Su mejor amiga, su punto ciego (Derritiendo su Corazón de Hielo nº 3)
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1. Capítulo 1
CHARLOTTE
El restaurante olía a casa.
Charlotte había dejado de notarlo hacía años, igual que uno deja de notar el aire que respira.
Pero a veces, en noches como aquella, le llegaba el olor a ajo, pan recién hecho y canela desde la cocina, y recordaba.
La primera vez que Jo la había traído aquí tenía diecinueve años, estaba aterrorizada y acababa de ser repudiada por su familia.
Llevaban dos meses de una amistad que había empezado cuando una estudiante de segundo escandalosa irrumpió en su grupo de estudio y no volvió a marcharse.
De eso hacía diez años. Charlotte llevaba la mayor parte de ese tiempo enamorada de Jo.
Pero aquella primera noche, sentada a esta mesa mientras la abuela Ruth le servía sopa que no había pedido y que no le cobraba, Charlotte había pensado: Así es como se siente pertenecer a algún sitio.
Antes no lo sabía. No había crecido con ello.
Ahora estaba sentada a la mesa larga junto a la ventana, viendo a la abuela de Jo servir la sopa, y conocía aquel olor de memoria.
Conocía cada grieta de los asientos de vinilo, cada mancha de humedad en los paneles del techo, el pedido de cada cliente habitual.
Sabía qué tabla del suelo crujía junto a la puerta de la cocina, qué camarera se olvidaba siempre de rellenar los vasos de agua y cómo la luz se volvía dorada exactamente a las siete y cuarto en verano.
Conocía a Jo.
Ese era el problema.
—¡Tía Charlotte, mira esto!
Lucy, la sobrina de seis años de Jo, intentaba hacer el pino contra la pared. Las piernas le temblaban peligrosamente. Charlotte alargó la mano para sujetarla, posándola en un tobillo diminuto.
—Impresionante —dijo Charlotte—. Prueba a activar el core.
—¿Qué es eso?
—Son los músculos de la tripa. Como si te prepararas para algo.
Lucy arrugó la cara concentrándose. Su pino mejoró ligeramente.
—Va a tirar el salero —dijo Jo desde el lado de Charlotte.
Y ahí estaba. La calidez en la voz de Jo. Jo inclinándose hacia ella, con el hombro rozando el de Charlotte, como si la proximidad fuera tan natural como respirar.
—Luce, acércalo más al cuerpo.
Jo se estiró por delante de Charlotte para enseñarle, con el brazo cruzando ante su pecho. Charlotte se quedó muy quieta. El algodón de la manga de Jo le rozó la clavícula. Jo olía al jabón caro que Charlotte le había regalado la Navidad pasada, el de cedro, y debajo de aquello, solo ella.
Años.
Años quedándose quieta cuando Jo la tocaba. Años de respirar con cuidado y de mantener una expresión neutra. Años repitiendo la misma regla hasta que se sentía como disciplina en vez de miedo: es mi mejor amiga.
El pino de Lucy se tambaleó y se vino abajo. Jo la atrapó antes de que se diera contra la mesa, riéndose, y Charlotte exhaló.
—Muy bien, pequeña peligro andante —dijo Jo, revolviéndole el pelo a Lucy—. Ve a ayudar a la abuela con el pan.
—No soy un peligro. Soy una gimnasta.
—Puedes ser las dos cosas.
Lucy resopló, pero echó a correr hacia la cocina.
Charlotte observó cómo Jo la veía alejarse, con esa sonrisa suave en la cara, esa ternura que reservaba para su familia, todo el cuerpo aflojando como si por fin pudiera dejar de actuar.
La hermana de Jo, Valentina, estaba en el otro extremo de la mesa con su marido y el bebé, el recién llegado, de solo ocho meses.
Discutían sobre horarios de sueño de esa manera agotada y cariñosa tan propia de los padres.
—Está mejorando —dijo Charlotte, refiriéndose a Lucy—. El pino, digo.
