Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 37 Sienna
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37 Sienna

SIENNA

La mirada de Dimitri me mantenía en trance.

¿O era Declan? Los límites entre nosotros se distorsionaron, difuminando las líneas sobre dónde estábamos, pero no sobre lo que yo quería.

Apreté mis muslos para aliviar el dolor del orgasmo que se me negó mientras lo esperaba de rodillas, con los labios entreabiertos para tomar su polla.

Estaba tensa contra su estómago, gruesa, colorada y goteando líquido preseminal.

Debería haber protestado por su trato degradante, la forma en que reclamaba ser dueño de mi cuerpo y de mi placer. Pero por mucho que me quejara, la verdad era que me encantaba.

Y él lo sabía.

Por fin podía dejarme llevar, calmar el caos constante en mi mente y simplemente sentir.

Me agarró la mandíbula, entrelazó sus dedos en mi cabello húmedo y embistió en mi boca.

El shock me hizo tener arcadas. Murmuró palabras bajas y salió casi del todo, dándome un momento para recuperar el aliento.

Volvió a embestir, esta vez con más suavidad, para que pudiera adaptarme a su tamaño.

Lo chupé, obligándome a relajar mi garganta mientras él se metía más profundo.

Dimitri soltó un montón de ruso que no entendí, mas saboreé la desesperación en su voz, el abandono con el que movía las caderas y guiaba mi mandíbula exactamente donde quería.

No pasó mucho tiempo antes de que se corriera con un gemido, las yemas de sus dedos clavándose en mi piel, las cuerdas de su garganta tensándose. Tragué con rapidez, desesperada por tenerlo todo, por ser su buena chica otra vez.

—Carajo, nena. —Me ayudó a ponerme de pie con gentileza.

Me desplomé contra su pecho y sus brazos me rodearon en un abrazo fuerte.

No hubo palabras entre nosotros, solo caricias tiernas, miradas y palabras no dichas mientras nos limpiábamos mutuamente.

Mi mano enjabonada recorría su polla. Sus dedos se clavaron en mi cuero cabelludo a la par que masajeaba mi cabello con champú.

Me quemaba por dentro, desesperada por correrme, pero demasiado relajada para quejarme mientras él me sacaba de la ducha.

Me colocó como una muñeca, moviendo mis extremidades donde él quería hasta que mi piel y mi cabello estaban secos.

Se secó con la misma toalla y la dejó caer al suelo antes de llevarme a la cama.

La cama en la que había estado varias veces durante esas inquietantes horas de la madrugada, cuando nada parecía real.

En este momento, no había vuelta atrás en lo que estaba pasando, que estábamos eligiendo estar aquí, juntos.

Se estiró a mi lado, sin dejar espacio entre nosotros en tanto sus manos ásperas sujetaban mis pechos. Se me erizó la piel mientras deslizaba sus dedos por mi cuerpo.

Cerré los ojos. Yo era pura sensación, rodeada de su calor y del aroma a tormenta de su gel de ducha corporal. Dos dedos gruesos me penetraron, seguidos de un tercero. Gimoteé ante el estiramiento que cruzaba la frontera entre el placer y el dolor.

—Tu dulce coño está tan necesitado, apretándose a mi alrededor.

Movía los dedos perezosamente dentro y fuera, cada movimiento aumentando mi placer, pero manteniéndolo justo fuera de alcance. Movía la cabeza de un lado a otro y agarré su muñeca, intentando conseguir más. Su sonrisa era tan ardiente que me daba ganas de darle un puñetazo en la cara.

—¿Crees que has hecho lo suficiente para ganarte esto? —preguntó.

—Sí, por favor. He sido muy buena.

Su risa se deslizó por mi mejilla.

—Mi pequeña mentirosa. —Retiró su toque, dejando mi cuerpo frío—. Date la vuelta.

Arqueó una ceja desafiante hasta que cedí y me giré con un resoplido. Me dio una nalgada, haciéndome chillar por el escozor sorpresa.

—Muy descarado para alguien que acaba de prometer ser una buena chica.

Me subió las caderas y deslizó una almohada debajo de mí para apoyarme.

Me derretí en el colchón mientras él se movía entre mis piernas, forzándolas a separarse alrededor de su cuerpo ancho hasta quedar completamente expuesta a él.

Él me acarició y yo me froté contra su mano, cada movimiento provocando una nueva descarga de placer.

—Por favor. Por favor, deja que me corra. —Se me sonrojaron las mejillas por la humillación de suplicarle, pero estaba tan alterada que pensé que podría morir si no me corría en los próximos minutos. Mi coño estaba tan necesitado, mi pulso latía con fuerza en la piel hinchada.

Presionó la yema de un dedo empapado contra mi ano. Me estremecí, no obstante, su firme agarre me mantuvo quieta.

—Shhh. Voy a jugar con este culo porque yo controlo tu cuerpo, tu placer, y esto es lo que quiero.

—Frotó más de mi humedad contra el agujero hasta que la punta de un dedo se deslizó dentro.

Nunca me había tocado allí, y no estaba segura de qué pensar, pero no pasó mucho tiempo antes de que me arqueara ante su toque, pidiendo más.

Besó una línea por mi columna.

—Mi pequeña zorra. —Su dedo se deslizó en el segundo nudillo—. Desesperada. —Sus dientes se clavaron en mi hombro—. A punto de correrse por el sexo anal.

Mis manos apretaron el edredón, sus palabras me empujaron más cerca del límite, pero no del todo más allá de él.

El sudor me picaba la frente y respiraba entrecortadamente.

Incluso el aire fresco contra mi piel húmeda era suficiente para sobrecargar mis sentidos.

Se suponía que debía tomar más, pero entonces su boca estaba en mi coño.

Un grito se formó en mi pecho mientras me devoraba como un hombre hambriento, su dedo penetrando suavemente en mi ano todo el tiempo.

Me corrí con un grito gutural, desplomándome completamente en la cama a la par que mi cuerpo se estremecía de placer.

El cuerpo de Dimitri se movió sobre el mío, dándome la presión suave que necesitaba para sobrevivir a las últimas oleadas de mi orgasmo.

Los siguientes momentos pasaron como un sueño. Estaba en ese espacio suave y flotante, mitad aquí y mitad en otro lugar, oscuro, hermoso y perfecto.

La almohada se deslizó de debajo de mis caderas y una toallita cálida me limpió entre mis piernas.

Unos brazos fuertes me giraron de lado, rodeándome con su calor mientras me mantenía pegada a su pecho.

Todavía no había pasado una noche entera en su cama.

Las alarmas de advertencia sonaron, diciéndome que me levantara.

Retirarme a mi habitación. Desenredarme de este hombre que me hacía sentir demasiado.

Sin embargo, mis párpados se volvieron pesados por el sueño que normalmente luchaba por obtener, y no tuve fuerzas para apartarme.