Capítulo Diez #3
La alarma sonó a las cinco de la mañana.
El cielo al otro lado de la ventana seguía oscuro, la farola aún parpadeaba con su resplandor anaranjado.
Gavin se removió en el sofá donde se había quedado dormido en brazos de Zack.
El pijama de una pieza susurró suavemente.
El pañal crujió debajo. Osito seguía abrazado contra su pecho.
—Hora de despertarse —murmuró Zack. Su voz era baja y dulce—. Los de la mudanza llegarán pronto.
Gavin abrió los ojos lentamente. El chupete seguía en su boca, moviéndose con ese ritmo lento y somnoliento. Miró a Zack. Tenía los ojos nublados. Desenfocados. Aún estaba en su estado pequeño. Aún sumido en la regresión.
—De verdad vamos a hacer esto —dijo con el chupete en la boca. Su voz sonaba amortiguada, pero se le entendía.
—De verdad vamos a hacer esto —Zack le dio un beso en la frente—. ¿Estás listo?
Gavin asintió. Se incorporó lentamente. El pijama de una pieza estaba arrugado de dormir. El pañal estaba mojado. Notaba su calor contra la piel.
—Necesito que me cambies primero.
—Lo sé. Tengo todo listo.
Zack había dejado preparada una bolsa pequeña con lo esencial. Pañales. Toallitas. Talco. Ropa de recambio para el viaje. Llevó a Gavin al baño por última vez. La loción de vainilla seguía en el estante. Zack la metería en la bolsa de mano. No pensaba dejar atrás nada que importara.
Cambió a Gavin con el mismo cuidado reverente de siempre. Le quitó el pañal mojado. Las toallitas estaban frescas contra su piel. El talco olía dulce y limpio. El pañal nuevo quedó bien ajustado en sus caderas. Gavin mantuvo los ojos entrecerrados todo el rato. Confiando. Entregándose.
—Ya está —murmuró Zack—. Todo limpio. Todo fresco. Listo para nuestro gran día.
Ayudó a Gavin a quitarse el pijama de una pieza y a ponerse algo más práctico para el viaje. Pantalones de chándal suaves sobre el pañal. Una camiseta holgada. La manta azul sobre los hombros. Osito bajo el brazo. El chupete otra vez en la boca.
Los de la mudanza llegaron a las seis. Cargaron las cajas y los muebles en el camión.
Zack los dirigía con autoridad serena. Gavin se quedó en el sofá, observando.
El apartamento se iba vaciando. Las paredes quedaban desnudas.
Los suelos, al descubierto. La sensación de vacío había vuelto, pero era diferente ahora.
No el vacío de la soledad. El vacío de algo que terminaba para que algo nuevo pudiera empezar.
A las siete, el camión estaba cargado. El apartamento, vacío.
Zack hizo un último recorrido. El dormitorio donde había cambiado incontables pañales.
El baño donde había preparado baños y extendido loción sobre la piel de Gavin.
La cocina donde había hecho tortitas y sándwiches de queso a la plancha.
El salón donde había sostenido a Gavin durante los ataques de pánico, la regresión y las noches más profundas y oscuras.
Gavin esperaba de pie junto a la puerta. La manta azul le envolvía los hombros. Osito apretado contra el pecho. El chupete se movía en su boca. Tenía los ojos húmedos.
—¿Listo? —preguntó Zack.
Gavin asintió. Sabía que si hablaba, probablemente se echaría a llorar.
Zack le cogió la mano. Salieron del apartamento juntos. La puerta se cerró tras ellos con un chasquido. El sonido era definitivo. Concluyente.
El coche estaba cargado con lo esencial.
El resto llegaría con los de la mudanza más tarde.
Zack se había asegurado de que el asiento del copiloto fuera cómodo para Gavin.
Una almohada para la cabeza. La manta gris del sofá —la misma con la que Gavin se había arropado aquella primera mañana— extendida sobre el asiento.
Una bolsa de aperitivos en la parte de atrás.
La loción de vainilla y las cosas para cambiarle, al alcance de la mano.
—Sube —dijo Zack—. Voy a buscar la última bolsa.
Gavin se subió al asiento del copiloto. Se echó la manta gris sobre las piernas.
Osito descansaba en su regazo. El chupete se movía con succiones lentas y acompasadas.
Observó a Zack a través del parabrisas. Zack hablaba con los de la mudanza.
Les daba la dirección. Les estrechaba la mano.
Después volvió al coche y se sentó al volante.
—¿Listo? —preguntó.
Gavin asintió.
—Listo.
Zack arrancó el motor. El coche cobró vida con un rugido. Salió del aparcamiento. El edificio de apartamentos fue empequeñeciéndose en el espejo retrovisor. Las paredes beige. Las ventanas enrejadas. La farola parpadeante. Todo se iba desvaneciendo.
Atravesaron la ciudad bajo la luz del amanecer.
Las calles estaban tranquilas. El sol apenas empezaba a asomarse por el horizonte.
Rosa, dorado y azul pálido. Gavin observó los edificios pasar.
La cafetería donde solía parar antes del trabajo.
El parque donde solía pasear cuando el apartamento se le hacía demasiado pequeño.
El centro de crisis. El edificio donde todo empezó.
—Adiós —susurró con el chupete en la boca.
Zack le apretó la mano. —¿Estás bien?
