Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 59 Sienna
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59 Sienna

SIENNA

Me desperté con el aroma del café y algo dulce colgando en el aire. Me estiré y pasé mi mano por las sábanas.

Estas no parecían ser mi…

Los recuerdos de la noche anterior volvieron de golpe y me incorporé bruscamente.

Mi corazón latía con fuerza mientras escaneaba el dormitorio desconocido. Las cortinas estaban cerradas, pero entraba suficiente luz para que pudiera ver mi entorno. Paredes beige, alfombra beige, una cómoda sencilla y un lobo con la nariz pegada a mi estómago.

La casa de seguridad. Estábamos en la casa de seguridad.

Me dejé caer de nuevo en la cama, respirando con calma hasta que mi ritmo cardíaco volvió a la normalidad. La fría nariz de Vovchyk me dio un golpecito en la mano, exigiendo caricias, y accedí.

—Buenos días. —Fruncí el ceño—. ¿O son tardes? —Habíamos llegado alrededor de las cinco de la mañana, así que quién sabe qué hora era ahora—. Gracias por cuidar a mi bebita. Y por protegerme en el astillero.

Vovchyk emitió un gruñido feliz cuando le di justo en el punto detrás de la oreja. Mis labios se curvaron en una sonrisa.

—Supongo que debería levantarme y enfrentarme a la realidad. —El dolor agudo en mi corazón casi me dejó sin aliento. Si bien odiaba despertarme sola, en este momento estaba agradecida. Necesitaba ordenar mi enredo de emociones antes de enfrentarme a Dimitri.

—Todo es un desastre, ¿verdad? —susurré a Vovchyk—. ¿Me juzgarías si le doy una segunda oportunidad? Porque creo que quizá quiera hacerlo, pero tengo miedo de volver a decepcionarme. Prometí que nunca estaría con un mafioso. Siempre eligen primero a la mafia.

Excepto que… eso no era cierto para Matteo ni para Romeo. Pusieron a Sofiya, Clementine y Julieta primero.

Y el día anterior, Dimitri se fue de París, sacrificó lo que pensó que era su oportunidad de venganza, para regresar conmigo.

Me había elegido a mí.

La herida en mi corazón, que llevaba ahí desde los once años, cuando perdí a mis padres y Matteo cambió sus prioridades de mí a la Familia, empezó a cerrarse.

Me incorporé lentamente a una posición sentada.

Me quedé allí, envuelta en una manta como una capa, hasta que conseguí fuerzas para levantarme de la cama.

Fuera de la ventana, un campo daba al bosque.

Era un día nublado, pero unos pocos rayos de sol atravesaban la llovizna y se reflejaban en las coloridas flores silvestres.

Una corriente de aire me hizo estremecer.

El aire primaveral seguía fresco, así que abrí la cómoda y encontré una sudadera lo bastante grande para que me quedara alrededor de mi enorme barriga antes de seguir el aroma del café fuera del dormitorio.

Me detuve en el umbral de la cocina. Dimitri estaba junto a la estufa, de espaldas a mí.

Llevaba un pantalón deportivo bajo en las caderas y nada más, dándome la oportunidad de mirarlo sin que se diera cuenta.

Mis ojos recorrieron sus hombros anchos, su espalda musculosa y su trasero.

Algo bajo palpitaba en mi centro y apreté mis muslos.

El estrés de los últimos meses había secado mi deseo de ser sexual de cualquier manera…

O quizá no había sido el estrés en absoluto.

Quizá fue solo su ausencia, porque ahí estaba yo, horas después de que me dispararan y tuviera que huir por mi vida, y ver a mi esposo sin camiseta fue suficiente para que me dieran ganas de atacarlo.

Quiero decir, no es que fuera a hacerlo.

Nop. Definitivamente no.

Dimi miró por encima del hombro cuando entré a la cocina, regalándome una sonrisa pura y sin reservas.

—Buenos días, Malyshka.

—Dobroye utro —respondí, deteniéndome a unos centímetros de él.

—Hablas ruso tan bien.

—Spasibo. Todos han sido geniales ayudándome a practicar.

Enrolló un mechón de cabello alrededor de su dedo.

