Stolen Hearts (La Serie de Romances Robados nº 3) 20. Christopher #2
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20. Christopher #2

—Mejor nos vamos antes de que alguien más nos vea —digo, subiéndome los bóxers y shorts mientras Alexander hace lo mismo. Alcanza el papel de baño y limpia el semen del piso y el espejo, tirándolo al excusado y jalándole.

—Voy a necesitar mi americano helado después de eso —dice Alexander, besándome, antes de abrir lentamente la puerta para verificar que el camino esté libre antes de sacarme.

Mi pierna se mueve inquieta mientras me paro a ver cómo se desarrolla el último de los eventos de activación en la tienda de Brewed en the Grove.

Brewed nunca se ha abstenido de inclinarse hacia el marketing provocador, pero estoy consciente de que este patina sobre hielo muy delgado.

Un Jesús birracial, parado en una túnica blanca y ordenando un café con Alexander, definitivamente va a levantar algunas cejas, eso seguro.

—De hecho trabaja en una de nuestras sucursales de Texas —dice Chloe, inclinándose hacia mí—. Es todo un hit allá con los clientes.

No me sorprende, dado que todos en la tienda se han enfocado más en él que en Alexander. Literalmente todas las mujeres adentro y algunos de los hombres están babeando por cada uno de sus movimientos.

—Apuesto a que literalmente se ponen de rodillas para adorarlo. Aunque no estoy seguro de si es para rezar o para mamársela.

Tanto Pedro como Lucy me lanzan una mirada mientras presionan grabar en sus celulares y yo reprimo una risa.

—¿Me puede dar el Holy Roast, por favor?

—Claro, ¿a qué nombre? —Alexander se para ahí con un vaso y pluma en mano.

—Jesús.

Los ojos de Alexander se abren, mientras el tipo —quien también ha insistido en que lo llamemos Jesús cuando las cámaras no están grabando— da su nombre.

—Okey, Jesús. Ahorita se lo traigo.

Jesús avanza por la fila, y el siguiente cliente se acerca.

—¿En qué le puedo ayudar? —Alexander sonríe cuando Santa se acerca.

—¡Ho, ho, ho! ¿Me puede dar siete Coal Brews y un Sleigh All Day latte?

Santa empieza a sacar su cartera, pero Alexander estira la mano y le baja el brazo.

—Oh no, Santa, esta va por la casa.

—Muchas gracias, Alexander.

—Oye, Santa. —Alexander se inclina hacia adelante sobre el mostrador—. ¿Me puedes decir si quedé en la lista de traviesos o de buenos este año?

Santa se detiene un segundo, mira la selección de comida, y se inclina.

—Échale unos cuantos de esos mince pies para mis renos y voy a ver qué puedo hacer.

Le guiña el ojo, se frota la panza y suelta otro Ho, ho, ho.

Alexander agarra la charola, deslizando siete mince pies en bolsas individuales y se los entrega.

Pedro y Lucy capturan el resto de los pedidos del menú especial navideño de Brewed en sus celulares mientras Alexander se abre paso a través de los pedidos del resto de la fila.

Caryn y Chloe sonríen mientras todo se desarrolla, y yo respiro aliviado. Dos clientes contentos ayudan a aliviar el dolor de las últimas cuarenta y ocho horas. Mi mirada se desvía a Paul, que está parado en la puerta con Connie, donde Rob vigila para evitar que entre nadie más.

—Creo que ya lo tenemos —dice Pedro.

Camina de vuelta hacia nosotros y reproduce los clips en su celular.

Lucy ayuda a Alexander a quitarse el delantal y le toma fotos con Jesús y Santa junto al árbol de Navidad.

—¡Estos están fantásticos! —Caryn junta las manos.

—Gracias por todo, Christopher —dice Chloe, dándome un abrazo mientras Alexander camina hacia nosotros—. Y gracias a ti, Alexander, por todo esta semana. Ha sido un absoluto placer trabajar contigo.

Chloe le da un abrazo a Alexander y Caryn rápidamente le sigue.

Alexander señala con la cabeza hacia el lado del mostrador donde están el bote de basura y los condimentos y lo sigo hasta ahí.

—Gracias a Dios, ya se acabó —dice, su sonrisa desapareciendo una vez que su cara queda oculta de la vista de todos.

—Gracias —digo, queriendo abrazarlo, apretarle la mano, pero conformándome con agarrarle el brazo. No debería mostrar ningún afecto en un lugar tan público.

—¿Por qué? —Su nariz se arruga.

—Por aguantártela. Por no salirte cuando te enteraste del artículo. Por ayudarme.

Pienso en todas las pequeñas acciones que ha tomado durante los últimos dos días. Morderse la lengua, ponerse una sonrisa de plástico —todo por el bien de mantener esta campaña con vida— me ha calentado el corazón y ayudado a reconstruir mi confianza en él.

Connie y Paul empiezan a caminar hacia nosotros, y Alexander los aleja con la mano.

—Oigan, necesito un minuto.

Me hace señas para que continúe una vez que están fuera de alcance, y agarra un sobrecito de azúcar del exhibidor junto a nosotros.

—Todo esto se pudo haber ido a la mierda, pero tú aguantaste, a pesar de la situación de relaciones públicas.

—Ya casi te hice perder tu trabajo una vez. —Mete el sobrecito en el bolsillo del pecho de mi camisa de franela negra con amarillo—. No podía ser responsable de que eso pasara de nuevo. —Me da una palmada en el pecho con la mano.

—¿Qué onda con el azúcar? —Arrugo la cara mientras voy a sacarlo.

Alexander me detiene cuando meto la mano al bolsillo, jalando mi mano fuera.

