Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 33 Dimitri
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33 Dimitri

DIMITRI

Había estado irritado toda la mañana por dos razones:

Para cuando ella llamó, ya era demasiado tarde para que yo pudiera llegar a la cita. En cuanto terminaron las pruebas, me excusé y volví a casa, dejando a Sergey para negociar los precios con el proveedor.

Cuando llegué a la entrada, estaba vibrando con… algo. ¿Enojo? ¿Irritación? Pero estaba seguro de una cosa: estaba harto de que todos en mi casa supieran más sobre mi esposa que yo.

Abroché mi chaqueta y ajusté las mangas mientras entraba. Mi primera parada fue la cocina, donde Sveta estaba cubriendo con glaseado los cupcakes más grandes que había visto en mi vida. Solo otro cambio que Sienna había traído a la casa: la presencia constante de pan horneado.

—¿Son para Sienna?

Sveta dio un salto y el glaseado se esparció por toda la encimera. Miró el desastre, con tensión en sus hombros.

—Lo siento, Pakhan. No lo escuché.

Mi expresión se suavizó.

—No hay nada de qué disculparte, Svetochka.

Siento haberte asustado. —Sveta estaba tan bien últimamente que era fácil olvidar la mirada atormentada que sus ojos habían tenido los primeros meses después de ser rescatada.

Se había hecho fuerte y, aunque ayudarla nunca me limpiaría las manos después de las cosas horribles que había hecho en mi vida, cuidarla era un intento de equilibrar la balanza.

Me enviaron a Rusia para entrenarme y convertirme en un verdadero soldado de la Bratva.

Esos años en el complejo fueron largos y oscuros, pero por mucho que intentaron romperme, nunca lograron que lastimara a inocentes.

Las cicatrices en mi espalda fueron el precio que pagué por mi resistencia.

Tras años de tortura, mi padre se vio obligado a ceder.

Me nombró su ejecutor y me dio otros trabajos: forjar nuestros lazos con comerciantes de joyas por toda Europa, cobrar impuestos a quienes estaban bajo protección de la Bratva, acabar con enemigos y traidores.

Los millones de dólares que había ganado se canalizaron directamente al bolsillo del Pakhan, financiando su imperio cruel.

Puede que me negara a lastimar a mujeres, niños y animales, pero mis manos seguían tan manchadas de sangre que nunca volverían a estar limpias.

Goteaba de mis dedos en mis pesadillas, formando ríos color escarlata que brotaban de mi piel como las almas de todos los que alguna vez había dañado.

Sveta me dedicó una pequeña sonrisa.

—Sí, son para Sienna. Parecía… —Se mordió el labio y mi corazón empezó a latir con fuerza.

—¿Parecía qué?

—Parecía un poco estresada esta mañana antes de su cita. Mencionó que el bebé es del tamaño de un cupcake gigante esta semana, así que pensé en hacerle uno.

Miré por la ventana de la cocina, tragando saliva por el nudo en mi garganta.

Aprendí desde pequeño a reprimir mis emociones, y me volví tan bueno en ello que creí que ya no era capaz de sentir.

No obstante, durante este último año, las mujeres en mi vida no paraban de romperme por dentro. Mis hermanas, mi personal… Mi esposa.

Sveta limpió el glaseado derramado y añadió algunos toques finales al cupcake.

—Debería llevárselo. —Deslizó el plato y dos tenedores hacia mí.

Fruncí el ceño.

—No, tú lo hiciste. Tú deberías.

—¿Por favor? Hoy estoy muy ocupada.

Mis labios se movieron ligeramente. No era una mentirosa hábil, pero no pude protestar demasiado, me estaba dando la excusa perfecta para acercarme a Sienna.

—Gracias.

Tomé el plato y los tenedores y me dirigí a la parte de la casa que me esforzaba por evitar.

Me detuve al llegar al cuarto de sol, asomando la cabeza por la puerta abierta.

Sienna y Vovk estaban sentados en el nuevo asiento de la ventana que había hecho la contratista.

Su mano estaba enredada en el espeso pelaje de Vovk y se apoyó en su costado mientras ambos miraban el jardín.

Había pasado horas viéndola en esta habitación con las cámaras de la casa, pero en persona era diferente.

