Su mejor amiga, su punto ciego (Derritiendo su Corazón de Hielo nº 3) Epílogo #3
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Epílogo #3

—En la parte en que dijiste que lo harías otra vez.

Cada año. Cada minuto. —Jo se inclinó y apretó la boca contra el esternón de Charlotte.

Sintió los latidos, rápidos y firmes—. No paro de pensar en todos esos años.

Tú, sentada a mi lado en el sofá, deseando esto.

Deseándome a mí. Yo queriéndote también, antes de saber cómo llamarlo.

—Jo. —La mano de Charlotte encontró su pelo.

—Ojalá hubiera tenido las palabras antes. —Jo le besó entre los pechos, las costillas, la piel suave del vientre.

—Ahora las tienes. —La voz de Charlotte sonó espesa.

Jo alzó la vista hacia ella. Charlotte estaba apoyada en los codos, mirándola con una expresión que acalló todo dentro de Jo. Amor. Solo amor. Sin complicaciones, sin defensas, de ese amor que Charlotte había pasado años escondiendo y que ahora dejaba que Jo viera entero.

—Te quiero —dijo Jo.

—Lo sé. —Charlotte sonrió—. Ahora enséñamelo.

Jo le deslizó las bragas por las piernas. Le besó la rodilla, el muslo interior, el lugar donde la cadera se unía a la pierna. La mano de Charlotte se tensó en su pelo.

—Dime qué quieres —murmuró Jo contra su piel.

—A ti. Solo a ti.

—Eso no es lo bastante específico. —Jo le dio un beso en el pliegue del muslo—. Ya te enseñé lo de hacer peticiones específicas.

Charlotte soltó un sonido que era mitad risa, mitad gemido.

—Quiero tu boca. Y tus manos. Y quiero verte la cara mientras me tocas.

—Eso puedo hacerlo.

Jo se acomodó entre sus piernas y le dio a Charlotte todo.

Usó la lengua como había aprendido que a Charlotte le gustaba: pasadas lentas, presión constante, llevándola más y más arriba por capas.

Una mano apoyada plana contra el vientre de Charlotte, sintiendo cómo se tensaba y temblaba.

La otra encontró la mano de Charlotte en las sábanas y entrelazó sus dedos.

El anillo de Charlotte presionaba, frío, contra el nudillo de Jo.

Esposa, pensó Jo. Mi esposa. Y sintió que las caderas de Charlotte empezaban a mecerse, sintió el cambio de ritmo, sintió el temblor en el muslo de Charlotte contra su mejilla.

—Ahí —suspiró Charlotte—. Justo ahí. No cambies nada.

Jo

Jo no varió. Mantuvo exactamente ese ángulo, esa presión, ese ritmo. Charlotte le agarraba la mano con tanta fuerza que le hacía daño, la espalda arqueada, soltando pequeños sonidos que había dejado de intentar contener hacía meses.

—Mírame —consiguió decir Charlotte.

Jo levantó la vista. Charlotte tenía las pupilas dilatadas, el pintalabios desaparecido hacía rato, la alianza brillando en la mano que estrujaba la de Jo.

Jo mantuvo la boca justo donde Charlotte la necesitaba y observó cómo su esposa perdía el último resto de compostura.

La palabra esposa le resonó distinto cuando Charlotte decía su nombre así.

—Jo, voy a…

—Lo sé.

Jo añadió los dedos. Dos, entrando sin resistencia, curvándose por instinto. Charlotte gritó, todo el cuerpo tensándose, las caderas empujando contra la boca de Jo mientras se deshacía.

Jo la guio durante el descenso. Suave ahora, aflojando cuando la mano de Charlotte soltó presión, cuando el temblor fue cediendo a estremecimientos. Le dio un beso en la cadera y subió por su cuerpo.

Charlotte tenía los ojos húmedos. El pecho le subía y bajaba acelerado. La alianza destelló con la luz de la farola.

—Hola, esposa —dijo Jo, sonriendo de oreja a oreja.

—Hola. —La risa de Charlotte era un suspiro—. Dios. ¿Cómo es posible que cada vez se te dé mejor?

Jo se encogió de un hombro, un poco ufana.

—Práctica. Dedicación. Investigación revisada por pares.

Charlotte la agarró y les dio la vuelta. Jo cayó de espaldas con un suave uf, Charlotte encima, el pelo cayéndoles como una cortina alrededor de la cara.

—Ahora me toca a mí practicar —dijo Charlotte.

Le besó primero en la boca. Luego el cuello, la clavícula, la curva del pecho. La piel de Jo se estremeció bajo los labios de Charlotte, con todas las terminaciones nerviosas despiertas.

Charlotte siempre había sido atenta, pero el matrimonio parecía haberla vuelto audaz. Deslizó una mano bajo el trasero de Jo, la acercó al borde de la cama y sonrió cuando Jo soltó un taco.

—Antes soñaba con esto —dijo Charlotte, con la boca bajando por el vientre de Jo—. Tocarte. Que me dejaras tocarte. —Le besó bajo el ombligo—. Me tumbaba en la cama después de nuestras noches de viernes y me imaginaba cómo sería. Cómo sonarías. Qué caras pondrías.

