CAPÍTULO 4
Enzo
Bajé el arma de inmediato cuando vi que solo había una persona en la habitación.
La mujer acurrucada en el colchón no tenía nada que ver con la mujer segura que se había presentado en mi puerta con un vestido que parecía hecho de putas vendas y nada más.
Casi me di la vuelta, pensando que me había equivocado de habitación, hasta que vi un mechón de pelo rosa asomando por debajo de la sábana que le cubría el cuerpo y casi toda la cara. —¿Sera?
Su sollozo me desgarró los oídos, pero no se movió. No vino hacia mí. Examiné la habitación, preguntándome si había alguien más con ella. Si era una trampa. Pero no vi a nadie. Puse el seguro y me metí la pistola por detrás del pantalón, luego saqué el móvil y llamé a Tristan.
Respondió al primer tono. —Sí.
—La tengo. ¿Está todo despejado fuera?
—Puedes salir. Te veo en la puerta principal.
No preguntó si quedaba alguien vivo dentro. No hacía falta. Colgué y me guardé el móvil en el bolsillo, luego entré del todo en la habitación y cerré la puerta, pero sin echar el pestillo. —Sera, cariño. Soy yo. Estás a salvo. —Le hablé con suavidad mientras me acercaba—. Soy yo, nena. Soy yo.
Me arrodillé en el colchón y alargué la mano hacia la sábana.
Me temblaban las manos por el esfuerzo que me costaba no destrozar toda esta puta habitación, toda esta casa.
Quería gritar de rabia porque la habían traído aquí.
Porque no la encontré antes. Porque no la salvé.
¿Todos los cadáveres que llenaban el lugar?
Quería volver a matarlos. Solo que más despacio esta vez.
Pero mantuve los movimientos firmes, la voz calmada, a pesar de la ira violenta que estallaba dentro de mí.
Ella no necesitaba esa mierda ahora mismo.
—Soy yo —repetí—. No voy a hacerte daño.
Se movía despacio, torpe, mientras yo apartaba la sábana para verle la cara.
Tenía los ojos medio cerrados, la boca floja, mientras intentaba enfocarme y mantener la sábana sobre ella al mismo tiempo.
Tardó unos segundos en fijar la mirada en mi cara, pero cuando lo hizo, las lágrimas le corrieron por las mejillas, y cada vez que exhalaba, soltaba un sollozo.
Olía a lejía. Y el colchón en el que estaba olía a sudor y sexo.
—¿Quieres quedarte con la sábana? Está bien. Puedes hacerlo —le dije—. Pero te voy a sacar de aquí cagando leches. —Le aparté el pelo de la cara—. Te voy a sacar de aquí ahora mismo.
Se aferró a la tela áspera contra el pecho con los brazos todavía debajo, y la envolví lo mejor que pude antes de pasarle un brazo por la espalda y otro bajo las rodillas y levantarla.
No pesaba prácticamente nada cuando me puse de pie con ella en brazos.
¿Es que esos cabrones ni siquiera la alimentaban?
¿O simplemente usaban a las mujeres hasta que no les servían para nada y luego traían a las siguientes?
Cuando salimos al pasillo, la acurruqué contra mi pecho.
—No mires —le dije. Me hizo caso y hundió la cara en mi camisa manchada de sangre mientras yo me abría paso entre los cuerpos de las escaleras y la sala principal.
No me detuve a ver qué hacían las otras chicas de la casa.
Podían quedarse o irse como quisieran. No eran asunto mío.
No estaba allí para hacerme el puto héroe. Solo para recuperar a Sera.
Tristan estaba haciendo guardia en la puerta principal cuando llegamos. Al vernos, nos guió fuera de la casa con la pistola en la mano, pegada al muslo, vigilando por si alguien intentaba detenernos hasta que llegamos al coche que nos había prestado Rene. Pero nadie apareció.
Me metí en el asiento trasero con Sera, y Tristan rodeó el coche corriendo y se puso al volante.
La apreté fuerte contra mí mientras salíamos de la ciudad hacia el pequeño aeropuerto donde Rene nos esperaba para asegurarse de que saliéramos del país sin problemas.
Conscientes de lo peligroso que era estar allí así, nadie dijo una palabra hasta que estuvimos de vuelta en el avión privado.
Ni siquiera entonces la solté.
—¿Qué coño le han dado? —preguntó Tristan mientras se sentaba frente a nosotros, después de agradecer a Rene todo lo que había hecho por ayudarnos y prometerle que le daría recuerdos a Luca.
—No lo sé —le dije—. Si tuviera que adivinar, diría que dosis altas de éxtasis. Pero tiene el pulso fuerte y buen color. Se pondrá bien. Solo tiene que pasársele el efecto.
Asintió y se abrochó el cinturón para el despegue.
Sabía que debía sentar a Sera en el asiento de al lado y abrocharle el cinturón, pero no me veía capaz de hacer ni siquiera eso.
Además, me tenía agarrada la camisa con todas sus fuerzas, y estaba completamente desnuda debajo de la sábana.
No se me ocurrió buscar ropa en la casa para traérsela, pero de todos modos no había tiempo.
Y desde luego no esperaba que le negaran algo tan básico como la ropa.