—Eres aún más hermosa de lo que recordaba. —De repente bajó la mano y carraspeó—. El café está listo y casi termino de preparar los panqueques.

El ambiente entre nosotros estaba rígido por semanas y semanas de palabras no dichas.

—No sabía que cocinabas.

Se encogió de hombros, sin embargo, noté un rubor en sus mejillas mientras me entregaba una taza de café. Me apoyé en los gabinetes y di un sorbo. Era perfecto.

—Así que… —habló, con la mirada fija en la estufa mientras le daba la vuelta a otro panqueque—. Eres una hacker.

Lo observé de cerca. ¿En qué estaba pensando?

—Sí.

Carraspeó.

—Eres una de las mejores hackers del mundo.

Tarareé, pero una sonrisa se dibujó en la comisura de mis labios.

—Eso dicen.

Negó con la cabeza y se giró hacia mí, dejando ver la risa en sus ojos.

—No puedo creer que te haya contratado dos veces, carajo. ¿Cómo has mantenido tu identidad en secreto todo este tiempo? ¿Especialmente cuando trabajas para tu hermano?

—No trabajo para mi hermano. —La suposición hizo que esa vieja herida en mi pecho doliera—. Se niega a involucrarme en los negocios de la mafia, así que acepto trabajos freelance. Por eso estaba en París.

Dimi frunció el ceño.

—¿Haces trabajo freelance aceptando trabajos en uno de los foros más peligrosos de la dark web del mundo? ¿Cómo demonios puede estar bien con eso?

Incliné la cabeza hacia un lado y me quedé mirando, viendo el momento exacto en que entendió todo. Maldijo.

—No lo sabe, ¿verdad?

—Nop. Quiero decir, sabe que estudié hacking, pero no sabe lo buena que soy. A veces trabajo con su hacker, Franco, quien probablemente sabe sobre mí. Aunque no es muy de dramas, así que no lo contará. Leona lo sabe y Lyosha también.

—¿Qué? —Se quedó boquiabierto—. ¿Mi hacker sabe tu identidad y no me lo dijo?

Me encogí de hombros.

—Tuve que decírselo para que dejara de ponerse nervioso por toda la broma de la cuenta bancaria.

Dimi apoyó los codos en la encimera con un quejido, con la cabeza entre sus manos.

—¿Fuiste tú?

—Oh, cierto. —Se me calentaron las mejillas y metí la nariz en la taza—. Fui yo. Pero en realidad es culpa tuya si lo piensas. Les dijiste a todos que fingieran que no hablaban inglés, así que se me ocurrió una forma graciosa de vengarme de ti.

Se frotó la cara con la mano.

—Mi comportamiento ha sido imperdonable, Malyshka. No hay discusión en eso. ¿Pero cómo demonios pensaste que eso iba a ser gracioso?

La tensión en mi pecho se alivió. No estaba enfadado ni gritando. Su expresión exasperada era similar a la que me puso Polina cuando desayuné pastel.

—Quizás yo tenga mejor sentido del humor que tú. Además, ahora sabes que puedo quitarte todo el dinero cuando quiera. Será mejor que te mantengas en mi lado bueno.

Gruñó algo entre dientes.

—¿Qué fue eso? —pregunté, haciéndole ojitos. Poder molestar a mi esposo calmó la ansiedad que me arañaba en el pecho.

—Los panqueques están listos. Ve a sentarte —pronunció con el ceño fruncido.

Sonreí al pasar junto a él, asegurándome de rozar mi cuerpo con el suyo camino a la pequeña mesa de la cocina.

Puso un plato de panqueques perfectamente dorados delante de mí. Ladeé la cabeza al ver que su plato contenía una mezcla de panqueques quemados o crudos y con formas irregulares.

—Nunca había hecho panqueques antes —murmuró cuando me descubrió mirando—. Come.

Una calidez me invadió al darme cuenta de que me había dado los mejores del montón y se había quedado con los de práctica para él.

Añadí mucha mantequilla y jarabe de maple antes de empezar a comer.

—Están muy buenos.

Gruñó, pero no pudo ocultar del todo su sonrisa.

