Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2)
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CAPÍTULO 1
Enzo
Sera había desaparecido de la faz de la tierra como si nunca hubiera existido, y yo estaba a punto de perder la puta cabeza.
Llevaba desaparecida una semana entera. Luca y Tristan habían estado trabajando sin descanso para ayudarme a encontrarla, y nunca había estado más agradecido a mis amigos, ni más aliviado de que no me hubieran cuestionado ni una sola vez sobre por qué estaba arriesgando mi vida —todas nuestras vidas— para encontrarla. Una mujer a la que apenas conocía.
Lo que sabíamos era que Derek Jonak, el hombre muerto en vida que se la había llevado, parecía haberla dejado en esa casa ruinosa y se había marchado.
Más tarde la recogió un tipo que conducía un camión de reparto sin identificación, y la casa había sido vaciada.
La había perdido por menos de treinta minutos cuando llegué.
Habíamos rastreado el camión hasta la frontera mexicana, y luego le habíamos perdido la pista.
Iba de un lado a otro del despacho de Luca mientras él hablaba con su contacto Rene en México, uno de los pocos hombres en los que confiaba ciegamente.
Habían llorado juntos la muerte de la hermana de Rene, y Luca había cumplido su promesa de vengar esa muerte matando al hombre que le había disparado —Mario, el hermano de Luca—, ganándose así un amigo leal de por vida, aunque trabajaran en lados opuestos de la frontera.
La llegada de Veda a su vida tres años después había sido una bendición. Había salvado a mi amigo de una espiral de autodestrucción. Y por eso, la protegería con mi vida. Siempre.
—Gracias, Rene.
Luca me observó cruzar la habitación con pasos impacientes mientras terminaba la llamada.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Sí. De acuerdo. Hablamos pronto.
Colgó el teléfono.
Me detuve al otro lado de su escritorio.
—¿Qué ha dicho?
—Va a contactar con gente por todo México que trata con traficantes de personas o conoce a quienes lo hacen. Quizá alguien la haya visto. Con su pelo rosa y el piercing en la nariz, confía en que la recuerden.
Asentí y retrocedí. Todo el cuerpo me temblaba con la necesidad de golpear algo. La parte de atrás de las piernas chocó con el brazo del sofá y lo rodeé para hundirme en el cojín de cuero. Me incliné hacia delante, apoyé los codos en las rodillas y me sujeté la cabeza entre las manos.
—Enzo.
Era una orden. Levanté la cabeza de golpe y me encontré a Luca de pie frente a mí.
—La encontraremos.
Asentí de nuevo. Era todo lo que podía hacer.
—Sigue viva.
—¿Cómo lo sabes?
Apenas logré pronunciar las palabras.
—Lo sé, porque no se habrían molestado en llevarla hasta el otro lado de la frontera si solo fueran a matarla.
Un pequeño destello de esperanza prendió en mi interior. Tenía razón. Estaba dejando que las emociones dominaran mis pensamientos.
Se sentó frente a mí, imitando mi postura.
—Creo que ese tipo, Derek como-coño-se-llame, está intentando darle una lección. Por rechazarlo, quizá. Pero es un cagado. No tuvo huevos para hacerle daño él mismo, así que la vendió.
La puerta del despacho se abrió y Tristan entró, cerrando tras de sí.
Luca y yo nos pusimos de pie.
—¿Has averiguado algo? —le pregunté.
Sonrió, pero fue una sonrisa fría que no le llegó a los ojos.
—Nuestro chico está en California.
—¿Tienes una ubicación exacta? —le preguntó Luca.
—La tengo. Y ya me he puesto en contacto con Franco en Los Ángeles y le he dicho que íbamos para allá.
Íbamos. Agradecía el apoyo, pero podía encargarme de este stronzo yo solo.
—No tenéis que venir conmigo. Luca te necesita aquí.
Pero Luca me puso la mano en el brazo.
—Llévate a Tristan contigo. Por si hay problemas. No sabemos por qué está en California ni qué conexiones tiene allí, y nuestra relación con Franco puede ser un poco... tensa a veces.
—¿Y tú qué? ¿Y Veda? Alguien tiene que vigilaros a los dos.
—Solo tiene una clase mañana y luego está libre el fin de semana. La llevaré yo mismo si es necesario.
Le hizo un gesto con la cabeza a Tristan, y este salió del despacho, dejándonos solos.
—Luca, no puedes andar por ahí sin protección. Tienes una diana en la espalda.
Pero él simplemente me puso la mano en el hombro.
—Estaré bien. No haré ninguna estupidez. Y confío en que no dejes ningún rastro que pueda llevar a cualquier otro que esté buscando a Derek hasta nosotros. Por lo que me contaste de él, estoy seguro de que no podemos ser los únicos que quieren silenciarlo.
Le sostuve la mirada.
—No quedará nada de él que rastrear cuando termine. Y llamaré a Milo para que se encargue de la limpieza.
—Excelente. Ten cuidado.
Aunque yo solo era un poco más alto que él, me tomó el rostro entre las manos, me bajó la cabeza y me besó en la frente.
—Mantén a Tristan cerca.
—Lo haré. Y volveré en cuanto pueda.
Tristan estaba esperando justo fuera de la puerta del despacho cuando la abrí.
—Voy a por el coche —me dijo.
Luca me siguió al pasillo.
—Llámame cuando esté hecho. Os necesito a los dos de vuelta aquí el lunes por la mañana.
—La tendré de vuelta para entonces.
Luca me agarró del brazo cuando iba a marcharme.
—Enzo.
—¿Sí?
—Cuando recuperes a Sera, ten cuidado con ella. Seguro que ha pasado por mucho, y le llevará tiempo adaptarse.
Se me heló la sangre ante lo que estaba sugiriendo sutilmente. Pero sabía que tenía razón. Las probabilidades de que Sera no hubiera sufrido nada durante todo este tiempo eran nulas. —Por supuesto.
Miró hacia el pasillo y pude ver la preocupación en su rostro.
—¿Qué pasa?
Sus ojos azules se encontraron con los míos, y vi arrepentimiento en ellos. —No sé mucho sobre tu relación con esta chica, pero tendremos que decirle a su padre que está aquí. Tarde o temprano.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Tenía razón. No podíamos ocultarla para siempre. Y sin embargo, no soportaba la idea de enviarla de vuelta allí para que la casaran con el mejor postor.
—Enzo.
—Lo sé —mi voz sonó tensa—. Lo sé —dije con más calma.
Luca me observó un momento. —Hablaremos cuando vuelvas y veremos qué hacemos.
Asentí y saqué las gafas de sol del bolsillo interior de la chaqueta. —Voy a pasar por el hotel a recoger algo de ropa. Te aviso cuando salgamos de la ciudad. —Lo dejé con su trabajo y fui a buscar a Tristan.
En el hotel, me puse una camisa negra de manga larga, unos pantalones cargo negros y botas negras de suela gruesa. Tristan hizo lo mismo con la ropa que le habíamos comprado de camino. Cuarenta y cinco minutos después, subíamos a un avión privado rumbo a Los Ángeles.