Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 41 Dimitri
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41 Dimitri

DIMITRI

El alcohol fluía en la cena, aflojando la lengua de los serbios, Vlad y Dragan, dos idiotas que intentaban dejar huella en las ventas de arte en el mercado negro.

Su sindicato era pequeño y carecía de los soldados altamente entrenados que necesitaríamos en combate, pero su red de información y lista de clientes podían ser útiles en nuestros esfuerzos por localizar al enemigo.

Al menos, eso me decía a mí mismo para no dispararles a los dos mientras pedían otra ronda de shots para la mesa. Cada minuto que pasaba aquí era tiempo que podía pasar con mi esposa.

Fingí beber mi shot de vodka, tirándolo en la planta a mi lado. Vlad y Dragan estaban demasiado borrachos para darse cuenta.

Dejé el vaso sobre la mesa.

—¿Tenemos un acuerdo?

—S-sí, Pakhan —balbuceó Dragan—. Es un honor trabajar con usted.

Manchas oscuras de sudor manchaban su traje gris. Contuve mi mirada de desdén mientras estrechaba sus manos. Habían accedido a darnos acceso sin restricciones a su lista de clientes si les permitíamos organizar una subasta de arte en Mayhem.

—Bien. —Le hice una señal a nuestra camarera, una mujer rubia con un vestido rojo ajustado y tacones, que había estado recibiendo miradas ardientes toda la noche de casi todos los hombres de aquí excepto de mí.

Solo había una mujer que alguna vez captó mi interés—.

Caballeros, debo marcharme, pero pueden seguir comiendo y bebiendo. Va por mi cuenta.

Sus ojos se iluminaron como niños en una tienda de dulces. Joder, esto era demasiado fácil. En los meses siguientes, Aleksei se aseguraría de que tuviéramos el control total sobre su operación.

Cuando la camarera regresó, sus dedos temblaban y sus palabras salían entrecortadas.

—Señor Ivanov, señor, su tarjeta de crédito… —Miró a su alrededor antes de inclinarse más, con el rostro pálido—. Fue rechazada.

Algo frío y helado me agarró el pecho.

Vlad miró al otro lado de la mesa.

—¿Hay algún problema?

—Para nada. —Tomé mi tarjeta y le di una segunda. Levanté la cabeza hacia Maxim—. Síguela —dije en ruso.

Me recliné en la silla, la imagen de la tranquilidad mientras mi mente corría. No había motivo para que me rechazaran la tarjeta.

Maxim volvió unos minutos después.

—Solucionado. —La tensión alrededor de sus ojos me decía que había mucho más detrás de la historia.

Sergey y Maxim me flanquearon cuando dejamos a los serbios en el restaurante. Konstantin había traído el coche. Nadie habló hasta que nos subimos.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—La segunda tarjeta también fue rechazada —notificó Maxim—. Yo pagué con la mía.

Una rabia como lava fundida recorrió mis venas. ¿Era esta su forma de burlarse de mí? ¿Recordándome que no tenía el control?

—Dile a Aleksei que nos vea en la oficina ahora —demandé entre dientes—. Y avisa a los guardias de la casa para que estén en alerta máxima.

Sergey giró a la derecha en vez de a la izquierda que nos llevaría a la casa. Resistí la tentación de abrir mis cuentas bancarias en el teléfono. Tenía que esperar hasta estar en un servidor seguro.

Aleksei ya estaba preparándose en la oficina cuando entramos bruscamente.

—Estoy revisando tus cuentas ahora —avisó.

Apoyé las manos en la mesa mientras mis cuentas se cargaban en la pantalla.

—Todas tus tarjetas de crédito han sido congeladas, por eso las rechazaron en el restaurante —comentó Aleksei, frunciendo el ceño—.

No entiendo por qué, ya que ninguna tiene cargos fraudulentos que pudieran haber hecho que el banco las congelara.

—Pausó el desplazamiento e hizo clic en otra cuenta—.

Esta tarjeta de crédito sigue activa, la que le diste a Sienna.

Hoy tiene más de cien mil dólares en cargos nuevos.

