Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 40 Romeo
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ROMEO

«Mierda, mierda, mierda».

Julieta estaba aquí.

En cuanto entró por la puerta, mis ojos volaron hacia su presencia como si mi cuerpo estuviera especialmente programado para fijarse siempre en ella.

No podía creer que estuviera aquí. Se me partió el corazón porque mi Julieta había ido a un lugar nuevo, aunque eso le diera mucho miedo.

Era tan valiente, carajo. Quería saltar de mi silla, levantarla y darle vueltas.

Quería comprar toda la panadería para celebrar a mi chica.

Quería que todo el mundo supiera lo increíble que era antes de decirles a todos que se fueran porque la quería para mí solo.

Además, hoy se veía tan hermosa con el overol verde y la chaqueta a juego que yo le había regalado, con la nariz rosada por el viento frío.

Sin embargo, no podía hacer nada de eso porque estaba aquí haciendo negocios con los putos serbios.

Matteo no quería dejar a Sofiya sola en casa con una recién nacida, y no lo culpaba.

Pero eso significaba más reuniones estúpidas para mí.

Eran hombres peligrosos en los que no podía confiar cuando estuvieran cerca de mi chica.

Si supieran lo importante que era para mí, eso la pondría en peligro.

Podrían usarla como una ventaja en mi contra, y funcionaría maldita sea, porque preferiría morir antes que ver lastimada a Julieta.

Sugerí la panadería para nuestra reunión con el fin de desconcertarlos; pensé que así se les escaparían algunas cosas en lugar de reunirnos en la oficina.

Ahora me arrepentía de todo. ¿Por qué había pensado que era buena idea traerlos cerca de donde vivía mi chica?

Tenía que actuar mejor, ser mejor para ella, a menos que quisiera que la historia se repitiera.

La imagen del cadáver tendido de mi padre pasó ante mis ojos y apreté mis puños.

Rápidamente volví a centrar mi atención en los hombres, Vlad y Dragan. Con un poco de suerte, Julieta no me vería y se marcharía sin saber que estaba aquí.

—Lo que la gente entiende es que estos ricachones idiotas se gastarán cantidades casi ilimitadas de dinero en arte del Mercado Negro específicamente porque es del Mercado Negro.

Quieren algo tan exclusivo que no solamente son los únicos que lo tienen, sino que nadie más podría siquiera soñar con conseguirlo —dijo Dragan.

—Nadie domina el mercado del arte en Estados Unidos en estos momentos —añadió Vlad—.

Los rusos han ampliado su dominio sobre los diamantes y otras gemas.

La Yakuza controla parte del mercado del arte asiático.

Pero nosotros tenemos acceso al Medio Oriente y al norte de África.

Y cuando finalicemos nuestra alianza con los nigerianos, también tendremos acceso a África central.

Traeríamos el arte a través de los puertos de New York bajo su control y lo distribuiríamos a través de subastas clandestinas exclusivas.

Me recosté en la silla, fingiendo indiferencia mientras el corazón se me salía del pecho.

Por el rabillo del ojo, vi a Julieta haciéndole un pedido a Marco en el mostrador.

Puede que tuviera cerca de ochenta años, pero aun así los celos hacían arder mi pecho al ver que había conseguido robarle una de sus sonrisas.

Me dolía el corazón de lo mucho que la extrañaba.

—¿Y por qué les daríamos acceso a esas rutas comerciales? —pregunté—. ¿Qué nos pueden ofrecer?

Ambos hombres apretaron las mandíbulas. Los serbios no tenían el poder de la Mafia Italiana, y menos con nuestra nueva Alianza con la Bratva, pero estaba claro que no les gustaba que se lo recordaran.

—Tenemos mucho que ofrecerle al Don… —Empezó a decir Dragan.

—¡Hola!

Mi corazón se desplomó y el pavor se apoderó de mí cuando me giré para ver el rostro radiante de Julieta. Se acercó a mi mesa, miró a los dos hombres y luego se dirigió a mí.

—Siento interrumpir, es que no puedo creer…

—¿Y tú quién eres? —cuestioné con dureza, interrumpiéndola.

Su boca se cerró de golpe, el dolor nubló sus ojos y mi corazón se partió en dos.

—Sí, ¿quién es esta? —inquirió Vlad. Sus ojos recorrieron su cuerpo y mi mano se movió hacia el tenedor sobre la mesa. No me llevaría más que unos segundos arrancarle los ojos de sus órbitas.

La cara de Julieta enrojeció y dio un pequeño paso hacia atrás.

—No sabía que este fuera tu tipo, Romeo —se mofó Dragan, riendo entre dientes—. Sin duda podemos obsequiarte algunas chicas si lo deseas. Tenemos acceso a algunas de las mejores prostitutas del mundo. Incluso encontraremos algunas gordas si eso es lo que te gusta.

Forcé una carcajada.

—No, gracias. —Miré a Julieta a los ojos—. Será mejor que huyas, pequeña. Aquí no encontrarás lo que buscas.

Tragó saliva con dificultad antes de darse la vuelta y salir apresuradamente por la puerta. Marco, que tenía el ceño fruncido, me miró desde detrás del mostrador y levantó la caja de postres que Julieta había dejado.