—Llamaré a Luca en cuanto estemos en el aire para decirle que vamos de camino.
—Pídele que le traiga algo de ropa. —Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos. Fuera estaba nublado, y las gafas de sol lo oscurecían todo aún más, pero no podía dormir. No hasta que estuviéramos a salvo al otro lado de la frontera.
Cuando aterrizamos dos horas y media después, me temblaban los brazos de sostener a Sera tan fuerte contra mí. Se había quedado dormida en mi regazo casi en cuanto nos sentamos, con un sueño agitado, y no había querido despertarla.
—¿Enzo? —Dijo mi nombre tan bajo que casi no la oí, con la voz ronca y rasposa. Pero tenía los ojos abiertos, y más control de los músculos de la cara.
—Estamos en casa —le dije—. ¿Puedes caminar?
—Probablemente. —Pero no hizo ademán de bajarse de mi regazo mientras Tristan se desabrochaba el cinturón y se dirigía a la parte delantera del avión para pagarle al piloto—. Gracias por encontrarme —susurró, y se le llenaron los ojos de lágrimas que le rodaron por las mejillas—. Gracias... por...
—Shhh. De nada —le dije—. Te llevo a mi hotel y te daremos un baño. Luca te está trayendo algo de ropa.
—Vale. —Hizo una pausa—. ¿Hay baño en este avión?
—Por supuesto.
La levanté con cuidado de mi regazo y me puse de pie. La sostuve hasta asegurarme de que no fuera a caerse. La sábana se abrió por delante y apreté la mandíbula al ver cuánto peso había perdido.
—Lo siento —me dijo, mirando al suelo mientras volvía a ajustarse la sábana.
—No tienes nada de qué disculparte —le dije—. Oye.
Le levanté la barbilla con una mano, pero se negó a mirarme a los ojos.
—No tienes nada de qué disculparte —insistí—. ¿Me oyes?
Asintió, pero era evidente que no me creía.
La puerta delantera del avión estaba abierta y Tristan ya había bajado. Le indiqué con un gesto que bajaríamos enseguida y la ayudé a entrar en el pequeño baño junto a la cabina.
—¿Necesitas ayuda?
Negó con la cabeza.
—Deja la puerta sin echar el pestillo —ordené, preocupado de que volviera a desmayarse. Me quedé plantado frente a la puerta con los brazos cruzados hasta que terminó. Estaba tan débil que apenas podía sostener la puerta para salir, y tuve que ayudarla—. Vamos, te llevo al hotel.
Le indiqué que caminara delante de mí. Noté cómo se estremecía con cada pequeño ruido.
No le dije que no tenía motivos para estar asustada.
Que ya no había razón para actuar así. Había sufrido mucho trauma.
Le llevaría tiempo volver al mundo que había dejado atrás.
Y puede que nunca volviera a ser la persona que era antes. No del todo.
Yo lo entendía. Mejor que la mayoría, quizás. Aunque tal vez no por las mismas razones.
Cuando llegó a la puerta, aminoró el paso y se detuvo. Dio un paso atrás.
—¿Sera?
Se giró a medias hacia mí y susurró:
—No quiero que nadie más me vea así. No... así.
—De acuerdo.
Pasé a su lado y miré afuera, sin recordarle que Tristan había estado con nosotros todo el rato. Dos coches nos esperaban. Luca y Tristan estaban junto al primero. Cuando Luca me vio, se acercó al pie de las escaleras.
—Adelantaos —le dije—. Iremos justo detrás.
No preguntó por qué no bajábamos del avión. Seguramente Tristan ya le había informado del estado de Sera.
—¿Venís a la casa?
Oí a Sera detrás de mí y extendí la mano hacia ella sin apartar los ojos del hombre que era tanto mi amigo como mi jefe. Su mano se deslizó en la mía y me apretó los dedos con fuerza.
—No —le dije—. La llevo al hotel. Por ahora —añadí.
Pero Luca negó con la cabeza.
—No me gusta, Enzo. Preferiría que los dos estuvierais en la casa. Es más seguro allí.
No tenía que explicar a qué se refería. Su padre sabía que ella estaba aquí, y lo más probable era que ya hubiera enviado a algunos de sus hombres a la ciudad.
—La llevaré el lunes —dije. No iba a ceder en esto—. Te pido un par de días a solas con ella. Luego iremos a la casa y resolveremos todo lo demás.
Por un momento pensé que iba a rechazar mi petición, pero al final asintió.
—Me quedaría más tranquilo si Tristan estuviera contigo.
—No hace falta —le dije—. Tris ya ha hecho bastante.
Apretó la mandíbula y apartó la mirada, luego volvió a mirarme.
—De acuerdo —dijo al fin. Sacó el teléfono, llamó a mi conductor y le dijo que se uniera a ellos en el primer coche—. Las llaves están dentro, y hay una manta y una bolsa con ropa que Veda le ha enviado. Nos vemos en unos días. Pero te llamaré de vez en cuando. Ten el móvil a mano.
—Por supuesto.
Esperé hasta que los dos estuvieron en el coche de Luca y se alejaron.
—Vamos.
Ojalá hubiera tenido algo más con qué cubrirla mientras bajábamos las escaleras con el viento azotándonos. Parecía que iba a llover más.