Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 38 Dimitri
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38 Dimitri

DIMITRI

Un golpe bajo en la puerta me sacó del sueño.

La habitación estaba oscura, la respiración suave de Sienna era el único sonido mientras se acurrucaba a mi lado.

Su piel desnuda presionada contra la mía, suave, cálida y perfecta.

Quería quitar la sábana y descubrir su cuerpo.

Besar cada centímetro de su piel. Penetrarla como si volviera a casa.

El anhelo dentro de mí era casi abrumador. Quería quedármela.

Entrecerré los ojos mirando el reloj y vi que solo eran las seis de la mañana. No prometía ser un buen comienzo del día.

Me deslicé lentamente fuera de la cama, teniendo cuidado de no despertar a mi esposa. Emitió un pequeño sonido suave en la garganta y se dio la vuelta, abrazando una almohada.

Cuando abrí la puerta un poco, encontré a Maxim luciendo muy tenso, carajo.

—Sveta recibió un mensaje —informó.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Local?

Él levantó la barbilla en señal de asentimiento. Mierda.

El año pasado, rescatamos a un pequeño grupo de mujeres víctimas de trata, incluyendo a Sveta, de una mansión en las afueras de Chicago.

Ninguna de ellas dijo una palabra esos primeros días.

Nunca olvidaría sus rostros inexpresivos, ojos atormentados y mejillas hundidas.

Pero tampoco podía olvidar cómo poco a poco volvían a la vida a medida que Polina ganaba su confianza.

Sveta fue la primera en confiar en ella, contándole que la mitad de las mujeres con las que había estado encarcelada habían sido trasladadas a otro lugar apenas días antes de nuestra redada.

Aleksei buscó en registros dispersos, correos electrónicos y datos de torres de telefonía móvil y finalmente confirmó que las mujeres desaparecidas habían sido separadas y vendidas a compradores distintos.

La noticia fue devastadora para todos nosotros, pero especialmente para Sveta, que cargaba con el peso de la culpa de sobreviviente.

Habíamos pasado meses buscándolas, sin escatimar recursos, pero Sveta fue quien marcó la verdadera diferencia al formar una red de información confidencial.

Se había convertido en leyenda entre las víctimas de tráfico sexual.

Daban su nombre y pasaban su número. Hasta ahora, habíamos rescatado a cuatro de las mujeres desaparecidas.

¿Quizás alguna de las sobrevivientes había conseguido hacerle llegar un mensaje a Sveta?

Miré hacia atrás a la masa sin forma bajo mi colcha, luchando contra el impulso de volver a meterme bajo las sábanas y ahogar el mundo con Sienna.

Mis dedos se aferraron al marco de la puerta mientras suspiraba.

—Te veo abajo en cinco minutos.

Cuando volví a casa horas después, la piel se me erizaba con el incómodo deseo de tener a mi esposa en mis brazos.

Después de dos décadas apenas tolerando el contacto físico, no entendía por qué no podía sacudirme ese deseo desconocido que burbujeaba dentro de mí.

Tal vez era todo el tiempo que había pasado últimamente en el cuarto de sol lo que causó esa extraña aflicción.

Era la única habitación de esta casa donde siempre me había sentido seguro, donde siempre me había sentido amado.

O quizá fue ver a la chica que rescatamos tan rota y frágil.

Extracciones como esta me obligaban a enfrentarme a mi propia impotencia.

Eran recordatorios de las vidas que no pude salvar.

El dolor que había sufrido en sus manos durante años, sin forma de detenerlo.

Hasta que lo hice.

Rescatar a Zorya fue una gota en el océano de mi redención, valió la pena porque ella merecía una vida segura y pacífica. Una gota porque nada de lo que hacía podría limpiar mis manos completamente.

La casa estaba en silencio cuando pasé por la sala. La luz de la primera hora de la tarde se filtraba por las ventanas en un marcado contraste con la oscuridad del mundo exterior. Mi estómago rugía de hambre, pero mis necesidades venían después de las de Sienna.

Solté un bufido exasperado al entrar a la cocina y ver a Vovk sentado tranquilamente a los pies de Polina mientras ella le daba trozos de filete del tamaño de un bocado.

—Vago —gruñí—. No deberías darle de comer. Él puede cazar.

Polina me ignoró, haciéndole cariñitos a Vovk mientras le daba el resto del filete.

—Hoy se ha portado muy bien, así que se merece un pequeño bocadillo.

