30. Christopher
CHRISTOPHER
DOMINGO
Los agentes de check-in y sus malditos complejos de poder.
Golpeteo con frustración en el mostrador mientras me mantengo en un duelo de miradas con el representante de British Airways.
Es la tercera persona que he visto en cinco minutos.
Si no estuviera tan desesperado por subirme a un vuelo, me quitaría uno de estos zapatos incómodos que me han dado ampollas y le sacaría la arrogancia de un golpe.
—Tiene que ayudarme, por favor. Mi esposa acaba de entrar en trabajo de parto.
Bajo mi voz una octava para hacer mi historia más creíble. Pero mi presencia parece ser una mera inconveniencia para su existencia.
Me siento mal por mentir. Pero habiendo sido ya ignorado por los otros empleados, que me dijeron que no venden boletos en aeropuertos, mi última esperanza está aquí en el mostrador de servicio al cliente, con esta reina amargada y entrada en años.
Señor, no permitas que me convierta en él.
—De acuerdo, déjeme revisar. —dice, su cara ahora una máscara bien ensayada de profesionalismo.
Gracias a Dios que los premios Grammy se hacen temprano un domingo por la noche y que la autopista diez estaba despejada. De lo contrario nunca hubiera llegado antes de que salga el último vuelo a Londres.
—Queda un asiento en clase económica... —dice, sus dedos volando sobre el teclado.
—Lo tomo. Gracias. —Lo interrumpo y le entrego mi tarjeta de crédito y pasaporte rápidamente.
Mis hombros se relajan mientras procesa el boleto y agradezco en silencio que recogí mi pasaporte para la verificación de identificación del Grammy, en vez de depender de mi licencia de manejar. Habría sido un desastre.
Los dioses deben estar cuidándome esta noche.
—¿Alguna maleta para documentar? —pregunta.
Su mirada va de su computadora a mis ojos y la implicación no pasa desapercibida cuando capto mi reflejo detrás de él y veo las ojeras bajo mis ojos. Son un recordatorio de que Alexander realmente necesita resolver lo de su tabique. Se entiende por qué la gente siempre le pregunta sobre eso.
—No, solo este traje y yo. —Estiro los brazos hacia afuera como si estuviera en una tienda de ropa.
Estoy completamente sobrevestido para un vuelo internacional de once horas, pero ahora mismo no me importa. Kelly está en parto. Nada más importa.
—Aquí tiene, y felicidades por convertirse en padre, señor Foster. —Su ceja derecha y sus labios se arquean hacia arriba mientras me devuelve mi tarjeta de crédito, pasaporte, y boleto.
Claro. Me cachaste, pienso. Pero no tengo tiempo para entretener esto. Tengo un vuelo que tomar.
En vez de agradecerle, corro hacia seguridad.
La larga fila serpenteante afortunadamente se puede evitar con mi TSA precheck.
Me salto la fila, pasando las hordas de familias cansadas y bebés llorando y paso directo.
Me decepciona un poco que el guardia de seguridad guapo no me ofrezca una revisión manual cuando activo el detector de metales, pero a veces se gana, a veces se pierde.
Claramente los dioses no quieren que me ponga muy creído, a pesar de sus otros favores.
Una vez que finalmente llego a la puerta de embarque, localizo un asiento cerca de la ventana que da al avión, y tomo un momento para componerme. Respiro profundo.
Gracias a Dios, lo logré. Gracias a Dios que conseguí un boleto de regreso a Londres.
Me desplomo en la silla con toda la gracia de un camión de volteo echándose en reversa. La adrenalina finalmente baja y mi respiración se estabiliza en algo más humano.
Saco mi celular del bolsillo y al instante me acuerdo de la llamada de Stephen de antes. Hay un bombardeo de mensajes nuevos de WhatsApp de él que no me atrevo a abrir. No tengo la capacidad mental para lidiar con eso ahora, ni mucho menos con el mensaje abajo de Ryan.
Bajo al chat grupal de la familia, mando un mensaje avisando que logré tomar el vuelo y que debería estar en el hospital a las 6 p.m. de mañana a más tardar. Lo cual deja a una última persona con quien checar: Alexander.
—¿Lo lograste? —pregunta Alexander cuando finalmente contesta.
—Sí, estoy en la puerta de embarque ahora. —digo, quitándome la corbata incómoda. La echo a un lado.
La agente de la puerta llama a los grupos uno al tres para abordar y echo un vistazo rápido a mi pase de abordar: grupo ocho.
—Gracias a Dios. —El suspiro de Alexander iguala al mío. Ambos estamos eufóricos y aliviados.
De hecho, gracias a Dios que no fue un viaje en vano.
—¿Cómo te fue? ¿Ganaste algún otro premio? —pregunto. Tengo curiosidad a pesar de todo.
Me había frustrado demasiado tratando de poner la transmisión en vivo en mi celular durante el taxi. Decidí que era mejor ahorrar batería para cuando lo necesitara de verdad.
—No. Perdí en las tres. Pero ya sabía que eso iba a pasar. No hago suficiente CrediPop para que me tomen en serio en las otras categorías. —dice con su habitual auto-deprecación.
—¿CrediPop? —pregunto, totalmente confundido.
Asumo que es otro término de jerga que usan los jóvenes hoy en día, como rizz, dank y sus, que todos me pasan por encima. Supongo que más está bien ir aprendiendo antes de que el pequeño Christopher crezca y me avergüence.
