Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 36 Romeo
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36 Romeo

ROMEO

—Las estaciones de radio de aquí apestan —refunfuñó Sienna antes de cambiar el estéreo a Bluetooth.

—Para empezar, no entiendo por qué escuchas la radio.

Se encogió de hombros.

—Me ayuda a encontrar música nueva.

—Por el módico precio de sufrir con comentarios ridículos y millones de anuncios.

—Los comentarios y los anuncios son simplemente un extra de diversión. Es nostálgico.

Puse los ojos en blanco, sonriendo. ¿Cómo iba a dejar de hacerlo si estaba a unas horas de ver a Julieta? Entre el trabajo y el parto de Sofiya, no la había visto desde Navidad. Había sido una tortura.

Con suerte me dejaría pasar la noche con ella de nuevo.

Después de dormir a su lado, incluso en su pequeña cama de mierda con los resortes clavándose en mi espalda, cualquier noche que pasara durmiendo sin Julieta pegada a mi cuerpo era un desperdicio.

Sin embargo, antes de nuestra cita de esta noche, me dirigía al norte del estado con Sienna para recoger una especie de mecedora hecha a la medida para el cuarto del bebé de Matteo y Sofiya.

La pequeña Clementine había nacido una semana antes de lo previsto, por lo que un Matteo gruñón nos exigió que fuéramos a buscar esa silla para que el cuarto de la niña fuera perfecto para Sofiya.

Verlo en modo padre exagerado no tenía precio, demonios.

Clementine llevaba un día en casa, y yo estaba bastante seguro de que había pasado toda su corta vida en brazos de alguien.

Principalmente en los de Matteo, porque se negaba a soltarla, aunque todos estábamos completamente obsesionados con ella.

Nunca había pensado mucho en tener hijos, ¿pero sostener a Clementine contra mi pecho? Me hacía sentir… algo.

«¿Julieta quería hijos?».

—Y… ¿cómo van las cosas entre tú y tu dueña de la librería?

—La pregunta pícara de Sienna me sacó de mi ensoñación y me puso nervioso.

Una parte de mí se sentía como un dragón, queriendo mantener a Julieta escondida en mi guarida.

Pero la otra parte quería mostrarla al mundo entero, o al menos a mi familia.

—La veré esta noche.

Sienna me pellizcó la mejilla y se rio.

—Ni siquiera puedes evitar sonreír cuando hablas de ella.

Sí, eso era porque ella era perfecta.

Pero entonces mi sonrisa se desvaneció.

—Voy a decirle quién soy.

—Oh, mierda.

Observé su expresión de sorpresa.

—¿Crees que es una mala idea? Pensé que habías dicho que lo hiciera.

Me agarró el brazo.

—No, lo siento. No creo que sea mala idea. Simplemente me sorprendió. Esto es algo muy bueno.

Tragué con dificultad.

—Intenté crear cierta distancia entre nosotros, pero… no puedo mantenerme alejado.

Sienna soltó un chillido.

—Me alegro mucho por ti. ¿Vas a hacer que se mude contigo? Me muero por conocerla mejor.

—Probablemente sea demasiado pronto para pedirle que se mude —refunfuñé.

Me vio como si supiera que estaba diciendo tonterías. Bueno, había estado fantaseando con cómo sería que Julieta viviera conmigo. Despertarme envuelto en ella por la mañana. Follármela toda la noche. Verla moverse por mi apartamento, usando mi ropa.

—Sofiya y Matteo se conocían desde hacía aproximadamente dos horas antes de vivir juntos.

Puse los ojos en blanco mientras seguía las instrucciones del GPS y giraba a la izquierda por una tranquila carretera secundaria.

—Un matrimonio arreglado es diferente. Y ambos pertenecen a la mafia. Nuestro mundo no funciona con normalidad.

—Lo sé. Pero eso no significa que…

El resto de sus palabras fueron interrumpidas por una serie de estallidos y el chirrido del metal. Las balas del vehículo que venía en dirección contraria crearon grietas en forma de telaraña en el parabrisas y las ventanas de los lados.

—¡Agáchate y llama a Matteo! —grité, poniendo mi mano en la nuca de Sienna y empujándola hacia adelante. La SUV era a prueba de balas, mas no era indestructible.

Agarré mi pistola de la consola lateral y maldije por no haber traído más hombres conmigo. Con la salida del Carnicero de la ciudad, me había vuelto demasiado confiado.

El coche que nos disparó giró bruscamente en U y aceleró para perseguirnos. Aceleré la camioneta, con mi mirada fija en el espejo retrovisor mientras vigilaba el vehículo. Sienna permaneció inclinada en su asiento mientras se apresuraba a contarle a Matteo lo que estaba ocurriendo.

—¡Carajo! —Más balas rebotaron contra la SUV desde un nuevo coche que se dirigía hacia nosotros.

Esta vez, lograron darle a nuestro neumático.

