilla mientras mi cuerpo se movía, se arqueaba hacia el placer que sus dedos prometían.
Estaba a punto de negarme, pero sabía que no importaría.
Él conseguiría lo que quería de una forma u otra.
Le solté el brazo, me desabroché la chaqueta, me subí la camiseta y me bajé las copas del sujetador, exponiendo los pechos desnudos al aire húmedo y frío y a los ojos hambrientos que nos observaban en silencio.
—Tócate, Sera.
Dejé caer la cabeza hacia atrás contra su hombro mientras me buscaba los pezones, duros y sensibles en el aire frío.
—Muéstrame lo que te gusta.
Sus dedos seguían dentro de mí junto a su polla, el pulgar trazando círculos lentos sobre mi clítoris.
Con manos temblorosas, me ahuequé los pechos, los apreté y luego me tomé los pezones entre el pulgar y el índice, los pellizqué con fuerza y tiré de ellos para que se endurecieran aún más mientras los hacía rodar entre los dedos.
—Gracias —dijo con voz tensa.
Como recompensa, volvió a llevar los dedos a mi clítoris e imitó lo que yo había hecho con los pezones.
Grité cuando las oleadas de placer en lo profundo de mi vientre se intensificaron, cada vez más próximas y más fuertes.
—Mi nombre —gruñó—. Dilo.
No quería obedecerlo. Pero no importaba.
—¡Enzo!
Sentí todo su cuerpo estremecerse.
—Dime lo que quieres.
—Por favor.
—Por favor qué, nena.
—Por favor, haz que me corra —susurré.
—No puedo oírte.
—Haz que me corra —grité—. ¡Por favor, Enzo!
—Buena chica.
Sus dedos se hundieron dentro de mí de nuevo y luego volvieron a mi clítoris. Me susurró al oído lo hermosa que era y cuánto me deseaba. Que quería follarme en todas partes, para que no hubiera ni un solo centímetro de mí que no lo conociera.
—Pero ahora mismo, quiero verte correrte, Sera. Quiero sentir cómo me aprietas la polla y te deshaces en mis brazos.
Gemí al oír sus palabras. Estaba tan cerca.
—Córrete para mí AHORA.
Mi cuerpo respondió como si solo hubiera estado esperando su orden, el dolor y el placer demasiado intensos, y grité su nombre tal como me exigió.
Su mano me apretó el cuello hasta que no pude respirar, pero joder, qué más daba.
Y decidí en ese mismo instante que, si iba a morir, así era como quería irme.
Me soltó y caí hacia delante a cuatro patas, con oleadas de placer todavía recorriéndome. Enzo me agarró las caderas y embistió dentro y fuera con movimientos fuertes y profundos, corriéndose dentro de mí otra vez mientras el clímax aún me sacudía el cuerpo.
Mientras luchaba por recuperar el aliento, salió de mí y me levantó del suelo hasta dejarme de rodillas. Con suavidad, me colocó el sujetador y me bajó la camiseta, luego me ayudó a ponerme de pie.
—No volverás a huir de mí —dijo en voz baja mientras me subía la ropa interior y los vaqueros. No se molestó en abrochármelos.
Sentí sus ojos clavados en mi rostro, pero no pude mirarlo.
Notaba la parte de abajo húmeda y pegajosa dentro de los vaqueros.
Un recordatorio de lo que acababa de pasar.
La rabia y la humillación me ardían por dentro, pero no me atreví a hacer nada, no fuera que uno de sus guardias reaccionara de una forma que no me convendría.
—Dejadnos.
Les gritó la orden a los hombres, que se dispersaron de inmediato y volvieron a sus puestos. Probablemente a masturbarse.
El dolor y la humillación me invadieron. Quería hundirme en el suelo y enterrarme en la tierra húmeda. Quería herirlo como él me había herido.
—Sera.
Me pregunté hasta dónde llegaría si echaba a correr. Probablemente no muy lejos.
—Sera, mírame.
Negué con la cabeza. No podía. Jamás podría mirarlo de nuevo.
Me agarró la barbilla y me obligó a levantar la cabeza.
—Abre los ojos y MÍRAME, o te juro por Dios que...
Entonces perdí el control.
Alcé los puños y empecé a golpearlo, dándole en todas partes mientras el dique se rompía y las lágrimas de rabia brotaban, nublándome la visión.
No podía ver. No oía nada salvo el zumbido en mis oídos.
Grité y maldije. Y lo golpeé. Una y otra y otra vez hasta que mi voz no fue más que un susurro ronco y mis puños y brazos quedaron cansados y doloridos.
Cuando no quedó nada dentro de mí, dejé caer los brazos a los costados y respiré exhausta.
—Esta vez me lo merecía —dijo Enzo en voz baja—. Pero si vuelves a levantarme la mano...
—¿Qué? —pregunté con voz apagada mientras miraba el suelo entre nosotros—. ¿Me violarás delante de tus hombres?
El veneno en mi voz era inevitable.
Se quedó callado durante mucho tiempo.
—Sera —dijo en voz baja—. Mírame. Por favor.
Conteniendo las lágrimas, levanté lentamente los ojos hacia los suyos, y una nueva oleada de dolor estalló dentro de mí al ver el horror y la determinación en su mirada ante lo que había hecho.