37 Romeo
ROMEO
—¡Dijiste que se había ido del país, maldición! ¡Que múltiples cámaras lo captaron en Albania, y nuestro informante en el lugar confirmó que estaba allí esta mañana! Entonces, ¿cómo diablos sigue el Carnicero en mi ciudad?
Franco no se acobardó ante Matteo, aunque vi el miedo en los ojos del hacker.
—No lo sé, jefe. Usted mismo vio las fotos del Carnicero de esta mañana.
Matteo entrecerró los ojos.
—Sí, y estoy seguro de que sería fácil para alguien como tú falsificar imágenes como esas.
—Yo nunca lo traicionaría, Don Rossi. Jamás.
La familia de Franco le había sido leal al padre de Matteo y nunca había aceptado el régimen de su tío usurpador.
Cuando Franco se convirtió en un miembro de la mafia a los dieciocho años, le dijo a Matteo que estaba interesado en la informática y pensó que sería más útil para la Familia de esa manera.
Matteo lo apoyó para que obtuviera su título en Ingeniería en Computación, y se entrenó con varios hackers en los años siguientes hasta que se convirtió en uno de los mejores del mundo.
No podía imaginar por qué el hombre callado y solitario nos traicionaría, pero comprendía las sospechas de Matteo.
Ninguno de nosotros esperaba que Domenico nos traicionara el año pasado, y eso nos había causado tanto dolor y sufrimiento.
—Quedas relevado de tus funciones y en arresto domiciliario. Enzo te acompañará a tu apartamento. Nos llevaremos todas tus computadoras y otros dispositivos.
—Señor, por favor, yo nunca…
Matteo lo interrumpió con un gesto de mano.
—Vete.
Franco pasó junto a mí con los hombros encogidos. Enzo lo estaba esperando cuando se abrió la puerta, con los brazos cruzados y la mirada severa. Asintió a Matteo con un gesto seco antes de acompañar a Franco.
A nuestros hombres les caía bien Franco. Era un poco raro y casi nunca salía de la cueva de su oficina, pero sus hackeos habían salvado la vida de muchos de la Familia. Esto causaría un gran revuelo en nuestros hombres.
—¿Estás seguro de esto? —Nunca me había contenido con Matteo. Había sido mi amigo antes de ser Don. No obstante, la mirada gélida que me dirigía en ese momento me hizo recordar por qué nuestros enemigos lo llamaban el Ángel de la Muerte.
—¿Me estás cuestionando? —Dio un paso hacia mí, pero me mantuve firme.
—No sabía que esto fuera una dictadura.
—Nos están atacando. ¡Mi esposa, mi bebé recién nacida y mi hermana están siendo atacadas! O Franco es un traidor o es un incompetente, y no voy a tolerar ninguna de las dos cosas. —Matteo respiraba agitadamente, con los ojos desorbitados, y algo dentro de mí se suavizó.
Ojalá pudiera rebatir su lógica. No quería creer que teníamos otro traidor en la Familia, y menos un hombre que me había salvado la vida personalmente en múltiples ocasiones.
Pero estábamos en una situación precaria, no solamente por la seguridad de los nuestros, sino también por nuestra posición en el mundo del crimen organizado.
No podíamos ser vistos como débiles, u otras facciones empezarían a adentrarse.
—Tú sabes cuánto las quiero también.
Matteo asintió.
—Lo sé. Pero te necesito concentrado.
Me irrité.
—Estoy concentrado.
—No. Estás estas dejando que un puto pedazo de culo te distraiga.
Mis puños se cerraron y necesité todo mi autocontrol para no darle un puñetazo.
—Jamás vuelvas a insultarla. ¿Y distraerme? ¿Como Sofiya te distrae a ti?
El rostro de Matteo era una máscara de furia mientras permanecíamos frente a frente.
—Sofiya me fue útil, a la mafia, para formar una alianza. Ni siquiera sé quién es esta mujer.
Nos observamos fijamente, respirando con dificultad, hasta que Matteo dio un paso hacia atrás, pasándose la mano por el cabello.
—¡Joder! ¡Mierda! No le digas a Sofiya que dije eso.
Se sentó y apoyó su cabeza en sus manos. Los últimos meses le habían afectado mucho a mi hermano. Entre el estrés de los albaneses, reformar la alianza con la Bratva y preocuparse por Sofiya y Clementine, tenía canas nuevas.
—Sabes que amo a Sofiya. Más que a nada. No pretendía…
—Lo sé, Fratello. —Me hundí de nuevo en mi silla.
Nunca había visto un amor como el que Matteo le mostraba a Sofiya, excepto quizás en la relación de mis padres, cuando mi padre aún vivía.
—¿Amas a esta chica? —preguntó.
Tragué saliva. «¿Amaba a Julieta?». La sola idea de mi vida sin ella me destrozaba. Pero ¿y si realmente aceptaba lo que estaba pasando entre nosotros, la involucraba en mi vida y la exponía al peligro? ¿Eso era amor?
—Tal vez —admití—. Aunque quizá sea más amor dejarla ir. ¿Cómo podría traerla a esta vida y ponerla en peligro?
—Tienes que decidir. Rompe con ella o tráela a esta vida. Así como estás, la pones en peligro a ella y a nosotros.
Quería protestar, decirle que estaba equivocado, pero no podía. Cuanto más tiempo siguiera conectado a Julieta, más peligro corría.