Sienna gritó mientras empezábamos a dar vueltas.

Tenía los nudillos blancos sobre el volante mientras intentaba enderezarnos, pero nos salimos de la carretera y nos detuvimos bruscamente en una zanja.

Estábamos justo al borde de un parque estatal muy arbolado al norte de la ciudad.

Agarré con fuerza el hombro de Sienna.

—¿Estás bien? —Tenía los ojos muy abiertos, pero asintió—. Espera ahí.

Agarré otra pistola de la consola y salí de la camioneta, agachándome detrás de ella mientras esperaba. Se me aceleró el corazón, pero recurrí a mi oscuridad y dejé que se apoderara de mí.

Estos bastardos no iban a lastimar a Sienna. No lo permitiría.

El primer coche se detuvo en medio de la carretera y se abrieron las puertas.

Antes de que el tipo del asiento del pasajero pudiera salir del todo, le disparé en la frente.

Las balas que respondieron alcanzaron la carrocería de la SUV y me agazapé detrás de ella.

El crujido de la grava me hizo saber que el segundo auto se había detenido.

Me acerqué sigilosamente a la parte delantera de la camioneta y disparé una ráfaga de balas contra el segundo vehículo.

Un grito me indicó que le había dado al menos a un blanco, mas no pude saborear mi victoria porque devolvieron el fuego.

El sonido de los cristales al romperse hizo que el pánico se apoderara de mí cuando el parabrisas de la SUV se hizo añicos.

Abrí de golpe la puerta del pasajero y encontré a Sienna cubierta de cristales.

La saqué del auto, obligándola a permanecer agachada mientras la depositaba en el suelo.

Una línea de sangre corría por su cara, lo que me hizo sentir mal.

—Estoy bien —aseguró en voz baja.

La revisaría en cuanto estuviéramos a salvo, pero de momento le di una de mis armas. Se había convertido en una buena tiradora bajo el entrenamiento de Sofiya.

—¡Los necesitamos vivos! —demandó una voz con acento muy marcado.

Sienna me agarró el antebrazo, clavándome las uñas.

Tenían que ser los albaneses. No sabía por qué nos querían vivos, sin embargo, no nos capturarían.

Señalé con la cabeza la línea de árboles que había a unos metros.

Matteo conocía nuestra ubicación, pero estábamos a una hora de la ciudad y a veinte minutos del almacén más cercano.

Teníamos que resistir hasta que llegaran nuestros soldados.

Le hice un gesto a Sienna para que se adelantara. Tendríamos que salir corriendo para adentrarnos en el bosque. Una vez allí, sería mucho más difícil para los albaneses atacarnos, no obstante, cruzar esos pocos metros nos dejaría expuestos.

—¿Lista? —Articulé.

Asintió y empezó a correr, manteniéndose lo más cerca posible del suelo. La seguí mientras corríamos hacia la línea de árboles.

Las balas rebotaban cerca de mis pies, pero seguíamos corriendo.

—A la derecha —indiqué, siguiendo a Sienna mientras se desviaba del sendero hacia una zona boscosa más densa, repleta de árboles verdosos.

Seguimos avanzando, con el silencio zumbándome en los oídos, casi doloroso después del estruendo de las balas. Cuando Sienna se tropezó, me lancé hacia adelante para evitar que se cayera.

—Ven, siéntate. —La llevé detrás de un gran árbol, observando el bosque en busca de señales de los albaneses.

Se encorvó mientras intentaba controlar su respiración agitada. Tenía el cabello lleno de pequeños fragmentos de cristal y maldije mientras intentaba quitárselos para que no le cortaran más la piel.

Sienna sacó su teléfono con manos temblorosas y respondió a la llamada entrante de su hermano.

—Estamos escondidos en el bosque junto a la carretera de donde nos tendieron la emboscada —susurró.

Mantuve mi arma en la mano, con los ojos bien abiertos por donde habíamos venido, hasta que Sienna me tocó con el teléfono. Lo tomé.

—Seis soldados del almacén están a diez minutos —notificó Matteo.

—Nos quedaremos en el bosque hasta entonces.

—Protégela con tu vida.

—Siempre.

Le di el teléfono a Sienna y le hice un gesto para que se sentara. Le temblaban las piernas y parecía a punto de desmayarse por el choque de adrenalina.

—Ya vienen los refuerzos. —La tranquilicé, manteniendo la voz baja—. ¿Estás herida en algún otro lugar?

Parpadeó lentamente, apartando su cabello enredado de la cara.

—Estoy bien.

Había sacado los trozos de cristal más grandes, pero me preocupaba que quedaran trozos más pequeños.

Los minutos pasaban agonizantemente lentos.

¿Debíamos adentrarnos en el bosque? Si nos movíamos, podrían escucharnos o vernos mejor que si permanecíamos escondidos detrás de este árbol, no obstante, esperar en silencio iba en contra de todos mis instintos.

