Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Tomé aire y grité tan fuerte como pude mientras él se reía en mi oído y empujaba su gruesa polla entre mis muslos.

Empujé las caderas hacia adelante contra el árbol todo lo que pude para intentar escapar de él, pero solo gruñó mientras se deslizaba hacia afuera antes de tirarme de las caderas hacia atrás de nuevo.

Jadeé cuando se abrió paso entre los pliegues de mi sexo hasta que su polla quedó tan resbaladiza como yo.

Oí hombres gritando desde todas direcciones y me quedé helada al darme cuenta de lo idiota que había sido.

—Enzo, por favor. No hagas esto.

—¿Crees que sería tan fácil escapar de la propiedad de Luca? —me preguntó mientras seguía moviendo las caderas adelante y atrás, con su sexo deslizándose dentro y fuera de los pliegues de mi coño.

A través de la neblina de lujuria que se apoderaba de mi cuerpo, la verdad me golpeó de lleno. Les había ordenado que me dejaran escapar. Mientras él mismo me cazaba.

Se acercaron pasos a la carrera, y traté de nuevo de jugar con su posesividad.

—Todos los soldados de Luca están a punto de verme el culo al aire.

Pero él solo dijo:

—Todos los soldados de Luca están a punto de verme follarte.

Redoblé mis esfuerzos por escapar justo cuando seis hombres llegaron hasta nosotros desde diferentes direcciones. Los que podía ver se quedaron inmóviles y bajaron las armas al ver lo que estaba pasando.

—¡Ayudadme! —les grité, pero ni uno solo de ellos dio un paso adelante para hacerlo. Con rostros de piedra, esperaron órdenes de Enzo.

Cansado de mis juegos, Enzo me apartó del árbol de un tirón y me empujó hacia adelante. Atrapada en los vaqueros, tropecé y caí con fuerza sobre las manos y las rodillas. Una mano resbaló en la hierba húmeda y apenas logré sostenerme antes de caer de bruces.

—Tú y tú. Daos la vuelta —gruñó Enzo, y al principio pensé que me hablaba a mí, pero se dirigía a sus hombres—. Pero no os vayáis. Mantened la vigilancia. El resto podéis mirar.

Me di la vuelta y empecé a subirme los vaqueros.

Pero estaban mojados y pegados a la piel.

Antes de que pudiera avanzar mucho, Enzo se arrodilló y me dio la vuelta de nuevo.

Arañé el suelo, intentando arrastrarme lejos.

Un sollozo furioso se me atascó en la garganta.

Quería odiarlo. Odiar lo que me estaba haciendo.

Pero estaba tan conectada con él, con su tacto, por muy brusco que fuera, que no podía hacer ninguna de esas cosas.

Me agarró las caderas con ambas manos.

—Enzo.

Lo miré por encima del hombro con ojos llenos de fuego.

—Si haces esto, no te lo perdonaré jamás.

Sus ojos oscuros se encontraron con los míos, pero no eran más que pozos de negrura en la oscura niebla.

Sentí la punta de su polla presionando mi entrada, y luego se abrió paso dentro de mí de una sola embestida.

Los brazos se me doblaron por la fuerza del embate, pero no cedieron.

No me dio tiempo a adaptarme a él antes de empezar a embestirme con fuerza y rapidez, con el cuerpo inclinado sobre el mío, una mano apoyada en el suelo junto a mi cabeza y la otra clavada en mi cadera, tirando de mí hacia atrás para salir a su encuentro.

No fue delicado. Nunca lo era. Pero esto era más que sexo.

Era su forma de controlarme. De controlar la situación.

De descargar su ira porque en realidad no podía controlar ninguna de las dos cosas.

Lo sabía en algún lugar profundo de mi interior, y sin embargo no podía evitar que el dolor en mi pecho se extendiera porque me estaba tratando así, ni la quemazón de la humillación de que lo hiciera delante de sus hombres.

Y aun así, mi cuerpo traidor lo acogía con avidez, deleitándose en cómo su grueso miembro me estiraba casi hasta el límite del dolor.

La tensión me llenó el vientre, y con cada embestida, chispas de placer me recorrían entera.

Apreté los dientes y me negué a ceder al placer.

—Eres mía —gruñó entre jadeos—. Capisci cazzo, donna? ¿Lo entiendes, joder, mujer? No me dejas hasta que yo lo diga.

No respondí. No creía que esperara realmente una respuesta, y no iba a discutir con él cuando era evidente que había perdido la puta cabeza. Las lágrimas me quemaron los ojos, pero me negué a dejarlas caer. Me negué a dejar que viera cuánto daño me estaba haciendo.

Embistió con fuerza, penetrándome tan profundo como pudo.

Lo sentí hincharse dentro de mí y lo oí gritar al correrse, un sonido crudo que me desgarró el corazón, su semen llenándome hasta derramarse por los lados de su polla y resbalar por la cara interna de mis muslos.

Su peso me aplastaba la espalda mientras hundía el rostro en mi nuca para amortiguar los sonidos que emitía.

Cuando terminó, permanecí en silencio e inmóvil, esperando a que se apartara de mí.

Me ardían el rostro y los muslos donde la corteza del árbol me había raspado la piel, y por el rabillo del ojo vi a uno de sus hombres frotarse la palma contra la entrepierna.

La humillación me invadió cuando los labios de Enzo se posaron en mi nuca, expuesta porque las trenzas me caían a ambos lados, y un escalofrío me recorrió la columna.

Y entonces sentí su mano —la que tenía en mi cadera— deslizarse hasta hundirse entre mis piernas...

De inmediato, empecé a forcejear.

—No. ¡No!

Su otro brazo me rodeó la garganta y se enderezó, llevándome con él hasta que quedamos de rodillas con mi espalda contra su pecho.

Todavía estaba dentro de mí. Clavé los dedos en su brazo, intentando apartarlo, pero no logré moverlo ni un milímetro.

A nuestro alrededor, los soldados de Luca observaban mientras Enzo me bajaba más los vaqueros por las piernas y sus dedos me encontraban.

—Todos estos hombres van a verte correrte —me dijo—. Oírte gritar mi nombre.

—¡Que te jodan! No lo haré —juré.

Se rio, pero fue un sonido oscuro y frío.

—Lo harás.

Intenté negar con la cabeza, pero un gemido escapó de mis labios cuando me apretó la garganta y metió un dedo dentro de mí junto a su polla, lo mojó y lo deslizó hasta mi clítoris.

—Tan mojada —susurró—. Tan dulce. Quiero saborearte con mi lengua, cariño. Tu boca. Tu piel. Tu coño.

Presionó la base de la mano contra mi bajo vientre y movió las caderas.

Lo sentí endurecerse dentro de mí otra vez.

Una tensión deliciosa se acumulaba y se liberaba en lo profundo de mi vientre mientras me tocaba como quien toca un instrumento exquisito, sabiendo exactamente cuándo añadir presión y cuándo aflojar.

En el poco tiempo que llevábamos conociéndonos, había aprendido mi cuerpo mejor de lo que yo misma lo conocía.

Y por mucho que intentara resistirme, negárselo, mi cuerpo suplicaba liberación.

—Te odio —susurré.

—No, no me odias.