—Ahora puedo decirte sugar tits —se ríe—. Entonces, nuestra cita del martes...

El descaro. Bueno, dos pueden jugar ese juego.

—Sí. —Hago una pausa y agarro el marcador del lado, saco otro sobrecito de azúcar y empiezo a escribir en él.

—¿Quieres que pase por ti o nos vemos en algún lugar? —pregunta.

—Pasa por mí.

Le entrego el sobrecito y me muerdo el labio para no soltar la risa.

—¿Daddy? —Alexander frunce el ceño mientras trata de descifrar mi letra.

—Y ahora yo puedo decirte Sugar Daddy. —Mis dientes sueltan mi labio y dejo salir una risa.

—¿Crees que soy tu sugar daddy?

Me avienta el sobrecito de vuelta, con la boca bien abierta. El lado juguetón de Alexander sube de velocidad, para deleite de mi corazón acelerado.

—¿Qué? He estado aquí en LA buscando un sugar daddy por tres años y todo lo que sigo encontrando son sugar-free daddies. ¿Crees que no voy a reclamar lo mío cuando por fin lo encontré? —Le aviento el sobrecito de vuelta, y escucho una tos cuando Paul y Connie caminan de vuelta hacia nosotros.

—Si acaso, tú eres el daddy —murmura Alexander en voz baja—. Disfruta tu noche con Andrew. —Se inclina para un abrazo de cuates, dándome unas palmadas fuertes en la espalda. Sé que lo mejor es simplemente corresponder con todos mirándonos.

—Un gusto trabajar contigo —digo.

Me suelto, volteo, y me despido de todos los demás antes de dirigirme a la puerta.

La despedida se siente diferente esta vez, sabiendo que lo veré de nuevo en dos días.

El sonido de Good Luck Babe de Chappell Roan me recibe al abrir la puerta de mi departamento. Aviento mis llaves y celular en el tazón debajo del espejo en la entrada, luego jalo mi maleta adentro y la arrastro escaleras abajo a mi cuarto. Está demasiado pesada para cargarla.

—Perdón por la tardanza. Me atrasé en the Grove —grito por encima de la música que sale de detrás de la puerta cerrada de Andrew.

Saco la cartera monogramada de Louis Vuitton que le compré en Nueva York de mi mochila.

Es la misma que Andrew había estado mirando cuando fuimos a ver vitrinas hace unas semanas en Rodeo Drive.

Andrew es una persona notoriamente difícil de comprarle regalos de cumpleaños o Navidad, lo cual no ayuda el hecho de que estén tan cerca una de la otra.

Rápidamente escribo un mensaje en su tarjeta de cumpleaños, la sello, y me dirijo a su cuarto.

—¿Andrew? —Toco fuerte en la puerta mientras Good Luck Babe empieza a sonar por tercera vez.

Espero unos segundos. Cuando no responde, me la juego, cierro los ojos mientras abro la puerta esperando no encontrármelo teniendo sexo con algún tipo, como me pasó con uno de sus ex cuando recién nos mudamos juntos.

—¿Andrew?

Mi corazón empieza a latir rápidamente mientras proceso todo lo que veo. Una botella de vino está en la mesa de noche. Dos de sus frascos de pastillas de receta están de lado, ambos vacíos. Andrew está tirado inmóvil en la cama, boca abajo, los brazos extendidos.

—¡Andrew! —Mi grito es lo suficientemente fuerte para despertar hasta al más profundo de los dormilones.

Suelto su tarjeta y regalo y corro directo a la cama. Lo volteo y le doy cachetadas, pero está completamente inconsciente. Sus ojos están volteados hacia atrás.

—Háblame, Andrew. Háblame. —El tiempo se hace lento mientras le doy cachetadas en la cara.

Deslizo mis dedos hacia donde su mandíbula se une con el cuello para buscar pulso. Un breve suspiro sale de mis labios cuando distingo un latido débil, antes de que el terror se estrelle de vuelta contra mí.

—Quédate conmigo, Andrew. Quédate conmigo.

Meto la mano al bolsillo buscando mi celular para llamar a una ambulancia, pero sale vacía.

¿Dónde chingados está?

Ugh. La imagen de mí tirando mi celular y llaves en el tazón de arriba aparece frente a mí.

—¡Ya regreso! —Le grito como si pudiera escucharme.

Subo corriendo las escaleras, subiendo de dos en dos para llegar a mi celular lo más rápido posible, y marco el 911 en cuanto se desbloquea.

—911, ¿cuál es su emergencia?

—Acabo de encontrar a mi amigo inconsciente en nuestro departamento. Necesito una ambulancia inmediatamente. —Mi pie casi resbala mientras bajo las escaleras de regreso y entro a su cuarto.

Esto no puede estar pasando.

—De acuerdo, señor, ¿me puede dar su dirección por favor? —El tono de la mujer es calmado y sereno mientras pongo mi celular en altavoz y me inclino sobre Andrew, revisando su pulso de nuevo.

—Es 1129 North Larrabee Street. Por favor dense prisa, su pulso apenas se siente.

—¿Hay un número de departamento en su edificio, señor?

Mi pecho se aprieta y mis ojos empiezan a empañarse.

Deja de hacerme preguntas de mierda y manda la maldita ambulancia de una vez.

—Uno —logro contestar en tono seco.

—De acuerdo, una ambulancia ha sido despachada y estará con ustedes...

—Gracias. —La corto y cuelgo.

Meto el celular en mi bolsillo, deslizo la mano detrás de la cabeza de Andrew y lo jalo hacia mi pecho.

—Por favor quédate conmigo, Andrew. —Susurro suavemente en su oído—. Por favor quédate conmigo.