—Va a romper algo —Jo se giró hacia Charlotte, aún sonriendo—. Pero al menos quedará genial haciéndolo.
La mano de Jo se posó en la espalda de Charlotte. Ahí, entre los omóplatos, un contacto ligero. Posesivo de una manera que no podía significar lo que Charlotte quería que significara. Charlotte sintió cada dedo como una marca al rojo vivo.
—¿Estás bien? —preguntó Jo—. Estás callada.
Siempre estoy callada. Es que tú haces tanto ruido que llenas todo el espacio igualmente.
—Semana larga —dijo Charlotte en su lugar—. El proyecto Whitfield va con retraso.
—¿El brownstone?
—El de la Setenta y Tres.
Jo hizo un gesto vago.
—Ah, sí, ¿el de las cornisas?
—Corbelas.
—¿Son cosas distintas?
—Totalmente.
Jo sonrió.
—Te creeré a ti.
Ese era el problema con Jo. El otro problema, el más pequeño que alimentaba al grande.
Hacía que Charlotte se sintiera vista. Le preguntaba por su trabajo, recordaba los nombres de los proyectos, intentaba aprender la terminología aunque se equivocara.
En todo ese tiempo, Jo nunca había hecho que Charlotte sintiera que sus intereses eran aburridos o excesivos o demasiado.
Jo hacía que Charlotte sintiera que era exactamente la cantidad justa de todo.
A Charlotte no la habían criado para sentirse así. Sus padres se habían encargado de ello.
—¡La comida está lista! —gritó la abuela Ruth desde la cocina—. Todo el mundo a sentarse, a sentarse. Lucy, deja de correr. Michael, guarda el teléfono, esto es momento de estar en familia.
La mesa se organizó alrededor de la comida.
La sopa de aquella noche era de tomate y albahaca, intensa y viva en la lengua de Charlotte.
Acabó donde acababa siempre: junto a Jo, enfrente de Valentina, con Lucy retorciéndose en la silla de al lado exigiendo sentarse con la tía Charlotte.
El bebé fue pasando de brazo en brazo entre arrullos.
El abuelo Isaac hizo su broma de siempre sobre que a la sopa le faltaba sal.
El codo de Jo chocó con el de Charlotte al alargar la mano hacia el pan.
Normal. Todo tan normal. Años de domingos en aquella mesa, y Charlotte a veces seguía sintiendo que estaba soñando.
—A ver —dijo Valentina, en ese tono que significaba que iba a ponerse entrometida—. Charlotte. ¿Cuándo vais a dejar de fingir, Jo y tú, que no estáis básicamente casadas?
A Charlotte se le cortó la respiración. A su lado, Jo se quedó quieta. No de la manera en que Charlotte se quedaba quieta cuando Jo la tocaba. Un tipo de quietud distinto.
—Valentina —dijo Jo—. No estamos— ¿de qué estás hablando?
—Hablo del hecho de que pasáis juntas cada minuto que estáis despiertas y lleváis así años —Valentina señaló entre las dos con el tenedor—. Acabáis las frases la una a la otra. Tenéis una cita fija los viernes por la noche. Charlotte tiene su propia taza en la cocina de la abuela.
—Eso se llama amistad —dijo Charlotte, manteniendo la voz serena—. Hay gente que tiene amigas íntimas.
—Tú tienes amigas muy, muy íntimas —convino Jo rápidamente.
—Extremadamente íntimas —dijo Charlotte.
—Solo digo —Valentina no se dejaba disuadir—. Eres guapa, tienes éxito, tienes piso propio en esta ciudad, lo cual es básicamente un milagro. Y aun así, de alguna manera siempre estás en el sofá de Jo, y vosotras dos os andáis con pajas mentales al respecto.
—Imagen encantadora.
—Mamá —dijo Lucy—, ¿qué significa hacerse pajas?
