Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 72
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Capítulo 72

R ook me empuja hacia delante por la abertura y, entonces, me encuentro en el exterior de mi mundo, con nada más que árboles, tierra y rocas que se extienden en todas direcciones.

La tormenta ha amainado. Nunca he sido tan… libre, y, aun así, el aire se me queda atrapado en los pulmones, casi me ahoga.

Rook está justo detrás de mí, y me vuelvo para echarle un vistazo a los guardias al otro lado. Veo a Knox. Tiene el rostro descompuesto y el pelo le cae sobre los ojos. ¿Qué está haciendo con ellos?

Se acercan, gritándonos. Diciéndonos que nos detengamos.

Rook gira otro interruptor y la puerta se empieza a cerrar.

La cueva se estremece y caen varias rocas. Me doy cuenta de que se ha diseñado para derrumbarse.

Fijo la mirada en Knox y en su cara leo muchas cosas.

Ojalá… No sé qué es lo que deseo exactamente, más allá de que las cosas hubieran sucedido de otra manera. Ojalá hubiéramos seguido siendo amigos. Ojalá no me hubiera humillado. Ojalá… todo esto hubiese sido más fácil.

Todo ocurre a cámara lenta, pero también a la velocidad de la luz cuando el túnel tiembla, el techo se desploma y la puerta se cierra y, después, queda sellada. Un estruendo perfora el aire, y sé… sé que la cueva se ha empezado a derrumbar.

Me tapo la boca, trastabillo hacia atrás, tropezando con los bordes de mi falda harapienta, y aterrizo en el suelo.

El retumbar de la piedra llena la atmósfera, y quiero que corran. Sé que nos estaban persiguiendo, pero no quiero que muera nadie más. No puedo hacer nada. Solo mirar.

Todo sucede en cuestión de un minuto, mientras intento no imaginar lo que está ocurriendo.

Luego todo queda en silencio, salvo por el crujido de la piedra recolocándose.

El rumor del viento.

Al cabo de un instante, todo ha terminado.

Se impone la calma a nuestro alrededor y me deja un momento para recuperarme.

—¿Están…? —pregunto con un susurro.

Rook está arrodillado con las manos en el suelo, la cabeza colgando y una de nuestras bolsas sobre la hierba seca.

—No lo sé —dice entre dientes.

Gateo hasta Rook, deshaciéndome de la mochila que llevaba colgada.

—Knox estaba ahí. Lo he visto.

—Lo siento —suelta—. Era la única manera de asegurarnos de que no pudieran seguirnos.

Los dos miramos la puerta, la anodina pared de roca que oculta todo lo que acaba de pasar.

Y entonces me empiezo a estremecer. Me tiemblan las extremidades, me late con fuerza el corazón y me agarro el pecho, al notar los pulmones convertirse en plomo.

—¡Poet! —susurra Rook mientras cae de espaldas—. Poet, no pasa nada.

—¿Dónde está la ciudad? —pregunto—. ¿Dónde está Nuevo Manhattan?

Me siento desconectada, desarraigada, como si me desintegrara y me alejara a la deriva hacia la nada.

No he conocido otra cosa que la ciudad y sus muros.

—Al otro lado de las rocas —me tranquiliza—. Allí sigue.

—¿Volveré a verla algún día?

Durante un momento no dice nada y, luego, por fin, contesta:

—Lo más seguro es que no.

Puede que sea lo más sincero que me ha dicho en mucho tiempo.

—¿Te encuentras bien? —pregunto, inclinándome sobre él—. Estás sangrando demasiado. ¿Qué hacemos? Necesitas ayuda.

—Estoy… bien —dice—. Solo necesito un momento.

—¡No estás bien! —grito—. ¿Metiste en la mochila un kit de primeros auxilios?

Abro la bolsa más grande y empiezo a rebuscar en su interior.

—Bolsillo delantero —dice Rook, y lo busco por todas partes.

