16 Romeo
ROMEO
Suspiré, echándome el brazo sobre la cara.
Eran las dos de la madrugada. Debería estar durmiendo, pero como la mayoría de las noches, no podía.
Agarré mi teléfono y, sin mucho entusiasmo, miré algunas aplicaciones.
Una vez más, mi dedo se detuvo en el contacto de Julieta.
Ahora pasaba cada minuto que estaba despierto pensando en ella, queriendo hablar con ella, aunque no tenía ni idea de qué decirle.
«No puedo dejar de pensar en ti».
«¿Quieres más pizza?».
«¿Quieres un nuevo lugar para vivir?».
«¿Qué tal un novio?».
Le di un puñetazo a mi almohada. Nunca había sido un puto novio para nadie, y desde luego no podía serlo para Julieta, una mujer de afuera.
Apreté la mandíbula mientras pensaba en mi mamma.
Me había llamado antes y no le había contestado.
Me dije que era porque estaba ocupado, pero podría haber hecho tiempo para ella.
Debí haber hecho tiempo para ella. Excepto que cada vez que hablábamos, me acordaba de cómo había fallado en protegerla…
y de la mirada de horror en sus ojos cuando vio al monstruo que llevaba dentro.
¿Y si le pasaba algo a Julieta por mi culpa?
Volví a nuestra conversación de texto. Con tan solo mirar su nombre, sentí una extraña opresión en el pecho. Rodé sobre mi costado y, en el proceso, sin querer presioné su nombre.
Mierda, mierda, mierda. El teléfono estaba sonando. En mi estado de pánico, lo perdí entre las sábanas. Maldije de nuevo y conseguí agarrarlo justo cuando la voz de Julieta llegaba por el altavoz.
—¿Hola?
Mátenme ya.
—Hola. Maldición, lo lamento. No pretendía llamar. ¿Te desperté?
Contuve la respiración mientras esperaba su respuesta.
—Oh, no. Estaba despierta. Pero, umm, si no pretendías llamar, supongo que podemos…
—¡No! —Me levanté de un salto y empecé a caminar de un lado a otro—. Quiero decir, no, si quieres hablar, podemos hacerlo.
La pausa al otro lado de la línea fue insoportable, pero finalmente respondió.
—¿Por qué estás despierto tan tarde?
—Tengo insomnio. Estoy despierto hasta tarde casi todas las noches.
—¿Haces algo para pasar el rato?
Me acerqué a la ventana y retiré la cortina para poder contemplar la ciudad.
—La mayoría de las veces tengo pensamientos melancólicos.
Resopló, y el sonido me hizo sonreír.
—Tu risa es adorable —elogié.
—Oh, gracias. Um, tu risa también es adorable.
Eso me hizo reír.
—¿Ah, sí? —tarareé—. ¿Qué haces para pasar el rato?
—Casi siempre leo hasta que me duermo.
—¿Estás segura de que no son los libros los que te hacen quedarte dormida?
—Bueno, fue un placer conocerte…
—Es broma. ¿Qué estás leyendo ahora?
—Nada interesante.
—Oh, vamos, dime. Te interesa y quiero conocerte.
Ella dudó un momento.
—Estoy leyendo un romance.
Sonreí. Había visto algunos de los libros que Sofiya dejaba por ahí.
—¿Es sucio?
—Tal vez.
—La linda Julieta leyendo sus libros sucios.
—El absorto Romeo, reflexionando sobre sus profundos y oscuros pensamientos melancólicos.
—Me atrapaste. —Volví a mi cama y me senté en el colchón—. A veces, si he terminado de reflexionar, juego videojuegos.
—Ahh. ¿Un gran fan de Animal Crossing?
Ahora me tocaba a mí resoplar.
—Me descubriste. Me paso las noches construyendo una isla o lo que sea que hagas en ese juego, carajo.
—La verdad es que nunca lo he jugado, pero parece divertido. ¿Qué tienes planeado para mañana? Me di cuenta de que nunca te pregunté en qué trabajas.
—Soy el CFO de una compañía inmobiliaria.
«No me preguntes el nombre de la empresa».
—¿Tienes un trabajo de oficina? Es lo último que esperaba.
—¿Qué esperabas?
—Suponía que agente de la CIA o espía secreto o algo así.
Se me retorció el estómago al ver lo cerca que estaba de la verdad. Salvo que yo estaba del otro lado de la ley.
Me reí a la fuerza.
—Nah, un simple trabajo de oficina para mí. Pero me da muchas oportunidades para tener pensamientos melancólicos.
—Seguro que a la oficina le encanta eso.
Noté una sensación incómoda en el pecho por tener que mentirle. Quería que Julieta conociera mi verdadero yo, pero ¿podría aceptarme tal como era?
—¿Qué te mantiene despierta hasta tan tarde? —pregunté, cambiando de tema.
—No estoy segura. —Su voz sonaba baja y tenía un toque de vulnerabilidad—. He sido así casi toda mi vida. Es como si mi cuerpo no quisiera dejarme dormir. —Respiró profundamente—. A veces tengo pesadillas.
—Lo siento, Ángel. —Yo también tenía pesadillas, mas eso me parecía demasiado vulnerable como para compartirlo—. ¿Hay algo que pueda hacer?
—No, pero es muy dulce de tu parte el preguntar.
—No mucha gente me dice que soy dulce.
—Debe ser porque no te conocen lo suficiente.
Ojalá fuera cierto, pero por desgracia, me temía lo contrario. Cuanto más se acercaba la gente a mí, más claramente veían mi oscuridad interior.
—Deberías intentar dormir. Tienes una librería que atender.
Julieta tarareó.
—Gracias por llamar. Fue agradable.
Eso me hizo sonreír.
—Dulces sueños.
—Igualmente, Romeo.