Su mejor amiga, su punto ciego (Derritiendo su Corazón de Hielo nº 3) Epílogo #2
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Epílogo #2

La celebración fue una cena. Por supuesto que fue una cena. La cocina de Ruth, demasiada comida, las mesas juntas otra vez para que todos pudieran sentarse y comer y discutir y reírse como siempre.

Charlotte se sentó al lado de Jo. Se rozaban las rodillas por debajo de la mesa. Jo le buscó la mano entre plato y plato, y la alianza nueva estaba allí, bajo su pulgar, suave y cálida.

—Esposa —dijo Jo en voz baja, probando la palabra.

—Esposa —asintió Charlotte.

—Qué fuerte.

—Fuerte de verdad.

—Soy la esposa de alguien. —Jo le sonrió, con los ojos todavía enrojecidos, la flor aún mustia detrás de la oreja—. Soy tu esposa.

—Lo eres.

—¿Cómo ha pasado esto?

—Has pisado una copa.

Jo se echó a reír. El sonido llenó el restaurante, se mezcló con todos los demás ruidos, el tintineo y las conversaciones, Lucy exigiendo más tarta, Isaac contando la anécdota de cuando Ruth quemó el brisket en 1987.

—NO lo quemé, estaba CARAMELIZADO, Isaac, hay una DIFERENCIA.

Charlotte recorrió la sala con la mirada. Aquella familia. Su familia. No prestada, no provisional, no condicional.

Suya.

Al otro lado de la mesa, Bianca se inclinó para susurrarle algo a Sara. Sara puso los ojos en blanco, pero sonreía, y cuando la mano de Bianca se posó en la base de su espalda, Sara no se apartó.

Charlotte pilló a Jo mirándolas también.

—Las dos nos equivocamos —murmuró Jo—. Un mes.

—Yo estuve más cerca.

—Vas a estar insoportable con eso para siempre, ¿verdad?

—Obviamente.

Jo le besó la sien. Charlotte cerró los ojos un segundo y escuchó: tenedores contra los platos, Lucy exigiendo más tarta, Ruth corrigiendo a Isaac desde tres asientos más allá, Jo riendo por lo bajo a su lado. Sin silencio. Sin distancias cuidadosas. Solo familia.

Más tarde, cuando la tarta ya estaba cortada y los brindis hechos y Lucy se había quedado dormida sobre un montón de abrigos en un rincón, Charlotte se escabulló al baño. Se quedó delante del lavabo y se miró en el espejo.

Llevaba una alianza. Era la esposa de alguien. Estaba en el restaurante donde había tomado su primer plato de sopa a los diecinueve años, aterrada y rechazada y convencida de que no volvería a pertenecer a ningún sitio.

La puerta se abrió. Ruth.

—Ahí estás.

Ruth le examinó la cara.

—¿Otra vez llorando?

—Lágrimas de felicidad.

—Las mejores.

Ruth alzó la mano y le ajustó una horquilla en el pelo. El mismo gesto eficaz y cariñoso que llevaba haciendo desde que Charlotte cruzó aquella puerta por primera vez, arreglando cosas que Charlotte ni sabía que estaban rotas.

—Tus padres no saben lo que perdieron.

A Charlotte se le cerró la garganta.

—Pero yo sí.

Ruth le sostuvo la cara entre las manos. Las palmas cálidas, los dedos suaves.

—Mi nieta política. Mi Charlotte. Lo supe la primera vez que te sentaste a mi mesa. Eras de las nuestras.

—Yo no lo sabía.

—Ahora lo sabes.

Ruth le besó la frente.

—Eso es lo que importa.

Volvieron a salir juntas. Jo estaba junto a la puerta, sin la chaqueta del traje, las mangas remangadas, recorriendo la sala con la mirada hasta que encontró a Charlotte. Se le iluminó toda la cara al verla.

—¿Todo bien? —preguntó Jo.

—Todo perfecto. —Charlotte le tomó la mano. Sintió la alianza—. Llévame a casa.

Se despidieron. Abrazaron a todos dos veces. Ruth les fue encasquetando táperes con sobras, porque «tendréis hambre luego, creedme». Valentina llevó a Lucy dormida al coche. Isaac le estrechó la mano a Jo y luego la atrajo a un abrazo que duró demasiado y no lo suficiente.

Fuera, la noche era fresca y clara. Se veían estrellas, incluso en Brooklyn, lo cual parecía un pequeño milagro.

Fueron andando a casa. Pasaron por el pequeño parque donde Jo se había dado cuenta y, meses después, le había pedido matrimonio. Bajaron por su calle, subieron por sus escaleras, recorrieron su pasillo.

Charlotte tocó la mezuzah del marco de la puerta. Jo la observó hacerlo, como siempre, con una expresión que le hizo doler el pecho.

Dentro, el piso estaba en silencio. Las sobras fueron a la nevera. La chaqueta de Jo acabó en una silla. Los zapatos de Charlotte se quedaron junto a la puerta.

Casa.

—Estamos casadas —dijo Jo, de pie en el salón, con cara de no creérselo del todo.

—Sí que lo estamos.

Jo cruzó la habitación. Le sostuvo la cara a Charlotte entre las manos, igual que lo había hecho en la chuppah, igual que Ruth en el baño, igual que se sostienen las cosas que más se quieren.

—Gracias —dijo Jo—. Por decirme la verdad incluso cuando creías que podía costarte todo.

Charlotte tocó la flor mustia detrás de la oreja de Jo.

—Gracias por escucharla.

Jo la besó con suavidad.

—Vente a casa conmigo, esposa.

Charlotte sonrió.

—Pensé que no me lo ibas a pedir nunca.

Jo soltó una risa contra su boca.