Lo abro y encuentro aguja e hilo.

Luego miro fijamente a Rook.

—¿Tienes alguna idea de lo que estás haciendo con eso? —pregunta.

—No —digo con delicadeza—. Pero tú arreglaste mi osito, y ahora yo te voy a arreglar a ti.

—Cielos, estoy jodido —refunfuña.

Luego me acerco a gatas y me siento sobre las rodillas. Le levanto la camisa y dejo a la vista las vendas empapadas. Las corto con unas tijeras pequeñas que hay en el kit, se las quito y veo un corte largo en el costado.

—Ese capullo… —digo, refiriéndome a Knox—. Mierda. No debería hablar mal de los muertos.

—No, seguro que está bien. Ese es como una cucaracha —dice Rook.

No puedo evitar soltar una risa por la nariz.

—Qué malo eres.

—Pero te has reído.

Niego con la cabeza y le limpio la herida con unas toallitas del kit. Yace completamente inmóvil y, aunque esto debe dolerle muchísimo, no se queja.

—Cuéntame algo de ti —le pido—. Algo que nadie sepa.

—¿Qué?

—Me prometiste que eras exactamente quien me habías dicho. Así que cuéntame algo, Rook, si es que te llamas así de verdad.

Hace un gesto de dolor mientras acabo de limpiarle la herida, con los labios apretados mientras gime.

Niego con la cabeza, luego desenrollo el hilo y enhebro la aguja.

—Esterilízala —dice Rook—. Con whisky.

Saco la botellita del kit y mojo la aguja dentro.

—Bébete el resto —le ordeno—. Para el dolor.

Me mira escéptico, pero deja que se lo vierta en la boca.

A continuación, inspiro bien hondo y estudio el corte. Mide varios centímetros y sigue sangrando ligeramente.

—Una historia —le exijo—. Ya.

—Pero ¿cuándo te has vuelto tan mandona? —pregunta mientras presiono con los dedos sobre su piel para apretar la herida.

Gime y gira la cabeza hacia un lado.

—Deja de comportarte como un bebé —le digo, y casi se ríe—. Es la hora del cuento. Empieza a hablar.

—Vale —suspira mientras le pincho con la aguja—. Tenía diez años y me daba miedo la oscuridad.

—¿Tú con miedo a algo? No me lo creo.

Suelta una risita, luego vuelve a inspirar de forma brusca mientras le atravieso la piel con el hilo.

—Mi madre me regaló una linterna —continúa—. Me dijo que tenía poderes mágicos.

Sonrío por la melancolía que trasluce su tono de voz.

—Que, si la encendía y la apagaba tres veces, nada que diera miedo podría entrar jamás en mi cuarto.

Suelta un gruñido mientras sigo cosiendo, cerrando poco a poco la brecha.

—Si lo hubieran sabido mis hermanos, se habrían burlado de mí toda la vida —dice—.

Así que siempre fue nuestro secretito. Cuando me daba el beso de buenas noches, siempre me recordaba que la encendiera cuando lo necesitara.

La conservé durante años, incluso cuando ya era adolescente.

Antes de irme de casa, aún la utilizaba a veces.

Trago saliva cuando noto que se le quiebra la voz.

Otra puntada, y su pecho sube y baja.

—Tu madre me parece una mujer increíble —digo.

—Es la mejor.

—Tienes mucha suerte.

—Lo sé.

Nos miramos a los ojos y le sonrío levemente; después, estudio mi obra. No creo que haya quedado muy bonita, pero por lo menos le está cerrando la herida. No obstante, lo que es evidente es que le duele y que tengo que mantenerlo entretenido.

—¿Sabes una cosa? —le digo mientras sigo trabajando—. Ahora que vivo en las Cloacas, tengo ciertas expectativas.

—Ah, ¿sí? —pregunta—. ¿Cuáles?

