42 Sienna
SIENNA
Me senté en el borde de la cama, con la mirada desenfocada fija en una hendidura en la pared. Las doce alarmas que había puesto en mi teléfono seguían sonando de forma intermitente, animándome a ponerme en marcha.
«Solo levántate. Lo haces desde que eras una bebé».
Mi mamma siempre presumía de lo temprano que me levantaba.
—¡Solo tenía ocho meses! ¡Y podía caminar a los nueve meses! ¿Has oído hablar de algo así? Mi piccolina tenía lugares a los que ir y nada podía detenerla.
Una lágrima cayó por mi mejilla. Luego otra, hasta que mi pecho se agitaba con sollozos silenciosos y rotos.
Había vivido más años sin mi mamma que con ella, pero el embarazo había agudizado el dolor de mi pérdida hasta convertirlo en una punta de cuchillo.
Quería que fuera ella quien respondiera a mis preguntas y me ayudara a elegir cosas para la habitación del bebé.
Le encantaba el diseño de interiores. Estaba acostumbrada a llegar a casa del colegio y encontrarla pintando, o poniendo papel tapiz o moviendo muebles, todo mientras estaba vestida de alta costura.
Mi papà sacudía la cabeza cuando veía su ropa de diseñador manchada de pintura, pero nunca se quejaba ni le decía que parara.
Incluso con las largas horas que él trabajaba, de alguna manera siempre encontraba tiempo para nosotros.
Mis intereses siempre habían cambiado rápidamente de una hiperfijación a otra, y Mamma siempre estaba dispuesta a rediseñar mi habitación.
Cuando me enamoré del patinaje sobre hielo, pintó un enorme mural de la pista de hielo navideña del Rockefeller Center en mi pared e instaló una pista de hielo en nuestro jardín.
Cuando eso terminó y me convencí de que mi destino era ser astronauta, pintó a mano el cielo nocturno en mi techo, con pintura que brilla en la oscuridad.
Nunca me regañó por cambiar de opinión ni me hizo sentir culpable por mi colección de hobbies abandonados.
Mis nuevos intereses simplemente despertaban su entusiasmo.
Estábamos a mitad de renovar mi habitación para que pareciera la oficina de una diseñadora de modas cuando murió.
Todavía podía sentir la mano de Matteo en la mía mientras me apartaba de los disparos hacia el túnel secreto bajo nuestra casa. Cuando eligió rescatarme a mí en vez de salvar a nuestros padres.
En los años siguientes, su objetivo fue sobrevivir y recuperar New York de nuestro tío.
Incluso con once años, entendía que luchaba para que yo estuviera a salvo.
Fue por mí, por nosotros, por la Familia.
Pero la parte triste y egoísta de mí estaba destrozada porque no había nadie que me ayudara a decorar mi habitación en la pequeña casa de seguridad donde nos habíamos alojado.
Los primeros meses, no hice mucho más que quedarme en la cama mirando las paredes desnudas.
Una vez que Matteo pudo llevar a Gianna, nuestra ama de llaves, a la casa de seguridad, las cosas mejoraron.
Me obligó a levantarme de la cama y me organizó clases particulares para que pudiera seguir estudiando, pero seguía sintiéndome muerta por dentro.
Un día, entré a mi habitación y encontré un edredón morado sobre el colchón.
Ese destello de color me había hecho caer de rodillas.
Gianna me encontró llorando en el piso. Me había abrazado durante horas, sin decirme ni una sola vez que dejara de llorar ni que me calmara.
Ese día fue un punto de inflexión, la primera vez que volví al mundo de los vivos tras perder a mis padres.
La culpa me invadió por no haber avanzado más en la habitación del pequeño Mango. Había empezado a imaginarme diseñándola con Dimitri. Tenía diferentes ideas del diseño maquetadas en CozyScape y pensaba enseñárselas antes de que todo pasara.
Antes de ser una maldita idiota, y él también.
Había pasado los últimos cuatro días intentando averiguar en qué estaba pensando, pero no era la primera vez en mi vida que no sabía cómo explicar mi comportamiento.
¿Por qué pensé que se reiría después de que le robara todo su dinero?
Lo había devuelto todo, pero aun así. Había imaginado revelarle que yo había sido quien había manipulado sus cuentas, y se sorprendería de la increíble hacker que era.
“¡He escuchado hablar de ti! ¡Se supone que eres la mejor hacker del mundo!” Y luego me daría orgasmos interminables para recompensar mi genialidad.
Quizá tenía razón y yo solo era una chica mimada, despistada e ingenua. Pero estaba segura de una cosa: nunca me separaría de mi hijo.
No le había dicho nada a Sofiya. No quería crear una brecha entre ella y su hermano… Al menos no hasta que fuera la única opción disponible para mí. Mis amigas eran poderosas y pelearían para que mi bebé y yo estuviéramos juntos, pero el Pakhan también era poderoso.
Me acaricié el estómago con ambas manos.
—No dejaré que suceda. Lamento que lo que hice haya causado este problema, pero seré mejor. Y te diseñaré la mejor habitación de la historia, y nunca te haré sentir mal si cambias de opinión.