Desayunamos en silencio y tomamos café, pero el silencio no se sentía tan forzado.

—¿Qué trabajo hacías en París? —preguntó.

—Oh. Estaba ayudando a un grupo de personas, eh, a conseguir un collar.

Se quedó paralizado, con el tenedor a medio camino de su boca.

—Estas bromeando, joder. ¿Robaste el collar de Claude?

—Espera, ¿conoces a Claude?

—¿El hombre más aburrido del mundo? Sí, porque fui yo quien le vendió el collar.

—Espera… —Mi mente giraba mientras las piezas del rompecabezas encajaban en su sitio. Me reí—. Oh, Dios mío. Así que no fue casualidad que los dos estuviéramos en París.

Dimi se recostó en su silla.

—No es gracioso —protestó, pero no pudo ocultar su sonrisa—. Eres la razón por la que debí tener una reunión en persona con Claude la mañana después de que robaran el collar. —Su bufido exasperado solo me hizo reír más.

Le di un codazo en el costado.

—Vamos. Esto es bastante gracioso, carajo. Pero, um, supongo que, ¿perdón por robar el collar?

Una risa profunda vibró en su pecho, transformando por completo su rostro. Lo miré con asombro, levantando la mano para trazar su hoyuelo.

—Nunca he oído una disculpa tan fingida en mi vida. Pero Claude probablemente se lo merecía.

—Totalmente. —Le acaricié la mejilla con el pulgar.

Estaba rasposa y con barba incipiente—. Se suponía que iba a volar de vuelta a New York justo después del trabajo, pero puede que haya mentido diciendo que aún no estaba hecho para poder quedarme en París unos días más.

—Me mordí el labio—. Quería vivir una aventura.

Sus dedos recorrieron tímidamente mi brazo, como si no estuviera seguro de poder tocarme.

—¿Desearías que no lo hubiera hecho? —susurré.

—No hubieras hecho ¿qué?

—Quedarme en París.

Sus ojos se suavizaron al darse cuenta de lo que realmente le estaba preguntando. Su pulgar acarició mi labio.

—¿Cómo podría arrepentirme del mejor fin de semana de mi vida? ¿El que me dio los mayores regalos del mundo? Nunca.

Por un momento pensé que se inclinaría hacia delante y me besaría. Él se levantó y recogió mi plato.

—¿Has recibido alguna actualización sobre la ubicación de Souleater? —pregunté.

Negó con la cabeza, con la mandíbula tensa.

—Aleksei lo está buscando.

—¿Y qué pasará ahora? ¿Nos quedaremos aquí? ¿Qué pasa con todos los demás en casa? ¿Están a salvo?

Enjuagó nuestros platos.

—Nos quedaremos aquí por ahora, y todos en casa están en alerta máxima. —Dudó, con la mirada fija en la pared mientras hablaba—. Anoche, cuando me acercaba a Chicago, contacté a Rossi y Finnegan para pedir refuerzos.

Se me alzaron las cejas. Dimi podría haber estado en una alianza con mi hermano y Ronan, pero también era una persona profundamente desconfiada. Nunca habría esperado esto de él… Y, aun así, había dejado todo eso a un lado para asegurarse de que todos los que quería estuvieran a salvo.

Me levanté de la incómoda silla de la cocina y me uní a él en el fregadero.

—Me sorprende. Los trabajos en equipo no parecen ser lo tuyo.

—Aparentemente lo son cuando importa. Cuando tengo gente a la que proteger. —Se secó las manos y cerró la distancia entre nosotros.

—¿Cómo encaja Souleater en todo esto? ¿Por qué me contrataste? ¿Por qué está en Chicago?

Exhaló lentamente.

—¿Comiste suficiente?

Asentí.

—Vamos a la sala para que estés más cómoda mientras hablamos.

Me llevó al sofá. Nos sentamos uno al lado del otro y él metió mi mano en la suya.

—¿Está bien esto? —inquirió.

—Sí. —Había estado hambrienta de contacto durante tanto tiempo que quería más, pero me contuve. Estábamos reaprendiendo a estar juntos, a confiar… O quizá lo estábamos aprendiendo por primera vez.