El fuerte latido de mi corazón resonaba en mis oídos mientras hojeaba sus compras. Estaban repartidas en dos mueblerías, una tienda de ropa, una tienda para bebés y un lugar llamado Windy City Neon.

—Me alegro de que alguien haya disfrutado de las compras hoy —murmuré.

—Descongelar las tarjetas de crédito es una solución sencilla, pero no lo recomendaría hasta que entendamos cómo consiguió acceso esta persona. Mientras tanto, crearé una cuenta nueva con tarjetas nuevas. Lo más preocupante son tus cuentas bancarias. —Aleksei cambió a una nueva pantalla.

Escaneé los totales.

—Esas parecen correctas.

—Lo son. Es la cantidad exacta de dinero que había en estas cuentas esta mañana. Pero si investigamos más a fondo, podemos ver que esta tarde todo tu dinero fue sacado de estas cuentas antes de ser devuelto una hora después.

La furia crecía en mi pecho, pegajosa y oscura.

—¿Cómo pasó esto? Se suponía que mis cuentas eran impenetrables.

Aleksei no me miró a los ojos.

—Lo eran. Lo son. No lo entiendo. Para que alguien hackeé tus cuentas, o es uno de los mejores hackers del mundo o tiene acceso interno.

—¿Pero por qué iban a sacar el dinero solo para devolverlo? —indagó Sergey.

—¡Mierda! —soltó Aleksei—. Hay una nota adjunta a cada transferencia que dice cortesía de Mary Margaret.

¿Pero qué carajos? Eso no sonaba a algo que él diría, pero ¿quién más haría algo así? Aunque… El nombre sí me sonaba conocido.

—¡Madre santa! —solté con dureza—. Mary Margaret es el nombre del personaje de Sienna en ese puto juego que juega. —Mi mente giraba mientras intentaba entender qué estaba pasando.

—¿Eso significa que Sienna tuvo algo que ver con esto? —El tono de Aleksei estaba empapado de incredulidad.

Maxim se frotó la nuca.

—Uhh, no sé si esto está relacionado, pero anoche Sienna se enteró de que el personal hablaba inglés.

Me giré de golpe para mirar a mi segundo al mando.

—¿Qué?

—Se unió a la partida de póker del personal. Yo no estaba allí, pero al parecer ella los engañó para que revelaran que todos hablan inglés. Se alteró cuando se dio cuenta de que tú debiste ordenarles que lo hicieran, y puede que yo le haya sugerido que jugara una broma para vengarse.

La furia que me quemaba se volvió helada y ácida.

—¿Le dijiste que se vengara de tu Pakhan?

—Pensé que haría alguna tontería, como cuando le hizo una broma a Sergey con los cuchillos de plástico o cuando cambió todos mis zapatos por pantuflas. Probablemente me equivoque y esto no tiene nada que ver con eso.

No existían las coincidencias.

—¿Se enteró de esto anoche?

Maxim levantó la barbilla.

Claro. Así que hoy temprano en la cocina, sabía que Polina, Sveta y Vasya entenderían lo que decía. Si me quedara algo de sentido del humor, podría haberme parecido gracioso. ¿Pero era ese el alcance de su broma? ¿O se vengó más contratando a alguien para hackear mis cuentas bancarias?

—No hay pruebas de que tuviera algo que ver con los problemas del banco —expresó Sergey.

—Excepto que su tarjeta de crédito es la única que no estaba congelada —indicó Aleksei—. Y la referencia del personaje del juego.

—Pudo haber contratado a alguien para hacerlo —señalé.

Si ella lo había hecho, iba más allá de una broma, era traición contra el Pakhan.

¿Contratar a alguien para que pase por varios niveles de seguridad solo para fastidiarme?

Ahora una persona desconocida tenía acceso a mis cuentas, dejándome vulnerable. Dejando a toda la Bratva vulnerable.

—Haz una revisión completa de nuestro sistema de seguridad y de la codificación en línea. ¡Quien sea que haya contratado para hacer esto podría volver a acceder en cualquier momento! —bramé.

Aleksei se frotó la cara con la mano.