—Pop Creíble, el tipo de canciones pop que trascienden el género. —explica.
—Ah, ya. —Sacudo la cabeza, aunque honestamente no entiendo completamente.
¿No es pop simplemente... pop?
—Se me olvidó darte las gracias antes, en medio de todo lo demás. —digo, desabotonándome el primer botón de la camisa. El alivio es inmediato.
—¿Por qué? —pregunta.
—Tu discurso de aceptación. —digo suavemente.
Mis ojos se vuelven a humedecer como lo hicieron en la ceremonia. No esperaba que Alexander me dedicara el premio en frente de todo el país, del mundo. Y me había convertido en un desastre lloroso. Carla hasta tuvo que darme uno de sus pañuelos.
—Cada palabra fue de corazón. —dice Alexander, y puedo oír la sinceridad en su voz.
Dios, siento las compuertas a punto de abrirse. Las lágrimas amenazan de nuevo.
Agito mi mano frente a mis ojos como si eso pudiera evitarlo, y una señora mayor me lanza una mirada perpleja, como si nunca hubiera visto a un hombre adulto llorar.
—Apuesto a que Avril Lavigne se está preguntando qué chingados tiene que ver ella con todo esto. —digo, mi intento de desviar con humor es la única defensa que me queda para contener estas lágrimas.
—¡No empieces! —dice Alexander con una risa cálida—. Entre eso y que todos preguntan quién es Betty, la prensa y las redes sociales están teniendo un festín.
Una sensación cálida sube en mi pecho, sabiendo que yo soy dicha Betty. Yo soy su ancla. Eso significa algo.
Un anuncio llama a todos los pasajeros restantes y me pongo de pie con los demás.
—Bueno, mejor me voy. —digo.
—Okay, buen viaje. Mándame mensaje cuando aterrices, ¿sí? —dice.
—Sí. Te amo. —digo, y las palabras salen naturales, verdaderas.
Hago una pausa cuando me doy cuenta de que ya van dos veces en una noche que he dicho esas palabras, palabras que no había sido capaz de decir antes, pero que finalmente me permití decir. Y me doy cuenta de que es verdad. Completamente verdad.
Amo cómo me hace sentir. Amo la manera en que me cuida, cómo siempre tiene algo chistoso que decir cuando estoy cayéndome a pedazos. Amo que sea él.
—Yo también te amo. —dice Alexander, y puedo oír la sonrisa en su voz.
Alexander cuelga y me quedo con una sensación cálida en el pecho y una sonrisa en la cara que no puedo evitar.
Me recibe una sonrisa igual cuando la agente de la puerta toma mi pasaporte y boleto.
Me lo devuelve y me dice que use la segunda puerta, lo cual instantáneamente borra la sonrisa de mi cara.
Como si no supiera que estoy atrapado en la parte de atrás del avión.
El verdadero shock me golpea cuando finalmente tomo un momento para ver mi número de asiento.
Un asiento del medio.
En clase económica.
Por once horas.
Y todo sin antifaz para dormir ni pastillas para dormir. Señor, ayúdame.
Lunes
—¿Por qué tu celular tiene tono del Reino Unido? ¿Estás en Londres y no me dijiste? —Stephen me bombardea con preguntas inmediatamente cuando finalmente contesto su llamada en el largo trayecto en taxi de Heathrow al hospital.
La voz de Stephen sale a través de mis auriculares mientras el taxi avanza por las calles vacías.
Hay muchas cosas que no le digo estos días, pero me muerdo la lengua.
Había pensado en ignorar su llamada de nuevo, pero los mensajes se habían vuelto más erráticos, más desesperados desde que aterricé, y prefiero lidiar con esto ahora antes de llegar al hospital.
—Mi hermana está en trabajo de parto. —digo sin rodeos.
—¡Cómo pudiste! —El tono de Stephen es indignado, como si yo fuera la razón de todos sus problemas.
Mi mente se acelera, recordando todos sus mensajes de texto. Culpándome por que Ryan terminara con él. Diciéndome que me interpuse en su camino de ser feliz. Acusándome de cosas que no hice.
—¿Cómo pude qué? —pregunto, tratando de mantener la paciencia.
Recargo mi cabeza en el descansacabezas acolchado para estirar el nudo en mi cuello, que se ha puesto más tieso que un tubo de pole dance en hora del dólar. Nada como un vuelo de once horas en el medio.
—Nunca tuve oportunidad, ¿verdad? ¿Cómo iba a competir contigo, Christopher pinche Foster? —Su veneno empieza a salir por mi celular como fuego. Su voz está fría.
—Eso no es justo. —digo, cambiando el teléfono a mi otro oído.
Una bola de enojo sube en mi pecho y me hierve.
—¿Sabes qué no es justo? —La voz de Stephen se está volviendo histérica—. Que Ryan sigue enamorado de ti. Que nunca dejó de amarte. Que solo salía conmigo para desquitarse contigo.
No sé con quién estar más enojado: con Ryan por lo que le dijo a Stephen. Por los mensajes que Ryan me mandó cuando todo esto estaba pasando. O con Stephen, por ponernos en esta situación en primer lugar con su impulsividad.
Tomo dos respiraciones profundas mientras la oscuridad cae sobre el cielo de Londres mientras pasamos por Regents Park.
—Eso no es mi culpa. —digo, con una calma que no siento.