—Todo empezó cuando Rustik conoció a Mama.

Sabía por Sofiya que su madre, Alena, era la segunda esposa de Rustik. Se volvió a casar tras la muerte de la madre de Dimi.

—Mama fue… fue la mejor persona que conocí y demasiado buena para este mundo.

—Un largo y tembloroso suspiro retumbó en su pecho—.

Mi abuelo, Artem Ivanov, fue Pakhan de la Bratva de Moscú hace muchos años.

Mama fue una criada en su casa, y llamó la atención de Rustik.

Mi padre se obsesionó con ella y pronto quedó embarazada. Apenas tenía dieciocho años.

Entrelacé nuestros dedos, intentando enviarle mi fuerza.

—Cuando Artem se enteró, la echó de la casa. Pero la obsesión de mi padre era demasiado profunda como para dejarla ir. Dos días después, Artem murió, Rustik se convirtió en Pakhan y Mama regresó, esta vez a su dormitorio.

—¿Rustik mató a su padre?

—Siempre lo negó, dijo que el Pakhan murió de un infarto. Nadie le creyó.

Le di la vuelta a nuestras manos entrelazadas para poder recorrer con mis dedos libres las venas del dorso de su mano.

—Por todo lo que he escuchado sobre Rustik, cuesta creer que amara a alguien lo suficiente como para matar por esa persona.

Dimitri se tensó, con expresión inexpresiva.

—La obsesión no es amor —siseó—. Puede que al principio lo parezca, especialmente para alguien como Mama.

Creció sin nada y pensó que por fin había encontrado la familia y la vida que tanto anhelaba.

Pero para Rustik, ella era un objeto, no una persona.

Algo que él poseería, controlaría y… —Su voz se quebró y se quedó en silencio.

—No tienes que seguir —musité.

Agachó la cabeza y enterró su cara en mi cabello.

—Ya no me mantendré alejado de ti. No he dejado entrar a nadie desde que era niño. Sofiya y Mila conocen partes de mi historia, pero tuve que ocultar mucho, incluso a ellas. No quiero esconderme de ti.

—Quiero verte —susurré de vuelta. Sus ojos color azul hielo estaban llenos de calidez mientras le acariciaba la cara, mi pulgar trazando una línea lenta sobre sus labios.

Como imanes, nuestros cuerpos se acercaron, nuestros labios casi rozándose. Mantuve mi mano en su mandíbula mientras él seguía con su historia.

—Mi padre abusó de Mama durante toda su relación.

Me lo ocultó durante años. —Cerró los ojos con fuerza y me rodeó con los brazos, mi barriga redonda presionando contra las duras superficies de su estómago—.

No pudo protegerme para siempre. Cuando empecé el colegio, poco a poco me di cuenta de lo diferente que era mi vida a la de los demás niños.

Con el paso de los años, la violencia de Rustik fue en aumento y ya no podía ocultar los moretones. No sabía qué hacer.

Sus ojos tenían la misma mirada distante que tenía cuando se despertaba de pesadillas, la mirada que me decía que en realidad no estaba aquí conmigo.

Apoyé mi frente en la suya y enredé mis dedos en su cabello.

—Está bien. Ya no estás ahí. Estás aquí conmigo.

—A veces siento que nunca saldré de esa habitación.

—¿Qué habitación?

Tragó saliva con dificultad.

—Cuando tenía diez años, me llevó a la oficina y me dijo que, si alguna vez quería ser Pakhan, tenía que endurecerme.

Tenía un plan para convertirme en un hombre de verdad.

No me dijo a dónde íbamos ni qué haríamos, pero había algo en él aún más retorcido de lo habitual esa noche, una enfermedad que podía ver en sus ojos. Me asustó muchísimo.

No quería escuchar más. No estaba segura de poder soportarlo.

Aunque no sabía exactamente qué había pasado, sabía que esta parte de la historia de mi esposo no tenía un final feliz.

Luché contra la parte de mí que quería decirle que parara.

Estaba acostumbrada a huir de cosas dolorosas, pero Dimi estaba siendo valiente, así que yo también lo sería.

—¿A dónde te llevó? —pregunté.

—Un almacén.