Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 58 Dimitri #3
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58 Dimitri #3

—Pensé que podría ir al astillero, arreglar el acceso al sistema de vigilancia y salir de allí sin que me vieran. —Su voz estaba ronca y apretó los ojos con fuerza—. No sabía que estaría atrapada. Siento haber puesto en riesgo la seguridad de nuestro bebé.

Las lágrimas que le caían por las mejillas me destrozaban. Acuné su cara entre mis manos y presioné suavemente nuestras frentes juntas.

—Sienna, no soporto la idea de perderte. Por supuesto que quiero que nuestro bebé esté a salvo, pero tú eres todo para mí.

Se le cortó la respiración y se le torcieron los labios, la duda evidente en su rostro.

—El hecho de que no lo sepas, que tengas dudas sobre mis sentimientos por ti, es culpa mía —susurré—. No puedo imaginar un mundo sin ti.

Parpadeó rápido, pero sus lágrimas seguían cayendo.

—Durante gran parte de este embarazo, me he sentido como… un recipiente. No como un ser humano vivo, que respira, que tiene sueños y sentimientos.

—Oh, Malyshka. —Me dolía el corazón. Me incliné lentamente hacia delante y la besé. La sal permaneció en mis labios—. Lo siento. Lo siento muchísimo, maldición.

Los profundos ojos marrones de Sienna me tragaron por completo. Nunca había experimentado esto con otra alma, perfecta satisfacción en el silencio, nuestra respiración suave como único metrónomo que cuenta los momentos que pasan.

Se movió y su estómago rozó conmigo. Ahí fue cuando lo sentí. Un pequeño empujón. Se me cortó la respiración cuando ella envolvió sus dedos alrededor de mi muñeca y guio mi palma hacia su vientre. Ahí estaba de nuevo, el más mínimo aleteo contra mi mano.

—¿Eso es…? —No pude terminar el resto de la frase.

—Sí —replicó—. Nuestra Lechuga Romana.

De todas las cosas inesperadas que habían pasado esta noche, la más impactante fue la risa que estalló en mi pecho. Los ojos de Sienna se iluminaron y su dulce sonrisa me llegó directo al corazón.

—No puedo creer que me haya perdido esto —opiné—.

Todo este tiempo, no entendía cómo nuestras vidas seguían entrelazándose y pensé que debías estar manipulándome.

—Le aparté un rizo de cabello detrás de la oreja—.

Me enseñaron a no creer nunca en las coincidencias, pero tú me has hecho creer en el destino.

—¿Eso significa que me crees? ¿Que no sabía que eras Atlas? ¿Que no sabía quién eras en París?

—Te creo —aseguré—. He sido un puto idiota todo este tiempo porque tenía miedo. Me desconciertas de verdad, carajo.

—Quizás eso sea algo bueno —dijo bostezando. Sus ojos parpadeaban mientras luchaba por mantenerlos abiertos, y no pude resistirme a darle un beso en la mejilla.

Acaricié su vientre con mi mano.

—¿Puedo revisarte, cariño? Necesito asegurarme de que estás bien.

—Te prometo que estoy bien. Su bala no me dio.

Un gruñido bajo escapó de mi pecho y la abracé con más fuerza.

Me pasó los dedos por el cabello.

—Pero sí, está bien si quieres revisarme.

Blyat. No merecía su dulzura, su comprensión.

Me bajé de la cama y le fui quitando la ropa poco a poco, asegurándome de mantenerla lo más cubierta posible con las mantas.

Tenía razón; no había heridas ocultas esperando arrebatármela.

Quería rozar mis labios por su piel, besar cada parte de ella, pero no me lo había ganado.

Todavía no. Así que le puse calcetines abrigadores sobre los pies y una camiseta extra del armario, deseando tener algo mejor que ofrecerle.

Cuando conseguí acomodarla bajo las mantas, sus ojos ya se habían cerrado. Me quité la ropa rápidamente y me tumbé a su lado.

—¿Dimi? ¿Qué va a pasar ahora?

La abracé con fuerza. Otra cosa que no merecía, no obstante, que disfruté igualmente mientras la abrazaba, hipnotizado por otro suave movimiento contra mi palma.

—Voy a mantenerte a salvo.

—Pero ¿qué pasa con Souleater?

Rocé mis labios contra sus párpados.

—Prometo que hablaremos más cuando despiertes. En este momento, no tienes nada de qué preocuparte.

Apoyó su cabeza en mi pecho sin protestar, una señal clara de su profundo agotamiento. Suaves soplos de su aliento rozaban mi piel mientras se quedaba dormida.

Necesitaba contactar a Maxim para que me pusiera al día de qué carajos estaba pasando…

y que me explicara cómo se había escapado de casa mi esposa a mitad de la noche sin ser vista.

Pero por un momento, me dejé relajar en el colchón con mi preciosa esposa acurrucada a mi lado, nuestro bebé dando volteretas en su estómago.

Algo que mi mama solía decir me pasó por la cabeza, el eco de un recuerdo lejano que creía haber olvidado.

“Todo el universo está en mis brazos”. Me lo susurraba cada noche.

En aquellos días, su voz me acompañaba hasta que me quedaba dormido.

Eso fue antes de que llegaran las pesadillas, antes de que Rustik y Souleater me convirtieran en un monstruo despiadado.

Las palabras se me escaparon en ruso, y Sienna se movió.

—¿Hmm? —Sus dedos se curvaron contra mi pecho, sus ojos aún cerrados.

Mi mano recorrió su espalda hasta quedar enterrada en sus gruesos mechones marrones.

—Duerme, Malyshka. Te tengo.