—Esto no tiene sentido. Hay muy pocos hackers en el mundo que intentarían algo así, y mucho menos que lo lograrían. ¿Cómo les pagó ella?

—Están esos cargos en su tarjeta de crédito —comentó Sergey.

—Sí, pero solo cien mil, y era sobre todo ropa y cosas para la casa. Aunque les diera los cien mil completos, ningún hacker tan hábil siquiera consideraría aceptar un trabajo por tan poco dinero —rebatió Aleksei.

—Así que ella no lo hizo —agregó Maxim.

—O podría estar pagándoles de otra manera —replicó Sergey.

Me levanté del asiento, con mi mano alrededor de su cuello antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo.

—¿Estás llamando puta a mi esposa? —Mi voz era fría y el miedo brillaba en sus ojos.

—No, Pakhan. Nunca.

—Entonces, ¿qué estabas sugiriendo?

Tragó saliva con fuerza.

—Que podría estar pagándole a alguien con información.

Solté mi agarre y di un paso atrás. Mi estómago se revolvía por las náuseas. ¿Estaba pasándole información a su hermano? ¿O a otra persona?

—Has estado vigilando su actividad en internet y su teléfono, ¿verdad? —le pregunté a Aleksei.

Él asintió.

—Sí, Pakhan. Pero no encuentro mensajes sospechosos ni actividad en internet. Ella básicamente juega a ese juego CozyScape. Seguiré buscando.

—Dime qué encuentras. Me voy a casa. —Podríamos teorizar toda la noche, pero la única persona que podía confirmar lo que pasó era mi esposa.

El coche estaba en silencio durante el trayecto de vuelta, y llegamos a la casa oscura poco después de la medianoche. Una mano se posó en mi hombro y mi cuerpo se tensó buscando una pelea.

—Sé que esto parece malo —dijo Maxim—, pero no sabemos si ella tuvo algo que ver. No has dormido en cuarenta y ocho horas. No hagas nada drástico.

Me aparté de su contacto y entré enfadado. Con cada paso que daba, reconstruía los muros alrededor de mi corazón y mi mente. Después de años reforzando las capas de protección, mi sirena las había derribado en solo unas semanas.

Esto era la llamada de atención que necesitaba.

Mis músculos estaban tan tensos que estaban a punto de romperse y un dolor agudo irradiaba desde mi mandíbula apretada.

Primero fui a mi dormitorio por si ella me esperaba allí, pero en realidad lo que encontré fue más extraño de lo que podría haber imaginado.

Un enorme letrero de neón estaba colocado sobre mi cama, emitiendo una luz tan brillante que tuve que entrecerrar los ojos en la oscuridad.

Complejo de pene pequeño.

Eso es lo que decía, complejo de pene pequeño, con una flecha curvada apuntando hacia la cama.

Mi visión era una neblina roja mientras avanzaba por el pasillo y abría de golpe la puerta de la habitación de Sienna. Soltó un chillido y saltó de la cama, almohada en mano, lista para defenderse de un ataque.

—Oh, Dios mío. —Se desplomó de nuevo sobre el colchón. Sus pechos se elevaban en su camisón azul de encaje que llevaba puesto. Rozó la parte superior de sus muslos, dejando sus piernas desnudas—. Dame una advertencia la próxima vez para que no me des un infarto.

Cerré la puerta detrás de mí y crucé los brazos, observándola fijamente con una mirada vacía.

Una sonrisa se dibujó en sus labios y se acomodó en su montón de almohadas y mantas.

—¿Qué tal tu noche?

—¿A quién contrataste? —Mis palabras se sentían como fragmentos de cristal en mi garganta.

La sonrisa de Sienna se ensanchó.

—¿Hmm? ¿Oh, por el letrero de neón? —Parpadeó—. Increíble, ¿verdad? Lo compré en una pequeña tienda local. El cargo por entrega exprés fue alto, pero fue increíble trabajar con ellos.

La ira estalló y perdí todo control.

—No. ¡¿A quién contrataste para hackear mis cuentas?

! —grité. En el fondo de mi mente, registré la expresión sorprendida de Sienna mientras agarraba con fuerza su manta, pero ya no podía tratar sus emociones con delicadeza.