La mesa entera estalló. Valentina se puso roja. El abuelo Isaac se atragantó con la sopa. Jo se reía tanto que tenía lágrimas en los ojos, apoyada en el hombro de Charlotte, con todo el cuerpo temblándole.
—Es «andarse con pajas mentales», cariño —dijo Valentina rápidamente—. No es lo mismo. Olvida que lo he dicho. Cómete la sopa.
—Pero has dicho que la tía Charlotte debería—
—SOPA. Lucy. Ahora.
Charlotte se permitió una sonrisa pequeña. A su lado, Jo seguía con la risa tonta, secándose los ojos.
—Tu familia está fatal de la cabeza —murmuró Charlotte.
—Nuestra familia —corrigió Jo, con la naturalidad de quien respira—. Nos tienes para rato.
La palabra se le clavó a Charlotte bajo las costillas. Nuestra.
Llevaba años formando parte de aquella familia.
Tenía su propio sitio en aquella mesa, su propia taza en la cocina del restaurante, su propia llave del piso de la abuela Ruth.
Los niños la llamaban tía Charlotte. El abuelo Isaac la llamaba «la arquitecta» con evidente orgullo.
Hacía años que la abuela Ruth había dejado de preguntar cuándo iban a dejar de fingir Jo y ella.
No tenía una familia. Tenía esta. La de Jo.
Lo había demostrado hacía cinco años, cuando un conductor borracho mató a los padres de Jo en el puente Verrazzano.
Charlotte había sido quien canceló las reuniones de Jo, quien atendió las llamadas, quien se sentó con ella durante las noches en que el duelo llegaba en oleadas.
Fue la única vez que se permitió abrazar a Jo sin medir la distancia.
Y esa era exactamente la razón por la que nunca podía decir nada.
Más tarde, en casa de Charlotte, vieron su serie.
Era un drama de época que habían empezado hacía dos años, lleno de corsés, de miradas prohibidas y de mujeres que se querían pero no podían decirlo.
Iban ya por la cuarta temporada. Jo estaba repantingada en el sofá de Charlotte, con los pies en su regazo, comiendo palomitas y soltando comentarios cada vez más desquiciados.
—Debería DECÍRSELO de una vez —dijo Jo, señalando la pantalla—. ¡Dilo de una vez! ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Podría perderlo todo, pensó Charlotte. Su familia. Su hogar. Cada cosa buena de su vida.
—Estamos en 1842 —dijo Charlotte en su lugar—. Lo peor que podría pasar es bastante malo.
—Vale, pero está CLARÍSIMO que le gusta. Mira esa mirada. Esa no es una mirada de amistad.
En pantalla, la protagonista miraba a su doncella con un anhelo devastador. Charlotte conocía esa sensación de sobra.
—Quizá no lo ve —dijo Charlotte.
—¿Cómo que no lo ve? ¡Es evidente!
Porque la gente no siempre ve lo que tiene delante, pensó Charlotte. Porque a veces la persona a la que quieres está sentada a tu lado en el sofá, preguntando por qué un personaje de ficción no ve lo evidente, mientras es lo más evidente del mundo.
El episodio terminó. Jo soltó un gruñido de frustración.
—¿Uno más?
—Es tarde.
—Uno más.
Charlotte la miró. Jo ya estaba poniendo el siguiente episodio, y la luz azul de la pantalla resaltaba los ángulos de su rostro. Tenía el pelo corto revuelto de estar tumbada. Llevaba una camisa de franela vieja que Charlotte había visto cientos de veces, suave y desgastada en los codos.
El tono exacto de sus ojos. La cicatriz en la mano izquierda por un accidente en la cocina durante la universidad. Su risa, plena y desinhibida. Su voz al decir Lottie, como si guardara un secreto.
—Uno más —accedió Charlotte.
Vieron uno más. Y luego otro más, porque Jo era persuasiva y Charlotte era débil y el sofá era cómodo y los pies de Jo estaban calientes contra sus muslos.