Quería volver corriendo a la carretera y eliminarlos a todos, pero tenía que pensar en Sienna.

El crujido de una rama nos dejó paralizados.

Señalé hacia su arma y ella la sujetó con fuerza con un movimiento de cabeza, poniéndose de rodillas. Le levanté la mano para que se quedara quieta mientras yo rodeaba el tronco.

Clavé mi mirada en la del Carnicero, que se encontraba a unos cinco metros, en el sendero del bosque.

El Carnicero, que se suponía que estaba en la maldita Albania.

Me sonrió a través de los árboles como si estuviéramos compartiendo una broma privada.

El odio me hervía por dentro mientras mi oscuridad salía a la superficie.

Tenía la pistola en la mano, mas dudé. El disparo les indicaría a los demás albaneses dónde nos encontrábamos, y no estaba seguro de poder detenerlos sin poner en peligro a Sienna.

El Carnicero tenía la pistola en la mano de forma relajada, apuntando inexplicablemente al suelo para confirmar que no estaba aquí para matarnos. ¿Creía que tomarnos como rehenes le daría una ventaja sobre el Don?

Un grito a lo lejos, seguido de una ráfaga de disparos desde la carretera, me indicó que nuestros hombres habían llegado. Aproveché la fracción de segundo de distracción para dispararle al Carnicero. Falle el tiro y él se echó a un lado con una carcajada.

—Quédate aquí —le dije a Sienna mientras saltaba de detrás del árbol y corría hacia el sendero.

Un destello de tela negra adelante fue mi única advertencia de que el Carnicero estaba huyendo. Sonaron alarmas en mi cabeza: ¿por qué no me disparaba? ¿Me estaba llevando a una trampa?

—¡¿Eres demasiado cobarde para enfrentarme?! —bramé.

Se dio la vuelta con un gruñido. Todavía había demasiados árboles entre nosotros para tener un tiro directo, pero lo hice de todos modos. Soltó un rugido y se agarró la mano, de la que le goteaba sangre.

—¡Romeo!

El grito de Sienna me hizo girarme justo a tiempo para ver a un hombre apuntándome con su arma.

Me tiré al suelo, pero un ardor abrasador en el brazo me indicó que me había dado.

Si bien esperaba que simplemente fuera un rasguño, no tuve tiempo de detenerme a comprobarlo.

Rodé y me levanté, apuntando con mi arma hacia mi atacante, aunque ya estaba en el suelo.

Sienna salió de detrás de un árbol, con las manos temblorosas mientras miraba al hombre al que le había disparado.

Me di la vuelta, buscando al Carnicero, pero ya no estaba.

En su lugar, vi a dos de mis hombres, Elio y Gianni, corriendo por el sendero hacia nosotros.

—Gianni, quédate con Sienna. Elio, ven conmigo. El Carnicero está por aquí en algún lugar. —Señalé el sendero por el que lo había visto por última vez y Elio se apresuró. Lo seguí, intentando mantener mi brazo lo más inmóvil posible mientras corría entre los árboles.

Tras quince minutos de búsqueda, no aparecía por ninguna parte.

—Cazzo! —Maldije al detenerme.

—¿A dónde carajo se habrá ido? —cuestionó Elio.

Me restregué la mano por la cara. No tenía la menor idea. Había estado buscando gotas de sangre en el suelo del bosque para ver si podíamos rastrearlo de esa manera, aun así, nada.

—Volvamos con Sienna, pero mantente alerta —ordené.

Volvimos a la carretera, donde nos esperaban Sienna, Gianni y Antonio. Abrí los brazos hacia Sienna para abrazarla, estrechándola contra mí.

—Eres muy ruda —halagué—. ¿Estás bien? ¿Alguna otra herida? —Se había limpiado la sangre del rostro.

—No, estoy bien. Solo quiero irme a casa.

—Hablé con el Don sobre la limpieza —informó Gianni—. Movimos todos los cuerpos a los autos de los albaneses y nuestro equipo de limpieza está en camino. Antonio y yo nos quedaremos aquí para reunirnos con ellos. Elio volverá a la ciudad contigo y con Sienna en nuestra camioneta.

—¿El Don sabe lo del Carnicero? —preguntó Elio.

Los ojos de Antonio se abrieron de par en par.

—¿El Carnicero?

Mi mandíbula se tensó.

—Estuvo aquí. Llamaré a Matteo cuando estemos en camino. Revisa mi coche en busca de rastreadores antes de deshacerte de él.

Sienna se mordió el labio.

—¿Crees que nos están rastreando?

—Encontraron nuestra ubicación de alguna manera.

Los hombres y yo inspeccionamos cuidadosamente el vehículo blindado que habían conducido desde el almacén en busca de rastreadores, sin encontrar nada.

Habría esperado a que el equipo de limpieza se ocupara de todo, pero quería llevar de vuelta a Sienna lo antes posible, además, Matteo y yo teníamos que planear nuestro contraataque.