Su presencia me había adormecido en una falsa sensación de seguridad, una fantasía en la que realmente podríamos estar juntos.

Eso ya había terminado.

Levantó las manos con cuidado frente a ella.

—Mira, me enfadé porque le dijiste al personal que no me hablara en inglés, así que pensé que lo de la tarjeta de crédito sería una broma graciosa, pero yo…

—¿Es gracioso contratar a alguien para hackear mis cuentas bancarias? ¿Para amenazar la seguridad de toda la Bratva y hacerme quedar como un tonto? Tienes un sentido del humor retorcido.

Un destello de ira en los ojos.

—No puse en peligro tu seguridad. Si tú…

Corté el aire con la mano y ella se echó hacia atrás. La rabia se colaba en cada célula de mi cuerpo.

—Has pasado toda tu vida rodeada de aduladores jadeantes que te tratan como a una princesa cuando tú solo eres una niña rica mimada que desperdicia sus días jugando a un videojuego estúpido para escapar de su vida patética donde nadie la quiere cerca.

Se puso pálida. Necesitaba parar, alejarme, pero los recuerdos de la infancia me inundaron como alquitrán corrosivo. «Todos los que conoces te traicionarán. La única persona en la que puedes confiar eres tú mismo. El amor es debilidad».

—Vas por ahí actuando como un puto rayo de sol cuando la verdad es que a todos a tu alrededor les pagan para ser amables contigo. Nunca había conocido a una chica tan mimada, despistada e ingenua.

—Bueno, entonces tienes suerte de que no debas tenerme mucho más tiempo cerca. —Sus ojos brillaron de rabia.

Lo único que hizo fue avivar mis llamas.

—Tengo suerte. En cuanto este bebé salga de ti, te trasladarán a una nueva residencia.

—Entreabrió los labios, pero antes de que pudiera soltar cualquier cosa que tenía en la punta de la lengua, continué—: Tu comportamiento en estos próximos meses determinará lo que ocurra después.

Si vuelves a pasarte de la raya, mi heredero vendrá a casa conmigo mientras tú sales del hospital con los brazos vacíos.

Inhaló bruscamente, con sus manos sosteniendo su vientre.

—No puedes hacer eso. —Tenía la mandíbula apretada, pero la voz le temblaba.

Me incliné sobre la cama, una mano apoyada en el colchón y la otra agarrándole la mandíbula.

—Puedo hacer cualquier cosa. Yo soy el Pakhan. —Mi voz era áspera y baja, como veneno susurrado—. Este es mi territorio. Todo aquí me pertenece, incluyendo tu puto útero. ¿Lo entiendes?

En vez de responder con una réplica airada, el labio de Sienna tembló. La lucha la abandonó, dejando solo mis horribles palabras flotando en el aire entre nosotros.

—Lo entiendo. —Apartó la mirada—. No causaré más problemas, lo prometo. Solo por favor, no… No me quites a mi bebé.

El corazón se me apretó tanto en el pecho que tuve que contenerme para no frotarme el esternón.

Las palabras de Maxim volvieron flotando mientras las náuseas me revolvían el estómago.

Estaba demasiado agotado para pensar con claridad.

Nunca la separaría de su hijo, pero era mejor que ella creyera que lo haría. Así podía mantenerla controlada.

—Bien. —La solté y di un paso atrás—. ¿Tu hermano tuvo algo que ver con esto?

Sus ojos se abrieron de par en par.

—No. Para nada.

—Porque si lo hizo, si te ayudó a hackear mis cuentas, esta alianza se acabó.

—No lo hizo. Lo prometo.

Necesitaba quedarme, obligarla a darme los detalles de a quién había contratado y cómo habían entrado en nuestras cuentas, pero mis piernas ya me estaban sacando de su habitación, por el pasillo y hasta el baño.

Me caí de rodillas y vomité el contenido de mi estómago en el sanitario. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero cuando finalmente me levanté, me encontré con mi reflejo.

Un hombre atormentado me devolvía la mirada, su piel pálida contrastando con las sombras oscuras bajo sus ojos inyectados en sangre.

Ojos que se parecían a los de mi padre.