Se giró hacia el fregadero, pero no antes de que yo vislumbrara su rostro. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Empezó a lavar los platos en silencio, con los hombros tensos y sus movimientos torpes.

Mi aliento salió de mi nariz y mi palma presionó contra el punzante dolor en mi pecho.

Polina era una de las personas más fuertes que conocía.

Sobrevivimos juntos al complejo, salimos juntos.

Y, aun así, después de una década conociéndonos, viviendo en el mismo apartamento de mierda, podía contar con una mano las veces que la vi llorar.

Sus raras lágrimas siempre venían como respuesta al sufrimiento ajeno.

Como yo, parecía incapaz de derramar lágrimas por ella misma.

—No tienes que hacer eso, ¿sabes? Puedo contratar personal adicional para que no tengas que limpiar. —Era una oferta que le había hecho incontables veces, pero ella siempre respondía con: No me importa lavar los platos.

Tamborileé los dedos contra la encimera.

—Sveta, Maxim y Konstantin están llevando a la chica a una casa de seguridad.

Polina asintió. Probablemente Sveta ya le había enviado todos los mensajes con las actualizaciones.

La chica, Zorya, no era una de las mujeres desaparecidas que buscábamos, sino que había sido traficada bajo el pretexto de promesas similares que atrajeron a Sveta, de buenos trabajos y altos salarios en EE.UU.

, solo para ser vendida a un político de alto rango de Chicago.

Zorya había quedado atrapada en su casa, sola y maltratada en un país que no era el suyo.

Una criada de la casa le había contado sobre una mujer que había salido de allí y ahora ayudaba a otras víctimas a escapar.

Le había ayudado a Zorya, y su regalo de despedida había sido un teléfono celular.

Zorya marcó el número que se había repetido miles de veces hasta que quedó grabado en su mente.

El rescate de Zorya fue la victoria de Sveta, y no podría estar más orgulloso. Mientras mis manos goteaban sangre cada noche en mis sueños, las de ella estaban intactas. La culpa de sobreviviente que cargaba no le pertenecía, y esperaba que el rescate de hoy la ayudara a liberarla.

—¿Sienna almorzó? —pregunté, porque las cosas que desearía poder decirle a Polina, garantías de que estaba a salvo, de que haría todo lo posible para rescatar a más mujeres y niñas, se me quedaron atascadas en la garganta.

Polina negó con la cabeza.

—Está absorta en su videojuego. Estaba a punto de prepararle un plato. —Terminó de lavar los platos y se secó las manos—. Supongo que puedo prepararte uno a ti también.

—Eres muy amable.

Yo sequé los platos mientras ella emplataba filetes, patatas y ensalada.

—Tómate el resto del día libre —sugerí cuando tomé los platos que me ofrecía. Me preparé para que discutiera, pero me sorprendió con un breve asentimiento. Vovk la siguió fuera de la cocina, y sentí una extraña gratitud hacia el lobo por hacerle compañía.

Giré por el pasillo contrario hacia el cuarto de sol, deteniéndome en seco en el umbral y frunciendo el ceño mientras intentaba averiguar qué hacía mi esposa.

Sienna estaba tumbada en el sofá en una posición que parecía igual de absurda e incómoda.

Tenía las piernas colgadas sobre los cojines del respaldo, sus pies marcando un ritmo desconocido en el aire, y la cabeza colgaba parcialmente del sofá mientras hacía algo en su teléfono.

Sienna siempre estaba en movimiento. La única vez que veía su cuerpo completamente quieto era después de follarla hasta dejarla completamente agotada.

Solo se dio cuenta de que estaba allí cuando dejé los platos sobre la mesa de centro frente a ella.

—Oh, hola —saludó—. ¿Qué haces?

—¿Qué estoy haciendo yo? ¿Qué carajos haces tú? ¿Cómo es que esa posición es siquiera cómoda?

Sacó la lengua y volvió a su teléfono. Una extraña emoción surgió en mí, y sospeché que podrían ser celos. Quería su atención.

Me senté a su lado.

—Todavía estoy lidiando con dramas de la heladería —replicó—. Ha sido un desastre desde que Mary Margaret se escapó con Elio, pero estoy decidida a que funcione.

Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, puse sus piernas en mi regazo. La opresión en mi pecho se aflojó y pude volver a respirar.

Tras unos minutos, dejó el teléfono y sonrió.

—Bien, los aldeanos ya están bajo control. —Miró los platos—. ¿Qué me trajiste?

