Su Gatita Sumisa Capítulo 24
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Capítulo 24

El agua de la ducha corría a toda potencia, y el vapor inundaba el baño como un sudario.

Amira estaba de pie bajo el chorro hirviendo, con el cuerpo temblando mientras los sollozos le desgarraban la garganta —gemidos crudos y viscerales que nadie lograría escuchar por encima del rugido del agua contra los azulejos—.

Lloraba por ella misma. Por la muchacha que solía ser antes de que Daniel Pearson cruzara su camino con sus trajes caros y sus promesas vacías.

Lloraba por la relación que había perdido, aunque ¿alguna vez había sido suya de verdad como para perderla? Lloraba por haber sido utilizada, por ir de mano en mano como un objeto desechable, algo que se comparte y se tira a la basura a capricho.

El agua se volvió fría antes de que por fin se decidiera a cerrarla.

Envuelta en una toalla, con el cabello goteando sobre el suelo de mármol, Amira supo que tenía que tomar las riendas y hablar con Daniel. Sabía que no podía seguir torturándose de aquel modo. Necesitaba oírle decir lo que fuera.

Tenía que comprobar que había hecho todo lo humanamente posible y, si él deseaba romper la relación, que así fuera; estaba harta de suplicar.

Se sentía agotada. Estaba enferma de que él la destrozara emocionalmente.

Aquello la estaba matando a fuego lento, y ya no podía soportarlo más.

Era demasiado; temía volverse loca a aquel ritmo.

Las pastillas para dormir ya no surtían efecto. Se despertaba de golpe en plena madrugada, empapada en sudor, temblando por la pesadilla de volver a ser pobre, de regresar a la vida que había dejado atrás hacía tanto tiempo tras conocer a Daniel.

Acababa de despertarse de un sueño semejante, y el pecho todavía le dolía por el miedo persistente. Sabía que era perjudicial para su salud no dormir lo suficiente.

Cogió el teléfono con manos temblorosas.

Marcó el número de Daniel. Sonó una vez y saltó al buzón de voz, esa grabación artificial y profesional que le revolvió las tripas. La había bloqueado.

Con un suspiro desesperado, lo intentó con Chase.

Lo mismo. Buzón de voz. Ambos la estaban ignorando.

Seguramente estarían juntos, riéndose de ella, de lo barata e ingénua que había sido.

La idea le dio náuseas. Se había esforzado tanto, dándoles el mejor momento de sus vidas, creyendo que por fin había conseguido conquistar a los dos, pero vaya, la habían engañado; volvía a ser la tonta de la historia.

Estaba cansada de suplicar y de fingir ser estúpida. Dios, estaba tan cansada. Había pedido perdón de todas las maneras que conocía y se había degradado una y otra vez, ¿y para qué? ¿Para unos hombres que la veían como un mero entretenimiento?

La soledad se posó sobre ella como un peso físico, denso y sofocante. Le oprimía el pecho, los huesos; la habitación estaba caliente, pero sus dientes no conseguían dejar de castañetear por los nervios, por muchas mantas que se amontonara encima.

Su amiga —su proxeneta, en realidad, aunque odiaba esa palabra y todo lo que implicaba— ya le dirigía la palabra.

No desde que Daniel había vapuleado a sus clientes de alto poder adquisitivo en aquel feo e inolvidable enfrentamiento semanas atrás.

El silencio entre ellas estaba lleno de malicia.

Amira había intentado disculparse, pero por supuesto la chica se había negado a responder a sus mensajes o a cogerle las llamadas, casi como si la castigara desde la distancia. Otro puente quemado.

Luego estaba su madre.

Le había estado guardando rencor durante meses, demasiado orgullosa, terca y avergonzada como para admitir que se había equivocado en todo.

Cada llamada perdida y cada mensaje ignorado abrían una brecha aún más profunda entre ambas, hasta el punto de que la mera idea de dar el primer paso le resultaba humillante.

¿Y los amigos? ¿Amigos de verdad? No tenía ninguno.

Solo gente con la que bebía, reía y posaba para fotos; personas que en secreto la odiaban, la envidiaban y querían a su hombre. Individuos que la despreciarían en cuanto descubrieran la verdad sobre su apuro. Gente que la vería desmoronarse y sonreiría.

El personal de la casa se movía a su alrededor como fantasmas, educados pero distantes.

Sabían de sobra que no debían entablar amistad con la amante repudiada del jefe.

Los días se fundían en una bruma de silencio y tristeza que ni siquiera lograba adormecer con alcohol.

Se había retirado de las redes sociales, incapaz de soportar la felicidad impostada de la vida ajena.

La suya propia parecía estar desintegrándose.

Cada mañana temía que el dolor acabara con ella. La soledad y el miedo eran sofocantes.

Al menos Daniel no la había abandonado del todo; el dinero seguía llegando.

Las transferencias automatizadas de Daniel, frías y mecánicas, probablemente enviadas por su gestor de cuentas o alguien por el estilo.

Dinero por compasión, tal vez. O quizá simplemente su manera de mantener el control incluso desde la distancia.

Debería haberle devuelto el dinero si le quedara algo de orgullo y marcharse de su casa para siempre, pero tenía que sopesar el hecho de que carecía de otra fuente de ingresos.

Por el momento se sentía agradecida; suponía que no la habían descartado por completo, pero eso solo conseguía que se sintiera aún más como un objeto de propiedad, una mascota que necesita ser alimentada.

Él no la quería, pero tampoco toleraba que estuviera con otro.

Era como un círculo, un círculo tóxico que no lograba romper y, por desgracia, del que tampoco podía escapar.

El desprecio absoluto de Daniel hacia ella y la crueldad del mismo la arañaban como garras, mientras rezaba todas las noches para que aquello fuera una fase que él terminara superando.

El hecho de tener que verle en las noticias acompañado de otra mujer —féminas de posición social muy superior, más bellas, pulidas, refinadas y perfectas— equivalía a miles de dagas envenenadas clavadas en su alma.

Aquellas mujeres poseían el tipo de perfección con el que Amira jamás podría competir, por mucho que se esforzara, por mucho de sí misma que sacrificara por él; el tipo de mujer que sabía que sus padres y su mejor amigo aprobarían, que la sociedad aceptaría, a la que él respetaría y jamás utilizaría del modo en que la habían usado a ella, a la que nunca compartiría sexualmente con su mejor amigo.

Su único consuelo era el hecho de que las cambiaba como si fueran simples adornos del brazo, lo cual le concedía la esperanza de que tal vez, muy en el fondo, él todavía la deseara.