Elena #2
Su mano libre baja por mi costado, su palma áspera recorre cada centímetro tembloroso, como si quisiera memorizarme otra vez desde el principio.
Sus dedos se clavan en mi cadera para mantenerme quieta mientras vuelve a impulsarse contra mí, cada movimiento una promesa de lo que planea hacerme cuando ya no quede nada entre nosotros.
Tiemblo tanto que siento cómo me castañean los dientes.
Cuando separa la boca de mí, lo hace solo lo suficiente para mirarme. Sus labios están algo hinchados, brillando por lo que me ha hecho. Verle así, tan desarmado, hace que una nueva ola de calor me invada por dentro.
Su mano abandona mi pecho solo para deslizarse hacia abajo por mi vientre, los dedos se abren, posesivos.
Cuando su palma me cubre a través del pantalón, el talón de su mano presiona justo donde está mi clítoris.
Lo mueve allí, ejerciendo bastante presión para que mis caderas se tensen, pero no la suficiente como para dejarme rozar el alivio.
Me provoca, me tortura... Todo, para recordarme quién manda aquí.
Estoy tan desesperada que empiezo a suplicar—: Por favor, Dante. Tócame. Por favor. Necesito...
No me deja terminar la frase.
En un solo movimiento, engancha los dedos en la cintura de mis pantalones y los arranca hacia abajo por mis caderas, llevándose la ropa interior con ellos.
El aire frío le da a mi piel ardiente y me estremezco con violencia, los muslos me tiemblan mientras tira de la tela más allá de mis rodillas y tobillos, dejándome desnuda bajo él.
Se detiene un instante, apenas el tiempo de un latido, solo lo suficiente para mirar.
Su mirada me recorre como una llamarada, ávida de deseo.
Me siento expuesta, de una forma que no tiene nada que ver con la desnudez y sí con la manera en que él me observa.
No solo ve mi cuerpo, sino también las marcas—la prueba—del secreto que le oculté durante tres años.
El calor se me sube al rostro antes de que pueda evitarlo.
El instinto toma el control. Mis manos se mueven deprisa para cubrir las estrías de mi piel.
No me avergüenzo de ellas, al menos normalmente.
Son prueba de Luca, prueba de que sobreviví a algo tan bello como aterrador a la vez.
Prueba de que Dante y yo estaremos unidos para siempre, le guste o no al resto del mundo.
Pero bajo su mirada, la vulnerabilidad brota. Es la primera vez que ve las secuelas, la historia muda que mi cuerpo cuenta sobre el hijo que le oculté. Por un instante fugaz, me asusta saber qué ve él cuando me mira ahora.
El ceño de Dante se frunce y niega casi de inmediato, un destello de silenciosa desaprobación cruza su rostro.
No dirigido a mí, sino a la forma en que intento ocultarme de él.
Sus manos cierran con suavidad alrededor de mis muñecas antes de que pueda apartarlas, firmes pero cuidadosas al levantarlas.
—No lo hagas —murmura.
Aparta mis manos de mi cuerpo, ignorando la leve resistencia de mis músculos.
De forma inesperada, entrelaza nuestros dedos.
El gesto es más íntimo de lo que imaginaba, dejándome sin lugar donde esconderme.
Sus pulgares acarician suavemente mis nudillos y, cuando por fin reúno el valor para mirarle, la intensidad de su expresión me deja otra vez sin aliento.
—Preciosa —susurra, la voz áspera de emoción—. Tan… increíblemente preciosa.
La sinceridad de su voz resquebraja algo dentro de mi pecho.
Por un momento, no soy capaz de pronunciar palabra.
Solo puedo mirarle, atónita por la ternura que se cuela en su tono y la silenciosa reverencia de un hombre que comprende lo que se creó en su ausencia.
Su mirada se suaviza aún más, su pulgar sube y roza mi mejilla en una caricia tan delicada que me hace arder los ojos de manera inesperada.
—Has llevado a nuestro hijo dentro de ti. Lo has traído al mundo. No hay nada en ti que yo pudiera ver como menos que extraordinario —dice en voz baja, llevándose mis manos a los labios para besar cada nudillo.
La emoción se hincha dolorosamente en mi pecho, casi demasiado intensa para soportarla.
Vuelve a inclinarse sobre mí, soltando mis manos mientras sus anchos hombros obligan a mis muslos a abrirse más. Su boca desciende devastando mi vientre hasta que su aliento, caliente e inestable, roza la humedad entre mis piernas.
Su lengua asciende por mí en una sola caricia larga y lenta.
El sonido que me arranca es irreconocible, primitivo.
Mis caderas se separan de los cojines para buscar su boca, pero él me mantiene firmemente sujeta con un antebrazo sobre el vientre y la otra mano aferrada a mi pierna derecha.