—No pienso dormir en el suelo. Y no voy a estar más de un día sin ducharme.

Hace una mueca cuando vuelvo a introducirle la aguja.

—Me parece razonable.

—Y quiero la cena servida en platos de verdad, con cubertería. Y también copas de cristal.

—No esperaba menos.

—Ropa nueva. Un armario grande. Citas semanales en la peluquería.

Gime e inspira hondo.

—Lo que vos queráis, alteza.

Por fin, acabo y remato el nudo. Luego le cubro la herida con vendas nuevas. Rook está sofocado, la piel le arde. Farfullo una maldición, deseando que no se le haya infectado.

Encuentro unos analgésicos y le obligo a que se tome el doble de la dosis recomendada mientras se le cierran los ojos lentamente.

—Cielo, me siento fatal —dice, con la voz ronca.

—Ni se te ocurra morirte en mis brazos, ¿me oyes? —le digo—. Me debes unas cuantas respuestas y no te vas a librar tan fácilmente.

—Joder, a tu amorcito nunca le hablaste así. ¿Es que no puede un hombre morirse en paz?

Tiene razón. Nunca le rebatí nada a Knox, ¿no? Aprendí de mi padre la lección de no resistirme jamás, y la he llevado conmigo hasta este mismo instante.

Es como una luz que se enciende de repente, brillante y nítida.

—Knox nunca se mereció que luchara por él —digo, y Rook me mira y me guiña un ojo. Extiende la mano y me coge la mía.

—Gracias por coserme la herida.

—De nada —le digo.

—Y no me voy a morir. Ni de coña la voy a palmar por culpa de ese gilipollas.

Se me escapa otra risa por la nariz, y luego su pálido rostro esboza una sonrisa.

—Aunque tampoco creo que me pueda poner de pie.

—Lo que necesitas es descansar un poco. —Levanto la vista y no veo nada a nuestro alrededor. Solo unos árboles dispersos y hierba muerta—. ¿Aquí estamos a salvo?

—Seguramente durante un rato.

Asiento y ordeno el material de primeros auxilios; luego busco unas galletitas saladas y un poco de agua en una de nuestras mochilas.

Las comparto con Rook, y creo que puede ser que se encuentre un poquitín mejor, a pesar del trabajo de aficionada que le he hecho con los puntos.

Es la primera vez que me permito respirar aliviada desde que le vi la sangre en la camisa.

—Túmbate conmigo —dice, levantando el brazo—. Debes tener frío.

Me acerco a él y apoyo la cabeza en su hombro mientras él me atrae hacia el costado en el que no tiene la herida. Hunde la nariz en mi pelo e inspira hondo.

—No puedo creer todo lo que hemos hecho —digo—. ¿Por qué cargaste conmigo? Me podías haber dejado allí.

Resopla.

—Nunca te habría dejado.

—Pero si no hago más que meternos en líos.

Noto el traqueteo de su pecho cuando se ríe suavemente.

—Poet Graves, eres el mejor tipo de lío en el que me he metido en la vida.

Luego, noto que se le ralentiza la respiración mientras los ojos se le cierran lentamente. Levanto la cabeza y compruebo que se ha dormido, con sus negras pestañas formándole sombras sobre los pómulos. Estudio el mapa de pecas que le cruzan la nariz.

Le doy un beso suave en los labios.

Sigo furiosa con él. Todavía tiene cosas que contarme, pero también es cierto que, si se muriera, dudo mucho que pudiera superarlo.

Pasado un momento, vuelvo a recostar la cabeza y me acurruco contra él.

Miro al cielo. A las nubes y las estrellas, y me preguntó qué será lo siguiente. Pienso en las historias que me contó Rook en nuestra habitación, pequeña y acogedora. Cualquier lugar en el que haya libros no puede dar mucho miedo, ¿verdad? Sobre todo si estamos juntos en esto.

Con una sonrisa en la cara, yo también me quedo dormida.