—Charlotte…

—La realidad es mejor. —Charlotte le quitó las bragas, dejando un beso en la cara interna de cada rodilla al hacerlo—. La realidad es muchísimo mejor.

Fue lenta. Se abrió camino a besos por los muslos de Jo, el aliento cálido, las manos firmes.

El corazón de Jo martilleaba. Daba igual que ya lo hubieran hecho antes, que Charlotte conociera su cuerpo, que Jo hubiera aprendido a no sentirse cohibida.

Esta noche todo estaba amplificado. Esta noche cada caricia tenía un peso nuevo porque estaban casadas, porque Charlotte era su esposa, porque esta era la primera noche del resto de sus vidas.

La boca de Charlotte la encontró, y Jo dejó de pensar.

Charlotte era buena en esto. Mejor ahora porque sabía cuándo Jo quería provocación y cuándo presión, cuándo la mano en el muslo debía tranquilizarla y cuándo debía mantenerla abierta.

Esta noche Charlotte se tomó su tiempo hasta que Jo estaba temblando, aferrando las sábanas y suplicándole abiertamente que no parara.

—Por favor —consiguió decir Jo—. Charlotte, por favor…

Charlotte deslizó dos dedos dentro de ella sin romper el ritmo. La doble sensación le arrancó un sonido de la garganta que notó hasta en los dedos de los pies.

La mano libre de Charlotte subió. Encontró la mano de Jo en las sábanas. Le entrelazó los dedos, igual que había hecho Jo. Alianza contra nudillo. Palma contra palma.

Se quedaron cogidas de la mano mientras Charlotte la deshacía.

Jo se corrió con el nombre de su esposa en los labios, la alianza de su esposa apretada contra la piel y la boca de su esposa sobre ella, y fue, imposiblemente, lo mejor de toda su vida.

Charlotte se quedó entre sus muslos hasta que Jo le tiró de los hombros sin fuerza. Cuando por fin subió, Jo la agarró por la mandíbula y la besó sin la menor vergüenza de su propio sabor. Charlotte dejó escapar un sonido de placer contra sus labios.

—Hola, esposa —susurró esta vez ella.

Jo se rio, sin aliento, y les dio la vuelta hasta que Charlotte quedó encajada contra su pecho.

Jo seguía temblando. Charlotte siguió acurrucada contra su pecho, con las piernas enredadas y las dos respirando con fuerza.

—Se nos va a dar tan bien esto —susurró Jo.

Charlotte le pasó las yemas de los dedos por las costillas.

—Ya se nos da tan bien.

—Se nos va a dar tan bien esto durante cincuenta años. —A Jo se le dibujó una sonrisa boba en la cara.

—Mmm, no. Sesenta. —Charlotte le besó la nariz—. Como mínimo.

—Sesenta. —Jo la atrajo más cerca, encajando sus cuerpos como encajaban, como siempre habían encajado—. Sesenta los puedo hacer.

Charlotte escondió la cara en el cuello de Jo. Jo la rodeó con los dos brazos. Notó el corazón de Charlotte hacerse más lento contra su pecho, sintió el calor de su aliento en la clavícula, sintió la alianza en el dedo de Charlotte apretándose contra el omóplato.

Fuera, la ciudad hacía lo que siempre hacía la ciudad.

Sirenas y tráfico y el rumor sordo de un millón de vidas.

Pero aquí dentro, en su piso, con la mezuzah en la puerta y las sobras de la boda en la nevera y la ropa de boda formando un rastro desde la entrada hasta el dormitorio, todo estaba en silencio.

Jo la estrechó más fuerte.

—¿Jo? —La voz de Charlotte ya era soñolienta.

—¿Sí?

—Me alegro de que llegaras tarde.

Jo parpadeó.

—¿Tarde a qué?

—A todo. —Charlotte la rodeó más fuerte con los brazos—. Si te hubieras dado cuenta antes, no tendríamos esta historia. Y me encanta nuestra historia.

Jo apoyó los labios en el pelo de Charlotte. La aspiró. Jabón de cedro y champán y, debajo, el calor que era solo Charlotte.

—A mí también me encanta nuestra historia —dijo Jo—. Incluso las partes en las que fui idiota.

—Quizá sobre todo esas partes.

—Grosera.

—Te encanta.

Jo sonrió contra el pelo de Charlotte.

—Te quiero.

Había pasado años pensando que llegaba tarde a su propia vida. Quizá era cierto. Importaba menos con la alianza de Charlotte cálida contra su piel y la ropa de boda aún desperdigada por el pasillo.

Mañana habría café, platos que fregar, Ruth llamando demasiado temprano y otras mil cosas normales que tenían que hacer. Pero ahora podrían hacerlo todo juntas. Estaba casada con su mejor amiga, con el amor de su vida.

—Buenas noches, esposa —murmuró Jo.

—Buenas noches, esposa. —Charlotte ya se estaba quedando dormida, la respiración aquietándose.

Jo la sostuvo hasta que a ella también se le fueron cerrando los ojos y se quedó dormida, hundiéndose en sueños dulces con Charlotte a su lado.