La empuja hacia atrás, manteniéndome abierta para él mientras vuelve a lamerme, rodeando mi clítoris con la punta de la lengua antes de succionarlo suavemente entre sus labios.
Miro estallidos de estrellas tras los párpados.
Mis manos vuelan a enredarse en su pelo.
Cada aleteo, cada lenta caricia de esa lengua increíble hace que mi cuerpo se estremezca.
Mis muslos tiemblan alrededor de su cabeza, los músculos se tensan y sueltan al ritmo del placer que se enrolla en espiral en mi vientre.
Gime contra mí, y la vibración envía una descarga eléctrica directa a mi centro.
Su lengua recoge la humedad que brota de mí, deslizándola hacia mi interior caliente y dolorido.
Estoy tan al límite que me rompo antes siquiera de poder asimilarlo del todo.
Me acompaña durante el orgasmo, extrayendo cada réplica hasta que no soy más que gemidos y suspiros deshechos.
Cuando por fin levanta la cabeza, su boca brilla húmeda. —Podría vivir entre tus piernas el resto de mi vida y aun así no sería suficiente—.
Repta de nuevo por mi cuerpo, besando cada centímetro de piel al pasar hasta que vuelve a situarse sobre mí, con la frente apoyada contra la mía.
Le busco con las manos temblorosas al mismo tiempo que una de las suyas desciende otra vez entre mis muslos.
Dos dedos se apoyan contra mi entrada y se deslizan con facilidad.
La primera caricia de sus dedos me arranca un gemido.
—Joder —resopla contra mi boca—. Estás tan mojada por mí. Siempre has sido jodidamente perfecta para mí.
El orgasmo me arrasa como un incendio. Mis paredes palpitan y tiemblan alrededor de sus dedos, queriendo retenerlo dentro aun cuando el placer sube y me desborda.
Mis muslos se sacuden con violencia alrededor de su muñeca, las caderas se arquean en espasmos incontrolables mientras sollozo su nombre.
—Por favor —suplico—. Por favor, Dante. Te necesito dentro de mí. Ahora.
Mi cuerpo se aferra a la nada durante un segundo cuando retira los dedos de mi interior. Quedo vacía, desesperada, con una urgencia tan feroz que roza el dolor. La ausencia repentina es insoportable. Mi cuerpo le echa de menos al instante, húmedo y estremecido inútilmente en torno a nada.
Se retira lo justo para desabrocharse los pantalones por delante, prácticamente arrancando el botón en su prisa por liberarse. Su polla salta apenas baja los pantalones por sus caderas, demasiado impaciente para quitarse más ropa.
Se le ve dolorosamente duro, la punta perlada de preseminal y de color oscuro bajo la luz tenue.
Venas gruesas recorren toda su longitud, latiendo visiblemente con cada latido frenético de su corazón.
Es tan rígido que apunta hacia arriba, la punta ya humedecida, dibujando una raya mojada en la camisa blanca e impoluta que le cubre el vientre al moverse.
No puedo apartar los ojos de él. Se me hace la boca agua, el centro latiéndome en respuesta. Le busco sin pensarlo, mis dedos rodeando su gruesa longitud caliente. El sonido que emite es gutural, casi dolido, y sus caderas se lanzan hacia mi mano de forma involuntaria, como si no pudiera evitarlo.
—Elena —jadea, los ojos cerrándosele—. Joder... no. Todavía no. Estoy demasiado cerca.
Pero no me detengo. Le acaricio de arriba abajo, pasando el pulgar por el brillante glande para extender el líquido preseminal por todo el tronco. Tiembl a violentamente; una mano se aferra al respaldo del sofá con tanta fuerza para no venirse abajo que logra hacerlo vibrar.
Un músculo le palpita en la mandíbula, como si estuviera librando una batalla para no correrse allí mismo, en mis manos.
—Mírame —susurro, replicando la orden que él solía adorar darme.
Obedece de inmediato, obligándose a abrir los ojos. La necesidad desnuda que hay en ellos roba lo poco de mi determinación que me quedaba.
Lo aprieto suavemente.— Te quiero. Ya no quiero esperar más.
Algo se fractura en su expresión; el alivio es tan agudo que parece puro dolor.
Asiente con un movimiento brusco y luego alarga la mano entre los dos para coger su polla de las mías.
Se aferra a la base, guiándose hasta mi entrada.
El glande grueso y caliente me roza y ambos jadeamos al sentir el contacto.
Lo mantiene ahí, dejándome sentirle, haciéndome intuir la promesa del estiramiento que estoy a punto de sufrir. Cómo va a llenarme hasta que no quede espacio para nada más.
—Dime que lo quieres —murmura con la respiración entrecortada.