—Filete, patatas y verduras. Necesitas comida de verdad. No puedes existir solo de pan, queso y chocolate.

Frunció los labios.

—Estoy bastante segura de que sí puedo.

Le agarré la mano y la senté. Mis dedos agarraron su mandíbula y me incliné para que nuestras narices se rozaran.

Recorrió mi mejilla con caricias suaves.

—No te has rasurado.

—No tuve tiempo. —Algo me pinchó en el pecho y añadí—: Esta mañana tuve una reunión de último momento.

No estaba acostumbrado a dar explicaciones, sin embargo, no me gustaba la idea de que ella despertara sola, sin saber adónde había ido. Mi confesión valió la pena cuando la línea entre sus cejas se suavizó y una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Toma. —Le pasé el plato.

Cruzo las piernas debajo de ella antes de tomarlo. Mi mano se retorció mientras luchaba contra el impulso de arrastrarla a mi regazo. No podía saber cuánto la deseaba, cuánto me distraía cuando estaba despierto. No era seguro.

En vez de eso, agarré mi comida y empecé a comer.

—¿Qué te parece el sofá? —preguntó unos minutos después.

Gruñí. Había visto a los repartidores montar el sofá a través de las cámaras de la casa. Habían mirado demasiado a mi mujer, lo que me hizo odiar el sofá por principio. Aunque se sintiera como sentarse en una nube.

—Voy a pedir unos sillones para que haya más asientos —continuó.

—¿Más asientos para quién? —murmuré.

—Para quien pueda visitarnos —dijo con picardía.

Entrecerré los ojos.

—¿Y quiénes podrían ser estos visitantes?

—¿Sabías que faltan como cuatro semanas para Navidad? —Su voz era sospechosamente despreocupada—. Es una época tan divertida del año, ¿y qué mejor manera de pasarla que en familia?

La miré en silencio, esperando a que continuara.

Soltó un bufido y se pasó la mano por el cabello.

—Sofiya y yo estábamos hablando, y me ofrecí a ser anfitriones para Navidad. Y antes de que digas algo gruñón, es un buen plan. El apartamento de New York es un poco pequeño para que quepa todo el mundo, mientras que aquí tenemos un montón de espacio.

—¿Un montón?

—Sí. Un montón. Y si mi cronología se cumple, para entonces las habitaciones de huéspedes tendrán pisos y puertas.

Comí otro bocado, masticando con calma.

Sienna me dio un codazo en el brazo.

—¿Qué opinas? ¿Una Navidad de la Bratva en familia?

¿Acoger a una familia de una mafia rival en mi casa?

Debería decir que no. Mantenerme firme. Excepto que…

Eso la alteraría mucho. Pero yo no tenía que ser el malo aquí, no había ninguna puta manera de que Rossi trajera a su familia a Chicago.

Una alianza política era una cosa, pero ¿pasar las fiestas juntos?

Eso era un ejercicio extremo de confianza—.

Sí, está bien. Sofiya sabe que siempre es bienvenida aquí.

Sienna soltó un chillido. Agarró su teléfono y escribió un mensaje rápidamente. Sus ojos brillaban cuando lo dejó a un lado.

—Excelente. Le dije que especialmente no podías esperar a ver a Matteo.

Puse los ojos en blanco, pero ahora me tocaba a mí darle un codazo en el brazo.

—Come —demandé, había dado solo unos bocados a la comida, pero su plato seguía demasiado lleno.

Soltó un suspiro de resignación.

—Pero el bebé Granada quiere un rol de canela.

Le levanté la barbilla, aunque dudé antes de hablar. Al carajo. Anoche la follé en mi cama, me desperté con su cuerpo desnudo pegado al mío. De todas formas íbamos a medio camino del infierno, así que era mejor lanzarnos con todo.

—Las buenas chicas comen lo que les dicen. —Le pasé la nariz por la mejilla, captando notas de vainilla en su cabello—. Si te comes tu almuerzo, yo te como el coño de postre.

Sus pupilas se dilataron y se acercó hasta que nuestros labios se tocaron en un beso apenas perceptible.

—¿Y si no lo hago?

—Me meterás en tu boca y me chuparás hasta que me haya corrido suficientes veces para llenar tu estómago.

Ella me esbozó una sonrisa antes de comer un bocado de filete. Cuando sonreí con satisfacción, me dio un codazo.

—Deja de presumir y come. —Di otro bocado—. Solo asegúrate de dejar espacio para el postre —añadió.

Carajo.