CAPÍTULO 3 #2
Se me cortaron los pensamientos cuando volvió a golpearme el agua fría de la manguera.
Me enjuagó el pelo y el cuerpo a conciencia y luego me dejó temblando en la esquina, con los dientes castañeteando, mientras enrollaba la manguera y la dejaba cerca de la puerta principal.
Después entró en la casa y volvió a salir enseguida con una toalla blanca mugrienta en las manos.
Me la dio y enseguida me la enrollé alrededor del cuerpo, absorbiendo toda la humedad que pude antes de frotarme enérgicamente el resto, secándome el pelo lo mejor que pude.
Cuando terminé, alargó la mano para que le devolviera la toalla, pero me la enrollé de nuevo rápidamente.
—No —le dije negando con la cabeza, un gesto que hizo que el mundo se tambaleara a mi alrededor.
Tenía hambre. Y sed. Y notaba cómo el pánico iba creciendo dentro de mí a medida que se pasaba el efecto de las drogas.
Solo pensar en volver a entrar en esa casa sin nada que me cubriera me daba náuseas—.
No —repetí. Sabía que entendía esa palabra.
Era la misma en ambos idiomas. Además, hablaba algo de inglés.
Soltó un suspiro profundo y me miró como si estuviera tan, tan cansado de lidiar con gente como yo y nuestras demandas absurdas.
Entre un parpadeo y el siguiente, lo tenía justo delante y me había arrancado la toalla del cuerpo.
Dio un paso atrás e hizo un gesto con el brazo para que volviera a entrar en la casa.
Me quedé allí, tambaleándome descalza con los brazos cruzados sobre el pecho para taparme, mientras intentaba recordar por qué no quería volver a entrar aunque estaba muerta de frío.
Pero el cerebro todavía lo tenía tan nublado que no podía pensar.
Solo sabía instintivamente que no quería entrar en esa casa.
Y entonces lo recordé, y los gritos empezaron a brotar.
Pero antes de que pudieran estallar, soltó una maldición en español, echó un vistazo rápido a su alrededor, me agarró del brazo y me arrastró de vuelta adentro.
En cuanto la puerta se cerró tras nosotros, me puso delante de él y me sujetó con fuerza contra su pecho mientras gritaba órdenes a un tipo bajo con la cabeza rapada que estaba de pie en la esquina más alejada de la habitación.
Unas manos se extendieron y me tocaron mientras él me llevaba a través de la habitación hacia las escaleras, pellizcándome los pechos y agarrándome entre las piernas mientras yo luchaba por mantener el pánico bajo control. Mi acompañante las apartó de una patada.
—¡No dinero, no mujer!
Por lo visto, hoy no iban a conseguir ningún manoseo gratis.
En un abrir y cerrar de ojos estaba de vuelta arriba, en mi habitación.
El tipo bajo nos siguió con un vaso de agua en una mano y una pastilla en la otra.
Me los puso delante y los cogí agradecida, tragándome la droga que me llevaría lejos de allí.
Se quedaron conmigo hasta que dejé de temblar y los párpados se me pusieron pesados.
Poco a poco, me dejé llevar a mi propio mundo.
Incluso el dolor palpitante de la muñeca disminuyó.
No tardó mucho, probablemente porque apenas había comido en días.
Mientras me dirigía hacia el colchón, me horrorizaba la idea de tumbarme en él ahora que estaba algo limpia, pero para mi sorpresa, parecía que lo habían dado la vuelta y habían echado una sábana azul encima.
Se me llenaron los ojos de lágrimas al verla, y me senté agradecida y me eché la sábana por los hombros.
Olía a humedad, pero ni siquiera me importaba.
Me recosté contra la pared y me acurruqué bajo la fina sábana mientras me sumía en el mundo de ensueño de mi mente.
No sé cuánto tiempo estuve dormida cuando de repente me desperté sobresaltada, pero debieron de ser horas, porque tenía el pelo seco y era semiconsciente de dónde estaba, aunque no hasta el punto de que vinieran los gritos.
Tenía los párpados tan pesados que apenas podía abrirlos.
Me incorporé apoyándome en un codo y esperé. Entonces lo oí de nuevo.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
El corazón empezó a latirme con fuerza. ¿Eran disparos?
Intenté moverme, bajarme del colchón, pero no conseguía que los músculos respondieran a lo que quería que hicieran.
Unas lágrimas silenciosas me rodaron por las mejillas.
No estaba segura de si eran de miedo o de esperanza.
Quizá de ambas cosas. Podía ser cualquiera allá abajo.
Una banda rival. Un cliente descontento.
O alguien que había venido a por una de las otras chicas.
Sabía que las posibilidades de que fuera alguien enviado por mi padre eran escasas.
Ni siquiera sabía que estaba en Austin, así que ¿cómo me habría seguido hasta aquí?
Oí gritos abajo y más disparos. Luego un grito gutural que se transformó en un sonido húmedo y gorgoteante.
Presa del pánico, me arrastré fuera del colchón y hacia la esquina de la habitación.
Había un sitio que había encontrado allí después de mi primer «cliente».
Una tabla del suelo que estaba suelta donde se unían dos de ellas.
Tiré de ella hacia atrás todo lo que pude y luché por mantenerme consciente mientras metía la mano dentro, con los dedos buscando los objetos que había escondido allí.
Un anillo. Un reloj. Una pinza para billetes.
Objetos pequeños que apenas recordaba haber cogido mientras estaban demasiado distraídos para darse cuenta, o que habían dejado en mi habitación.
No les cogía algo a todos los que entraban en mi habitación.
La mayor parte del tiempo estaba demasiado ida para siquiera darme cuenta de lo que pasaba hasta más tarde, cuando encontraba las pruebas en el cuerpo.
Agarrándolo todo en el puño, volví al colchón y me acurruqué bajo la sábana.
No sé por qué sentía que necesitaba tener esas cosas conmigo, pero estaba a punto de ser rescatada o asesinada, y por alguna razón, sentía que era importante.
Y entonces todo quedó inquietantemente silencioso. Encogida en la esquina del colchón, intenté hacerme lo más pequeña posible.
Las tablas del suelo crujieron fuera de mi puerta, y oí abrirse la puerta del otro lado del pasillo.
Agucé el oído mientras los pasos se alejaban por el pasillo hacia las otras habitaciones.
Tal vez era uno de los tipos que dirigían la casa, comprobando que todas siguiéramos aquí ahora que habían matado a quienquiera que hubiera intentado interrumpir su negocio.
O tal vez estaban todos muertos. Tal vez uno de los clientes había decidido que ya no quería pagar más.
Una risa histérica me brotó de dentro y me tapé la boca con la mano, intentando no hacer ruido.
Los pasos se detuvieron fuera de mi habitación. Intenté mantener los ojos abiertos mientras el pomo giraba y la puerta se abría lentamente con un crujido. La esperanza prendió en mi interior, pero la sofoqué enseguida. Nadie sabía dónde estaba. Nadie me estaba buscando...
El cañón de una pistola apareció por la rendija de la puerta y giró lentamente recorriendo la habitación hasta apuntarme directamente. La puerta se abrió un poco más.
Dios mío.
Un sollozo violento se me escapó antes de que pudiera contenerlo.
Me había encontrado.