Me quedé en silencio mientras observaba los detalles: la enorme alfombra con estampados rojos en el suelo, el papel tapiz verde oscuro y dorado, un sofá que parecía tan suave y lujoso como los nuevos en la sala, y una mesa en la esquina que tenía un equipo de computación muy sofisticado.

Fruncí el ceño. ¿Para qué necesitaba varios monitores?

Vovk miró por encima del hombro y le dio un narizazo a Sienna. Ella volteó, sus labios se entreabrieron al verme.

—Hola. —Su voz era suave… Casi insegura.

«¿Pasó algo malo en la cita?»

Respiré hondo y me obligué a cruzar el umbral por primera vez en años. Le ofrecí el plato.

—Sveta te hizo esto.

Sus labios se curvaron en una sonrisa.

—¿Eso es un cupcake gigante?

Miré hacia abajo a la monstruosidad cubierta de chispas.

—Al parecer.

Se levantó de un salto y cruzó el espacio entre nosotros.

—Qué dulce. —Sus ojos se posaron en los dos tenedores que tenía en la mano y sus labios se curvaron en una lenta sonrisa—. Oh, ya veo. Tú me lo estás entregando porque quieres robarme un poco de mi postre.

Fruncí el ceño.

—No, eso no es…

—Es una jugada astuta, pero lo respeto. —Se acercó al sofá y se dejó caer, dando palmaditas en el cojín a su lado—. Supongo que puedo darte un par de bocados, si me lo pides amablemente.

Me senté a su lado en el sofá como un puto cachorro. Vovk estaba a su otro lado, con la cabeza apoyada en su regazo.

—No creo que puedas comerlo, Vovchyk. Los cupcakes no son para lobitos.

Alcé una ceja.

—¿Dónde aprendiste ese apodo?

—Maxim me lo dijo. Todos merecen un apodo adorable.

La vi llenar su tenedor con un bocado enorme de pastel. Su expresión se transformó en puro placer mientras masticaba.

—¿Qué tal tu cita? —pregunté. Su lengua salió para atrapar un poco de glaseado en el borde de su labio, y mis ojos se fijaron en el movimiento.

—Oh —dijo, con los ojos muy abiertos mientras parpadeaba hacia mí—. Estuvo bien.

—Y el… ¿bebé Cupcake está sano?

En ese instante, su rostro se iluminó con una sonrisa auténtica que me dejó sin aliento.

—El bebé Cupcake está muy bien. Um, hoy no me habían programado una ecografía, pero estaba ansiosa y al final me la hicieron. Tengo las fotos. ¿Quieres verlas?

Clavó los dientes en su labio. Mis dedos se movieron con la necesidad de sacarlo y frotar el pulgar sobre la marca.

—Sí. Quiero verlas.

Su sonrisa estaba de vuelta. Me entregó el cupcake, hizo un gesto de “te estoy viendo” y saltó para agarrar algo de su escritorio. Cuando volvió, se sentó a mi lado y se acercó hasta que nuestras piernas se juntaron.

Me ofreció las fotos pequeñas. Puse el cupcake sobre la mesa de centro y las tomé con manos temblorosas. No sabía qué esperar, pero se me oprimió el pecho al ver lo que claramente era un bebé. Estaba acurrucado con las manos junto a su cara.

—Es genial, ¿verdad? El bebé se está chupando el dedo. ¿Puedes creer que pueden hacer eso siendo tan pequeñitos?

Miré entre el cupcake sobre la mesa y las fotos, intentando asimilar lo pequeño que era.

—Y luego estas fotos son de mi primera ecografía. —Ella me mostró su teléfono y mi mirada saltó entre la pequeña mancha gris en la pantalla y el bebé en las impresiones.

—Ha crecido mucho.

Sienna no se burló de mi comentario forzado.

—Increíble, ¿verdad? Aquí, el bebé era del tamaño de una lenteja.

No podía dejar de mirar al bebé Cupcake.

—¿Hay alguna forma de que pueda tener una copia de esto?

Su mano agarró mi antebrazo.

—¿De verdad quieres una?

Asentí.

Sus ojos brillaron y mi corazón se me subió a la garganta, pero ella solo soltó un pequeño suspiro y se apoyó en mí. Contuve la respiración, aterrorizado de que se alejara. Cuando me quedé quieto, se relajó aún más, apoyando su cabeza en mi hombro.

—Nosotros hicimos eso —susurró.

