Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 48 Romeo #3
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48 Romeo #3

Aunque volvió a sentarse suavemente sobre mi regazo, yo la aplasté contra mi pecho y apreté mi cara contra su cabello, respirando profundamente.

—Eso fue mejor que cualquier analgésico del mundo. Gracias.

Sus labios se apretaron contra mi cuello.

—¿Lo hice bien?

Resoplé.

—Mejor que bien. —Pasé mi mano de arriba a abajo por su espalda—. ¿Estuvo bien para ti? ¿Algún mal recuerdo?

—Estoy bien. Nunca lo había hecho antes —confesó.

Mis dedos se tensaron en su cabello.

—Estás bromeando.

Soltó una risita.

—Nop. Es la primera vez.

Besé su frente.

—Me vas a matar. —Metí mi mano entre nosotros hasta que mis dedos presionaron contra sus bragas. Estaban empapadas—. Carajo, tu dulce coñito está tan necesitado de mí. —Estaba desesperado por hacerla correrse, por verla desmoronarse.

Dejó escapar un pequeño jadeo, y de pronto se convirtió en el objetivo de mi vida volver a escucharla hacer ese sonido.

Mis labios chocaron con los suyos, y la dulzura del pastel no era nada comparada con mi Julieta.

Ella titubeaba, sus movimientos eran suaves, como si intentara no lastimarme, mas yo no lo permitiría.

La agarré por el cabello, profundizando el beso y mordisqueando sus labios hasta que se vio obligada a responder.

—Te vas a hacer daño —habló entre besos.

—Vale la pena.

—Romeo.

—Julieta.

Lo que sea que iba a decir después, fue interrumpido por un gemido mientras yo seguía jugando con ella. Aparté sus bragas para poder hundir mis dedos en su calor.

—Estás apretando mucho. —Mi polla se puso dura entre nosotros, desesperada por reemplazar mis dedos.

—Qué bien se siente eso. —Sus palabras eran suaves, casi tímidas, como si no supiera cómo expresar su placer.

—Toma lo que necesites de mí.

Mi mano en su cadera la impulsó a mecerse contra mí, a apretar su hinchado y pequeño clítoris contra mi mano. Sonreí cuando agarró mi muñeca y la utilizó para hacer la palanca que necesitaba. No tardó en agitarse a mi alrededor, apretándome los dedos mientras se corría.

—Eso es —animé, besando el lado de su rostro mientras ella se desplomó contra mi pecho—. Buena chica. Lo hiciste muy bien para mí.

Soltó un gimoteo cuando salí de ella. Me metí los dedos empapados en la boca chupándolos.

—Sabes tan jodidamente bien. —Sus ojos se abrieron de par en par y sus labios se entreabrieron, lo que aproveché para meterle los dedos en la boca—. ¿Ves lo dulce que eres? ¿Lo absolutamente adicto que soy a ti?

Que chupara mis dedos hizo que mi polla se estremeciera.

Julieta se arqueó contra mí.

—Debería obligarte a ir a la cama y descansar.

Mi nariz recorrió un costado de su cara.

—Pero no vas a hacerlo porque eres una chica muy golosa, ¿verdad?

El fuego en sus ojos lo decía todo.

—Te prometo que me quedaré quieto y dejaré que hagas todo el trabajo por mí. —Sonreí mientras rasgaba su ropa interior.

—Era una de mis favoritas. —Levantó el labio en un puchero y la atraje hacia mí para besarlo.

—Te conseguiré más. —Le acaricié las nalgas y la agarré con fuerza mientras ponía mi polla en su entrada—. Ahora móntame, Ángel.

Gimoteó mientras se hundía en los primeros centímetros.

Mis dedos se clavaron en sus muslos temblorosos mientras ella bajaba.

Mis caderas se levantaron involuntariamente y ambos gemimos cuando la penetré por completo.

Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y parecía una diosa.

Suspiró mientras la sujetaba, su coño húmedo frotándose contra mí mientras se adaptaba a mi tamaño.

—Estás demasiado tapada. —Jalé la parte inferior de su sudadera y se la quité, dejando al descubierto sus preciosas tetas. Me incliné hacia adelante y me metí un pezón en la boca.

—Pensé que se suponía que yo tenía que hacer todo el trabajo —protestó, con la voz entrecortada.

Mis labios se despegaron de su pezón.

—¿Quieres que me detenga?

Su mano se dirigió a mi nuca y me acercó.

—¡No!

Sonreí y mordí suavemente su otro pezón.

—Será mejor que empieces a montarme.

Se levantó y luego bajó, sus manos se posaron en mis hombros para equilibrarse. Empezó a moverse tímidamente, pero no tardó en sentirse más segura y empezar a sentir placer.

—Así me gusta, buena chica. —No podía apartar mi mirada de donde estábamos conectados. Mi pulgar se dirigió a su clítoris, rodeándolo mientras subía y bajaba.

—Romeo. —Jadeó. Se inclinó hacia adelante, con su cabeza apoyada contra la mía y sus senos rozándome el pecho con cada embestida.

—Lo sé, cariño. Lo sé. Lo estás haciendo muy bien. Ahora necesito que te corras para mí. Demuéstrame lo buena chica que eres.

Sus dedos se enroscaron en mi cabello y se aferró con fuerza mientras yo la ayudaba a mantener el ritmo a la par que mi otra mano se hundía en su culo.

Sus labios estaban junto a mi oído, permitiéndome saborear cada jadeo y gemido.

Justo cuando pensaba que no podría aguantar más, su coño se apretó contra mi polla y se corrió con un grito.

Yo la seguí de inmediato, embistiendo con fuerza a la vez que ambos disfrutábamos de nuestros orgasmos.