Charlotte se apoyó en su esposa y cerró los ojos. El pulgar de Jo acarició una vez la alianza nueva en su dedo.

Detrás de ellas, las sobras de Ruth ocupaban media nevera. Los zapatos de Jo estaban abandonados en mitad del suelo. La mezuzah atrapaba una rendija de luz del pasillo a través de la puerta abierta del dormitorio.

Charlotte sonrió. Casa había dejado de ser un lugar que temía perder. Ahora era la vida que seguían eligiendo juntas.

Jo

Charlotte la estaba besando antes de que la puerta terminara de cerrarse.

Jo se rió contra su boca mientras buscaba a tientas el cerrojo a su espalda, y por fin acertó al tercer intento. Charlotte le tenía las manos en el pelo y la empujaba contra la puerta con el cuerpo. El beso era profundo, urgente, con un leve sabor a champán y a tarta de boda.

—Tenemos sobras —consiguió decir Jo entre beso y beso—. La abuela ha dicho que tendríamos hambre.

—No tengo hambre de comida.

La boca de Charlotte encontró su mandíbula, su cuello, el hueco de la garganta.

—Llevo pensando en esto desde que te pusiste ese traje.

—¿Desde el traje?

—Desde que te vi de pie bajo esa chuppah.

Charlotte se apartó lo justo para mirarla. Con la luz tenue de la cocina, tenía los ojos oscuros, las mejillas encendidas y el pelo escapándosele de las horquillas.

—Llorando. Con un traje que te queda de pecado. Y una flor detrás de la oreja.

—La flor murió hace horas.

—No me importa la flor.

Los dedos de Charlotte encontraron los botones de la camisa de Jo. Empezó a desabrocharlos, uno a uno, despacio y a conciencia.

—Me importa lo que hay debajo del traje.

A Jo se le cortó la respiración. Ya lo habían hecho docenas de veces.

Meses aprendiéndose la una a la otra, cartografiando piel y memorizando sonidos y averiguando exactamente qué hacía que la otra se deshiciera.

Pero esa noche era distinta. Más pesada que el deseo, casi insoportable, como si la palabra esposa le hubiera recableado cada nervio del cuerpo.

Charlotte le quitó la camisa de los hombros. La dejó caer. Sus dedos recorrieron la clavícula de Jo, su esternón, la curva de las costillas.

—Mi esposa —dijo Charlotte.

La palabra golpeó a Jo como una ola. Esposa. Era la esposa de Charlotte. Aquella mujer, aquella mujer brillante, tozuda, arrebatadora, que la había querido en secreto durante años, era su esposa.

—Dilo otra vez. —La voz le salió ronca.

—Mi esposa. —Charlotte le besó la clavícula—. Mía.

Jo buscó la cremallera en la espalda del vestido de Charlotte. La encontró, la bajó despacio. La tela marfil se aflojó y resbaló por un hombro. Charlotte la dejó caer.

Debajo llevaba encaje blanco. Sencillo, delicado, apenas allí. Jo no lo había visto nunca.

—¿Nuevo? —preguntó Jo, y sus dedos trazaron el borde de la tela a lo largo de la cadera de Charlotte.

Ella sonrió, un poco pícara.

—Lo compré para esta noche.

—Ah, ¿sí?

—Quería que desenvolvieras algo. —Ahora Charlotte sonreía abiertamente.

Jo gimió. Apartó a Charlotte de la puerta y la llevó hacia atrás, camino del dormitorio, besándola todo el rato. El trayecto fue torcido: chocaron contra la pared del pasillo y Charlotte se rio contra la boca de Jo cuando esta se golpeó la espinilla con el marco de la puerta.

—Qué estilazo —dijo Charlotte, soltando una risita.

Jo se rió.

—Cállate. Estoy intentando seducirte.

—Te estás haciendo un moratón.

Se encogió de hombros.

—Es un moratón romántico.

Charlotte volvió a reírse, y aquel sonido fue lo mejor que Jo había oído jamás. Mejor que los votos. Mejor que mazel tov. Charlotte riéndose en su noche de bodas, en su piso, con encaje blanco y un anillo que Jo le había puesto en el dedo.

Llegaron a la cama. Jo la tumbó con cuidado, la siguió y se sostuvo sobre ella. Durante un instante se limitó a mirar. Charlotte extendida sobre las sábanas blancas, el pelo suelto, la piel sonrojada, el encaje atrapando la luz de la farola que entraba por la ventana.

—Estás mirando —dijo Charlotte.

—Estoy apreciando. —Jo recorrió con el dedo el encaje sobre el pecho de Charlotte y notó cómo la piel se erizaba bajo su roce—. Hay una diferencia.

—Siempre dices lo mismo.

—Siempre es verdad —murmuró Jo.

Jo la besó. Despacio, hondo, sin prisas. Esa noche no había urgencia. Ni urgencia ni desesperación. Solo aquello. Solo ellas. Solo la certeza tranquila de que tenían el resto de sus vidas para hacer exactamente aquello.

Las manos de Charlotte resbalaron por la espalda de Jo, le desabrocharon el sujetador con la soltura de la práctica. Jo se lo quitó y se pegó más a ella, y sintió cómo Charlotte cogía aire bruscamente cuando su piel se encontró.

—Quiero sentirte entera —dijo Charlotte contra su boca—. Todo.

Jo se incorporó. Desabrochó el cierre delantero del encaje de Charlotte y lo retiró con suavidad. Deslizó las palmas por el vientre de Charlotte, por sus pechos, y vio cómo los ojos se le cerraban.

—No paro de pensar en los votos —dijo Jo en voz baja, mientras sus pulgares trazaban círculos lentos.

—¿En qué parte?