Me sequé las lágrimas con la punta de mi manta y solté un suspiro tembloroso. Había aprendido a estar sola todos estos años, y ya estaba acostumbrada, pero nada me había preparado para la soledad de un esposo que me odiaba y amenazaba con quitarme a mi hijo. ¿Sería tan cruel con nuestro bebé?
—Lo siento —susurré, pasando mis pulgares por mi barriga—. Mamma lo siente mucho. —Absorbería todo su odio si eso significaba que mi bebé creciera sintiéndose amado.
Una extraña sensación de aleteo se extendió en la parte baja de mi estómago, dejándome sin aliento.
—¿Eres tú? —Le di un toquecito a mi pequeño Mango y sentí otro espasmo extraño.
Más lágrimas resbalaron por mis mejillas.
Había dolor ahí, por no tener a nadie con quien compartir este momento, pero también felicidad.
Mi mamma me había dado más magia en once años que la mayoría de la gente en toda una vida, y yo haría lo mismo por mi bebé.
La cocina quedó en silencio cuando entré. Había pasado mi cara bajo agua helada e intentado cubrir mis ojos rojos e hinchados con maquillaje, pero claramente mis esfuerzos no habían sido suficientes.
Polina, Sveta, Maxim y Aleksei me miraban desde sus lugares alrededor de la isla de la cocina. Yo los había estado evitando, incapaz de enfrentar la lástima y el juicio que sabía que vería en sus ojos. ¿Sabían todos en la casa lo que Dimitri me había dicho? ¿También me despreciaban?
—Buenos días —saludé—. Necesito que me lleven a una cita.
—¿Qué cita? —preguntó Maxim.
—Una cita con el médico. —Al ver el destello de pánico en sus ojos, añadí rápidamente—: solo una revisión normal.
Sus hombros se relajaron y levantó la barbilla.
—Sergey y yo te llevaremos.
Polina saltó de su asiento y me rodeó con los brazos. Quería derretirme en su abrazo, pero mantuve mi cuerpo rígido. Era la única forma de evitar romper en llanto.
Se apartó, con el rostro marcado por la tristeza.
—Ven, siéntate y come algo.
La dejé jalarme para sentarme. Por mucho que me sintiera desesperada o por mucho que se me revolviera el estómago, mi bebé necesitaba que siguiera adelante.
Sveta me trajo un parfait de yogurt y un croissant de chocolate.
—Hoy es la ecografía morfológica, ¿verdad? —preguntó suavemente. La amabilidad de ella y de Polina fue demasiado para que mi tierno corazón la soportara.
Asentí mientras metía la cuchara dentro y fuera del yogurt sin mucha intención de comerlo.
Había leído demasiadas publicaciones en internet sobre ecografía morfológica, y solo me habían puesto más ansiosa.
Anoche me quedé atascada navegando, leyendo lo que parecían cientos de publicaciones de gente recibiendo malas noticias.
Ahora me perseguían, y sentía ganas de encogerme, derretirme en un charco y desaparecer.
No había hecho arreglos para que nadie más viniera conmigo porque pensaba que Dimitri estaría allí, tomando mi mano.
Ahora me daba demasiada vergüenza pedírselo a alguien, ya que sería una prueba concreta de que mi esposo no quería saber nada de mí ni del bebé.
Yo era la única culpable de creer que alguien querría quedarse conmigo a largo plazo.
«Bien, eso es demasiada autocompasión. Contrólate».
Respiré profundamente y me comí un par de bocados de yogurt antes de ponerme de pie.
—Estoy lista.
Nadia, la técnica de ultrasonido, tenía el cabello rizado amontonado sobre la cabeza y una liga de seda amarilla brillante. «Nota para mí misma: usar más ligas en el cabello».
Esta era una habitación diferente a la que había estado en mi última cita. Paredes beige y sin ventanas. Un lavabo pequeño. Gabinete. Y un gran cuadro de tres nutrias, asomando la cabeza fuera del agua y mirándome fijamente con los ojos muy abiertos.
Eso era… moderadamente inquietante. Y adorable. ¿Podría adoptar una familia de nutrias?
—¿Lista para empezar?
Asentí. Cuando Nadia fue por mí al vestíbulo, preguntó si alguien vendría aquí conmigo. Rápidamente disimuló su destello de lástima cuando le dije que no.
—La ecografía morfológica de hoy probablemente será la más profunda que tengas durante el embarazo.
Voy a revisar a tu bebé de pies a cabeza.
Puede tardar hasta una hora, dependiendo de cuánto coopere el bebé, y siempre me gusta advertirles a las mamás que existe la posibilidad de que hoy no consigamos todo lo que necesitamos si el bebé no está en la posición adecuada.
No es común, pero solo quiero mencionarlo como una posibilidad.
Si necesitas tomarte un descanso o cambiar de posición en cualquier momento hoy, solo dímelo.
—Bien —dije en voz baja, jugueteando con la servilleta de papel que llevaba metida en la parte superior de mis leggings.
Me echó gel tibio en la barriga.
—Podrás seguirlo en la pantalla de la TV. La mayoría de los padres encuentran que es una exploración muy divertida porque su bebé hoy parecerá menos una masa y más un bebé de verdad.