Alzo las caderas, intentando acogerle aún más.— Nunca he dejado de quererte. Dámelo.
Él exhala lentamente y entonces se empuja dentro de mí, avanzando centímetro a centímetro, devastador.
El estiramiento duele de la mejor manera posible, abrumador y, joder, tan perfecto. Mis muslos se cierran alrededor de sus caderas, los talones clavándose en la parte baja de su espalda para guiarle más profundo, hasta que está metido hasta el fondo y los dos temblamos.
Se queda inmóvil, enterrado en mí, y luego se inclina hacia adelante.
Su frente cae sobre mi hombro, el aliento se le corta cuando su polla palpita en mi interior.
Siento cada milímetro de él latiendo, abriéndome de par en par, reclamando cada pequeño hueco vacío que me ha dejado desde que se marchó.
—Joder —musita, ahogado—. Es que te sientes… joder, es que eres hogar.
Entonces mueve las caderas con un suave balanceo, y la fricción envía chispazos atravesando mi columna. Gimo y él me responde con un gruñido que me tiembla en el cuello. Cada embestida fricciona en todos mis puntos sensibles, y pronto no puedo más que gemir de forma incontrolable.
—Más fuerte —ruego.
Él se rompe.
La contención que ha mantenido desde que todo esto empezó se hace añicos.
Se aparta casi del todo y luego vuelve a entrar de golpe.
El sofá cruje con violencia bajo nosotros.
Sus caderas arremeten contra las mías una y otra vez, con un ritmo puro de desesperación, años de deseos reprimidos desatados de golpe.
No soy capaz de pensar. Solo siento cómo me invade, me abre, me reclama de la forma más absoluta.
El golpeo de la piel, el roce húmedo de nuestros cuerpos, es casi demasiado.
El modo en que su polla golpea ese punto dentro de mí una y otra vez, hasta hacer estallar estrellas tras mis párpados, me acerca a la locura.
Sus dientes rozan mi pulso.— Vete para mí. Córrete en mi polla como sabes hacerlo, Elena. Déjame sentirte.
Esa orden es suficiente.
Me quiebro a su alrededor, más intensamente que antes, con las paredes apretándole como un torno.
Tiemblan y palpitan, exprimiéndole mientras oleadas de placer me atraviesan sin piedad.
Grito su nombre, el arco de mi espalda se separa de los cojines, los muslos me tiemblan tanto que no los controlo.
Él sigue empujando, rudo e implacable, prolongando ese clímax hasta que soy un mar de sollozos hipersensible, estremeciéndome aún con pequeños espasmos involuntarios. Sus embestidas se vuelven irregulares, caderas chocando profundamente un par de veces más antes de gemir mi nombre.
Un torrente de calor me inunda, espeso y ardiente, como si no fuera a terminar nunca.
Tiembla sobre mí, cada músculo tenso, vaciándose dentro de mí.
Se desploma sobre mi cuerpo, con la cara enterrada en la curva de mi cuello.
Me enrosco a su alrededor, abrazándole tan fuerte como él a mí.
No se sale. Permanece dentro, ablandándose poco a poco, aún estremeciéndose con los últimos espasmos.
Siento la primera lágrima resbalar desde la comisura de su ojo hasta mi clavícula.
Durante un instante no comprendo lo que siento, solo noto una tibieza contra mi piel y el lento recorrido que hace hasta perderse en el cojín bajo mí. Podría confundirlo con sudor.
Casi lo hago.
Dante nunca ha sido el tipo de hombre que se permite romperse. Al menos no delante de nadie. Es autocontrol esculpido en carne, disciplina grabada a fuego en sus instintos. Incluso cuando Matteo murió, su dolor fue contenido y dirigido, no abandonado.
El corazón se me retuerce cuando por fin lo entiendo. Lentamente subo la mano y le rodeo la cabeza, los dedos enterrándose en su pelo.
Él no se aparta. Si acaso, se acerca aún más, la frente apretada contra la curva de mi hombro, y un nuevo suspiro sale de él, tembloroso esta vez.
Cuidadosamente inclino la cabeza hasta apoyar la mejilla en su sien.
El pulgar recorre despacio la nuca, como solía hacer cuando el peso del mundo amenazaba con arrastrarle.
En esa cercanía tan frágil, me asalta una claridad que me quema la garganta. Puede que esta sea la primera vez en años que Dante se permite ser abrazado, en vez de ser el que siempre sostiene a los demás.
—Estoy aquí —murmuro suavemente.
Durante un largo instante, no dice nada. No es hasta que mis ojos empiezan a cerrarse y mi cuerpo a flotar poco a poco cuando sus brazos se ciñen aún más a mi alrededor, sus dedos acariciando suavemente mis curvas.
Me respira, su voz apenas un susurro.
—Lo sé.