—Creo que sí. Es que resulta extraño. Dejarlo todo atrás.
—No lo dejamos todo atrás. Nos llevamos lo importante —Zack lo miró—. Nos llevamos a nosotros mismos.
Gavin le devolvió el apretón. —Me gusta eso.
La ciudad dio paso a los suburbios. Los suburbios, a la carretera abierta. El sol ascendió en el cielo. La luz se tornó dorada. Las montañas aparecieron en el horizonte. Violáceas, brumosas y hermosas.
Gavin nunca había visto las montañas. Había vivido toda su vida en la ciudad. Nunca había ido a ningún sitio. Pegó la cara a la ventanilla. El chupete se movía con succiones lentas y acompasadas. Tenía los ojos muy abiertos.
—Son preciosas —dijo.
—Lo son —Zack lo miró—. Vamos a vivir cerca de ellas. Podrás verlas todos los días.
—Todos los días —Gavin pronunció las palabras como si las saboreara—. Nunca he tenido algo hermoso que contemplar cada día.
—Ahora sí.
Condujeron otra hora más. Las montañas se acercaban. La carretera serpenteaba entre colinas y valles. En la radio sonaba música suave. La manta gris abrigaba el regazo de Gavin. Osito estaba mullido contra su pecho. El pañal, seco y cómodo. El chupete se movía con ese ritmo lento y somnoliento.
A Gavin se le cerraban los ojos. El madrugón le estaba pasando factura. El peso emocional de la partida. El alivio de estar por fin en la carretera. La calidez del coche. El zumbido constante del motor. Todo arrastrándolo hacia el sueño.
Zack lo miró de reojo. La cabeza de Gavin cabeceaba. Tenía los ojos entornados. El chupete apenas se movía.
—Cierra los ojos, pequeño —la voz de Zack era suave. Tierna—. Cuando despiertes, estaremos en casa.
Gavin cerró los ojos. El cuerpo se le relajó en el asiento. La cabeza le descansó contra la almohada. Su mano seguía sujetando flojamente la de Zack. El chupete se le escurrió de la boca y cayó sobre la manta gris. Se había dormido.
Zack siguió conduciendo. Las montañas se acercaban. La carretera se extendía ante ellos. El sol ascendía. La larga noche había terminado. El viaje estaba a punto de acabar.
Miró a Gavin. El rostro pálido. Las pestañas oscuras. Los labios suaves, ligeramente entreabiertos. La manta azul envolviéndole los hombros. Osito acurrucado bajo su barbilla. El pañal asomando por debajo del chándal.
Esto lo era todo. Por esto había renunciado a su carrera. Por esto había roto todas las reglas. Esto era lo que había estado buscando sin saberlo.
Gavin se removió en sueños. Su mano apretó la de Zack. Un pequeño sonido se le escapó de los labios. No era una palabra. Solo un sonido. Un suspiro de satisfacción.
—Aquí estoy —murmuró Zack—. Siempre voy a estar aquí.
Los kilómetros pasaban. Las montañas se alzaban imponentes. El nuevo pueblo estaba justo delante. El nuevo apartamento. La nueva vida. El nuevo comienzo.
Zack pensó en todo lo que habían pasado. La primera llamada. El ataque de pánico. El baño. La loción. Los pañales. El chupete. El osito. La suspensión. El despido. Las cajas. La partida. Todo había conducido a este momento. Este viaje. Este nuevo comienzo.
Gavin había llamado a un desconocido en mitad de la noche. Le había confiado su dolor a ese desconocido. Había dejado que ese desconocido entrara en su apartamento. En su vida. En su corazón. Y ahora conducían hacia un futuro juntos. Un futuro real. Una vida.
La salida apareció a la derecha. Zack la tomó. La carretera atravesaba un pequeño pueblo. Tiendas pintorescas. Calles arboladas. Un parque con columpios. Una biblioteca con grandes ventanales. Las montañas a lo lejos. Violáceas, brumosas y hermosas.
—Aquí es —dijo Zack en voz baja—. Este es nuestro hogar.
Gavin no se despertó. Siguió durmiendo. Confiando por completo. Creyendo que cuando abriera los ojos, Zack seguiría allí. Que el nuevo apartamento estaría esperándolo. Que el futuro del que habían hablado era real.
Zack metió el coche en el camino de una pequeña casa.
No un apartamento. Una casa. Con jardín.
Con porche. Con dos dormitorios. Uno para ellos.
Otro para cuando Gavin necesitara espacio para ser pequeño.
Los de la mudanza aún no habían llegado.
La casa estaba vacía. Pero no lo estaría por mucho tiempo.
Apagó el motor. El coche quedó en silencio. Gavin seguía dormido. El chupete descansaba sobre la manta. Osito, acurrucado bajo su barbilla. La manta azul le envolvía los hombros.
Zack le apartó el pelo de la frente. —Ya estamos, pequeño. Estamos en casa.
Gavin abrió los ojos lentamente. Brumosos. Desenfocados. Miró por la ventanilla. La casa. El jardín. Las montañas a lo lejos.
—¿Es aquí? —su voz era apenas un susurro.
—Aquí es. Es nuestra.
Gavin se quedó mirando la casa. El porche. Los ventanales. Las montañas. Se le llenaron los ojos de lágrimas. —Es preciosa.
—Lo es —Zack le apretó la mano—. Bienvenido a casa.