A medianoche, Jo por fin se movió.
—Vale, me tengo que ir de verdad. Mañana trabajo.
—Yo también.
Jo se desenredó del sofá y se estiró. Charlotte observó cómo sus vértebras se movían bajo la camisa. Apartó la mirada antes de que Jo la sorprendiera.
—Ha estado bien —dijo Jo—. Me hacía falta después de esta semana.
—¿Mala semana?
—Migración de servidores. No preguntes.
—No lo haré.
Jo sonrió. Cogió la chaqueta del gancho junto a la puerta. Charlotte la siguió, como siempre, porque la despedida era su propio ritual.
—¿Quedamos el jueves a la misma hora? —preguntó Jo.
—El jueves tengo una visita de obra.
—Entonces, el viernes.
—El viernes me viene bien.
Jo alargó la mano y apretó la de Charlotte. La sostuvo un segundo de más, o quizá no lo suficiente, o quizá lo justo y Charlotte, sencillamente, estaba perdiendo la cabeza.
—Te quiero, Lottie —dijo Jo. Con naturalidad. Sin esfuerzo. Como lo decía siempre, como si las palabras no costaran nada.
A Charlotte le costaba todo.
—Y yo a ti —dijo, porque siempre respondía. Porque era verdad. Porque Jo no tenía ni idea de hasta qué punto era verdad.
La puerta se cerró tras Jo. Charlotte se quedó en el recibidor, escuchando cómo sus pasos se perdían escaleras abajo.
El apartamento todavía olía a palomitas con mantequilla y a jabón de cedro.
Cerró la puerta con llave. Lavó los platos de las palomitas. Se puso el pijama. Se cepilló los dientes. Todos los rituales de una vida vivida con cuidado, meticulosamente, en soledad.
El teléfono vibró en la mesilla.
Jo: ya he llegado. gracias por dejarme acaparar tu sofá
Jo: tu vecino está otra vez con esa música rara de ópera
Jo: dile que invierta en auriculares
Charlotte sonrió antes de poder evitarlo.
Charlotte: Dejaré una nota muy contundente.
Jo: deberías
Jo: tienes muy buena letra. una cursiva de lo más intimidante.
Charlotte: Vete a dormir.
Jo: ya voy ya voy. buenas noches lottie ❤️
El emoji de corazón. Jo se lo mandaba a todo el mundo. A su hermana, a su abuela, a la mitad de sus compañeros de trabajo. No significaba nada.
Aun así, Charlotte se quedó mirándolo.
Entonces abrió otra app. La del icono de la llama, la que se había descargado hacía tres meses y que no había abierto nunca.
Su perfil era escueto. Unas pocas fotos, una breve descripción. Arquitecta. Brooklyn. No busco nada serio. La última parte era mentira. La última parte era siempre mentira.
Miró la pantalla. Miró el último mensaje de Jo.
buenas noches lottie ❤️
Pero esa noche había visto a dos mujeres en una pantalla consumirse de deseo a través de salones y décadas, y Jo había gritado díselo de una vez como si fuera fácil, como si desear a alguien lo fuera alguna vez, y Charlotte se había quedado allí sentada, con los pies calientes de Jo sobre los muslos, pensando: No puedo seguir así.
Años de querer a Jo, de memorizarla, de quedarse quieta cada vez que Jo la tocaba. Años de ver a Jo salir con hombres que no la merecían, que nunca duraban más de unas semanas, que la hacían reír un momento y luego se desvanecían en la nada.
Jo nunca la miraría como se miraban esas mujeres del drama de época. Jo nunca la vería de esa manera. Porque Jo era hetero, y Jo era despistada, y Jo pensaba que Charlotte era su mejor amiga.
Y lo era. Era su mejor amiga. Y prefería tener eso a no tener nada.
Pero no podía seguir quedándose quieta, conteniéndose, alimentando esa llama hasta quedar reducida a cenizas.
Abrió la app y empezó a deslizar.