39 Julieta
JULIETA
Hoy era el día.
Iba a ir a la panadería italiana de la que me habló Romeo.
«Podía ser normal, hacer cosas normales». Me lo repetía a mí misma, esperando que eso me hiciera creerlo.
Ya estaba temblando cuando abrí la puerta del vestíbulo y salí a la calle.
Por un segundo, pensé en llamar a Romeo.
Solo con escuchar su voz se calmaría mi ansiedad, pero apenas habíamos hablado esta última semana con lo ocupado que estaba.
Me dolió su silencio, mas intenté no darle importancia.
No podía exigirle que me dedicara tiempo, aun así, lo echaba de menos.
Imaginé su voz en mi cabeza, diciéndome que estaba haciendo un buen trabajo mientras empezaba a caminar.
Hasta el momento, era mi camino usual al trabajo.
Podía soportarlo. Pero cuanto más me acercaba a la intersección, más me temblaban las manos.
Me detuve en la esquina y una oleada de mareos me invadió hasta que me vi obligada a apoyarme contra un contenedor de basura.
Mi piel se calentaba y enfriaba mientras respiraba entrecortadamente.
Nadie me prestó atención mientras me rodeaban por la acera, y agradecí la inmunidad de los neoyorquinos a los comportamientos extraños.
No podía soportar tener una audiencia en ese momento.
Por fin levanté la cabeza. La panadería estaba justamente a dos calles en dirección contraria a mi trabajo.
Dos calles fuera de mi ruta segura. Imaginé el rostro de Romeo cuando le dijera que lo había logrado.
Iba a estar muy orgulloso de mí. Prácticamente podía sentir cómo me abrazaba mientras me besaba la parte superior de la cabeza.
En ese momento me di cuenta de que haría casi cualquier cosa para que Romeo estuviera orgulloso de mí. Quería que me rodeara con sus brazos, lo ansiaba.
Me enderecé, arrugando la nariz al darme cuenta de que había estado tocando un contenedor de basura de New York, qué asco, y comencé a caminar por la calle. Sentía tanta presión en el pecho que parecía que me estaban estrangulando, no obstante, seguí caminando.
Una calle menos.
La panadería estaba a la vista. La fachada tenía ese aire discreto y un poco deteriorado que indicaba que la comida sería increíble.
Y entonces estaba parada frente a ella. El primer lugar nuevo en el que había estado en tanto tiempo. No sabía si debía correr, esconderme, gritar, levantar mi puño o algo más. Al final, simplemente agarré el picaporte y abrí la puerta de un jalón.
Al entrar, me invadió un cálido manto de azúcar.
Enseguida me sentí como en casa. Había demasiado que asimilar visualmente, así que mantuve mi mirada fija en el mostrador.
Todo tenía un aspecto increíble. Había algunas cosas que reconocí, como los cannoli y el tiramisú, pero también tenían diferentes pastelillos tipo croissant rellenos de crema, algo llamado maritozzi, y un surtido de galletas.
El hombre mayor del mostrador me sonrió mientras me preguntaba qué quería pedir y fue sorprendentemente paciente con mis preguntas.
Quería todo. Me guiñó un ojo mientras metía algunos pastelitos extra en mi caja.
Pagué y me hice a un lado para esperar a que el hombre terminara de empacar mi pedido, y fue entonces cuando lo vi.
A Romeo. Estaba sentado en una mesa al fondo de la panadería con otros dos hombres vestidos de traje.
Sonreí de oreja a oreja y el peso que llevaba en el pecho desapareció cuando me acerqué a él.
La emoción que sentí al verlo me hizo olvidar que se suponía que no estaba en la ciudad. Lamentaría ese lapsus.