La tensión en mi cuerpo se fue desvaneciendo poco a poco y con cautela la rodeé con mi brazo, entrelazando nuestros cuerpos con delicadeza.

Nos quedamos sentados sin hablar, con la mirada fija en las fotos de la ecografía.

Era silencioso. Tranquilo. Y totalmente peligroso.

Porque rompía todas las reglas no escritas que había establecido para ayudarme a mantener mi distancia.

Nuestras reuniones a medianoche no parecían reales, pero ahora estábamos a plena luz del día y me había quedado sin excusas.

Al cabo de unos minutos, me picoteó un costado y señaló al cupcake. La comisura de mis labios se curvó en una sonrisa mientras me inclinaba hacia adelante y lo agarraba. Se quedó pegada a mí en tanto devoraba el pastel. Aún quedaba bastante cuando dejó su tenedor.

—¿Llena? —pregunté.

—Por ahora. Seguro que pronto tendré hambre de nuevo.

Consideré comer un bocado, pero quería que tuviera todo lo que quisiera.

Mi corazón se apretó dolorosamente cuando ella se sentó, apoyándose en los cojines en lugar de en mí.

—¿Te gusta la habitación? —preguntó.

Lo curioso era que sí. Ni siquiera me molestó que ella misma se hubiera apoderado de las habitaciones que quisiera y hubiera pedido decenas de miles de dólares en mierda para la casa con mi tarjeta de crédito.

—Ahora hay más lugares para sentarse.

Me empujó el brazo.

—Un gran elogio —refunfuñó con sequedad—. No te preocupes, no les diré a todos los hombres intimidantes de la Bratva que a su Pakhan le gusta el papel tapiz floral. —Frunció el ceño—. ¿Cómo diría eso? Pakhan lyubit tsvetochnyye steny.

Me reí de su frase algo absurda, “al Pakhan le gustan las paredes de flores”, pero el progreso que había hecho en solo unas semanas era asombroso y su acento era impresionante.

—Has aprendido mucho.

—Sveta, Polina y Aleksei me han estado ayudando a practicar, aunque parece lento. Pero estoy decidida a aprender, para poder hablar con todos.

Una sensación que rara vez experimentaba creció en mi pecho. No estaba seguro de qué era… y casi se sentía como culpa.

—Esta es la casa en la que creciste, ¿verdad? —inquirió.

Levanté la barbilla.

—Hasta que cumplí dieciséis.

—¿Fue entonces cuando te mudaste a Rusia?

Se me tensó la mandíbula.

—Sí.

—Debe de ser extraño estar de vuelta aquí. Sé que no era un lugar muy feliz, al menos, no lo fue para Sofiya y Mila.

Se me revolvió el estómago de lo fácil que me leía. Me hacía sentir expuesto, despellejado y tentado a salir corriendo de la habitación como un cobarde. Pero entonces tomó mi mano, entrelazando nuestros dedos.

—Matteo y yo nunca volvimos a la casa donde crecimos, ni siquiera después de que derrotara a nuestro tío.

Renovar los departamentos de nuestro nuevo edificio me dio algo en qué enfocarme e hizo que se sintiera más como un hogar.

Espero que renovar este lugar te haya hecho sentir como si fuera algo nuevo.

Quería atraerla a mi regazo. Presionar mi cara contra su cabello.

—Esta habitación pertenecía a mi mama. Era su lugar favorito de toda la casa. —Me paralicé ante la confesión que salió de mis labios sin mi permiso.

Inhaló entrecortadamente.

—¿Está bien que esté aquí? Debí haber preguntado antes de hacer algo en la habitación.

«Verte aquí es la mejor parte de mi día».

«A mi mama le habrían encantado todos los cambios que hiciste».

«Ella te habría amado».

Se me erizó la piel. Blyat. No podía olvidar lo peligrosa que era, lo fácil que podía destrozarme.

Me levanté de golpe.

—Está bien. Nadie estaba usando la habitación.

—Gracias por traer el cupcake. —La dulce voz de Sienna me siguió mientras caminaba hacia la puerta.

No me detuve, no volteé. No podía bajar la guardia.

Había demasiado en juego para mí como para perder la concentración.

Para cuando conducía hacia mi oficina en downtown, ya tenía el control de nuevo, aunque el perfume de Sienna permanecía en mi chaqueta.